Una forma de mirar

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Elvio E. Gandolfo

COMO SUELE PASARLE a los escritores, a Antón Chéjov un periodista le preguntó un día cómo escribía sus cuentos. "Así", le dijo, y tomando un cenicero de encima de la mesa y mostrándoselo, le dijo que al día siguiente tendría un cuento llamado "El cenicero". El periodista, de apellido Korolenko, sintió que el objeto común empezaba a transformarse: "Ciertas situaciones indefinidas, aventuras que aún no habían hallado una forma concreta, estaban ya empezando a cristalizar en torno al cenicero."

Ya desde joven Chéjov proyectaba efectos como ése por la pausada seguridad de su personalidad, y por el modo de manifestar con la actitud y la voz, sin explicitarla, su exigencia de verdad (para él un término clave) en la representación de aquello que miraba. El tercer elemento fundamental era el humor: los testimonios sobre él insisten en la frecuencia con que reía, y en sus textos aparece a menudo y con nitidez el tono del humor, incluso para aumentar el filo de su bisturí, sin caer en el sarcasmo o la ironía, incluyéndose él mismo en ese humor.

La anécdota del cenicero la narra Vladimir Nabokov, que con su característica quisquillosidad aprovecha sus lecciones de literatura sobre Chéjov para categorizar como escritor de segunda a Maupassant, y destilar vitriolo contra Gorki.

LOS OTROS RUSOS. Dentro del mundo ruso, que tanto amaba y detestaba a la vez, Chéjov admiró casi hasta lo religioso a Tolstoi (aunque terminó por librarse de su influencia), le gustó mucho menos Dostoievski, y fue amigo consecuente de Máximo Gorki. Los dos vivieron una Rusia donde, un año antes del nacimiento de Chéjov, el zar Alejandro II había dado la libertad a los siervos: uno de los beneficiados fue su abuelo, que pagó 3.500 rublos por la libertad de él y de su familia. Pero también una Rusia que después del atentado de 1881 (cuando el autor de "La dama del perrito" tenía 21 años), que le costó la vida al zar, se convirtió en un pantano represivo laberíntico. El proceso de decadencia de toda una forma de vida culminaría con la revolución de 1917, muy posterior a su muerte, que pondría fin a la lista de zares.

La literatura de Chéjov registró como nadie los matices infinitos e individuales de esas crisis, el lento descomponerse de las clases antes medias o acomodadas en lenta o acelerada decadencia, las napas intelectuales de prodigiosa inutilidad y fantástica capacidad de autoengaño, los campesinos muchas veces sórdidos y brutales. Su mirada fue tan precisa y limpia, a la vez tan lúcida y compasiva, que la calidad de su penetración se repite en presente con toda su potencia y penetración incluso hoy, a un siglo exacto de su muerte.

También, como en toda crisis, el desbarrancamiento de la sociedad rusa, primero en sordina y después cada vez más estruendoso, aumentó la necesidad de definir lo específico del "ser ruso". Fue Gorki quien lo citó en ese sentido: "¡Extraño ser el ruso!" -me dijo en cierta ocasión-. En él, como en un cedazo, no queda retenido nada. Es su juventud llena ávidamente su alma con todo, todo lo que le cae a las manos, pero después de los treinta años sólo queda de él una basura gris. Para vivir bien, como las personas, ¡hay que trabajar! Trabajar con amor y fe. Y en nuestro país no hay nada de eso. El arquitecto, después de construir dos o tres casas decentes, se sienta a jugar a las cartas, juega toda su vida o se pasa el tiempo tras los bastidores de un teatro. (...) Después de conseguir un nombre con una buena defensa, el abogado deja de preocuparse por defender la verdad y defiende tan sólo el derecho a la propiedad, juega a las carreras, come ostras y se las da de ser un fino conocedor de las artes. El actor que ha hecho dos o tres papeles soportables ya no aprende más papeles, sino que se pone un sombrero de copa y piensa que es un genio. Toda Rusia es un país de extraña gente glotona y perezosa, es terrible lo que llegan a comer y a beber, les gusta dormir de día y en sueños roncan. Se casan para que haya orden en casa, tienen amantes por prestigio social. Su psicología es perruna: les dan en la cresta y chillan bajito para esconderse en su agujero, les acarician y se echan de espaldas, patas arriba y mueven sus colitas..."

Después de ese duro brulote, Gorki agrega innecesariamente que en esas palabras hay "un desprecio frío y triste". Justamente el tono que está casi desterrado de su obra literaria. Ya en los cientos de cuentos que publicó en las revistas al principio (entre otras cosas para mantener a su familia), aparecen la crudeza del drama y la muerte o la ironía de las situaciones hipócritas comunicadas, sin carga adicional de ira o fastidio. En todo caso eso corre a cargo de los personajes. A partir del momento en que la admiración de un par de colegas provocó cartas donde lo incitaban a escribir menos y mejor, por su indudable talento, se sumó una complejidad creciente al equilibrio y la distancia justa para mirar las cosas. Lo que al principio era el retrato veloz y justo de un elenco innumerable de cocheros, campesinos, niños maltratados, mujeres triviales o intelectuales tibiamente cobardes se convirtió en la pasta con que Chéjov escribió sus mejores textos, sin volver atrás, a la facilidad inicial. Con ellos renovó por completo la idea de cuento basada en la teoría y la práctica de Poe y Maupassant para convertirse, junto a lo mejor de Ernest Hemingway, en una de las influencias más amplias y duraderas en el relato del siglo XX.

ANTES Y DESPUES. El padre de Chéjov, comerciante de almacén, era un carácter inestable, que generaba el caos familiar en un grupo de seis hermanos con inquietudes creativas (uno de ellos dibujante, otro escritor como él) por su mezcla de debilidad y autoritarismo. Trataba con violencia a sus hijos, y tuvo que terminar huyendo con parte de la familia a Moscú para no caer preso por deudas. Dejado atrás con dos hermanos, Antón descubrió en sus tres años en Tangarog su capacidad para enfrentar situaciones, sensación que aumentó cuando se trasladó también él a Moscú y se convirtió en el real jefe de la familia, a partir de su papel económico. A pesar de su agudeza y puntería para ver los defectos humanos, a pesar de la enfermedad —la tisis— que lo aquejó desde joven y terminaría por matarlo, su actitud era siempre optimista. La explicación no podía ser más simple: "Desde la infancia he creído en el progreso, y no puedo dejar de creer en él dado que la diferencia entre la época en que solían darme palizas y la época en que dejaron de dármelas fue tremenda".

Su capacidad para comprender y transmitir las paradojas de la conducta humana tenían su base evidente en sus propias contradicciones, alegremente asumidas. Veía con claridad el derrumbe, pero era un filántropo impenitente que contribuía con frecuencia a la creación de escuelas; hizo que la literatura alimentara económicamente su actividad de médico y no al revés (atendía a cientos de campesinos gratuitamente); tenía una actitud defensiva ante el afecto femenino, pero cuando al fin eligió mujer no lo hizo de acuerdo a sus necesidades prácticas (un enfermo obligado a estar la mayor parte del tiempo en Yalta), sino por el impulso amoroso y la admiración (Olga Kniper, una actriz obligada a estar la mayor parte del tiempo en Moscú, alentada por el propio Chéjov).

Sus textos más famosos y difundidos —"La dama del perrito", "El beso", "Grosellas", "La cigarra"— son cuentos de mediana extensión, que logran transmitir situaciones de gran complejidad emocional ("La dama del perrito"), o ideas generales como el error de considerar la felicidad material como objetivo primordial ("Grosellas") con todo su peso real, sin convertirlas en mensajes o "bajadas de línea". Textos como esos, y sobre todo su teatro y sus versiones cinematográficas han ido elaborando sobre él una de esas "ideas pret-â-porter" que recopiló con ironía Gustave Flaubert en su Diccionario de tópicos.

En esa reducción lo "chejoviano" sería lo humano, lo enternecedor, la tristeza leve, el fácil momento de emoción para después pasar a otra cosa. Y con el tiempo, sobre todo después del éxito arrollador de su teatro, incluso lo sublime, lo que se menciona llevándose las manos al pecho. Como hacía la actriz argentina Ana María Campoy en un sketch cómico de la TV al interpretar a una actriz desmelenada que salía de cualquier situación difícil o crítica gritando el nombre talismán: "¡yo que hice Cheejooff!". Él mismo, que con tanta ironía se trataba a sí mismo ("He sido traducido a todos los idiomas, excepto los extranjeros") debe haber sospechado que el sitio donde más se produciría ese efecto sería la propia Rusia. La periodista Janet Malcolm, que hizo una serie de viajes para conocer los lugares de la vida y los relatos de Chéjov habla de Ludmilla, una guía que lo respeta casi como a un santo laico, pero no lo lee. Además no le pagan en su trabajo, pero no quiere hablar del asunto.

Cuando Malcolm le hace notar que justamente era el tipo de cosas que Chéjov desmenuzaba en su obra, recibe la réplica perfecta: justamente por eso la guía no lo lee: es demasiado triste.

Porque el mejor antídoto para esa tendencia reductora es leerlo, y sobre todo leer las novelas cortas, menos transitadas que los cuentos. "Una vida" traza con precisión el trayecto de un hombre que, dotado con condiciones intelectuales, decide en cambio ser pintor de brocha gorda. De él se enamora una mujer de buena posición, se traslada con ella al campo, descubre la doble faz de los "mujiks", tan distintos a su imagen idealizada, y pierde a su mujer, en cuanto ella se desinteresa de su "experiencia rural". "En el barranco" traza con dureza las relaciones de una familia hundida en la estafa comercial, las relaciones ilegales, y finalmente el asesinato de un bebé plenamente disimulado, negado. "En la estepa" es el extenso y conmovido homenaje a esa naturaleza extensa y balsámica que siempre amó, a través de la mirada de un niño. En "La sala Nro. 6" un médico llega a la conclusión de que hay que cambiar las cosas, pero demasiado tarde, cuando ya está confinado él mismo en una sala psiquiátrica. Respecto a la salida de tono de su supuesto "tono clásico" un relato sorprendente es "El monje negro", donde su modo de narrar realista se hace trizas ante la aparición de una especie de espectro, aunque pronto lo convierta en la corporización de la locura de un intelectual enfrentado a la idea de la felicidad material (aquí un jardín defendido hasta la psicosis por su dueño). Tanto en este relato como en el poco difundido "Luces", Chéjov logra establecer discusiones entre sistemas de pensamiento y de vida frontalmente opuestos dándole a cada parte una voz precisa (en "Luces" es un ingeniero que discute —por haberlo vivido él mismo—el nihilismo a ultranza de un joven).

EL LIBRO SECRETO. En 1890 Chéjov sorprendió a amigos y conocidos al anunciar que haría un viaje de varios miles de kilómetros por el áspero territorio ruso. El destino sería la colonia penitenciaria de la isla de Sajalín. El propósito, llevar un registro minucioso, no literario, casi científico, de las condiciones de vida de los presos y sus guardianes. En su relato sobre la experiencia, Janet Malcolm apunta otra motivación: el cansancio de la vida literaria. Según una carta de Chéjov: "No voy por las impresiones o las observaciones, sino simplemente por vivir seis meses de un modo distinto a como he vivido hasta ahora." Escrita por Chéjov, puede sospecharse en la frase una reducción de la importancia de la empresa, típica de alguien que era a la vez tímido y decidido a dejar de lado toda jactancia. Por otra parte, en la época se creía que esfuerzos sostenidos y prolongados como estos podían llegar a mejorar la salud de los enfermos de tisis o consunción. En este caso pareció ser cierto: a medida que el viaje avanzaba, el paciente dejó de toser y escupir sangre, y se sintió cada vez más vigorizado.

Cuando llegó, enfrentarse con la realidad significó un nuevo antes y después en su vida. Según le escribió a su amigo Suvorin, éste se había equivocado al aconsejarle que no fuera: "Qué criatura echada a perder sería ahora si me hubiese quedado sentado en casa. Antes de mi viaje "La sonata a Kreutzer [relato de Tolstoi] me parecía un acontecimiento, pero ahora me parece absurda y ridícula. O yo he crecido debido a mi viaje o me he vuelto loco: sólo el diablo sabe cuál es el caso".

El libro resultante pertenece a lo que los anglosajones llaman "non fiction": cientos de entrevistas, comparaciones, estadísticas. Lo curioso es que tal vez por no entrar dentro de la categoría del relato o el teatro, su difusión ha sido muchísimo menor. En castellano, por lo que sabemos, se tradujo recién en 1998 y no circula en el Río de La Plata. En todo caso el rastro que dejó no fue menor: contribuyó a la extraordinaria complejidad de sus novelas cortas, o inspiró cuentos como "El asesinato", cuya materia argumental proviene directamente del entorno de Sajalín.

SOBRE LAS TABLAS. Con sus hermanos, en Tangarog, Chéjov iba al teatro cada vez que podía, y solían jugar a representar obras. Uno de los primeros textos que escribió fue una pieza teatral, hoy perdida. Pronto sufrió rechazos que lo llevaron a dedicar todos sus esfuerzos primero a los relatos cortos y "alimenticios" de las revistas, después a sus relatos hoy clásicos, que con bastante prontitud le hicieron ganar el codiciado premio Pushkin. En el camino quedó la extensa obra Platonov, publicada sólo póstumamente.

Pero el fracaso más agobiante fue el primer estreno (porque el siguiente fue el bueno) de La Gaviota. La recepción del público, que esperaba otra cosa, fue tan hostil que provocó la huida literal de Chéjov antes del final, para pasearse por las calles de Moscú buscando calmar su tremenda frustración. Esa noche de estreno fue muy bien narrada hace poco por Ernesto Schoo en el diario La Nación (Buenos Aires, 4 de mayo, 2003). La previsible decisión fue dejar de escribir para el teatro de una vez por todas. La magnitud del fracaso ha sido comparada con la de Henry James, que también sufrió un fracaso absoluto al intentar subir sus textos a las tablas. Pero si en James la aventura teatral es una nota marginal a su tremenda obra narrativa, en Chéjov el fracaso sería apenas el prólogo del triunfo para un teatro que salía al cruce de los convencionalismos de la época.

El impulso salvador vino de la unión de la escuela dramática del director Nemirovich-Danvenko y la Sociedad de Arte y Literatura de Vladimir Stanislavski, para fundar el Teatro de Arte de Moscú. Fueron ellos quienes le propusieron a un Chéjov reacio y desconfiado un re-estreno de La gaviota, esta vez representada como lo exigía su materia esquiva para el modo de hacer teatro convencional. El aplauso masivo estalló después de un momento de silencio en que se elaboraba la impresión de lo visto. El éxito de la obra fue tan arrollador que una gaviota pasó a ser el "logo" del grupo. De ahí en adelante, el grupo del Teatro de Moscú pasó a ser el generador de sus obras más conocidas: El tío Vania, Tres hermanas y El jardín de los cerezos, terminada poco antes de su muerte.

Todas ellas comparten algunos rasgos. Ante todo, aún sin verlas representadas, son plenamente legibles, casi como una continuación de su obra narrativa. En segundo lugar, manejan con una sutileza hasta entonces desconocida el tejido de los sonidos dentro y fuera de escena, y el "fuera de escenario" justamente para momentos críticos que, al ocurrir fuera de la vista, aumentan su latido y eficacia. A tal punto que algunas de las estrategias expresivas parecen un modo de alcanzar efectos cinematográficos cuando el cine acababa de nacer y aún le faltaban años para ser sonoro.

En el entusiasmo de Chéjov por el nuevo grupo, que se traducía en su activa participación en los ensayos, y en sus opiniones, había el mismo rigor que en el resto de sus actividades. Lo fastidiaba, por ejemplo, el exceso de fidelidad "real", la inclusión de hasta el ruido de los insectos. Con su típica mezcla de agudeza y diversión comentó sobre El jardín de los cerezos cuando terminó de escribirla: "¡Qué encanto, qué paz! No se oyen ni pájaros, ni perros, ni cuclillos, ni lechuzas, ni ruiseñores, ni relojes, ni campanas, y ni siquiera un grillo." En otros planos, los encontronazos provenían de la distinta extracción social de Stanislavski y Chéjov: para el primero, en El jardín de los cerezos la liquidación de la residencia de una familia tradicional era una tragedia; para el experimentado Chéjov, médico casi rural, y proveniente de la dura provincia, en cambio, se trataba de una comedia. Tanto en esta obra como en Tres hermanas quedan atrás por entero los golpes de efecto de muchas de sus obras más cortas: todo es atmósfera poética, leve, que vuelve más duradero y envolvente el drama y la emoción. Fuera del escenario mismo, Chéjov gozaba del trabajo en equipo.

EL VAIVEN HUMANO. No en vano "La dama del perrito" es tan reproducido en antologías, y tan leído. Se trata de una de las representaciones más matizadas y complejas del sentimiento amoroso. Reflejando de esta época presente, la tontería de la época, algunas biografías recientes de Chéjov parecieron descubrir para la prensa que éste había tenido vida sexual. Sin embargo de allí puede venir la precisión con que retrata el carácter de un mujeriego que sufre su tragedia definitiva: se enamora. Por otra parte la temblorosa mujer provinciana "del perrito" alcanza la estatura de quien se atreve a superar sus temores más hondos. En el magistral párrafo final, seguramente rechazable según las reglas convencionales de los talleres literarios, por machacar lo obvio, cuando todo parece estar a punto de terminar, no hace más que comenzar.

Ese vaivén es lo que mantiene intacta la vigencia de los retratos humanos de una época saturada de lo que en el Río de la Plata llaman "chantas", personajes a la vez simpáticos y perniciosos, o de seres tan crueles como los de "En el barranco". Cuando el lector trata de juzgar, de condenar a los malos y salvar a los buenos, se ve enfrentado a la realidad del relato, que incluye matices escurridizos y reales en cada supuesto grupo monocromo, casi en un equivalente occidental del Ying y el Yang orientales, que llevan en sí una gota de su contrapartida. Por eso los personajes de Chéjov son insolubles. Primero literalmente: se niegan (a diferencia de los de Gorki, por ejemplo) a disolver su perfil individual, intransferible, en ideas, a recibir el odio o el amor del lector en proporciones puras. Son también insolubles en el otro sentido: no tienen solución. El aprendizaje de la experiencia es justamente ése: hay situaciones donde el esfuerzo o la voluntad o la ilusión tienen que enfrentarse a la dureza de la naturaleza humana. La mujercita movediza de "La cigarra", casada con un médico ejemplar, lo descubre demasiado tarde. Ella es insoluble y contribuye en cierta medida a llevarlo a la muerte. Pero él también lo es, y en su exagerada devoción dilapida su propio valor profesional.

El elemento inexplicable es que esa aceptación de las cosas como son está tan lejos del cinismo o el escepticismo como de una cómoda defensa de "la naturaleza humana". Porque de hecho aunque trate de borrarse por entero, los personajes son escritos y sobrevolados por un autor tan radiante e insoluble como ellos, que sabe describir a personajes patéticos sin volver patético su propio estilo. Así logra que la masa de su obra, que podría tomarse como un retrato de gran precisión de "la Rusia de su época", sea también el retrato de toda época donde existan grandes ciudades, ciudades provincianas, pueblitos y campos; intelectuales inútiles y jactanciosos, o decididos a trabajar con esmero buscando la verdad; médicos abnegados y médicos entregados.

A veces puede percibirse la sonrisa o el suspiro desesperado con que Chéjov, ante ese complejo espectáculo del que él mismo forma parte con plena conciencia, parece comentar, como Francisco Espínola en uno de sus más célebres relatos: "¡Qué lástima, qué lástima que la gente sea tan pobre!".

Chéjov en cine

EL DIRECTOR NIKITA Mikhalkov realizó dos buenas adaptaciones de obras de Chéjov: Pieza inconclusa para piano mecánico (1979) trasladaba con eficacia la obra de teatro Ivanov; en Ojos negros (1987), con una actuación magistral de Marcello Mastroianni, cruzaba varios relatos. Entre las demás adaptaciones hechas en Rusia destaca La dama del perrito (Josif Heifits, 1959), que lograba, en blanco y negro, la atmósfera de su relato clásico, tuvo fuerte amplio éxito en Occidente y fascinó a Ingmar Bergman. También pueden citarse Romance con un contrabajo (Kai Hansen, 1911), Sala Nro. 6 (Boris Chaicovsky, 1912), Hija de Albión (Boris Glagolin, 1914), La cigarra (Samson Samsonov, 1955).

La obra Tres hermanas tuvo tres adaptaciones: de Paul Sloane en 1930; de Arthur Crabtree (1945, con James Mason) y de Margarethe von Trotta (1988, con Fanny Ardant y Greta Scacchi). En 1944 Douglas Sirk realizó Extraña confesión (basada en "La partida de caza"). En 1968 Sydney Lumet hizo una versión de La gaviota una vez más con James Mason (y Vanessa Redgrave). Un buen experimento fue Vanya on 42nd Street (1994) de Louis Malle, donde un grupo de actores ensaya El tío Vanya en un teatro ruinoso, logrando el famoso clima chejoviano mejor que en algunas adaptaciones directas. El actor Anthony Hopkins protagonizó y dirigió El amor en un día de verano (August, 1996), con tibia recepción de público y de crítica.

Cronología

1860. El 17 de enero nace Antón Pavlovich Chéjov en Tangarog, tercer hijo de una familia de seis hermanos. Su padre almacenero alterna la debilidad con el autoritarismo. Los problemas económicos y el maltrato a sus hijos convierten las vacaciones en el campo con el abuelo Igor en un respiro.

1867. Comienza estudios en Tangarog. Desarrolla un carácter tenaz y con agudo sentido del humor. Con sus hermanos, es muy aficionado al teatro.

1876. Por deudas, su padre huye a Moscú, donde se le unen la madre y dos de sus hijos. Solo en Tangarog, Antón comienza a dar clases a los hijos del nuevo propietario de la casa de donde fue desalojada su familia. Envía parte de sus ingresos a la familia "moscovita".

1877. Escribe El huérfano, su primera obra de teatro, condenada por su hermano Alejandro, nunca publicada en su forma original.

1879. Se traslada a Moscú, donde sus familiares han acumulado problemas de todo tipo. Antón se convierte en el principal sostén económico, y se anota en la Facultad de Medicina.

1880. Comienza a publicar con frecuencia en distintas revistas, con seudónimos como Antoja Chejonté.

1882. Concentra su producción en las revistas de Nicolás Leykin. En 1883 publica 120 relatos y estampas humorísticas, en las que ya aparece su mezcla de tristeza y humor. Escribe Platonov, en 4 actos, rechazada por el "Pequeño teatro" y que aparece póstumamente en 1923.

1884. Termina sus estudios de medicina. Publica su primer libro, Leyenda de Melpómene, y sufre su primera hemorragia pulmonar. Comienza a ejercer como médico en los alrededores de Moscú.

1886. Publica su segundo libro, Cuentos multicolores. El escritor Grigoróvich lo conmina a no defraudar las esperanzas que provoca su talento. Disminuye mucho su ritmo de producción periodística, dedicando más tiempo a la escritura, esta vez literaria. Publica en Tiempos nuevos, revista de A. Suvorin, donde comienza a firmar con su nombre verdadero: aparecen En el crepúsculo y Reflexiones inocentes. Visita Tangarog y le choca la sordidez de la vida en provincia. Escribe obras de teatro breves.

1887. Escribe el drama Ivanov, rechazado por la crítica.

1888. Publica el relato largo "En la estepa". Viaja por el sur de Rusia. Recibe el premio Pushkin. Estrena con gran éxito El oso, pieza humorística en un acto.

1889. Reestrena con éxito Ivanov. Muere su hermano Nicolás. Viaja a Odessa y Yalta. Fracasa con la obra El espíritu del bosque, la retira y la reelabora hasta convertirla en El tío Vania.

1890. Prepara con abundantes lecturas su viaje a la colonia penitenciaria de Sajalín. En parte el viaje es una reacción al cansancio de su actividad literaria. Llega a Sajalín en octubre y se queda dos meses, entrevistando a guardias y presos.

1891. Viajes por Europa (Viena, Venecia, Florencia, Roma, Niza, Montecarlo, París). Lo aburren los museos. Escribe la novela corta El duelo. Colabora activamente en la lucha contra la hambruna y el cólera en Rusia.

1892. Publica "La cigarra": el retrato del ambiente intelectual lo distancia de algunos amigos y conocidos. Compra una finca en Melijkovo, al sur de Moscú, donde se traslada con su familia. Publica La sala Nro. 6.

1893. Publica su minucioso estudio sobre Sajalín en la revista El pensamiento ruso.

1894. Publica el cuento "El monje negro". Reacciona contra la influencia de Tolstoi.

1895. Comienza a trabajar en La gaviota, inicio de su etapa teatral más importante.

1896. Lee obras de Tolstoi publicadas en el extranjero, y no en Rusia. la censura le pide modificar pasajes de La gaviota, que se estrena en octubre ante un público hostil; abandona el teatro después del segundo acto y promete no escribir más teatro. La censura mutila Historia de mi vida, novela corta.

1897. Tolstoi lee La gaviota: "Shakespeare no me gusta, pero su teatro, Antón Pavlovich, es aún peor que el de él". Sufre una aguda hemorragia en un restaurant. Publica "Los campesinos", dura descripción de la vida rural. Planea traducir a Maupassant. Se interesa en el caso Dreyfus.

1898. Se inaugura el "Teatro de Arte" de Moscú, dirigido por Stanislavski y Nemirovich—Danchenko, que prometen realizar una versión definitiva de La gaviota. Chéjov acepta de mala gana. Publica "El hombre enfundado", "Sobre el amor", "Iónich". Ve por primera vez en una obra a Olga Kniper, que sería con el tiempo su esposa. El reestreno de La gaviota tiene un éxito arrollador.

1899. En Moscú visita por primera vez a Olga Kniper. Visita a Gorki. Se siente abrumado por la corrección de sus obras completas. Decide vender la finca de Melijkovo. Aparece "La dama del perrito". Se traslada a Yalta.

1900. Es elegido miembro en la sección Literatura de la Academia de Ciencias de Moscú; renunciará en 1902, cuando sea rechazado Gorki por motivos políticos. Aparece "En el barranco". Escribe Tres hermanas, que en el estreno repetirá el éxito de La gaviota.

1901. Olga Kniper se niega a ser sólo su amante en Yalta y le pide que se defina. Decide casarse aunque en secreto para evitar "las felicitaciones y la copa de champagne que hay que sostener con actitud indefinida". Después de un breve viaje al Volga, Olga sigue en Moscú con su carrera teatral, y Chéjov en Yalta, retenido por su tuberculosis. Visita a Tolstoi.

1902. Publica "El obispo".

1903. Empeora su salud. Comienza El jardín de los cerezos. La censura prohíbe sus obras en los teatros imperiales. Busca una propiedad en los alrededores de Moscú: no tolera la soledad de Yalta.

1904. Se estrena El jardín de los cerezos el 17 de enero, cumpleaños de Chéjov: lo convencen de saludar al público y es ovacionado. En junio parte con Olga Kniper hacia Belén Weiler, estación termal alemana, con el plan de vivir en Moscú al regresar. El 4 de julio sufre una crisis, bebe una copa de champagne y muere. Cinco días después es enterrado en Moscú.

En librerías

LA FORMA MAS completa de conocer a Chéjov es encontrar un juego de los dos tomos editados hace tiempo por Aguilar en su colección Joya: uno incluye todo el teatro, el otro las narraciones. Mucho más reciente es la edición del Teatro completo en traducción de Galina Tolmacheva (Adriana Hidalgo). El tomo también lejano de la colección Obras Inmortales de Edaf tiene la virtud de incluir la mayoría de sus novelas cortas o narraciones largas. Entre las selecciones de sus cuentos más clásicos destacan El beso y otros cuentos (Fausto, y Sudamericana), y Cuentos imprescindibles elegidos y prologados por Richard Ford (Lumen). Su centenario ha alentado la aparición de otras selecciones en España, que tal vez demoren en llegar a Montevideo: Cuentos (Pre—Textos), Cuentos (Alba), Obras selectas (Espasa), colec. Austral/Summa).

Como Chéjov "se da" en liceo, hay abundantes ediciones con prólogos o anotaciones, desde el tomo de Losada que reúne La gaviota, Tres hermanas y El tío Vania, hasta Cuentos en ediciones del Pizarrón. También aparecen a menudo en las librerías de viejo La señora del perro y otros cuentos, Mi vida y la cerilla sueca (sus ficciones más breves) en la vieja colección Austral. En Alianza Bolsillo hay buenas traducciones de su teatro y sus cuentos, aunque escasean desde la interrupción de la llegada regular del sello español a Uruguay. Un tomo de Cátedra reúne sus obras de teatro más famosas, con prólogo y bibliografía. En la colección El Séptimo Círculo (Emecé) se reeditó hace poco su novela policial Extraña confesión. Y Tres rosas amarillas de Raymond Carver (Anagrama) incluye el cuento donde éste relata la muerte de su maestro.

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