Obituario II

Roberto Appratto, el que escribió siempre desde los márgenes, para provocar

Nunca cómodo, parecía escribir y pensar el mismo tiempo con sutileza emocional

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Roberto Appratto

por Gera Ferreira
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Murió Roberto Appratto y con él se apaga una de las voces más lúcidas y exigentes de la literatura uruguaya. Poeta, narrador, ensayista, docente y lector voraz: todo en él parecía moverse al ritmo de la palabra. Una palabra que no buscaba adornar, sino entender. Desde sus primeros poemarios, Bien mirada (1978), Cambio de palabras (1983), Velocidad controlada (1986) y Mirada circunstancial a un cielo sin nubes (1991), trabajó sobre el temblor del lenguaje y sus implicancias: “quiero que pienses/ estrictamente en el texto/ la noche es para el texto/ de ahí las estrellas”, indagando en sus posibilidades y límites, entre el rigor formal y la elucubración íntima. Construyó una poética que desconfiaba de las certezas.

Sus versos, precisos y reflexivos, persiguen el instante en que la conciencia se materializa, ya que parecía escribir y pensar al mismo tiempo, con una sutileza que nunca perdió su costado emocional. Inaugura una narrativa experimental y poética al proyectar un intento de hacer “otra” poesía, una que trabaja con los restos de la prosa y de la crítica, y que convierte a la memoria en un territorio movedizo donde lo personal se cruza con lo literario.

Allí el yo se observa con distancia, como si escribir fuera un modo de reconocerse y perderse al mismo tiempo, dejando “la cabeza en evidencia”, o bien, una manera de aferrarse a su realidad interior, “lo que se escribe es estrictamente privado”, sostuvo en Mi versión de los hechos (2020): “¿Cuáles hechos? [pregunta Eduardo Milán en esa contratapa] Los de cualquier signo, porque todo hecho parece en entredicho cuando lo real vuelve por su fueros. Pero, sobre todo, el hecho poético”.

Así, en sus novelas breves —Íntima (1993), 18 y Yaguarón (2008), Mientras espero (2016), La carta perdida (2018) y El origen de todo (2020)— una misma pregunta regresa con distintas formas: cómo mirar lo que desaparece sin perder del todo su rastro, llevando esa reflexión al terreno de lo autobiográfico: los padres, la escritura, el tiempo, o una esquina particular de Montevideo. Su escritura fue, ante todo, una conversación permanente.

Como crítico incansable, abordó con la misma pasión la literatura, el cine y la teoría. En La ficcionalidad en el discurso literario y fílmico (2014) trazó un puente entre literatura y cine, pensamiento y emoción. Lo personal en él nunca fue confesión sino punto de partida para pensar el lenguaje. Su obra, sin concesiones ni dramatismos, deja una enseñanza: la de vivir el arte como modo de estar en el mundo.

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