Ilan Stavans
LA PELÍCULA El escritor oculto (The Ghost Writer) del perseguido -y perseguible- director de cine Roman Polanski es una excusa necesaria para reflexionar sobre la verdad en la política y en la literatura, y sobre el tergiversado arte de la autobiografía.
Basada en la novela homónima de Robert Harris, que alguna vez fue amigo del Primer Ministro británico Tony Blair pero que el destino convirtió en adversario, la película tiene como protagonista a un escritor que es contratado por una editorial londinense para terminar el manuscrito de la autobiografía del Primer Ministro británico Adam Lang. Este personaje está modelado sobre la persona de Tony Blair, entre otras cosas porque el actor irlandés Pierce Brosnan, en su juego histriónico, no hace otra cosa que invocar sus manierismos. El escritor, protagonizado por el actor escocés Ewan McGregor, y a quien la narración se refiere como "El fantasma", reemplaza a un precursor que trabajaba en el manuscrito, pero que al descubrir un secreto peligroso fue asesinado en circunstancias sospechosas. Descubrir ese secreto sin morir en el intento (el primer fantasma deja pistas al segundo) y recibir como sueldo una enorme suma de dinero, ocupa los 128 minutos de la película.
A CONTROL REMOTO. A Polanski le gustan los fantasmas. Terminó la película durante su cautiverio suizo, bajo arresto domiciliario, mientras esperaba noticias de una posible extradición a los Estados Unidos por la violación de una menor de edad en Los Ángeles en 1977. Parte considerable de la trama fue rodada en Martha`s Vineyard, una isla en la costa oriental de Cape Cod, Massachusetts. Tuvo, pues, que ser dirigida a control remoto: desde una casa en Gstaad, por un fantasma. Casi todas las imágenes son hitchcockianas: el movimiento estático de la cámara recuerda North by Northwest y el juego de close-ups que a un tiempo revelan y esconden viene de The Lady Vanishes. El homenaje es intencional: Polanski rinde tributo al maestro del suspenso. Al hacerlo, rechaza la estética barroca de Hollywood, con su obsesión con los efectos -o, mejor dicho, defectos- especiales.
En inglés, el término ghost writer (literalmente: escritor fantasma), que hace pensar en Hamlet, ejerce una presencia contundente en el género autobiográfico contemporáneo. El nombre del autor que aparece en la portada en letra grande no es el escritor del libro sino un mero depósito de recuerdos. A través de entrevistas, el fantasma recopila esos recuerdos y los articula de forma coherente. Lo que el lector tiene en la mano es un enredo. Nada es lo que es: el contenido viene del político, las palabras vienen del fantasma, y la originalidad radica en la falta de autenticidad. Lo que se cuenta y cómo se lo cuenta son, en esencia, cosas distintas.
No hay programas universitarios para entrenar ghost writers. Tampoco hay agrupaciones gremiales. La profesión, en el mercado editorial anglosajón, conlleva una cierta dosis de vergüenza: el escritor fantasma casi siempre llega a serlo porque su propia carrera artística está estancada. Por supuesto, esa vergüenza tiene un revés económico. El pago por un trabajo editorial, cuando se trata del manuscrito de una celebridad, puede superar el millón de dólares. Quien sabe afinar las cuerdas termina siguiéndole la pauta a Flaubert, porque el mejor fantasma literario es el que no deja huella.
O, para decirlo a la manera gringa, el mejor escritor fantasma "leaves his ego at the door": deja su ego en la puerta de entrada. Es decir, su yo queda suspendido y el yo del entrevistado asume el control. En ese sentido, su esfuerzo es titánico: la suya en realidad es una biografía que debe leerse como autobiografía. Hay, además, un juego fascinante entre literatura oral y escrita. El fantasma primero lo oye todo y luego lo transcribe. Sin embargo, el estilo del libro debe borrar todo indicio del acto verbal, convirtiéndolo en una minuta, una signatura: en suma, un texto.
QUé DICEN CUANDO NO HABLAN. Todo el mundo sabe que los políticos tienen un código de comunicación propio que va más allá del lenguaje. Al comienzo de la novela Colores primarios. Una novela política (Alfaguara, 1996), un roman aclef de autor anónimo que terminó por ser de Joe Klein, periodista de Newsweek, advierte que "el apretón de manos es el umbral de la política" y describe a continuación las numerosas formas que tiene el candidato de dar la mano. La novela, inspirada en la campaña presidencial norteamericana de 1992, es sobre un asistente afroamericano, Henry Burton, un George Stephanopoulos disfrazado que asesora al gobernador sureño y candidato Jack Stanton. Resulta que Stanton es y no es Bill Clinton, así como Adam Lang es y no es Tony Blair.
Estos subterfugios fascinan a Polanski. Por ejemplo, qué dice el político cuando no abre la boca. Hablar y escribir, sugiere el director, son quehaceres distintos. La política es el arte de esconder la verdad. O, si no de esconderla, al menos de soslayarla. La verdad de la literatura, por el contrario, es reveladora: dice las cosas como son y no como deberían ser. En un comunicado de prensa, Blair aseguró no ser Adam Lang y se manifestó molesto por la actuación de Brosnan. El reclamo es ridículo: no hay personaje de una autobiografía que no sea, de principio a fin, una ficción. Polanski lo subraya y asevera que, en el ámbito de la política, los fantasmas conocen la verdad personal del líder y están más cerca de su caudal de memorias que el líder mismo.
Persona y personaje. Puede que El escritor oculto no sea perfecta; es, sí, profética. Polanski vaticinó la reacción popular que tendría la publicación de la autobiografía de Blair, A Journey: My Political Life (2010) quien, acusado de asesino, casi a cada parada recibió una lluvia de huevos. Su culpa: haber colaborado con George W. Bush en la equivocada empresa bélica de Iraq. Donde la película se equivoca es con "el fantasma". Es debatible si Blair es o no un truhán, pero a juzgar por su autobiografía, sin duda es un escritor paciente, si bien alérgico a la revelación. Su autobiografía es mediocre, no porque él carezca de talento sino porque, como político, le interesa persuadir, no conmover. Si bien no hay en sus 624 páginas una sola epifanía que explique sus motivaciones individuales, nadie duda de que Blair escribió todas y cada una de esas páginas. Es decir, ningún fantasma está detrás de su autobiografía. Quizás estribe allí la honestidad de Blair: su voz no es prestada.
Hace algunos años se publicó la autobiografía de David Wells, un famoso beisbolista que fue pitcher de los Yankees. Allí confesaba haber ingerido sustancias ilícitas para mejorar su desempeño en el juego. Y acusaba a varios colegas de lo mismo. Cuando los medios de comunicación confrontaron al beisbolista, se arrepintió del libro y dijo casi como si el espíritu de Mark Twain lo hubiera poseído: "Fui citado erróneamente en mi autobiografía". Esa destreza le gusta a Polanski. La diferencia entre la fama y la celebridad es que la primera se basa en un hito (una innovación, un invento, un descubrimiento) mientras que la segunda es un capricho. En el ámbito de la celebridad, el éxito depende en dejar que sean los otros los que digan lo que uno piensa.
Como lo comprueba El escritor oculto, si en el intento descubren un secreto, que mueran en el intento. No importa: la única voz que tiene valor es la falseada. Por otra parte, Blair ha entregado las páginas de su autobiografía libres de todo secreto; de ahí el tedio que despiertan. Polanski, por lo menos, tiene el talento de saber entretener.