UN ITALIANO ENOJADO cuenta en extenso cómo unos maleantes golpearon y violaron a su hija. Le está exigiendo a su interlocutor (que demora en hacérsenos visible) que haga justicia, a cambio de dinero. En amplios circunloquios su interlocutor le reclama humildad, amistad, respeto, sumisión. Recién cuando el hombrecito entiende eso y le besa la mano, puede decirse que la justa venganza empieza a correr. Es la escena inicial de El padrino, clásico del cine inspirado en esa delincuencia de exportación: la Mafia. Nadie que lo haya visto olvidará cómo Vito Corleone (Marlon Brando) vestido de gala, atiende sus asuntos de negocios el mismo día de la boda de su hija y al son de tarantelas decide vidas y muertes de distintos personajes haciéndolo parecer como una simple cuestión de "hacer favores". Francis Ford Coppola empezó en 1972 la trilogía sobre la familia Corleone creada por el novelista Mario Puzo, y fijó en el imaginario colectivo una estampa glamorosa y trágica del crimen organizado en proceso de mutación. Mutación que hacia 1972 ya había ocurrido: el aplomo de la mafia italiana y ancestral de la primera mitad del siglo veinte había dado paso en los sesentas a la impulsividad y la angustia existencial de las nuevas generaciones estadounidenses que rompían códigos, expandían el negocio criminal y eran perseguidos por el FBI.
Al mismo tiempo que Puzo y Coppola desde la ficción, un tercer hombre, también de ascendencia italiana, abordaba el asunto en 1971, desde el llamado Nuevo Periodismo. Era Gay Talese.
UN MUNDO PRIVADO. Mucho le debían los "nuevos periodistas" (Talese, Tom Wolfe, Norman Mailer, entre otros) a Truman Capote, quien en los sesentas había seguido de cerca la historia de un crimen ocurrido en 1959, cuando dos individuos entraron a una granja familiar y asesinaron a un matrimonio y sus dos hijos. Capote entrevistó en extenso a uno de los asesinos y construyó una novela-reportaje o novela de no ficción: A sangre fría (1965), un clásico.
Talese había nacido el 7 de febrero de 1932 en Ocean City (New Jersey), hijo de inmigrantes italianos propietarios de una sastrería. Empezó de abajo. Fue el chico de la fotocopiadora en el New York Times, luego trabajó en la página de deportes, y publicó reportajes y columnas en distintos medios (The New Yorker, Time, Esquire, Harper`s Magazine, etc). Escribió sobre gente famosa: Ernest Hemingway, Frank Sinatra, Peter O`Toole, Dean Martin o Joe DiMaggio, y sobre desconocidos relativos como la jugadora de fútbol china que en 1999 falló un penal y determinó que su país perdiera la final con Estados Unidos. En varias entrevistas Talese ha dicho que le resultan más cautivantes las vidas de desconocidos; sin embargo, ese aserto no parece sostenido por sus elecciones, portadoras de una dosis de oportunismo innegable.
En 1965 Talese fue enviado por el New York Times a cubrir la llegada a Tribunales de Salvatore Vincent Bonanno (Bill), el hijo de 32 años de uno de los principales jefes de la Mafia neoyorkina, Joseph Bonanno, "padrino" de una de las "cinco familias" del crimen organizado. Joseph había desaparecido semanas atrás, cuando la guerra intrafamiliar por el liderazgo del poder estaba en su apogeo y cuando el FBI metía las narices insistentemente tratando de incriminarlos a todos. Por esa desaparición debía declarar el heredero Bill Bonanno, un estudiante no graduado y obnubilado por la figura paterna. Talese, de la misma edad de Bill, buscaba dejar de ser un empleado estrella y triunfar por su cuenta. Bill le dio esa oportunidad cuando, después de mucho insistir, le permitió entrar al mundo privado de la Mafia, participar de sus conversaciones, comidas, preocupaciones y disfrutes. Era un quid pro quo al mejor estilo de la Mafia. Y del mundo corriente. La pluma de Talese mostraría (con reservas) las entrañas de una organización jaqueada que necesitaba apoyo mediático; Bill Bonanno le permitiría a un neófito entrar al palacio de los reyes y a sus catacumbas.
Así nació Honrarás a tu padre, híbrido entre novela, crónica y biografía familiar. Lo primero a señalar es que tiene gancho. Sus seiscientas páginas ofrecen abundante y atractiva información sobre personajes de la real historia del crimen, da saltos en el tiempo que mantienen la tensión, y está escrito con la prosa directa y fluida del mejor periodismo. Nos olvidamos de que su enunciado no tiene demasiada acción. Nos olvidamos de que casi no hay estruendo de ametralladoras ni persecuciones carreteras. Y asistimos a una versión de la Mafia ligeramente corrida de aquella construida por el cine y los best sellers, más sobria, menos espectacular. Pero no menos "construida".
NADA PERSONAL. El comienzo se asemeja a cualquiera de las deliciosas crónicas geográfico-sociales de Talese, por ejemplo aquella "Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas", llena de gatos y solitarios. Honrarás a tu padre empieza (luego de una curiosa dedicatoria a los cuatro hijos de Bill, un glosario de personajes y un árbol genealógico) con una semblanza de los porteros neoyorkinos, tipos que lo observan todo pero saben mirar para otro lado cuando es preciso. La noche de la desaparición de Joseph Bonanno nadie ve nada, y esa "ceguera" es una adecuada imagen talesiana para mostrar que hay todo un mundo que conecta con el crimen (empleados, apostadores, compradores de mercancía robada o contrabandeada, clientes de prostitutas, drogadictos, etc.) pero cuando las papas queman se considera afuera del asunto, del negocio y del problema.
Honrarás a tu padre se escribe desde adentro de ese mundo, un lugar al que pertenecen los mafiosos y sus enemigos (el FBI, el sistema judicial, los delatores, los mafiosos de otras familias), pero en el que está invisibilizado el ciudadano medio. No hay gente común y corriente aquí, ni víctimas inocentes; la criminalidad de la organización está enfocada a sus internos ajustes de cuentas, volcados como datos desapasionados, informes de una estadística de la lucha por el poder. Nada personal, parece decir cada página. Los mafiosos aparecen con un halo de respetabilidad, bien trajeados, carismáticos. Si acaso vulnerables en la intimidad, frente a padres que admiran y temen, hijos superprotegidos, esposas engañadas pero no abandonadas. Desde luego, se trata de individuos que no vemos trabajar (el lector no visita jamás las tapaderas "decentes" de la familia Bonanno, y sus dueños presumiblemente tampoco), si bien deben acomodarse a "esfuerzos" tales como sacar a pasear a sus perros a menudo (para no levantar sospechas nada más inocente, al parecer), trasladarse a lejanas cabinas telefónicas para comunicarse entre sí, cambiar de domicilio con frecuencia, verificar que el FBI no les llene sus casas de micrófonos, mantener en secreto sus líos extramaritales, y sobre todas las cosas, ejercitar el difícil arte de la paciencia. Es imposible adivinar hasta dónde comulga Talese con el retrato -complaciente, poco crítico y excusatorio- que brinda. Imposible descubrir el grosor de esa capa de ironía que está ahí, también, bajo la máscara de la impersonalidad periodística.
LITTLE ITALY. Lo cierto es que Talese se ubica tan lejos de un Mario Puzo con signos de admiración, como de un Roberto Saviano (Gomorra, 2006, sobre la Camorra napolitana) hipercrítico, acreedor a una condena a muerte y una vida en ostracismo por atreverse a revelar algunos de los entretelones del crimen empresarial. La aproximación de Talese es respetuosa y obsecuente, no los presenta como vulgares matones ni contrasta con fuentes alternativas. Incluso respeta (si no maquilla) su intimidad.
El aspecto privado más conflictivo gira en torno a la vida matrimonial de Bill Bonanno, casado en 1956 con Rosalie Profaci, sobrina del Padrino Joseph Profaci, criada entre algodones pero no los suficientes para no saber dónde estaba parada. Talese la pinta como la típica chica buena que deja la universidad para casarse y tener hijos y luego asiste callada al lento deterioro conyugal, perdona infidelidades, soporta esperas (se sentía tranquila cuando Bill estaba preso, tranquilidad que tuvo numerosas ocasiones de experimentar) y aprende una carrera ya tarde, por necesidades económicas. En cambio para una amante de Bill, que incluso le dio un hijo, Talese tiene expresiones como "la amante" o "la otra mujer"; no hay nombre propio ni apellido y ni siquiera un seudónimo (caso que la razón fuera la protección de la persona) sino un plegarse sin explicaciones al machismo y la misoginia del clan. Resulta por lo menos curioso viniendo de un periodista que poco después (mientras Bill cumplía una condena por fraude con tarjetas de crédito) escribiría un absorbente libro sobre el cambio de paradigmas sexuales en la sociedad estadounidense de los años setentas: La mujer de tu prójimo. En Honrarás a tu padre, el mundo masculino y el femenino tienen sus casilleros estancos. La pequeña Italia es una copia certificada del mundo insular del que provienen sus protagonistas.
Si bien el libro comienza con la desaparición de Joseph a fines de 1964, la estructura helicoidal que le da Talese nos permite un viaje alucinante de atrás hacia adelante y viceversa. Visita la Sicilia de comienzos de siglo, donde los Bonanno eran considerados "amici" por los pobladores, casi émulos de Robin Hood. Se remonta al siglo XIII para contar cómo un grupo de sicilianos ejecutó a una patrulla francesa luego de que un soldado francés violó a una siciliana el día de su boda, y coloca el posible origen de la expresión "mafia" en las desesperadas palabras de la madre de la chica: "mafia, mafia" ("mi hija, mi hija"). El nacimiento de una banda criminal como una cuestión de honor y de respuesta vengadora a una injusticia. Se detiene someramente en el análisis de las cinco familias de Nueva York: los Luciano, Mangano, Gagliano, Profaci y Bonanno. Muestra cómo sobrevivieron a la Gran Depresión y a la Segunda Guerra Mundial, cuando la gente jugaba más y florecía el mercado negro. Muestra la época de esplendor, cuando Bill Bonanno podía recibir en su día de bodas el regalo de una maleta con cien mil dólares. Y sus largos viajes por carretera, sus períodos de soledad, en los que reflexiona sobre la organización y sobre el mundo que la determina y de algún modo la sostiene: en cierto punto Bonanno se ve a sí mismo y a su familia como los chivos expiatorios de una culpa inmemorial, los servidores públicos que hacen el trabajo sucio que la sociedad demanda para la consecución de sus placeres más bajos. Muestra los quiebres profundos que provocó en la organización la determinación del FBI y su jefe J. Edgar Hoover de exterminarlos como fuera: enfrentándolos entre sí o atrapándolos por el lado financiero (ingresos ilegítimos, evasión impositiva o fraudes, por donde cayeron muchos, desde Capone al propio Bill Bonanno). Cuenta las largas comparecencias de Bill en los estrados judiciales para responder no por asesinatos, prostitución o narcotráfico sino por el delito de utilizar una tarjeta de crédito ajena y falsificar la firma, por el irrisorio monto de dos mil dólares.
BUENOS MUCHACHOS. Que Bill Bonanno y otros hayan caído por cuestiones en definitiva nimias como esa, señala la endeblez de algunos aspectos de la personalidad mafiosa que Talese desmonta en lo que acaso sea lo más interesante de su libro como reflexión, y que ayuda a sopesar todo el sistema hipócrita y corrupto de una sociedad donde el hombre de la calle que necesita placeres, el mafioso que se los provee y el rico de Wall Street que toca los puntos del poder oficial están íntimamente conectados. La fortaleza del triángulo es fluctuante, por eso se puede creer a la vez que los ingresos del crimen organizado en 1965 superen ampliamente las ganancias sumadas de compañías "limpias" como IBM, Ford, General Electric, RCA, Chrysler, etc., y al mismo tiempo Rosalie Bonanno no tenga plata para ponerle nafta al auto. (Es decir, se puede creer con mucha fe).
Según Talese, el mafioso vivía en una "situación casi esquizofrénica" que lo llevaba a demostrar pobreza ante el Departamento de Impuestos, y riqueza millonaria ante sus amigos, subordinados o enemigos mafiosos. Respondía a la imagen que la sociedad tenía de él: "Cuando el ciudadano norteamericano común pensaba en la Mafia, por lo general se imaginaba escenas llenas de acción y violencia, de dramáticas intrigas y confabulaciones que valían millones de dólares, de limusinas negras e inmensas, cuyas ruedas chirriaban al doblar las esquinas mientras las balas de las ametralladoras se regaban por el andén; esa era la versión de Hollywood y aunque mucho de eso se basaba en la realidad, también era cierto que exageraba absurdamente esa misma realidad, omitiendo por completo la sensación que dominaba la existencia de la Mafia: una rutina de interminables esperas, tedio, escondites, exceso de cigarrillos, exceso de comida, falta de ejercicio físico…". Tentadoramente creíble. Una percepción que pasaba por realidad, dejando en sombra otras imágenes: gente destruida por el juego, la prostitución, la cárcel, la usura, gente enterrada en bloques de cemento, hijos condenados a honrar a sus padres por encima de lo que fuera.
HONRARÁS A TU PADRE, de Gay Talese. Alfaguara, 2011. Montevideo, 613 págs. Distribuye Santillana.
Auge, caída y renacimiento
BUENA PARTE del crimen organizado radicado hasta hoy en los Estados Unidos comenzó como un negocio de importación. Que sus elementos fueran italianos, judíos, irlandeses, europeos del este o chinos no fue obstáculo para que enseguida se convirtieran en negocios multinacionales. En el caso de la llamada Mafia o "Cosa Nostra" (estigmatización xenófoba para muchos), el pasaporte solía venir de una lejana localidad siciliana: Castellammare del Golfo, donde distintas familias se disputaban el poder. Un gesto clarividente fue el de Salvatore Bonanno cuando en 1905 ofreció el padrinazgo de su primogénito Joseph a su principal enemigo, sellando así un cierre de hostilidades. Cuando muchas de esas familias, incluida la de Bonanno, se trasladaron a hacer fortuna a Estados Unidos, verían consolidarse el dicho de que la unión hace la fuerza. Para mantener esa unión fue que se formó la llamada Comisión, un órgano de decisión multifamiliar que evaluaba y castigaba cuando alguno de los miembros no se portaba bien. El código de obediencia, honor y silencio era clave.
La temprana muerte por enfermedad de Salvatore en 1915 y de su esposa en 1920, dejó a Joseph joven y rico. Cuando emigró a Estados Unidos emprendió una serie de negocios legales (queserías, funerarias, textiles) además de ingresar en el mercado clandestino del licor y las apuestas. Hacia 1930 se había aliado con mafiosos como Maranzano, Profaci, Lucchese y Magliocco, castellammarenses como él enemistados con los pesos pesados del crimen: Masseria, Luciano, Costello y Genovese. Tras el asesinato de Masseria, su protector Maranzano se erigió en "capo di tutti capi", por pocos meses, es cierto. Joseph Bonanno, en cambio, dirigió a su "familia" desde 1931 a 1964. Para entonces sus ansias expansionistas por diferentes Estados habían exacerbado la envidia de las demás familias, y la Comisión le exigía explicaciones. Para no darlas y para huir del FBI fue que Bonanno urdió su propia desaparición de más de un año. Su sucesor natural, Bill, no agradaba a la Comisión, además de estar metido en líos judiciales y fue así que comenzó la "guerra de los Bananas" por la obtención de un puesto de capo, fuera o no consanguíneo.
Hacia fines de los ochentas, la "familia" Bonanno parecía liquidada; incluso el FBI había dejado de perseguirlos, luego de que el agente Joseph Pistone, bajo el alias de Donnie Brasco, se infiltrara en la organización y obtuviera datos suficientes para desmantelarla. En 1991, sin embargo, un tipo de perfil bajo llamado Joe Massino reorganiza la Familia y le devuelve su antiguo esplendor. Cierto que se lo quita en 2004 cuando se convierte en informante del FBI. A partir de ahí fue encarcelado el jefe Vincent Basciano, y asesinado en Canadá a fines de 2011 el joven jefe Salvatore Montagna. Una historia de nunca acabar. Una historia que continuará…
La mafia en la pantalla
A LA CABECERA de cualquier lista está la trilogía de Coppola. Casi sin discusión, las tres entregas de El Padrino (1972, 1974, 1990) crearon un perfil y le dieron rostro a la Mafia: Marlon Brando, Robert De Niro y Al Pacino, colonizando parcialmente cada uno de los films, se apropiaron de lo que había que tener para parecer un "capo", una condición inefable que podía brillar en un simple gesto de la mano de Brando, en la mirada torva de Pacino o el modo de caminar de De Niro.
No es casualidad que los dos últimos hayan reincidido una y otra vez: De Niro será el gángster de los tiempos de la Ley Seca de Erase una vez en América (1984, Sergio Leone), el Al Capone de Los intocables (1987, Brian de Palma), el mafioso de Buenos muchachos (1990, Martin Scorsese), el corredor de apuestas de Casino (1995, Scorsese), y el capo con ataques de pánico en la comedia Analízame (1999, Harold Ramis); Pacino actuó de delincuente al servicio de la Mafia en Caracortada (1983, Brian de Palma), de narcotraficante en Carlito`s Way (1993, Brian de Palma), de mafioso perteneciente a la familia Bonanno en Brasco (1997, Mike Newell), basada en la historia del agente del FBI que logró infiltrarse en "la familia".
Queda claro que esas imágenes y muchas otras (los mafiosos de Paul Muni, Rod Steiger, Ben Gazzara, Gabriel Byrne y otros) no sólo se "fijaron" en el espectador común; los propios mafiosos acudieron a ellas para autocompletar o reformar un perfil seductor. El James Gandolfini que compone a Tony Soprano en la famosa serie televisiva se mira en el espejo de la mafia real seguramente tanto como la mafia real busca señas biográficas en su inmejorable actuación.
Bill Bonanno tuvo conciencia temprana del poder seductor de los medios. Con el tiempo -si bien no llegó a ser Padrino, apenas Consigliere- se veía a sí mismo como un Michael Corleone angustiado y trágico. En 1999 adaptó su propio libro sobre la Familia (Bound by Honor) para el telefilm dirigido por Michael Poulette, y del cual Bill fue también productor ejecutivo: Bonanno: A Godfather`s Story. Estaba ahí el gran Martin Landau prestando rostro para una historia donde los mafiosos son, efectivamente, buenas personas, antifascistas, generosos pero negociantes. Leones honorables en un campo de fieras.