Un patriarca enciclopédico

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Eduardo Stilman

EN 1960, EN plena crisis argelina, la ultraderecha exigió a De Gaulle el arresto de Jean Paul Sartre. "No se pone preso a Voltaire", respondió el general, confiriendo a Sartre un insólito honor. Franois-Marie Arouet, alias Voltaire, es el autor que mejor representa, para la conciencia cultural de nuestra época, los ideales, límites y contradicciones del iluminismo francés. Arquetipo del intelectual comprometido, produjo en su vida rocambolesca una obra inmensa (ciento cincuenta volúmenes, en la edición Oxford) que abarca todos los géneros. Combatió a muerte contra la intolerancia ("No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daré la vida para que pueda decirlo") y contra el clero católico, en su época socio y garante de despotismos que ensangrentaban y expoliaban Europa. No era ateo, sino teísta, alguien que busca a Dios por medio de la razón: "Si Dios no existiera, habría que inventarlo. Pero la naturaleza toda proclama que existe". Pasó la vida huyendo de un país a otro, hasta que gracias a su fantástica fortuna (seguramente fue el escritor más rico de la historia) compró el señorío de Ferney —cuya capital se llama hoy Ferney-Voltaire—, y desde allí exhibió al mundo el inaudito experimento de un estado "gobernado" por un escritor.

"Pecadillos" no le faltaron, pero la posteridad prefirió perdonarlos. Fiel representante de la naciente burguesía francesa, padeció la pasión del dinero, y no fue siempre escrupuloso en sus negocios. Cortesano oportunista, celoso del éxito de sus colegas, su propensión a las disputas y su hipersensibilidad a la crítica fueron patológicas. Y su obra está enlutada por páginas judeófobas que Goebbels hubiera firmado gustosamente. Durante el gobierno de Pétain en Francia, el historiador Henri Labroue recopiló sus textos antisemitas bajo el título de Voltaire antijudío. Juzgado por crímenes de guerra, el "comisario de cuestiones judías" del gobierno nazi de Vichy, Xavier Vallat, esgrimió como defensa que se había basado en Voltaire. Este nunca dejó de ser centro de polémicas, y aun de odios. Para Edward Young, Voltaire fue "Satán, la Muerte y el Pecado"; para Gustave Lanson, "el filósofo necesario en un mundo de burócratas, ingenieros y productores".

ALMA DE MOSQUETERO. Nació el 21 de noviembre de 1694. Su padre era un próspero comerciante que había comprado un cargo en el Tribunal de Cuentas, pero él prefería suponerse hijo del mosquetero y chansonnier Rochebrune, que visitaba asiduamente su casa. Su madre murió cuando Franois tenía siete años. Fue su padrino, el abate de Châteauneuf, "libre pensador epicúreo" quien lo instruyó en el deísmo, las belles lettres, estimuló sus dotes de versificador, y lo presentó a la célebre cortesana Ninon de Lenclos, que le legó dos mil escudos para comprar libros. En el Colegio Louis-le-Grand, de los jesuitas, el niño se codeó con los "grandes", aprendió retórica, latín y estupideces", y gracias a las representaciones montadas para estudiar a los clásicos, descubrió el teatro, la pasión de su vida. Egresado, se introdujo en el disipado ambiente de los salones aristocráticos, entregándose al peligroso placer de ridiculizar en verso a los poderosos, al mismo tiempo que buscaba acomodarse entre ellos.

Papá Arouet agotó esfuerzos para alejarlo de ese ambiente: fracasó su intento de iniciarlo en la diplomacia en Holanda, y fracasó cuando amenazó deportarlo a Santo Domingo mediante una lettre de cachet (orden de prisión o deportación inapelable, firmada por el rey, que con el nombre de la víctima en blanco, se compraba fácilmente en la época). Franois siguió entregado a la literatura y emitiendo epigramas a diestra y siniestra, y se convirtió en el dandy literario de la alta sociedad. Su especialidad era el sarcasmo. "Nunca he elevado a Dios más que un ruego, muy breve: ¡Oh, Señor, haz ridículos a mis enemigos! Y me lo concedió". Pero raramente esperaba el auxilio divino, y sembraba su camino de peligrosos enemigos. En una ocasión, censuró los versos de Terrail, que repuso, amoscado: Muestran, al menos, que he vivido". "No veo la necesidad", retrucó Franois. En 1716, tras burlarse del regente Felipe de Orleáns, fue desterrado a Sully, y, cuando reincidió, se lo encerró en la Bastilla durante casi un año.

En prisión terminó de escribir Edipo, comenzó la Enriada, poema cuyo héroe es Enrique IV, y adoptó el nombre de Voltaire. Liberado en 1718, terminó cautivando al regente: obtuvo permiso para volver a París y mil escudos. Edipo fue representada el 18 de noviembre de 1718, con gran éxito. Con las ganancias obtenidas, Voltaire se inició en los negocios que lo convertirían en dueño de una enorme fortuna. En 1721 murió su padre, dejándole propiedades y una renta de cuatro mil libras anuales, a lo que pronto sumó una pensión de dos mil otorgada por el regente y otra de mil quinientas, de la reina María Lecszinska. En noviembre de 1723 el regente murió, pero Voltaire ya era amigo del duque de Richelieu; durante 1724 y parte de 1725, terminó la tragedia Mariana y escribió El indiscreto.

Era un autor de éxito y un philosophe cortesano, niño terrible de gran éxito en las mesas de los nobles y en las alcobas de las grandes señoras. Profesaba estentóreamente un deísmo que escandalizaba a los devotos y le garantizaba la hostilidad eclesiástica, y se expresaba con desfachatez rayana en la inconsciencia. A fines de 1725, en un teatro, el caballero de Rohan-Chabot le preguntó desdeñosamente: "¿Cómo se llama usted exactamente? ¿Voltaire o Arouet?". "No tengo un gran nombre, pero sé honrar al que tengo", replicó el escritor, poco después molido a bastonazos en una calle por los criados de Rohan. Voltaire practicó con las armas y desafió al noble. Fue enviado por segunda vez a la Bastilla. Tras una quincena entre rejas, se le permitió viajar a Londres.

LA ISLA DE GULLIVER. Inglaterra lo deslumbró. No había allí Bastilla ni lettres de cachet, pero sí derecho de habeas corpus y una monarquía parlamentaria; se toleraba el pensamiento libre y la excentricidad, y se discutía cualquier cuestión, hasta extremos inconcebibles en Francia. Conoció a Swift, se hizo amigo de Pope, Congreve, Pitt, Walpole, la duquesa de Marlborough. Comprendió que era gracias a sus libertades que los ingleses, con Newton y Locke, marchaban a la cabeza del pensamiento científico. Descubrió a Shakespeare. Lo asombraron los funerales de Newton, quien recibió honores póstumos que en Francia sólo recibiría un monarca amado por el pueblo. En uno de sus paseos, una turba, reconociéndolo francés, lo rodeó amenazante: "¡Cuelguen al francés! ¡Cuelguen al francés!". Voltaire objetó: "Señores, es injusto lo que queréis hacer conmigo. ¿Qué peor castigo en el mundo para un francés, que el no haber nacido en Inglaterra?". Fue llevado en andas por primera vez.

A principios de 1729, cuando volvió a Francia, era otro hombre. La Enriada fue al fin autorizada; y comenzó a escribir La Pucelle (La doncella de Orleáns) un largo poema, al menos indecoroso, sobre la heroína nacional de su patria, que lo divirtió y atormentó durante muchos años, porque aunque temía que su difusión clandestina pusiera en riesgo su seguridad, no dejó de escribirlo interminablemente, ni leerlo a sus visitantes, ni de enviar copias de él en su correspondencia durante media vida. Publicó varias piezas, entre ellas Brutus (1730) y Zaire (1732), la mejor de sus más de cincuenta obras: ya se lo consideraba el sucesor de Corneille y Racine. En 1733 escribió en inglés Cartas concernientes a la Nación Inglesa, himno al sistema político británico y los beneficios de la tolerancia religiosa, y ataque feroz contra los abusos del clero y las instituciones judiciales francesas. Hizo imprimir clandestinamente la Historia de Carlos II. En 1734 aparecieron en francés las Cartas filosóficas sobre los ingleses, versión aumentada del anterior, verdadero manifiesto del siglo de las luces, porque trata sobre la libertad política y religiosa, celebra la prosperidad, el progreso, y los avances de la ciencia, expone la filosofía de Locke y ataca a Pascal. El 10 de junio de 1734 un decreto del Parlamento de París ordenó quemar la obra, y se procuró el arresto de Voltaire, quien se puso a salvo en el castillo de Cirey, Lorraine, en brazos de Emilie de Breteuil, marquesa de Chatelet, con quien había empezado a intimar un año antes.

MADAME LA MARQUISE. La marquesa era una hermosa mujer de veintisiete años, apasionada por la geometría, la metafísica y los diamantes, casada con un militar siempre ausente en algún lejano destino. Con ella, durante más de tres lustros, Voltaire adquirió la cultura enciclopédica que es uno de los aspectos más asombrosos de su genio. Un divertido relato de este ménage trois hace Nancy Mitford en su Voltaire enamorado (1957). El escritor pagó la remodelación del castillo, incluyendo un nuevo jardín, y se entregó con Emilie a una vida de lujuria y estudios, sin dejar de escribir ni de hacer negocios. Entre 1735 y 1743 compuso La muerte de Julio César, Alzira o los Americanos (estrenada en París con enorme éxito), Mahomet, Mérope, El hijo pródigo, Zulima, la ópera Pandora y el poema El mundano, que tomaba en broma las figuras de Adán y Eva, y lo obligó a exiliarse tres meses en los Países Bajos. Esto ocurrió en 1736, año en que recibió la primera carta del príncipe Federico de Prusia. En 1738 publicó Elementos de la filosofía de Newton, obra de vulgarización que incluye la famosa fábula de la manzana, y difunde descubrimientos de la ciencia inglesa sólo accesibles entonces a unas pocos franceses privilegiados. También son de esta época Discurso en verso sobre el hombre, Tratado de metafísica, El niño pródigo. Bocetó una historia universal, que se convertiría en el Ensayo sobre las costumbres y se dedicó a la exégesis bíblica.

En abril de 1739, la pareja viajó a Bruselas, a París, y nuevamente a Bruselas, por asuntos de la marquesa. En septiembre de 1740, visitó a Federico —ya rey de Prusia— en Cléves. El monarca hizo cuanto pudo por atraerlo a su corte, sin resultado; el encuentro se repitió tres meses después en Berlín. En 1741, Voltaire y Emilie volvieron a establecer su cuartel general en Bruselas, mientras Federico, que abolió la tortura y preconizó la tolerancia de todas las religiones, desencadenaba la sangrienta e inútil guerra de la Sucesión Austríaca. El ascenso político de dos ex condiscípulos del Colegio Louis-le-Grand, los hermanos d’Argenson, y cierta liberalización de la corte, llevaron a Voltaire de vuelta a Versailles, y en 1742 se le encomendó una misión "secreta" ante Federico, con el fin de lograr que éste favoreciera los intereses franceses. Voltaire que se había ilusionado con la idea de "un príncipe filósofo que hará a los hombres felices", pronto descubrió que los reyes no son lo mismo que los príncipes. El desencanto de Federico ante ciertos rasgos personales de Voltaire no impidió que insistiera en atraerlo a su corte.

Con la llegada de la Pompadour a la alcoba de Luis XV, Voltaire ganó una nueva amiga y protectora. Participó activamente en las fiestas del casamiento del Delfín con la infanta de España (para esta ocasión escribió la ópera La princesa de Navarra). En 1745, celebró en un poema el triunfo de los franceses en la batalla de Fontenoy, fue nombrado historiógrafo real, y gentilhombre del Rey. En 1746 la Academia Francesa, que hasta entonces lo había ignorado, lo incluyó entre sus miembros. La muerte de su hermano Armand aumentó su riqueza, de distinto modo que los manejos del financista Duverney, a cargo de los suministros militares. Sin romper con la marquesa, inició una relación con su sobrina Denis, viuda regordeta, amante del teatro, a quien afectuosamente llamaba, en sus ardientes misivas, "Chancho Gordo".

Pero no entendía el oficio de cortesano: una noche de 1747 en que la marquesa perdía grandes sumas jugando a los naipes en la cámara de la reina, Voltaire le advirtió en inglés: "Estás jugando con tramposas". Nadie dejó de entender, y tuvo que esconderse dos meses en la residencia de la duquesa de Maine, donde produjo la opereta La gazmoña y la Tragedia de Roma salvada. De esta época es Zadig o el destino, al que seguirían Visión de Babouc (1748) y Memnon (1749).

En 1749 vivió un tiempo en Luneville, sede de la corte de Estanislao I de Polonia; aquí se había establecido la marquesa de Chatelet, ahora enamorada del militar y poeta Saint Lambert, de quien concibió un hijo, muriendo durante el parto, en septiembre de 1749, en presencia de Voltaire. Este, desesperado, abandonó Cirey e intentó establecerse en París con Denis, pero su estrella había cambiado. De modo que en junio de 1751 aceptó la enésima invitación de Federico II y se dirigió a Prusia.

SUEÑO BERLINES. Llegó el 10 de julio. Fue recibido con júbilo y honores, agraciado con la llave de chambelán, la cruz del Mérito, y una pensión de veinte mil libras. Desde su llegada dedicó la mayor parte del tiempo a escribir su obra y corregir los alejandrinos y madrigales del rey. Pero en 1751, una de sus operaciones financieras dio motivo a un escándalo judicial del cual surgió que había adulterado documentos en perjuicio de un financista judío. El rey, furioso, estuvo a un paso de expulsarlo de Prusia, pero desistió. "Es la historia de un pícaro que quiso robar a otro pícaro", escribió a Jourdan. De modo que el escritor siguió allí; terminó y publicó El siglo de Luis XIV, y concibió la idea de escribir en colaboración con el monarca una "Enciclopedia de la Razón".

En 1752 Voltaire se comprometió en una controversia sobre temas científicos con otro gran protegido del rey (y ex mentor de la marquesa de Chatelet): el talentoso Maupertuis (presidente de la Academia de Berlín, que Federico había creado), cubriéndolo de ridículo en el folleto Historia del doctor Akakia y del nativo de San Malo. El rey mandó quemar el impreso, y con gran severidad llamó al orden a Voltaire, que el 27 de marzo de 1753, exasperado, abandonó la corte (no sin antes enviar su dinero a otras plazas), terminando de exasperar, a su vez, al monarca. Pasó un mes en Leipzig, se trasladó a Gotha, hizo imprimir un Suplemento a Akakia, aun mas ofensivo que el original, y al llegar a Frankfurt fue apresado por orden de Federico.

Para recobrar la libertad tuvo que devolver el Palladium, composición obscena del rey "filósofo", abundante en referencias a otros monarcas; la llave de chambelán y la Orden del Mérito. Luego viajó a Mainz, y de aquí a Mannheim, Estrasburgo y Colmar, donde supo que Luis XV no le permitía entrar en Francia. Pasó un año en esta "pequeña ciudad devota, llena de riesgos, donde todo el mundo se confiesa y todo el mundo se detesta". En tren de simulación, también él se confesó, participó de la Eucaristía, y vivió en una abadía, escribiendo en secreto para la Enciclopedia y terminando los Anales del Imperio. Pero no engañó a nadie ni aplacó a sus enemigos, al contrario. Además, las intrigas y la aparición de una edición clandestina del Ensayo sobre las costumbres, historia del mundo desde el fin del Imperio Romano, que concede lugar importante a los países de Oriente, y una aparición clandestina de La doncella de Orleáns amenazaron nuevamente su seguridad.

Entre diciembre de 1754 y febrero de 1755 compró tres propiedades: una en Tourney; una residencia de invierno, "Monrion", en Lausana; y otra de verano, "Las Delicias", en las afueras de Ginebra, "porque los filósofos deben tener dos o tres cuevas para guarecerse de los sabuesos que los persiguen".

Nuevamente fue bien recibido, y casi en el acto comenzó a causar irritación. En agosto de 1755, cuando Rousseau, el gran ciudadano ginebrino, le envió un ejemplar de su Discurso sobre la desigualdad, Voltaire le escribió: "He recibido, señor, su nuevo libro contra el género humano, y se lo agradezco. No se puede pintar con colores más fuertes los horrores de la sociedad humana, de la cual nuestra ignorancia y nuestra debilidad se prometía tantos consuelos. Jamás se empleó tanto espíritu al intento de volvernos bestias: si cuando se lee su libro dan ganas de ponerse a andar en cuatro patas. No obstante, como hace más de sesenta años he perdido ese hábito, muy desgraciadamente me es imposible retomarlo, y dejo esa marcha natural a quienes sean más dignos de ella que usted o yo...".

En "Las Delicias" creó una sala teatral donde se daba el gusto de actuar en sus propias obras. La ley de la república de Ginebra prohibía las representaciones teatrales. Diplomáticamente advertido por el Consistorio, Voltaire debió llevar las representaciones a su residencia de Lausana. Pero no era hombre de arriar banderas, y en 1757 el séptimo volumen de la Enciclopedia desató un escándalo. El artículo sobre "Ginebra", escrito por D’Alembert tras una visita a "Las Delicias", a instigación de Voltaire, criticaba la prohibición y preconizaba la construcción de un teatro en la ciudad de Calvino, lo que motivó que Rousseau escribiera en 1758 su célebre Carta a D’Alembert sobre los espectáculos, que selló la inmortal enemistad entre los autores del Contrato Social y de Cándido.

YO ACUSO. Esta vez Voltaire no se equivocó al elegir nueva residencia. A fines de 1758 compró el señorío de Ferney, heredad en Francia, sobre la frontera con Suiza, desde donde podría pasar rápidamente de un estado a otro, según las circunstancias.

Hizo de Ferney su propio reino, desde el cual lanzó sus más vigorosos asaltos contra el fanatismo. Allí comenzó a firmar todas sus cartas y escritos, con el lema "Écrasez l’infâme", "Aplastad al infame". Actuando como un gran señor, o como un monarca, convirtió al lugar en una capital de la inteligencia, modernizó su agricultura y sus pequeñas industrias, estableció industrias nuevas y mejoró la condición de vida de sus habitantes. Defendió ante los jueces los derechos de sus "siervos". Erigió una capilla en cuyo dintel se lee Deo erexit Voltaire ("Voltaire la erigió para Dios"), y consiguió que el Papa envíe una reliquia para esta iglesia: en la comunión de las Pascuas de 1762 pronunció un sermón sobre el robo y la ebriedad, desencadenando el anatema del obispo de Annecy. Se entrometió en la política ginebrina, tomó el partido de los trabajadores nativos, sin derechos civiles, y los ayudó a instalar fábricas de medias y de relojes en su estado. Reclamó la liberación de los siervos del Jura. Logró suprimir barreras aduaneras. Su generoso e inteligente "gobierno" le ganó enorme popularidad. Se hizo famoso como "el Patriarca de Ferney", y recibió solemnemente la aclamación popular de su pueblo.

Más famoso aun lo hizo su intervención personal y activa en varios casos de persecución e injusticia, productos del fanatismo, que absorbieron gran parte de sus energías en los 60’. Ya había intervenido en 1756, por la causa del almirante inglés Bying, ejecutado por haber perdido una batalla. "Es bueno matar de vez en cuando un almirante para envalentonar a los demás", ironizó. Transformó el caso del protestante Jean Calas en una causa célebre, convirtiéndose en el primer escritor antes de Zola que movilizó la opinión pública internacional en favor de la víctima de una persecución. Jean Calas era un comerciante de Toulouse, cuyo hijo se ahorcó. Sin ninguna prueba se acusó a su familia en pleno de haberlo asesinado para evitar su conversión al catolicismo. El 10 de marzo de 1762, en medio de explosiones de histeria religiosa, Jean fue descoyuntado en la rueda mientras clamaba su inocencia; tras dos horas de "respiro", concedidas para permitirle una "confesión" a la que se negó, piadosamente se lo estranguló. Tras tres años de lucha, Voltaire obtuvo la vindicación de Calas y la indemnización de la familia; su célebre Tratado sobre la tolerancia fue consecuencia directa del affaire.

Nada pudo hacer en favor de La Barre, adolescente torturado con gran refinamiento y luego decapitado en 1766 por las supuestas ofensas de no descubrirse ante una procesión, derribar un crucifijo y poseer un ejemplar del Diccionario filosófico, "biblia del antifanatismo" que Voltaire había publicado un par de años antes. El Diccionario... ardió debidamente sobre el cuerpo del reo. Sí consiguió Voltaire revertir otros "errores" judiciales: los casos de Sirven (muy similar al de Calas); Espinasse (sentenciado a galeras por dar albergue a un ministro protestante), Monbailli, Lally, D’Etalonde y otros.

LA IGLESIA ENCICLOPEDICA. Voltaire era una celebridad mundial. Los visitantes llegaban de todos lados: fastuosamente recibió a Boswell, Casanova, Gibbon, el príncipe de Ligne, los filósofos parisinos de moda, viajeros ingleses, alemanes, italianos, españoles, rusos. Mantenía correspondencia con los "filósofos", con viejos amigos, con actrices y actores, y con cortesanos como Richelieu, Choiseul y madame du Barry. Un grupo singular entre sus corresponsales lo constituían los "déspotas ilustrados": renovó su carteo con Federico II. Por su parte Catalina de Rusia, protectora de Diderot y d’Alembert, quizá había mandado asesinar a su marido, pero estaba "ansiosa de escuchar la palabra del Patriarca de la Iglesia Enciclopédica". Este se equivocó al pensar que la tolerancia y el progreso podrían abrirse verdadero camino por medio de semejantes personajes. En cambio, fue clarividente acerca de la naciente burguesía; escribió a d’Alembert: "Tienes razón al declararte enemigo de los grandes y sus aduladores; sin embargo el grande lo protege a uno de vez en cuando, desprecia lo infame y no persigue filósofos; mientras tus pedantes de París que se han comprado un cargo, esos burgueses insolentes medio fanáticos, medio imbéciles, no pueden hacer sino daño".

Miles de estos burgueses leían fervorosamente la obra de Voltaire en toda Europa. Una fantástica batería de seudónimos (Rabí Akiv, pastor Bourn, M. Maki "intérprete de lenguas orientales del rey de Inglaterra", Clocpitre, Cubstorf, Jean Plokof) lanzaba desde Ferney andanadas de historias, sátiras, brulotes y tratados, para una nueva intelligentsia "progresista", que creía que las ideas podían cambiar el mundo.

Fue su primer amor, el teatro, el que lo hizo volver a París en 1778. Había terminado una nueva pieza, Irene; y su sobrina lo convenció de viajar para supervisar los ensayos. El 10 de febrero llegó en triunfo a la ciudad que no había visto durante veintiocho años: el recibimiento fue apoteótico. Más de quinientas personas lo visitaron el día siguiente de su llegada. Dignatarios extranjeros, aristócratas "de incógnito", representantes de la Academia y de la Comedia francesa, cientos de extraños y Benjamin Franklin, se desvivieron por verlo. El 16 de marzo, al estrenarse Irene, fue coronado de laureles en su palco y llevado en triunfo. Concurrió a varias sesiones de la Academia. Para soportar el trajín, bebía cantidades descomunales de café. A mediados de mayo enfermó de gravedad. Infinidad de leyendas se tejieron alrededor de sus últimos días, durante los cuales muchos sacerdotes lo visitaron también, ansiosos de obtener el trofeo de su conversión. Uno de ellos le preguntó si no creía llegado el momento de renunciar al diablo. "No es el mejor momento para hacerse de nuevos enemigos", respondió Voltaire. En una declaración hecha ante su secretario Wagniere enunció su posición: "Muero adorando a Dios, amando a mis amigos, no odiando a mis enemigos, detestando la superstición".

Falleció el 30 de mayo, y sus amigos consiguieron enterrarlo en Scellières, Champagne, anticipándose dos horas a la prohibición del obispo de la diócesis. No se permitió la publicación de obituarios, y se prohibió a la Academia que celebrara su habitual sesión especial ante la muerte de un miembro. Pero tras la Revolución, el 10 de julio de 1791, por decreto de la Asamblea Nacional, sus restos fueron transferidos al Panteón. Llegaron acompañados por un impresionante cortejo de cien mil personas: otras seiscientas mil lo rodearon al llegar a París. Pero en 1814, durante la restauración borbónica su sepulcro fue profanado, sus restos mezclados con los de Rousseau, y calcinados en un solar suburbano. En 1864, cuando se quiso reunir su corazón, preservado por allegados tras su muerte en una caja de plata, con los demás restos, se descubrió que el sarcófago estaba vacío. l

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