La vuelta del autor norteamericano

Richard Ford y su salto alucinante

Con un nuevo libro de cuentos Richard Ford confirma que, al igual que el Mago Gardel, cada día escribe mejor.

Richard Ford por Ombú
Richard Ford por Ombú

Con cada nuevo libro de Ford uno se pregunta cómo hará para empardar el anterior. Cuando la trilogía sobre Frank Bascombe, su antihéroe ya legendario, se convirtió en tetralogía con Francamente, Frank (que no era propiamente novela ni era simple colección de relatos) consiguió lo que parecía difícil: sacarle más jugo al personaje y hacerlo de un modo novedoso, puliendo fragmentos de vejez, flashes de historias pasadas y paralelas. El resultado, una roca formidable de cuatro aristas. Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) es uno de los grandes novelistas actuales estadounidenses, un constructor de los de largo aliento, capaz de reinventarse sutilmente mientras parece que camina por la misma línea. Lamento lo ocurrido (2019) es una prueba de eso. Basta releer su inaugural Rock Springs (1987, que ya era notable) y estos diez cuentos de ahora para ver ese salto alucinante. Ford ha logrado aquí jugar con la dificultad y con el clisé y salir airoso. Apuesta —contra la vertiginosa y mayormente light lectura de estos tiempos— a que el lector se detenga, vuelva atrás, relea, y vea que lo que se está mostrando es mucho más que una historia o dos o tres. De ese imperativo de observar detenidamente nace una comprensión piadosa —del individuo, de la humanidad— que es quizá el mayor aporte de la narrativa fordiana.

Siempre un irlandés.

Lamento lo ocurrido arranca con la historia de un abogado de ascendencia irlandesa, Sandy McGuinness, que se cruza en un bar con una ex novia. El encuentro da para un paseo por la ciudad y el establecimiento de un diálogo reparador y equívoco —ambos están casados, ambos se saben solos— que podría terminar en una cama pero elige detenerse en una despedida abierta (“Nada para declarar”). En “Feliz”, la muerte de un editor irlandés de setenta y tres años deja a su novia escultora en un estado de desasosiego que intenta resolver visitando amigos comunes. Igual que ocurría en muchos relatos de Cheever, los personajes se reúnen para pasarlo bien, pero terminan pasándolo muy mal, pagando el precio de sus almas alteradas. “Desplazado” toca la historia personal de Ford, de ascendencia irlandesa por parte de padre (vendedor ambulante) y huérfano precoz. El chico protagonista, Henry Harding, también vive en Jackson y pierde a su padre a los dieciséis años. Testigo del “dolor extraño e incompleto” de su madre, se vincula con un chico irlandés que habita una casa de reputación dudosa.

En ese punto notamos que siempre hay un irlandés, o varios, en la vuelta. Los siguientes relatos lo confirman: en “Rumbo a Kenosha” es el dentista de Louise, hija de padres divorciados; en “En coche” es Delores McGuinness, que viaja a despedirse de un antiguo amor que está muriendo; en “De incógnito” es apenas un equipo de fútbol femenino dublinés que se menciona al pasar; la historia adúltera de “No es mucho pedir” sucede en Dublín; el Jimmy Green del cuento homónimo mira las elecciones estadounidenses de 1994 en un bar de París que le recomienda un irlandés; en “Una travesía” el protagonista observa a tres turistas que viajan a Dublín y conversan sobre Michael Jackson; y en “Perder los papeles” es el viudo de una irlandesa suicida el que no sabe qué hacer con su vida después de ese abandono. Hay una tentación de hipersignificar esa alusión —homenaje al padre, insularidad, distancia, conflicto—; lo único cierto es que es un hilo conductor más, como pueden serlo los abogados, los viajes o los divorciados, adúlteros o desplazados de todo tipo que cruzan estas páginas (gays, extranjeros, viejos). En cualquier caso, seres que van “de incógnito” por la vida, incluso para ellos mismos, adivinando tarde o nunca de qué va esta: “la vida, y eso pareció muy repentino, era eso y poco más” (“Feliz”). Las sentencias se acumulan en Ford de manera sencilla, directa, como cuchillos que atraviesan sus tramas leves: “Toda la experiencia de la vida no es más que una percepción incorrecta” (“Una travesía”); “La muerte proyecta sombras demasiado alargadas” (“Perder los papeles”); “Había viajes cuyo único objetivo era llegar a medio camino” (“En coche”).

El segundo plano.

Ford retrata esas vidas en segundo plano con una luz potente y micrófonos abundantes. Los diálogos de este escritor han ido al país del clisé y vuelto de él con un espesor envidiable. Son el hilo que une la caminata de dos ex amantes en el primer relato y el viaje de un viudo y una posible amante futura en el último. Son las conversaciones entrecortadas y tensas entre padres e hijos que se quieren pero habitan universos diferentes. Y es también el diálogo por defecto de dos amantes que saben que “intercambiar datos no era intimidad” (“No es mucho pedir”).

Destacar algún cuento en este volumen es ser injusto con el resto. Todos son buenos y en todos hay fragmentos de esplendor que resuenan después de pasar la página. Por citar algunos: cuando el demócrata golpeado y humillado termina paseando al perro de su conquista fallida en la gran noche de Clinton; cuando se desmagnetiza la llave de hotel de una amante culposa que sabe que los hombres de su vida solo son comodines de una partida perdida pero no tiene muy claro qué cosa es ella; cuando un padre se desespera por encontrar una tarjeta adecuada para que su hija se despida de su amiguita negra y sabe que no la va a encontrar. En cada relato hay uno o más de esos momentos, una marca de agua “Ford” donde reconocemos el billete auténtico de un grande. La misma que le permite presentar sin juicio ni atenuantes personajes egoístas, mezquinos, calculadores y desapegados y, no obstante, reclamantes de lo que no dan.

Se podría pensar que es el Ford de siempre, con sus criaturas deleznables y puras, sus vidas en suspensión porque alguien se fue o movilizadas porque la llegada de algo inesperado lo cambia todo (un huracán, una persona, una enfermedad), pero es otro también. El que ya atravesó la reconciliación con sus padres en Entre ellos (2018), y la visión certera de lo que es la literatura en Flores en las grietas (2012), y los regalos y quitas del tiempo (tiene 75 años, aunque su porte de rubio ligeramente irónico y recio lo desmienta). Cada vez más maduro y menos presionado, captura sensaciones en cada uno de estos relatos. La principal quizá, la de que cualquier humano en un punto lamenta lo ocurrido, haber ocasionado problemas, haber dañado, pero no ha sabido, querido o podido evitarlo. Eso transmite Richard Ford en este libro, publicado primero en español como primicia mundial y como gesto de amistad del autor hacia Jorge Herralde, Anagrama y los lectores hispanohablantes. Agradecidos, siempre.

LAMENTO LO OCURRIDO, de Richard Ford. Anagrama, 2019. Tr. de Damià Alou. Barcelona, 270 págs. Distribuye Gussi.

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