Primera novela de B.R. Yaeger

Un extraño artefacto literario que explora el asco contemporáneo, alimento predilecto de los incels

Libro que produce fascinación y extrañeza

B. R. Yeager.JPG
B. R. Yeager
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por Ramiro Sanchiz
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Decapitaciones, violaciones, torturas, accidentes brutales, asesinatos de bebés… cabe preguntarse qué más puede habitar las playlist del asco contemporáneo y sus fascinación obsesiva. A comienzos de la década de 1970, el escritor británico J. G. Ballard hablaba de la “muerte del afecto”, un estado colectivo en la producción de subjetividades y sensibilidades caracterizado por la mínima respuesta a los estímulos, incluso los más extremos. Años más tarde, en 1995, la banda estadounidense de metal alternativo Tool abría su álbum Aenima con “Stinkfist”, una oda al fisting cuyo sujeto de la enunciación repetía que, si bien ya nada puede satisfacernos por haber sido desensibilizados y perdido toda sutileza, de todas formas debemos “seguir excavando” en la experiencia.

Las decapitaciones, violaciones, torturas, accidentes brutales grabados en videos viralizados en Youtube, asesinatos de bebés cuyas filmaciones son compartidas en foros de Internet y consumidos por incels, varones blancos encerrados en sus habitaciones (mientras sus padres pagan techo y comida), que se pasan el día hablando de asesinatos que jamás han cometido y de estrategias para hackear cuentas en redes sociales y extorsionar a las mujeres que tanto odian, pueblan las páginas de Amigdalatrópolis, la primera novela de B. R. Yeager (1984). Publicada originalmente en 2017, ha sido ahora traducida al castellano por editorial Caja Negra, cuya colección Efectos Colaterales lleva ya tres años explorando las zonas más intensas y radicales de la ficción contemporánea.

Si el meta porno-oscuro-literario fuera un género (quizás lo sea), se podría estar ante una de sus obras señeras; a la vez, más allá de la advertencia de que, como dice la portada del libro, su lectura pueda afectar nuestra sensibilidad, vale la pena pensar en Amigdalatrópolis como un artefacto literario especialmente afinado para la producción también de fascinación y extrañeza. En particular pasada su primera mitad, cuando poco a poco las fronteras entre lo real, lo imaginado, lo soñado y lo alucinado empiezan a borrarse. Finalmente, entre posteos de foros sobre astrofísica que lidian con el límite del infinito, la novela se disuelve en un más allá desolado, un paisaje necromodernista de ruinas y abandono: el de la extinción completa de la humanidad o, en la línea de J. G. Ballard y Nick Land, de todo lo que alguna vez ha sido tomado por lo humano.

AMIGDALATRÓPOLIS, de B. R. Yeager. Caja Negra, 2025. Buenos Aires, 180 págs. Traducción de Alejo Ponce de León.

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