Daniel Veloso
LA POPULARIDAD de los dinosaurios ha aumentado con los años, capturando la atención de cada nueva generación, sobre todo de los más jóvenes. El enorme tamaño y la gran variedad de formas de estos animales extintos desde hace 65 millones de años los hace pertenecer casi a un mundo de leyenda. Incluso se han convertido en un negocio lucrativo, representados en juguetes, películas o programas infantiles. Hasta cumplen con la primera condición para mantenerse en la cima del éxito: renovarse. A partir del descubrimiento de nuevos fósiles en los años setenta la imagen que se tenía de los "lagartos terribles" cambió. El Tyrannosaurus rex por ejemplo, villano por excelencia de películas como El Mundo Perdido (1925), ha tenido que ceder su lugar en el podio de los carnívoros más grandes y fieros. En la Patagonia se halló en 1933 el fósil de un gigantosaurio, un carnívoro o terópodo, cuyo nombre significa "reptil gigante del sur", que dejó en segundo lugar al lagarto tirano.
En la película Jurassic Park de 1993, el malo de la película fue el Velociraptor, un dinosaurio mediano y más inteligente que cazaba en grupo. Pero la realidad una vez más superó a la ficción. A mediados de los noventa surgieron pruebas de que estos raptores estaban cubiertos de plumas, dejando obsoleta la representación de la película. El presente siglo promete cambiar aún más la imagen de los gigantes del Mesozoico. Una puesta al día de los conocimientos actuales en la materia se pueden encontrar en el libro Los dinosaurios en el siglo XXI. En él se recogen las ponencias de un Congreso de paleontología celebrado en el Museo de la Ciencia de Barcelona, en febrero de 2005.
Como se trata de ponencias, el lenguaje empleado es ameno, además de contar cada artículo con ilustraciones y fotografías. Los temas abordados se inscriben dentro del paradigma actual originado en los setenta y que actualmente está siendo revisado, conocido como el "Renacimiento de los dinosaurios". El libro está dividido en tres áreas temáticas, finalizando cada una con un debate de los participantes. Los temas tratan sobre la reproducción y el crecimiento de los dinosaurios, sobre la coevolución de estos con las plantas con flores, y sobre la transición evolutiva hacia las aves.
Huevos y nidos. En 1923 una expedición estadounidense a Mongolia destinada a buscar rastros de los primeros humanos, encontró por casualidad nidos con huevos fósiles de dinosaurio. Desde entonces se han encontrado en todos los continentes. Además de probar que eran ovíparos, el hecho de que construyeran nidos fue un primer paso para el cambio en la imagen que se tenía de los dinosaurios como bestias torpes que descuidaban sus nidadas. En 1978 se descubrió en Estados Unidos el fósil de un ejemplar de Maiasaura que significa "lagarto partera", sobre su nido y sus crías, que sugería que cuidaban a la prole como lo hacen las aves.
Cuando en la expedición a Mongolia de los años veinte hallaron un fósil de Oviraptor sobre un nido, se pensó que había muerto en el acto de robar los huevos y de ahí su nombre. Algo inmerecido, porque en los noventa se comprobó que aquel nido era suyo y que había estado empollando. Como para la incubación un animal necesita tener una elevada temperatura corporal, esto probaba que algunos dinosaurios eran de sangre caliente. Por otro lado, la estrategia de incubar los huevos podría haber llevado a que estos dinosaurios evolucionaran hasta generar individuos con plumas en las extremidades anteriores, permitiéndoles así cubrir todo el nido.
Otro elemento que asocia aún más a los dinosaurios con las aves es el descubrimiento de extensas colonias de cría en Europa, Asia y Sudamérica. El paleontólogo argentino Rodolfo Coria, describe en su ponencia la colonia más grande encontrada hasta la fecha, Auca Mahuida, en Patagonia. El lector puede que conozca a Coria, ya que ha aparecido en varios documentales de Discovery y National Geographic como Gigantes en la Patagonia. El yacimiento, apodado Auca Mahuevo, era un extenso sitio de nidificación de Saurópodos titanosaurios, grandes dinosaurios de cuello largo. Dentro de los huevos, Coria encontró los primeros embriones fosilizados y la primer muestra de piel de embrión de estos animales. Para describir la escena los paleontólogos comparan la colonia con una de pingüinos, pero agregándole con imaginación, cientos de enormes y pesadas moles, alertas sobre sus nidos.
plantas y animales. En la naturaleza son comunes los casos de plantas que necesitan de una especie específica de insecto para ser polinizadas, o de semillas que para poder germinar deben pasar antes por el intestino de un mamífero. La dependencia entre estas plantas y estos animales se desarrolló lentamente a lo largo de millones de años. Este fenómeno conocido como coevolución implica que una de las especies interactuante influye en la evolución de la otra y viceversa, pudiendo dar origen a una nueva especie. Los paleontólogos han buscado este fenómeno en el registro fósil. En 1978 el paleontólogo estadounidense Robert T. Bakker, conocido por el programa de Discovery Mundo Paleolítico, publicó un artículo en el que relacionaba a los dinosaurios herbívoros con el origen de las plantas con flores o angiospermas.
El británico Paul M. Barret expone en el libro las evidencias a favor y en contra de esta hipótesis, encontrando que no se puede probar que un cambio en la evolución de los dinosaurios influyera en la evolución de las angiospermas. Cuando surgieron las plantas con flores, 70 millones de años después que los dinosaurios, eran demasiado escasas para haber sido un componente importante en su dieta. Barret reconoce que en el Cretácico, al final de la era de los reptiles, algunas especies como los Triceratops y los Hadrosaurios (dinosaurios pico de pato) pudieron intervenir en el aumento de las plantas con flores. La gran variedad de cráneos que desarrollaron estos últimos apuntaría a una especialización en la alimentación, relacionada con la diversidad de angiospermas de ese período. Algo similar a la diversidad de picos en las especies de pinzones que Charles Darwin encontró en las islas Galápagos en 1835 y que le sirvió de prueba para su teoría de la evolución.
VARIAS AVES. Hace 150 millones de años unos pequeños dinosaurios bípedos, conocidos como Manirraptores, desarrollaron novedades evolutivas que hoy son características de las aves. Poseían plumas primitivas que a través del tiempo se hicieron más complejas, adquiriendo propiedades aerodinámicas. Sus extremidades anteriores, convertidas en protoalas, a través de la evolución se transformaron en alas. Luis Chiappe, paleontólogo argentino, explica cómo las aves y algunos Manirraptores comparten muchas similitudes en su esqueleto, como huesos con áreas huecas, miembros delanteros más largos y la aparición de la fúrcula o "huesito de la suerte". Otra prueba es la cáscara de sus huevos, que poseían más de una capa, como en las aves.
Pero el gran hallazgo de los últimos tiempos, que dio fuerte apoyo a la teoría de la transición de los dinosaurios a las aves, se dio en el noreste de China, en Jehol, en lo que alguna vez, hace 120 millones de años, fue un paisaje de lagos y bañados. Se la conoce como la "Pompeya del Cretácico" porque al igual que la ciudad romana, esta región fue sepultada de improviso por flujos piroclásticos, avalanchas de lodo y ceniza hirviente producidas por una erupción volcánica. Aquel desastre para la fauna de Jehol es un tesoro para científicos como Zhonghe Zhou, ya que permitió que las plumas de los manirraptores quedaran impresas en el lodo. En el pequeño Microraptor por ejemplo, las plumas de su brazo formaban una amplia superficie alar, con la que tal vez podía volar. La evidencia que se posee sustenta la hipótesis de que el ancestro de las aves proviene de alguno de los linajes de Manirraptores, pero sigue siendo objeto de debate cuál era el linaje más cercano emparentado con las aves. Aunque una cosa es clara, no todos los dinosaurios se extinguieron. Una rama continuó su evolución y hoy son toda la gran variedad de aves que puebla el planeta.
LOS DINOSAURIOS EN EL SIGLO XXI. Nuevas respuestas al inagotable enigma de los dinosaurios. Autores varios. Edición e introducción de José Luis Sanz. Tusquets. Barcelona. 2007. Distribuye Urano. 387 págs.