Seis poetas jóvenes

Alfredo Fressia

ES UNA FIESTA para todos los lectores de poesía. Un grupo de seis poetas jóvenes "de ambas orillas" del Plata se han organizado en una "máquina urbana de divulgación artística" llamada Artefato para presentar su más reciente producción. Resultan de la empresa seis plaquettes con cubierta de cartón duro, con las hojas, sin numeración, unidas por anillas. Se trata de un espacio estratégico y bien aprovechado por esta poesía de una generación en sus comienzos, que por lo pronto explota muy bien el apoyo tipográfico de la escritura, sus acumulaciones y sus espacios en blanco.

Los poetas no podían ser más "rioplatenses". Los uruguayos, en este caso todos montevideanos, son Miguel Albá, heterónimo poético de Martín Fernández (1979, autor de somniesfera), Martín Barea Mattos (1978, dos mil novecientos noventa y cinco), Leandro Costas Plá (1976, el agua entre las manos), Isabel de la Fuente (1973, mal puñal).

Ximena Espeche (1974, cosa y sombra) es uruguaya de nacimiento y residente en Buenos Aires, mientras Gabriel Yeannoteguy es porteño (1978, la serie del agua).

Las ediciones de Artefato son montevideanas, pero esta vez no importa demasiado en qué "orilla" se sitúa cada poeta porque lo que surge del conjunto es una escritura ciertamente urbana, de pesquisa personal en el lenguaje, que incluye en casi todos los casos una probable vocación para la performance. De hecho, estas plaquettes contienen una poesía de buscado (a veces rebuscado) trabajo gráfico y al mismo tiempo se siente en ellas una dimensión propicia para el espectáculo de un performer (como sabidamente es el caso de Isabel de la Fuente).

PROYECTOS ESTÉTICOS. Si todos los textos exhiben esa vitalidad performática, el de Milguel Albá es el que va más lejos tanto en los juegos sobre la página como en el uso del discurso en tanto elemento "teatral". Algunos de sus poemas han sido efectivamente musicalizados y puestos en escena, y se presentan aquí con tipos y dimensiones diferentes de letras, de espacios, de líneas que deben ser leídas en el orden de la página o en el orden contrario, invirtiendo el cuaderno. El discurso, que no excluye el humor junto a probables elementos biográficos, evoluciona sobre el tempo que esos juegan crean, y se deleita en las aliteraciones (son imperdibles los textos en "u").

Especie de coda de su libro anterior, Entre otros, 2002 (ver Cultural No. 688), la plaquette de Leandro Costas Plá prolonga temas (el padre, su ausencia y presencia) y recursos literarios y extraliterarios en busca de una identidad que vacila entre cierta idea de lo poético y el puro documento psicoanalítico. Una voz poética poderosa y densa se encuentra en el trabajo de Ximena Espeche, esa cosa y sombra que parece el texto resultante de una labor de depuración, como una estética conquistada desde el enigma de un hipotexto precedente, vasto, inquietante como el abismo que se crea desde el título. Leer la obra de Espeche es acompañar una jornada humana, literalmente de la mañana a la noche, donde, entre vida y muerte, el lenguaje se revela un objeto del "resguardo", "res", "una vaca/ la palabra". Algunos de los poemas, si se los aislara ("no me hable en ese tono", por ejemplo), se integrarían en la mejor poesía del diálogo, hecha sobre los sobreentendidos de la oralidad, que tiene entre sus mejores representantes en el Río de la Plata a la argentina Juana Bignozzi.

Por su parte, el texto-performance de Gabriel Yeannoteguy, la serie del agua (y "el agua en serie", y "en serio"), explora la naturaleza dinámica del agua, y "corre" líquidamente, como discurso, sobre las mutaciones (agua, aceite, petróleo) y los significados líquidos, inciertos, o reales, dialógicos, o aun eróticos que vienen desde la sed y el "preparar" del agua. Poeta sagaz, listo para los cambios de tono y las asociaciones libres, Yeannoteguy explota con sabiduría el espacio (en su caso se diría "escénico") de la página. Según informan las plaquettes, Espeche y Yeannoteguy codirigen en Argentina la página gratuita de divulgación literaria "No Quiero Ser Tu Beto" desde 1998.

Sin duda, el título de esa "página gratuita" señala una actitud de fuerte renuencia a cualquier estética académica, prestigiosa y heredada, pero no excluye, sobre todo en Espeche, un claro proyecto estético, que además exige mucho de la sensibilidad del lector. Ya la poesía de Isabel de la Fuente parece menos instigada por la negación de estéticas recibidas, una actitud que la autora exhibió en otros textos. Es como si la gravedad del tema abordado (Mal puñal/ Es la vida que nos cría) se rehusara a los muchos juegos formales del conjunto de las plaquettes. El yo escindido (¿cuál soy yo?) contempla un mundo, ciertamente urbano, pero no como un flâneur baudelaireano, sino como una operación platónica de busca de la unidad perdida. Uno de los textos se llama "Fantasma mojado" y se presenta como "In Memoriam/ Plaza Independencia de lluvia de/ viernes de abril". La mirada biográfica cruza un concreto lugar urbano, y se lo apropia en esta primera persona: "Soy un fantasma mojado/ el bronce me enfunda/ pero no me salva", una primera persona que busca su propia historia en la incierta memoria: "¿y dónde estaba el salve Dios de cada día?/ Cuando fue vaciada mi forma/ En esta rigidez" (Poema II). Y el metal del reiterado "puñal", mencionado desde el título, puede servir para "Darles de comer mi carne" (XXIII), una comunión que incluye el "basural de palabras" (X). Viene de ahí el platonismo de esa busca del "único poema" posible, el que renovara las palabras y que siempre estará ausente y en deuda.

OJOS ESCRITOS. En una línea lúdica, ciertamente más "leve" que las obras de Espeche o de la Fuente, Matín Barea Mattos juntó en su plaquette una serie de "cadáveres exquisitos" creados junto a un grupo de amigos entre los años de 2000 a 2003, una operación realizada en el apartamento con el número de calle que da el nombre a la publicación. El cadáver exquisito, como práctica surrealista colectiva, es un poema que acumula fragmentos que cada participante va agregando en total desconocimiento consciente del producto que se va creando, obra justamente de un insconsciente común y no de un solo autor. Barea se apropia de esos textos, los selecciona, los retoca (según mi visión) y convierte en poesía autoral lo que era de naturaleza colectiva. El resultado es híbrido y tiende por eso mismo a anularse. Como por el momento el lector no conoce totalmente la "visión" autoral del poeta, lo que sobrevive es más bien el lado lúdico de esta experiencia osada. Se percibe una legítima "fiebre de juventud divina gloria y aprendizaje para nosotros" (que es uno de los textos), y el lector disfruta de textos como "la esperanza de pisar tierra hace temblar el escalón con una moneda", o "canta un gallo que cuelga del palo ajeno", para citar dos breves "anti-cadáveres".

Pero Barea vuelve a la poesía autoral, que había inaugurado en 2000 con el premiado Fuga de ida y vuelta (ver Cultural No. 589, 16/2/2001). Se trata, esta vez, de su segundo poemario, los ojos escritos, premio de la 43a. Feria Nacional de libros, grabados, dibujos y artesanías, un libro tocado por el ángel, o tal vez por varios: por lo pronto, los poetas Jorge Meretta, Sergio Altesor, Roberto Genta Dorado y Eduardo Curbelo, todos creadores uruguayos citados aquí a modo de epígrafe. Las citas apuntan a varias direcciones, pero del conjunto surge la contracara subjetiva del tema urbano y de la poesía. Por otro lado, si Meretta es hoy un poeta justamente reconocido, real arbiter elegantiae de cierta estética, Genta y Curbelo han funcionado como creadores subterráneos, lo que en el caso de Curbelo constituye una experiencia radical (ciertamente sus libros, Basalto, de 1999, y diario íntimo de un comensal, de 2001, todavía no suscitaron la debida evaluación crítica).

Más allá de los poetas citados, el libro de Barea es un pleno ejercicio de afirmación personal y poética. Contiene por lo pronto mensajes explícitos dirigidos a sus padres, pero el poemario se destina a iluminar al ser poeta, el del "árbol/ dentro del puño", el que nombra con "los signos de los dedos". Aquí un poema puede ser una variante de otro ("corriente" y "río de la página"), las imágenes, de una "montevideanidad" que Gerardo Ciancio detecta en el Prefacio, se retrabajan, como esos ojos, con o sin "paraguas" (ese objeto reiterado, de abolengo surrealista, como heredado de los cadáveres exquisitos de Artefato), que reaparecen "escritos" porque es el único modo de ver de que dispone el poeta. Esta reflexión del poeta sobre su propia naturaleza de creador era indispensable en la obra cada vez más autoral de Barea, que, como el resto de esta generación "rioplatense", empieza así a adquirir el acento y el mito intransferibles. Cada poeta es el único responsable de ese mito, y la "máquina urbana" de Artefato no podía resultar más auspiciosa.

MAL PUÑAL, de Isabel de la Fuente, SOMNIESFERA, de Miguel Albá, EL AGUA ENTRE LAS MANOS, de Leandro Costas Plá, LA SERIE DEL AGUA, de Gabirel Yeannoteguy, COSA Y SOMBRA, de Ximena Espeche, DOS MIL NOVECIENTOS NOVENTA Y CINCO, de Martín Barea Mattos. Artefato, Montevideo, 2003.

LOS OJOS ESCRITOS, de Martín Barea Mattos. Asociación de industriales gráficos del Uruguay. Montevideo, 2003. 37 págs

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