Con el escritor élmer mendoza

"Los seres humanos, en situaciones extremas, son entes inesperados"

De paso por Montevideo el novelista mexicano habló sobre la novela policial en el Río de la Plata, de cómo la ficción se nutre de la realidad por vías siempre renovadas, y de que en Ciudad Juárez, además de los femicidios, también desaparecen hombres jóvenes por miles.

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Élmer Mendoza

En México ocurren cosas muy violentas que no siempre son visibles. Para aumentar esa visibilidad los autores de novelas policiales buscan dar cara y voz a quienes protagonizan esa violencia. Para muchos lectores esas novelas son mera diversión. Otros ven algo de luz en oscuro agujero negro de la cabeza de un sicario, de un policía corrupto, o de un político venal. Y a partir de allí ven su realidad circundante, cotidiana, de otra forma.

Élmer Mendoza es uno de los referentes de la novela policial mexicana cuya fama ya ha trascendido fronteras. Estuvo de paso por Montevideo. Sus novelas, que tienen como protagonista al agente Edgar “el Zurdo” Mendieta, circulan en Uruguay bajo el sello Tusquets (Planeta). De forma curiosa llega en un momento en el cual hay un auge de la novela policial local, novela que se alimenta de otro tipo de violencia, diferente a la que genera el crimen organizado en México. Quiere conocer a esos autores; pregunta nombres, títulos. Queda en evidencia la otra faceta de la personalidad de Mendoza: la del escritor siempre dispuesto a dar una mano por sus colegas, por el estado del género, por la idea de que este trabajo no produce mero divertimento sino que cumple una función muy importante para la comunidad en momentos de crisis y desarraigo.

La conversación transcurrió en un ruidoso café de hotel céntrico.

LOS AUTORES DE FRONTERA.

-No es la primera vez que estás en Montevideo. Es una de las tantas ciudades que has visitado en tu vida. Imagino que cuando llegas de forma inevitable te preguntas cómo serán los intersticios criminales de esa sociedad que pronto te recibirá.

-Sí, no lo puedo evitar. Además tengo mucha suerte para encontrar en esas ciudades los sitios a donde no debería ir.

-¿Te ocurrió en Montevideo?

-Aquí no, pero sí en muchísimos sitios. Una vez fue muy espectacular, me ocurrió en Madrid. Iba por la Gran Vía desde el Palacio de las Comunicaciones rumbo al monumento a Cervantes. Del lado izquierdo de esa avenida tienen las tiendas, los restoranes, la Plaza Mayor. Pero a la derecha, a ciento cincuenta metros, es otro mundo. Me metí allí. Había chicos fumando, de pronto llegó la policía en motos, los rodearon pero les dejaron una salida. Salieron corriendo por allí, y yo estaba al lado de ellos. Luego le conté a Pérez Reverte y me dice: “¿Por qué te andas metiendo ahí solo?”

-¿Has encontrado autores en el Río de la Plata con los que te puedas identificar?

-Conozco una novela de Milton Fornaro titulada Un señor de la frontera (Planeta). Me gusta esa técnica de imbricación de dos realidades, dos países que son Uruguay y Brasil. Que son dos visiones diferentes de donde habita el personaje, que es el lugar donde trabaja, el espacio de las religiones. El personaje habla una lengua de Arabia pero también español y portugués. Ahí se imbrican territorios diferentes. Y creo que con ese perfil se puede contar una historia estupendamente. Cuando leí esa novela hace tiempo sentí como esa coincidencia que te hace sonreír. Es cuando lees y dices: “Esto se me hubiera ocurrido a mí”.

-¿Otros autores?

-Me gusta Juan Sasturain, un narrador muy hábil que consigue hacer la trama temporalmente perfecta. Es decir, ni adelanta ni atrasa, sigue la ruta de la trama de tal suerte que no puedes adivinarla antes, no te lo dice, y cuando te lo hace es porque te lo tiene que decir. Otro autor con el que encontré coincidencias fue con Ricardo Piglia. Me gustó más Plata quemada (Planeta) que sus novelas actuales, porque era como una novela más sucia, y me encanta.

-¿Por qué?

-Por el perfil de los personajes, por cómo Piglia los va llevando. Esto no tiene que ver con la trama narrativa de Plata quemada, sino por contraste con la forma cómo va llevando los personajes de sus dos últimas novelas, Blanco nocturno y El camino de Ida (Anagrama). Son más limpios, más puros, están resueltos de otra manera. Creo que es un autor admirable que está dentro del género.

UN LECTOR QUE NO PERDONA.

-¿Por qué hay un auge del género policial?

-Creo que es un género que es un reto en sí mismo. Hay que seguir, más o menos, las mismas reglas siempre, porque tenemos un lector que no perdona. Porque el lector no te perdona si no lo sorprendes. Él sabe que le estás contando lo mismo, que son las mismas reglas, pero no te lo perdona. El autor que elige hacer una novela negra tiene que cumplir ese reto. Porque ese lector, cuando lee una novela negra que no cumple, que fracasa, no vuelve a leer a ese autor. Entonces en una novela te las juegas todas. Si la primera pasa, la segunda y la tercera pueden ser un fracaso pero lo van a seguir leyendo.

-¿El autor pasa a tener un nombre en el género, como una marca?

-Está ese reto. Y para un autor es una maravilla trabajar sobre retos. Por otra parte, si las novelas están bien hechas pueden impactar en el mercado, pueden ganar dinero. Este es un oficio en el cual se puede ganar dinero. Pero hay que escribir bien. Escribir bien y ganar dinero. Proceso que eventualmente puede llevar a que la obra inspire una serie de televisión o una película. En Brasil, por ejemplo, los productores están esperando las buenas novelas para llevarlas al cine o a series. A mí me gustaría que en el resto de Latinoamérica pasara eso, que en Argentina y en Uruguay los productores arriesgaran dinero para producir un cine policial. En eso la evolución del género ha sido muy fina. Convertir un relato policial en una pieza artística exige mucho, y allí aparece otro reto: crear una pieza que sea diferente y que tenga algo más que ofrecer que la historia que les estoy contando.

-De todas formas la ficción policial se nutre de una realidad violenta. Tú viniste a Montevideo a hablar en una mesa redonda sobre la relación entre el periodismo y la novela policial. ¿Qué me puedes decir de esos periodistas de tu país que devienen en exitosos autores de novelas policiales? Está el caso de Alejando Almazán o Alejandro Páez Varela.

-Me encantan, soy un lector apasionado. Mira, acabo de descubrir algo que no sabía. Resulta que la postura hacia Truman Capote en Estados Unidos evolucionó, y ahora hay cátedras en las universidades que se llaman “Literatura de No Ficción”. Y eso es justo lo que hacen muchos de nuestros periodistas en México. Diego Enrique Osorno, por ejemplo. Hace periodismo de no ficción. Está en el límite entre lo que es el discurso literario por la elegancia de su prosa, el cuidado, la forma cómo está contando algo que es real. ¿Sabes cómo descubrí esto? Hay un autor que es profesor en una universidad norteamericana, Paul Bogard, que publicó un libro titulado El fin de la oscuridad (Paidós). Allí escribe textos relacionados con la oscuridad, pero que ocurrieron. Los cuenta de tal manera… él no quiere hacer ficción, quiere contarlos nada más, pero de tal manera que te impactan. Creo que él, como Diego Osorno, están creando una estética.

-Una estética basada en una reinvención del lenguaje, para escapar de esos lenguajes de muerte, fratricidas, que retroalimentan como círculo vicioso la violencia en México.

-Sí, hay una voluntad estética en esta forma de escribir. Una realidad terrible no se puede contar siendo exclusivamente terrible. Tienes que encontrar la forma. En Paul Bogard hay un texto de un individuo de 64 años que va en moto en la noche, porque siempre son textos nocturnos. Avanza por la carretera. De pronto va a cruzar un lobo, que nunca cruza a esa hora. La luna está esplendorosa. El motociclista supone que el lobo ve la luna. Pero no. Ambos chocas y mueren. Bogard escribe que quién sabe qué estaría pensando el motociclista cuando choca. Especula y al final dice: “Quizá sólo estaba pensando ¡qué belleza!” Llegué a casa y le dije a mi mujer, “te tengo que leer esto”.

CIUDAD JUÁREZ.

-Mencionaste una novela de Milton Fornaro y su carácter fronterizo. La frontera de México y Estados Unidos es campo fértil para este género. De hecho Alejandro Páez Varela se nutre de esa frontera cercana a Ciudad Juárez.

-¿Conoces los textos de Sergio González Rodríguez?

-Sí, claro, su clásico Huesos en el desierto, que consagró el término feminicidio hace hace 15 años en relación a los crímenes de mujeres de, Ciudad Juárez. Y ahora acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo con su libro Campo de guerra.

-Yo creo que Sergio se ha tomado en serio esto de crear una nueva narrativa. Pero tiene otra forma de trabajar, tiende más a la verdad. Al poder de la información como verdad. Mientras que a Páez Varela, Almazán y Osorno los veo más libres. Están comprometidos con la verdad, pero…

-¿Arriesgan hacia otras áreas?

-Utilizan sus recuerdos literarios, para decirlo de una forma burda. Tienen un capital acumulado como lectores de novelas, y lo vuelcan. Lo de Sergio González tiende a ser más analítico.

-Sergio estuvo muy expuesto en Ciudad Juárez antes, durante y después de la investigación para Huesos en el desierto. Terminó siendo parte de la situación narrada, al punto que Roberto Bolaño, que se nutre de su investigación para su novela 2666, lo ingresa a él como personaje en la propia novela con nombre y apellido. Ahora, además de Sergio, o de Páez Varela, ¿qué más ha dado un sitio tan fermental como Ciudad Juárez en materia narrativa?

-Ahora hay un grupo de narradores que se autodenomina “El colectivo del Zurdo Mendieta”, que fueron a tomar un curso conmigo. Pero ellos no son periodistas, y eso marca una diferencia. Fíjate que ellos hicieron un libro con obreras de las maquiladoras. Ellas les contaron sus historias. Y a algunas de ellas las invitaron a que escribieran sus propias historias. Crearon el concepto "McQuiladoras", como McDonald’s. Son muy creativos.

-¿Y a ti como te ha influido la frontera?

-Yo algunas horas del día me considero un autor de la frontera. Por el tema del lenguaje. Algunas de las expresiones que yo uso en mis libros las aprendí en la frontera. Tengo familia en Sonora, en Baja California, desde niño paso mis vacaciones allí, tengo mis amigos. Algunos estudiosos han detectado esos rastros de frontera en mi lenguaje, en mi narrativa. Es que, además, en la frontera vive mucha gente originaria de donde yo soy, tanto buenos como malos. Entonces está siempre eso inexplicable en términos literarios. Yo cuando tengo que ser de la frontera, pues soy de la frontera. Yo creo, además, que se ha logrado desarrollar un discurso que contiene ciertas cosas. Hay algo de Ciudad Juárez que me tiene impresionado desde hace años, y que yo se lo plantee a los muchachos, y es el de los varones. Una amiga mía, que tiene una historia muy linda, se puso a trabajar aparte de lo de las mujeres, en el tema de los varones. Atentaron contra ella. Cuando esto ocurrió llevaba descubiertos cuatro mil cadáveres de varones en el desierto, bajo la arena, en los alrededores de Ciudad Juárez. Una vez repuesta del atentado me insistió en que en esto había que trabajar. Una mujer.

-Los varones de Juárez también como víctimas de género.

-Es que hay que ir también por los varones, que son muchos y todos jóvenes. ¡Cuatro mil! Son jóvenes que andan en bandas, los matan, los dejan en el desierto, y a nadie le importa. Hace unos años mataron a 16 estudiantes que estaban tomando unos refrescos luego de jugar un partido. Estaban celebrando. Llegaron y los mataron. ¡Por Dios!

-¿Y qué pasa con la poesía?

-Te voy a conseguir un libro del poeta Jorge Humberto Chávez. Con un libro de poemas ganó el premio más importante de América Latina para poetas. Tiene un título muy largo, se llama “Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto”. Ahora, poetizar los problemas de la frontera es otra cosa. Los poetas no le terminan de entrar.

-¿Fracasa la poesía?

- Él lo consiguió. No sé si el resto fracasa. Simbolizar todo lo que tiene que ver con la violencia, con la pérdida inútil de vidas… Chávez cita el caso de estos 16 estudiantes, y también uno de un chico de 13 años que se encontró con un migra (Nota: policía fronteriza de Estados Unidos). El migra tenía un revólver, el chico una piedra. El migra le pegó un balazo y lo mató. Eso dio la vuelta al mundo. Él lo pone en un par de líneas, pero con la fuerza suficiente.

MURO EN LA CABEZA.

-La última vez que te entrevisté en México, hace tres años, estabas trabajando en talleres de lenguaje con jóvenes marginales en tu ciudad, Culiacán, en el Instituto de Cultura. Ponías especial énfasis en respetar cómo hablan…

-Sigo vinculado. Siempre contribuyo a los programas de promoción de la lectura. Y pongo especial cuidado en eso que mencionas tú, por qué estas personas hablan como hablan, cómo cuentan sus historias, e incluso tratamos de que escriban alguna crónica con su lenguaje. Cuando ellos se daban cuenta que no era broma, que era en serio, ellos comenzaban a entenderte. De alguna manera habían traspasado el maldito muro, esa prisión en la cual están.

-¿Cómo es esa prisión?

-En un muro que ellos tienen en su cabeza. Es un muro que no pueden romper. Y si se quieren poner de pie, lo deben romper. No siempre tienen conciencia de que esa es la peor limitación que pueden tener. Entonces nosotros les decimos: “Hay que romper eso, chicos, hay que ser diferentes, hay que ser otra cosa, ustedes pueden”. Lo entienden y eso nos ayuda. A mí me gusta esa convivencia. Pero hay sectores en los cuales no hemos conseguido avanzar. Por ejemplo el de las chicas violadas. No encontramos la manera de hacerlas superar su rencor. Es lo más difícil, y es desgarrador, porque las chicas están viviendo su duelo pero se niegan a salir de eso. Y nosotros queremos ayudar a que salgan de su duelo. Es complicado, no es fácil, no es un “tuvimos un mal momento”, sabemos que es muy grave, es fuerte, pero tienen que ayudarse ellas a superar esa situación.

-Imagino que además, al ser hombre, debe ser difícil para ellas.

-Cuando yo voy a platicar con ellas no toco el tema, porque soy varón y ellas han sido abusadas por varones, y quizá pueda generarse un traspié que trato de evitar. Si consigo que me hagan una pregunta, ya vas bien, porque generalmente son absolutamente herméticas. Tenemos un equipo poderoso trabajando, y todos están locos, pero es esa locura de bondad que dice “podemos hacer algo por los demás, vamos a trabajar”.

-Pienso que con estas chicas también debes lidiar con las trampas del lenguaje que impone una cultura machista como la mexicana.

-Sí, lo verbal, y también lo cultural. No es fácil. Los seres humanos, en situaciones extremas, son entes inesperados, realmente.

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