El fabuloso viaje de Julio Verne

Rutinario escritor de un mundo de aventuras

Lo conocemos por sus historias inolvidables, pero no por sus ensayos, que acaban de publicarse.

Julio Verne y Edgar Allan Poe por Ombú
Julio Verne y Edgar Allan Poe por Ombú

Nadie recuerda a Jules Verne como un ensayista. En efecto, no lo era y, paradójicamente, es este volumen suyo de reciente aparición, al que se ha titulado nada menos que Viaje al centro de la mente. Ensayos literarios y científicos, el que permite confirmar el aserto. El libro, de tapas duras, con fotografías y grabados, editado en marzo de 2018, contiene un escrito con apuntes de literatura, breves artículos de divulgación científica, algunos registros testimoniales, una reseña histórica y una serie de discursos que remiten a la participación de Verne en la vida social de Amiens, ciudad donde residió durante la mayor parte de su existencia. Salvo los discursos, se trata de crónicas, algunas autobiográficas como su fracasada aventura de cazador, sueños utópicos narrados como tales, apuntes, comentarios, algún prólogo. Son todos ellos textos nunca reunidos en volumen que, si bien resulta exagerado calificarlos de ensayos, poseen el indudable valor de aportar datos sobre la vida del escritor francés, sus inclinaciones literarias, sus obsesiones, sus preocupaciones locales. Un último apartado incluyendo seis entrevistas realizadas al autor en sus últimos años, entre 1895 y 1903, constituye un notable complemento para conocer más de cerca su legado literario.

Verne publicó su primera novela, Cinco semanas en globo, en 1863. Del año siguiente es “Edgar Poe y sus obras”, un texto producto de su admiración por la narrativa del gran escritor norteamericano que revela sus propias búsquedas como escritor. Le atrae de Poe, al que conoce mediante la pionera traducción de Charles Baudelaire, el relato de aventuras límite, como las de Hans Pfaall y aún más, las de Arthur Gordon Pym, (que Verne intentará completar años después en su novela La esfinge de los hielos), y los juegos de acertijo y misterio que se desprenden de las investigaciones de Auguste Dupin o del cuento “El escarabajo de oro”. Poe posee además el signo de distinción de ser norteamericano, de pertenecer a “la nación más positiva del mundo”, según Verne, aunque no sea justo este autor el más representativo de ese carácter. Lo cierto es que, sea por el espíritu de iniciativa que guía a sus ciudadanos más destacados o por los numerosos descubrimientos tecnológicos y científicos de ese origen, Verne entendió siempre a los Estados Unidos como la “sociedad puramente práctica e industrial” y allí situó el punto de partida de su fantástico De la tierra a la luna o el descabellado plan de cambiar el eje de rotación del planeta en El secreto de Maston.

ESCRIBIR EL UNIVERSO

Desde su niñez en Nantes, Verne se había deslumbrado con las narraciones marítimas de otro norteamericano, Fenimore Cooper. Los barcos que llegaban o partían del puerto de Nantes, la caza de la ballena, hasta la trata de esclavos, estimularon tempranamente su imaginación y lo llevaron al estudio de la geografía. Ahora el círculo se completaba con la obra de Poe. Para Verne, Poe es el que abre el camino de una nueva literatura basada en lo extraordinario, en la transgresión de lo posible, que supera al realismo imperante. El avance científico utilizado como detonante de la fantasía, la creación de expectativas en el lector, la destreza de Poe en los mecanismos del suspenso y el misterio, le serán herramientas fundamentales para el gran proyecto en el que pretende encerrar la totalidad de su obra: la historia de la lucha del hombre contra la naturaleza hostil valiéndose de los descubrimientos científicos más recientes y en todos los rincones del planeta. “Si Dios me presta todavía algunos años, tal vez pueda acabar la obra que habrá sido la de toda mi vida: la tierra entera, el universo mismo, descrito en forma de novela”, escribe en 1893 como respuesta a un cuestionario dirigido a diversos escritores por Les Annales politiques et littéraires.

Parecidas expresiones pueden encontrarse en algunas entrevistas. En una de ellas, la titulada “El señor Jules Verne en su buena ciudad”, publicada en 1898, el cronista afirma de Verne que “su carrera ha sido fácil y feliz, ningún accidente grave ha venido a complicarla”. Tras las oscilaciones juveniles en París, su inicial dedicación al teatro y su amistad con Alexandre Dumas hijo, será un olvidado escritor, Alfred de Bréhat, el que le presentará en 1861, cuando Verne contaba 36 años, al editor Pierre-Jules Hetzel, quien había publicado, entre otros, a Balzac, Victor Hugo y Zola. Según el cronista, el éxito de Cinco semanas en globo, al parecer, habría aturdido a Verne al punto de soñar sacudir con su obra “los cimientos de la sociedad contemporánea”. Es entonces cuando Hetzel encuentra oportuno aleccionarlo: “Hijo mío, haga caso de mi experiencia. No derroche sus fuerzas. Venga, si no a fundar un género, al menos a renovar, de una forma estimulante, un género que parecía agotado. Trabaje este surco… Gracias a él recogerá mucho dinero y gloria, a condición de no extraviarse por atajos. Esto es lo pactado: usted me da, a partir de hoy mismo, dos novelas al año. Mañana firmaremos…”. Supuestas o no, estas palabras tuvieron su concreción práctica el 23 de octubre de ese año cuando se firmó el contrato que iniciaba la serie “Viajes extraordinarios”, título sin duda inspirado en las Narraciones extraordinarias de Poe.

A partir de este momento, la vida de Verne es de una asombrosa monotonía. Decidido a “no extraviarse por atajos”, se afinca hasta el fin de sus días, cuarenta años después, en la ciudad de Amiens; se levanta a las seis de la mañana y se acuesta indefectiblemente a las once de la noche; lee incansablemente boletines y revistas de novedades científicas para mantenerse informado y escribe a diario para cumplir con sus dos novelas anuales que, al cabo de los años, serán casi un centenar. Solo quiebran su feroz rutina, los viajes en un yate de su propiedad por los mares Mediterráneo y del Norte, que le permitirán, aunque sea mínimamente, ejercitarse con sus tan estudiados mapas y atlas de geografía, y su actividad social, primero como presidente honorario de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Artes de Amiens y luego como consejero municipal. En contraste con sus personajes, para los cuales tramaba aventuras increíbles en los más remotos confines del orbe, Verne transcurrió su vida sin sobresaltos, junto a su esposa y su hijo, en una pequeña ciudad de provincia al norte de Francia.

Hetzel, republicano comprometido, formado en los ideales del enciclopedismo, apuesta a la lectura como indispensable a la existencia de un hombre libre y responsable y al conocimiento como generador del progreso y de una nueva cultura civilizadora. En su Magasin d’Éducation et de Récréation, que informa de su actividad editorial, las obras de Verne serán anunciadas como “educación científica”. Verne, por su parte, no tendrá reparos en aceptarse a sí mismo como un divulgador y somete el contenido de sus novelas a un riguroso estudio. “He tratado de ser todo lo verídico y todo lo exacto posible”, afirmó. El resultado es la creación de un mundo donde solo la aventura es sinónimo de trascendente, el único enemigo es la naturaleza y el triunfo va de la mano del conocimiento y destreza en los avances científicos como fórmula única. Un mundo sin conflictos sociales, a pesar de que Verne se confiesa admirado lector de Charles Dickens en otro de los textos del libro. Un mundo de personajes planos, sin profundidad sicológica, imbuidos de conocimientos librescos, excéntricos y empecinados, sin otra dimensión en sus vidas que el propósito para el que fueron creados. Un mundo optimista y a la vez profundamente ingenuo, demostración práctica del ideal positivista, fiel quizá como ninguno a los preceptos de su maestro Auguste Comte en los que la ciencia y la tecnología guían al hombre hacia la felicidad.

LUCES Y SOMBRAS

El perfil de visionario se ha convertido en la historia de la literatura en sinónimo de Jules Verne. Un cohete es capaz de orbitar la luna lanzado desde un cañón propulsor que el Gun Club, una asociación de artilleros retirados, ubica en la Florida, cerca de Cabo Cañaveral. Un vehículo a la vez anfibio y aéreo otorga al personaje de Robur el conquistador un poder excepcional, que se continuará en Dueño del mundo. El Nautilus, el submarino que conduce el capitán Nemo, es uno de los protagonistas de la trilogía que reúne Veinte mil leguas de viaje submarino, Los hijos del capitán Grant y La isla misteriosa. El “fulgurador Roch”, un arma de destrucción masiva, es una especie de misil que enloquece a su creador, el protagonista de Ante la bandera. El descubrimiento más celebrado en su tiempo, sin embargo, fue constatar que al avanzar de este a oeste se ahorran veinticuatro horas, según se establece en La vuelta al mundo en ochenta días, un acierto que más de una vez se llevó a la práctica y en menos días en vida del autor.

El tiempo de invenciones que le tocó vivir, desde el automóvil y el telégrafo a la energía eléctrica y el motor de explosión, dimensionó sus fantasías y creó un marco óptimo para la recepción de sus narraciones. Sin embargo, no fue consciente de la nueva literatura de aventuras que con él adquirió una forma definitiva y estaba convencido de que la divulgación científica, objetivo principal que nunca perdió de vista, pronto iba a hallar nuevos cauces. “Las novelas no son necesarias”, escribe sorpresivamente en 1902, “y a partir de ahora su interés y su mérito se debilitan. A manera de reseñas históricas, la gente conservará y clasificará sus periódicos. Los periodistas han aprendido también a dar de los sucesos de cada día un relato coloreado… la posteridad encontrará en ellos un cuadro más exacto que el que podría dar una novela histórica o descriptiva…”. La limitación a lo verdadero y a lo posible, norte que acotó toda su obra, lo llevó a rivalizar con otro de los pioneros de la ciencia-ficción, H. G. Wells, el autor de La máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos. “No veo posibilidad de comparar su obra y la mía”, afirma Verne en 1903. “Me parece que sus historias no se apoyan sobre bases muy científicas. Yo utilizo la física. Él la inventa. Yo voy a la Luna en una bala de cañón lanzada por un cañón. Eso no es una invención. Él va a Marte en una aeronave que construye con un metal que suprime la ley de gravedad. Eso es muy bonito pero muéstreme ese metal. ¡Que nos lo muestre!”

Hijo de su época, Verne soñó con una posteridad simple, reducida a muy pocos factores y en constante avance lineal. No imaginó nada que alterara el ineluctable camino del progreso y trasladó a sus escritos estigmas y prejuicios de su tiempo sin jamás cuestionárselos. El feminismo de hoy, por ejemplo, tendría mucho que reprocharle. A su evidente incompetencia en la creación de personajes femeninos se suma la concepción que tuvo de la mujer y su rol en la sociedad. “Mis héroes tenían necesidad de todas sus fuerzas, de todas sus energías, y la presencia a su alrededor de una encantadora joven les habría impedido con frecuencia realizar sus gigantescos proyectos”, afirmó en una ocasión. Más contundente resulta el comienzo de su novela breve El secreto de Maston: “Así, pues, señor Maston, ¿opináis que una mujer no sería nunca capaz de hacer progresar las ciencias matemáticas o experimentales?”, pregunta la señorita Scorbitt. El aludido, si bien no niega la aptitud de la mujer para entender “cuestiones elevadas”, agrega que desde que el mundo existe han sido siempre hombres los que han realizado aportes científicos y que esto es una verdad irrefutable. Ante tal respuesta, la señorita Scorbitt resigna sus deseos de participación activa en la empresa fantástica que propone Maston y se limita a lo único que le está permitido: financiar el proyecto.

La incorporación de numerosos títulos en la popular colección Robin Hood convirtió a Jules Verne en uno de los autores más frecuentados en el Río de la Plata. Para miles de adolescentes de mediados del siglo pasado sus libros eran verdaderas cajas de sorpresas a la vez que una iniciación en el hábito de la lectura cotidiana. Paradójicamente, por esos años, autores como Arthur Clarke, Theodore Sturgeon, Isaac Asimov y Ray Bradbury, problematizaron la ciencia ficción otorgándole una dimensión más compleja, un abordaje a las incertidumbres del futuro y una interrogante al destino humano, dejando atrás la obra de Verne. Ninguno de ellos, sin embargo, podría dejar de reconocerlo como un inevitable referente. Su influencia persiste hasta nuestros días.

VIAJE AL CENTRO DE LA MENTE. Ensayos literarios y científicos, de Jules Verne. Páginas de espuma, 2018. Madrid, 364 págs. Distribuye Gussi.

La vida privada de Verne no tuvo el atractivo de su creación literaria, pero tampoco la rutina de la felicidad: amarga fue la relación con su padre y con su único hijo; desgastante su matrimonio de conveniencia con una viuda ya con hijas, apenas matizado con un par de amantes; y encima tuvo el infortunio de que un sobrino loco le pegara un tiro en una pierna, dejándolo cojo de por vida.

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