22° FESTIVAL DE JAZZ DE PUNTA DEL ESTE

Swing entre las vacas

El que llegó a El Sosiego a escuchar música con actitud humilde y dispuesto al disfrute íntimo, participó del misterioso proceso de "apreciar" el jazz. Nadie sale igual de un festival de este nivel.

Rudy Roysyon. Foto: Jimmy Baikovicius
Bruce Harris. Foto: Jimmy Baikovicius
Chano Domínguez. Foto: Jimmy Baikovicius
George Colligan. Foto: Jimmy Baikovicius
Nicole Glover. Foto: Jimmy Baikovicius
Paquito D'Rivera. Foto: Jimmy Baikovicius
El Sosiego. Foto: Jimmy Baikovicius

Fueron cuatro días, del 4 al 7 de enero, donde hubo mucho calor, mucho frío... y lluvia. El clima varió radicalmente de un día para el otro. Lo que no cambió en 22 años de existencia es el apoyo del público que, como siempre, se instaló absorto en medio del campo para escuchar a un grupo de maestros del jazz durante más de cuatro horas cada día. Porque de eso se trata el jazz: de una audición atenta, única y personal. En la contratapa del programa del festival, debajo de una foto de Louis Armstrong, se transcribe una cita suya: "Si tienes que preguntar qué es el jazz, nunca lo sabrás". Algo que también dijo otro maestro, Fats Waller: "Si necesitas preguntar, ni te metas". El mensaje es claro: cuando alguien llega a esta zona rural uruguaya detrás de Punta Ballena, con un gran escenario junto al que pastan las vacas, con olor a bosta y choripanes pero todo muy cool, debe hacerlo con humildad y dispuesto al disfrute íntimo de la escucha. Nadie le va a preguntar, ni usted necesitará hacer preguntas. Solo hay que dejarse envolver por la música, por la magia, por lo que el crítico Ted Gioia llamó "el misterioso proceso de 'apreciar' el jazz".

ESTADO DE GRACIA.

Ese misterioso proceso es lo que llevó a muchos a considerar al jazz una música elitista. No lo es. Alcanza con llegar al campo de El Sosiego, aunque usted no sepa nada de música, para quedar deslumbrado escuchando la batería de Jason Marsalis (miembro de una familia venerable del jazz de Nueva Orleans, hermano menor de Wynton y Branford Marsalis). Jason integra en esta oportunidad el Stephen Riley Cuarteto. Flaco, alto, con ojos curiosos y mirada divertida, deambula entre el público antes de subir al escenario (como también hace el resto de los músicos, como si todo fuera una gran familia). Sentado en la batería, cada una de las cuatro extremidades de Marsalis parece ir por camino propio. Cada mano y cada pie hacen cosas diferentes, parecen ir a ritmos distintos. Debería ser el caos, y sin embargo no.

Los músicos de jazz no tocan necesariamente encima de cada pulso del compás. Pueden tocar en diversos sitios, es decir, levemente antes o después del pulso, o más lejos del pulso, generando subdivisiones del ritmo. Pero eso no es lo más importante. Lo que distingue al jazz es la improvisación, la espontaneidad. No hay partitura, no puede haberla porque están creando en tiempo real. Quien escuchó atento a Marsalis la noche del jueves o el sábado descubrió que el pillo estaba generando vínculos secretos entre esos golpes de batería, platillo y bombo, vínculos subversivos, simultáneos e improvisados por debajo del amplio continuo del ritmo, de su métrica, y que el conjunto tenía sentido, tenía swing, y estaba colocando a quien escucha en un estado de gracia poco común.

Otro músico del Stephen Riley Cuarteto, el bajista Rodney Jordan, deslumbró con más ingredientes. Por ejemplo sus fraseos, cuyas notas tocadas en el enorme contrabajo iban de una subdivisión del ritmo a otra con total naturalidad. Pero no solo eso. Las notas no sonaban puras sino "sucias", estiradas, como si fueran algo diferente, eran más que un do, un re, o un la. Tenían intención, emoción, patinaban, y eran parte de ese fraseo improvisado, único, que quizá nunca volvería a tocar. Abrazado a su instrumento, Jordan parece tragárselo. Toda su anatomía lo abraza, le habla, y sus dedos largos, larguísimos, casi extraterrestres, le arrancan sonidos a las cuerdas que dejan al oyente extático. "Nunca escuché a un contrabajo producir esos sonidos" dijo mi esposa.

Cuando el ritmo disminuía, y los conjuntos tocaban melodías a menor volumen, las vacas pastando junto al escenario mugían. Se hacían escuchar. Tras 22 años de jazz, cuestiones como timbre, ritmo y fraseo deben ser parte del adn bovino.

DE TODAS PARTES.

El jazz es universal, a diferencia de Hollywood. El cine norteamericano nunca lo consiguió. Prueba de ello es Bollywood, la industria cinematográfica india con epicentro en Bombay, culturalmente autónoma y tan poderosa en términos económicos. El jazz, sin embargo, llegó a cada rincón del planeta. Y la selección de músicos que vinieron a esta edición, bajo la batuta del director musical Paquito D'Rivera y del alma mater del festival, Francisco Yobino, son una prueba al canto.

Si bien casi todos son protagonistas de la escena jazzística de Nueva York, queda claro que muchos no nacieron ahí. Por ejemplo el contrabajista Boris Kozlov, formado en Moscú, integrando el George Colligan Trío, que hasta en la noche más fría debió secarse la transpiración de la frente, tal su entrega. O el trompetista y compositor argentino Diego Urcola, que llegó de jovencito a Nueva York y hoy es un protagonista de esa escena. Escuchar su trompeta fue un deleite, en sus solos o hermanada al saxofón de Chris Cheek, una de las estrellas del jazz mundial actual: parecían un solo instrumento. Otro punto alto de esta diáspora fue el pianista originario de Cádiz, Chano Domínguez, que como supo destacar Paquito D'Rivera al presentarlo, es uno de los pocos músicos actuales que podría jactarse de ser original, pues trasladó la esencia de la guitarra flamenca, su primer instrumento, a sus composiciones y a su ejecución del jazz en el piano. O el nicaragüense Donald Vega al frente de su grupo, que tiene estrellas como Brandon Lee en la trompeta o Jon Irabagon en el saxo tenor, pero que como grupo permitió comprobar con alegría que el jazz es en esencia una experiencia colectiva, grupal, de escucha mutua y de diálogo entre instrumentos. O los uruguayos, parte de los "sospechosos de siempre" del festival como señaló Paquito, con la presencia de Popo Romano, Nicolás Mora, o la sorprendente ejecución del violinista Federico Nathan en el cierre del domingo. O el argentino Daniel "Pipi" Piazzolla. Y por supuesto el cubano Paquito, que deleitó con su clarinete, su calidez personal y una hilarante conducción, presentando a cada grupo y mofándose de sus propios errores (tras presentar al grupo equivocado, con una larga introducción, aclaró: "Y... dénle a un cubano un micrófono y se pasará hablando 35 años...").

Tras el cierre, y mientras uno camina por el campo hacia la salida, intentamos hacer un balance. Por ejemplo, qué baterista impactó más, si Eric Doob, Rudy Royston, Pete Van Nostrand, Neal Smith o Marsalis, y será imposible definirlo, porque cada uno conmovió, improvisó, dialogó y escuchó como solo saben los maestros, aunque con el correr de los días alguno se impondrá sobre otros en el fuero íntimo. Alguien del público, detrás nuestro, dijo que le había encantado el Bruce Harris Cuarteto y su acompañante, sorprendido, reaccionó y le dijo que a él le había gustado más el trío anterior de Colligan. Cada uno creyó que su emoción era también la del otro, pero no. Una prueba de que el jazz se vive de forma íntima, y que ese viaje es diferente en cada persona. Comprobar esto deviene en agradecimiento.

Nadie sale igual de un festival de jazz de este nivel. Ni siquiera los propios músicos. Al cierre, y a modo de devolución, el pianista oriundo de Nueva Jersey George Colligan le dijo al público, luego de pedir disculpas por ser norteamericano ("nadie es perfecto" expresó, quizá avergonzándose por Donald Trump): "es un placer estar aquí en el mejor festival de jazz del mundo".

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