por Eduardo Milán
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Ezra Pound es algo así como el faro mayor de la poesía del siglo XX para gran parte de la poesía norteamericana y para un puñado de poetas latinoamericanos. Esta última señal o prueba de atención la dieron los poetas concretos de Sao Paulo, Augusto y Haroldo de Campos y Décio Pignatari. Ningún movimiento poético de mitad del siglo XX le concedió la importancia real a Old Ez (así le decían) que le dieron los poetas concretos brasileños. Es que Pound, no sólo en sus célebres Cantares, obra mayor de la poesía del siglo escrita a lo largo de su larga vida, fue un guía poético del siglo. Y eso que formaba parte de la generación de los “Modernos” norteamericanos que integraban también Marianne Moore, William Carlos Williams y Louis Zukovsky, entre otros notables. Pero a Pound lo agarró la guerra. Y agarrar es el verbo preciso: Pound cayó presa de las garras actorales del Duce Benito Mussolini. Y como el fascismo es, como el otro gran corporativismo, el socialismo, enemigo de la usura, vio un anti-usurero en el fascista más operático que registra la historia. Claro que Pound no fue el único intelectual seducido por el operático Muss. También Marinetti, el célebre vanguardista de “las palabras en libertad”. Pero Pound era norteamericano y quedó del lado contrario de la guerra. Con la caída de Muss Pound vivía en Italia. Y al fin de la guerra Pound fue hecho prisionero por los aliados que entraron en Italia y puesto en una jaula que sólo tenía techo y barrotes. Y eso fue posible porque sus grandes amigos, T.S. Eliot sobre todo (también un gran “conservador revolucionario” en la poesía del siglo XX pero políticamente monárquico, es decir, inoperante) le salvaron la vida alegando locura. Y la verdadera locura de Pound era la “buena locura” de la poesía. Su fascismo fue racional. Y pagó por ello. Lo interesante de la figura Pound para mí radica en ver cómo esa pasión por el compromiso político de los poetas o intelectuales parece haber desaparecido en el presente. Las utopías, de derecha a izquierda, son cosa del pasado. La virtualización comunicativa y el mundo-red han ocupado el lugar de lo posible tecnológico con una instrumentalización que no deja espacio para el objeto, ni siquiera para el objeto de nuestros sueños que ha sostenido el paso de los hombres desde el Renacimiento, nada más lejos ni más cerca.
(Leonardo Mainé/Archivo El País)
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