Historia reciente

Revelaciones sobre la JUP y la violencia de ultraderecha en Uruguay

El historiador Gabriel Bucheli revela, en esta historia muy documentada y precisa, al real dimensión de la Juventud Uruguaya en Pie (JUP) en los terribles años 70.

JUP
Acto de la JUP en el Sauce, 1971. Foto inédita tomada de una filmación que revela sus rituales e iconografía. (Cinemateca del Tercer Mundo).

Es un libro que se disfruta de la primera a la última página, la 228. Su materia, tremenda, es tal como la anuncia el título: O se está con la patria o se está en contra de ella, Una historia de la Juventud Uruguaya de Pie, organización vulgarmente conocida como “la JUP” que existió en Uruguay entre 1970 y 1974, y que en los relatos de la época aparece como el diablo personificado, el gran protagonista de la violencia perpetrada desde la ultraderecha. Su autor es el historiador Gabriel Bucheli, quien adaptó a libro lo que en su origen fue una tesis de maestría que defendió en la Facultad de Humanidades de la Udelar.

“La violencia juvenil de izquierda (entre 1968 y 1972) ha sido profusamente estudiada. Pero se conoce mucho menos la práctica de violencia desarrollada por sus pares derechistas” explica Bucheli. El resultado sorprende. Gracias a este historiador ahora se saben las razones de su origen, su matriz doctrinaria, o los detalles de su autodisolución en 1974, en plena dictadura militar. Una organización que llegó a ser nacional, que tuvo miles de integrantes, generó su propia iconografía, una bandera y hasta un himno (de Hugo Ferrari, el de la canción “Disculpe”). A la hora de estudiar su vínculo con la violencia, si bien Bucheli señala que las fronteras entre las organizaciones de ultraderecha eran difusas, revela algo desconcertante: que la JUP como organización permaneció “inmune a evidencias contundentes de participación en hechos cruentos”.

Chicotazo

La JUP nace en Salto, de una organización anticomunista llamada Juventud Salteña en Pie. Desde 1968 la izquierda movilizada, sobre todo a nivel de gremios de Educación Secundaria, consolidaba espacios y comenzaba a declararse revolucionaria. Los llamados “demócratas” —no todos lo eran— reaccionaron. Esa organización salteña tuvo un carácter espontáneo, sin ambiciones políticas, pero el joven Hugo Manini Ríos desde Montevideo vio la oportunidad y, junto a otros, coptó dicho movimiento, lo convirtió en nacional y político. A partir de su fundación en 1970, con el nombre de Juventud Uruguaya de Pie (JUP) creció rápido en el interior del Uruguay.

Bucheli expone con claridad y minucia sus fundamentos de raíz ruralista, la del dirigente nacionalista Chicotazo, pero también la del falangismo español de José Antonio Primo de Rivera, base ideológica de la dictadura de Franco. La idea central era la defensa contra el comunismo, considerado corruptor, foráneo; también la exaltación de lo policial y lo militar, junto a la necesidad de una refundación nacional que purgara a los partidos tradicionales de la mala política, de los “corruptos”; promovió los valores tradicionales de familia y género para “salvar” a los jóvenes de la droga y la música estridente. Denunciaban esa “nueva filosofía” que descansa “en el vicio, el erotismo enfermizo y desprejuiciado, la burla de las normas morales”, decía el diario La Mañana, dirigido entonces por el hermano de Hugo, Carlos Manini Ríos, en claro apoyo a la JUP.

La organización tuvo en ese diario un suplemento, y luego fundó un semanario propio, Nuevo Amanecer. Tuvo núcleos militantes en numerosas localidades del interior, organizó varios congresos nacionales, y clamó tener 10 mil miembros cotizantes, casi todos muy jóvenes (Bucheli no contrasta esa cifra con otras independientes). Juan María Bordaberry, antes de ser presidente, declaró a la prensa en 1971 que “la JUP le ha devuelto la confianza a la juventud uruguaya”.

Si el libro de Bucheli da un panorama exhaustivo de la organización, con numerosos nombres y apellidos, apoyándose en oportunas notas al pie, dedica una parte importante para desentrañar la relación que la JUP_tuvo con la violencia. Relata con detalle y nombres varios casos de Montevideo, por ejemplo del Liceo 8, del Miranda, del Bauzá; también de Salto, o de localidades como Batlle y Ordóñez o San Ramón. Ilustra así una época donde era común en los liceos la presencia de estudiantes armados (junto a otros, no estudiantes, a veces policías), de disparos intimidatorios o golpizas que solían dejar heridos leves o graves, e incluso muertos. Los testigos involuntarios de esos días no olvidan el terror padecido. Dicho clima fijó preconceptos alimentados por la radicalización. Por ejemplo, que todos los violentos de derecha en los liceos eran “fachos” integrantes “de la JUP” (algo que los de derecha no desmentían, se sentían cómodos siendo calificados así). Pero era equívoco, según Bucheli, porque no se ha demostrado que esos grupos tuvieran vínculo orgánico con la JUP (aunque eventualmente sumaran a sus integrantes, a título personal). La JUP como organización, cada vez que una balacera o un copamiento de liceo trascendía a la prensa, se desmarcaba, pues quería seguir atrayendo a los jóvenes “sanos y patrióticos”. Era una suerte de “no fuimos” pero “estamos con ellos”.

Bucheli describe ese universo de grupos violentos no jupistas; el lector deberá apoyarse en la guía de siglas que abre el libro para no perder el hilo. Así sabrá qué era el MNG (Movimiento Nueva Generación), el CREI, los Estudiantes Nacionalistas, el MOENSU, el COAC, el inefable TFP (Tradición, Familia y Propiedad), las BAC, la agrupación estudiantil Siempre Bauzá y un largo etcétera. No están en este grupo los identificados como “escuadrones de la muerte”.

Hugo Manini Ríos dice hoy, en el libro, que los invitaban pero no iban. En el atentado contra el domicilio de Wilson Ferreira de diciembre de 1971, atribuido entonces a la JUP, y por el cual luego se detuvo a dos, uno de ellos Miguel Sofía, fue obra de militantes del MNG. “¡Eran los Tonton Macoute del pachecato!” declaró Manini a Bucheli, en referencia a los paramilitares haitianos de los Duvalier.

El relato de Bucheli es contundente. Tiene la virtud, además, de sorprender a veces con curiosas paradojas, por ejemplo al relatar el proceso que llevó a la autodisolución. La JUP, tras festejar el golpe de Estado, se desilusionó con el régimen militar; sentían que los militares “sanos” habían sido desplazados por los “corruptos”. El vínculo se enfrió. Primero los abandonó Bordaberry, y luego los militares. Recibieron advertencias para cesar toda militancia. “Los militares nos iban a meter a todos p’a dentro, después que metieran a los tupas” confiesa hoy Hugo Manini Ríos. El semanario Nuevo Amanecer fue otra vez clausurado en octubre de 1974. Así, con el cierre del último órgano militante, uno que hizo mucho para acabar con la democracia, terminó la libertad de prensa.

O SE ESTÁ CON LA PATRIA O SE ESTÁ CONTRA ELLA, de Gabriel Bucheli. Fin de Siglo, 2019. Montevideo, 228 págs.

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