Un país encerrado en sesenta segundos

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Matías Castro

La escena es igual a una que se veía en The Matrix, pero en lugar de ocurrir en un mundo virtual, sucede en un mercado al aire libre en Chiang Mai, al norte de Tailandia. Y a más de cuarenta horas de avión de distancia desde Uruguay. Se trata de un gigantesco mercado que se extiende por decenas de cuadras, con miles de personas caminando como hormigas, ya sea para comprar, vender o cantar y bailar a cambio de monedas.

De repente, unos vetustos altoparlantes ubicados por todas partes emiten el himno de Tailandia y todos se congelan en sus posiciones, turistas incluidos. El paisaje pasa de ser un hervidero entre turístico y tradicional a ser una fotografía congelada en la que participan multitudes y que se puede recorrer por dentro (si uno se atreve a romper esa inmovilidad que se impone). Un minuto más tarde, el himno termina y todos continúan sus movimientos.

El tiempo que dura el himno y la inmovilidad multitudinaria contienen una buena presentación de la identidad tailandesa. Ahí están la religión, el comercio, el turismo, la historia, la amabilidad, los olores y sabores con carácter, el sexo, la riqueza y la pobreza.

RAMA, EL SUPREMO. Tailandia tiene el jefe de Estado más duradero en su cargo en todo el mundo. El rey Rama IX, cuyo verdadero nombre es Bhumibol Adulyadej, ha estado en su cargo por casi 66 de sus 84 años de vida. Su imagen está, literalmente, por todos lados y resulta fácil de encontrar en el extenso mercado de Chiang Mai al igual que en cualquier rincón de Tailandia. Todos los billetes tienen su imagen. Cualquier casa o comercio, de la clase que sea, tiene sus fotos rigurosamente enmarcadas en dorado.

En la calle se ven con frecuencia enormes retratos en los que aparece con su atuendo real y que muchas veces funcionan como monumentos o portales. En las librerías del aeropuerto su biografía, en una edición de lujo, aparece marcada como best-seller. Antes de las funciones de cine, un aviso institucional muestra el progreso de Tailandia y a Rama IX acompañándolo todo, amando a su pueblo y recibiendo todo el respeto. El aviso termina con el rey surgiendo entre rayos dorados y un cielo celeste, con música gloriosa.

La línea entre el respeto y el temor no queda del todo clara y hace pensar en lo que cuentan sobre la imagen de Kim Il-Sung en Corea del Norte. La gente no habla demasiado sobre el tema. Lo que se puede leer en el Bangkok Post, un diario local en inglés, es que en estos tiempos se ha debatido mucho sobre una posible derogación del delito de lesa majestad, por el que cualquier crítica se considera punible. Pero esas intenciones de cambio se han desinflado y han quedado reducidas a un pequeño grupo de académicos y al comentario editorial suave del Post.

Según un artículo de The Guardian, desde que ascendió al trono tras la muerte de su hermano, en 1946, Rama IX ha autorizado al menos 15 golpes de estado (aunque usó su influencia para detener algunos), 16 constituciones y 27 cambios de primeros ministros. Pero pase lo que pase, su figura sobrevuela cualquier problema y él ha sido distinguido varias veces por la revista Forbes como el monarca más rico del mundo. Aceptar el hecho de que haya pocos cuestionamientos visibles y que su figura sea reverenciada en la vida cotidiana es un primer paso para intentar entender la idiosincrasia tai.

ESTÓMAGO Y NARIZ. Otro paso es aceptar los olores. Basta caminar un par de cuadras por la efervescente Bangkok, donde viven ocho millones de personas en un clima cálido con presión y humedad tropicales, para sentirse invadido por aromas. Muchos cuentos de turistas van acompañados por gestos de asco a la hora de referirse al tema, algo que tiene mucho que ver con el rechazo a los contrastes. Carros de comida callejera al borde de la vereda o directamente sobre las calles están por toda la ciudad y ofrecen desde embutidos aderezados hasta bollitos multicolores al vapor, cucarachas, langostas y gusanos fritos (crocantes como un snack y solo con sabor a soja), tofu preparado de mil formas, sopas en bolsa, fideos también en bolsa y muchas otras comidas difíciles de identificar. En Tailandia, y especialmente en Bangkok, es fácil manejarse valiéndose del inglés, pero los vendedores callejeros suelen estar limitados a entender la pregunta "¿How much?" y a decir los precios en ese idioma. Resulta difícil encontrar uno que sepa explicar los mil y un alimentos que vende, y mucho menos sus ingredientes.

En los ingredientes es donde se puede encontrar algunos puntos de choque. Están los curries, por ejemplo, hechos con leche de coco, lemongrass, jengibre y mariscos, pollo o cerdo. Son aromáticos, calientes y generalmente picantes; combinación que, aunque no lo parezca, es perfecta para enfrentar el calor aplastante. También están el pescado y los mariscos secos, que pueden parecer podridos por su olor y sabor, pero están presentes en platos como el famoso Pad Thai, considerado uno de los más deliciosos del mundo por los especialistas.

En el mercado de Chiang Mai hay puestos con baldes de madera que tienen adentro un material sólido que parece Asfalkote. Es chaokuai, gelatina vegetal; los vendedores la raspan con cuchara, la sirven en un plato bañada con azúcar negra o maní molido y la venden como dulce. Es un postre cuyo sabor está en el maní y el azúcar y que solo se ve en el norte. A su vez, es de los más populares en una gastronomía que no abunda en postres más allá de frutas y algunas otras opciones.

El turista más prejuicioso podrá pasar perfectamente un mes sin probar la comida local, comiendo en cadenas internacionales o locales musulmanes, mexicanos, estadounidenses, italianos, alemanes y hasta brasileños. Tailandia tiene tal penetración occidental que es posible encontrar aún más variedad. Pero no tendría sentido viajar hasta allí para no probar siquiera una vez un desayuno local, con frutas, café, sopa y aceites picantes (combinación ideal para comenzar el día con fuerza y sin peso en el estómago).

ZONAS ROJAS. La apertura a Occidente se siente en casi todas partes, al menos en el eje de destinos populares: de Chiang Mai hasta Bangkok, al centro y luego a las playas del sur. El turismo sexual hizo que históricamente Tailandia fuera identificada con temas sórdidos y peligros horrendos, potenciados por novelas y películas. Los pájaros de Bangkok, de Manuel Vázquez Montalbán, es un buen paseo gastronómico por ese eje, pero también apela al sexo y a la sordidez para mostrar el país (nada se le puede achacar, ya que es una historia policial). La novela Bangkok 8, de John Burnett, presenta a la vez un viaje respetuoso y didáctico por la espiritualidad tailandesa y un recorrido por el mundo de las drogas y la prostitución en ese distrito de la capital.

Una vez en el país, el visitante puede notar la presencia del mundo del sexo, ya sea en Pat Pong, distrito rojo de Bangkok, o en la desmesurada y multitudinaria zona roja de Patong Beach, en la isla de Phuket. También se nota, de otras maneras, entre los jóvenes que inundan la famosa isla Phi Phi (donde filmaron La playa, con Leonardo DiCaprio). Por otra parte, hay una gran cantidad de travestis, transexuales y gays que parecen perfectamente integrados en la sociedad. En este sentido, el país parece amplio, desprejuciado e integrador pero una nota en la guía Lonely Planet con una docente universitaria travesti agrega el dato de que es más una apariencia y que aún falta mucho para que se hable de una integración real.

BUDA QUERIDO. El noventa y cinco por ciento de la población practica el budismo Theravada, una rama que llegó desde Sri Lanka y que tiene diferencias grandes con el de India. En un cruce de calles del mercado de Chiang Mai, un Buda dorado de un metro de altura es bañado con un cucharón de agua por cientos de transeúntes de todas las edades que se acercan a mostrarle sus respetos. Ese es apenas un ejemplo de que la deidad está presente en la vida de los tai, tanto o más que el rey.

En ese sentido la visita a los wats, o templos, es obligatoria. Muchos de ellos son estructuras impresionantes que no solo encierran historia sino muestras de arte hermosísimas. Los templos, por ejemplo, suelen tener pinturas en sus paredes donde distintos artistas representan imágenes de la vida de Buda o escenas tradicionales de la historia.

Para los tailandeses, a diferencia de lo que ocurre en Laos y Camboya, un wat es cualquier lugar de oración que no sea una mezquita. Pero, estrictamente hablando, un wat es un predio que incluye el templo, los sitios de residencia y estudio de los monjes, y el edificio donde está la imagen central de Buda. Este edificio puede ser impresionante como el del Buda Reclinado, que encierra una figura de cuarenta y seis metros de largo por quince de altura, o deslumbrante, como en el del Buda Esmeralda; ambos en Bangkok.

Los predios de los wats son siempre atractivos para recorrer, aunque algunos están inundados por turistas. Y con todo, así como la religión se acomoda en medio del gran mercado, también encuentra su sitio de oración en medio de la marea de visitantes. Así que es común ver en los templos más famosos cómo los tailandeses dedican unos minutos a la oración, arrodillados en el piso, entre visitantes de todo el mundo que, en señal de respeto, solamente cumplen con la regla de descalzarse antes de entrar.

Muchísima gente viaja a este destino con la ilusión de que podrá iluminarse o poner un poco de paz al caos de su vida en Occidente. Pero no es tan fácil. Algunos templos admiten conversaciones con monjes como forma de introducción al budismo y mientras se esté en el país se puede percibir la falta de estrés que se asocia a la religión. En el ritmo de vida occidental sería difícil implantar en la vida cotidiana hábitos tailandeses simples (no hay cuchillos en la mesa porque son armas, la gente se descalza en los sitios cerrados, etc.) y otros más complejos.

Algo apreciable allí y casi imposible de trasladar a estas sociedades es el clima del tránsito. Bangkok es un caos, con miles de autos, camiones y motos en todas las calles. Cruzar avenidas es una ciencia difícil de aprender ya que no implica siempre guiarse por los semáforos sino por el momento en que un tailandés se resuelve a cruzar en un hueco que le deja el infinito flujo de vehículos. Varios días después de aventurarse por estas calles, se descubre que, a pesar del aparente desorden, no escuchó un bocinazo ni un grito entre conductores; algo inimaginable en las cada vez más pobladas calles de Montevideo y mucho menos en Buenos Aires. Hay ciertas cosas que la propia sociedad impone al individuo, más allá de la intención de cada uno y eso es lo que cuesta trasladar.

Cuando en 2006 se derrocó al primer ministro Thaksin Shinawatra, responsable de la modernización del país (cosa notoria, cabe reconocerlo), no hubo protestas en la calle a pesar del apoyo popular que tenía. Eso no quiere decir que no haya habido manifestaciones en otros momentos, pero lo cierto es que las mayores explosiones han sido de parte de grupos musulmanes en el sur, cerca de la frontera con Malasia, protestando con actos terroristas por ganar independencia.

En la novela y la película La playa se cuenta la historia de un joven que busca aventuras y fiesta en las playas del sur, un verdadero paraíso como puede comprobar cualquiera que busque imágenes en Google. Lo que encuentra allí es un grupo de extranjeros que invaden ese rincón virgen, lo conquistan y crean su propia comunidad, con ellos mismos y los tailandeses por enemigos. Lo que está contado ahí en clave de thriller es una buena representación de la realidad: extranjeros que llegan a un lugar soñado, lo invaden, lo destruyen y los tailandeses los detestan.

A diferencia del resto del país, la isla de Phi Phi, que es donde se ambienta parte de La playa, se caracteriza por la poca simpatía de los tailandeses. Es una excepción, probablemente porque el poco espacio habitable está invadido literalmente por los fárángs, o extranjeros; y porque éstos solamente buscan fiesta. De visita en los templos de Bangkok, la realidad no es muy distinta, solo que los fárángs buscamos tomar fotos, aunque haya que meterse entre los que están rezando.

En la novela y la película los tailandeses disparan con metralletas a los extranjeros. En la isla de Phi Phi, en la realidad, solo son secos y se limitan a cobrar. En Bangkok y en el norte no pierden su amabilidad, tal vez porque los turistas no siempre son tan invasivos o tal vez por la presencia de Occidente que se percibe por todas partes, ya sea en los comercios, en la señalización de las calles o incluso en la cantidad de librerías con libros en inglés.

Espíritus de zona roja

Dar vuelta por algunas esquinas de Pat Pong, la zona roja de Bangkok, es más atractivo que arriesgado. No es cien por ciento seguro, como es lógico, pero puede permitir descubrir algunas cosas. Por ejemplo, en la puerta de un club de strippers mal iluminada, se ve una casita sobre un pedestal. Esta casa en miniatura, que tiene comida y bebida reales, muñecos y hasta algún mueble, es para albergar a los espíritus que fueron desplazados del lugar. Como un rastro animista, este tipo de casitas está por todos lados, ya en la ciudad o en las zonas rurales y las islas del sur. Siempre albergan a los espíritus que perdieron su morada por las construcciones que ocupan el lugar. Es un buen ejemplo de cómo la espiritualidad está presente en todos lados, aunque sea entre las más curtidas prostitutas, taxi boys y gigolós.

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