"ESTAS SON unas tarjetas de navidad que me mandó Braque; ese es un Rauschenberg, regalo del autor; ahhhh, esa es la foto de graduación de Andy Warhol, y en el cuarto de al lado está el retrato que me hizo; también hay uno de Lucian Freud, a quien conozco de toda la vida. Y, por supuesto, todos éstos son cuadros de Picasso".
Da un poco de vergüenza preguntar a John Richardson cuántos son, mientras ofrece sin problema un tour guiado de su famosa casa en la Quinta Avenida. Pero las paredes de los amplios salones están totalmente cubiertas; incluso hay dibujos de Picasso apoyados sobre otros dibujos de Picasso. Y en ellos, siempre la misma dedicatoria: para "mon ami John Richardson"
Richardson y Picasso se conocieron en el sur de Francia, cuando un muy joven y espléndido Richardson se mudó al castillo provenzal de su amante y mentor Douglas Cooper, quien era uno de los principales coleccionistas de arte contemporáneo del círculo de Gertrude Stein.
"Pablo venía a Nimes a ver las corridas de toros y se quedaba con nosotros. Yo era un estudiante de arte fracasado pero entendía su obra. Se ve que eso lo tocó, porque quedamos como grandes amigos el resto de su vida. Puede haber sido muy difícil con las mujeres y con sus hijos, pero con los varones era de un cariño inconmensurable", explicó con cierta emoción este ex director de Christie’s en Estados Unidos, profesor de arte en Oxford y miembro de la Academia Británica que, con su estampa patricia, a los setenta y pico de años, se animó a hacer la campaña publicitaria de la marca de jeans GAP.
Hijo de un empresario inglés que fue hecho "Sir" por haber introducido la refrigeración en la guerra de los Boers, psicoanalizado por el mismo Lacan, protagonista de dos pilotos de telenovelas de Andy Warhol que se cuidó de nunca ver, y con anécdotas como que el poeta W.H Auden lo espió in fraganti, Richardson tuvo en su círculo de amigos a Braque, Fernand Léger, Francis Bacon, Warhol, y Ellsworth Kelly, asi como a las damas de la alta sociedad neoyorquina y a varios personajes de las páginas de chimentos de los tabloides.
Pero con nadie tuvo un rapport tan especial como con Picasso. Su monumental biografía (Alianza Editorial), de la cual ya se publicaron los dos primeros volúmenes que lo convirtieron en la principal autoridad en el tema, pronto tendrá un nuevo tomo que se propone terminar antes de fin de año. "El tema de Picasso me obsesiona desde mucho antes de conocerlo. Yo fui a un muy buen colegio, donde el arte era verdaderamente importante, y recibíamos las principales publicaciones del momento, como Cahiers D’Art o Vingtième Siecle —estamos hablando de cuando yo tenía 12 o 13 años, a fines de la década del 30. Así que ya sabía más o menos lo que estaba pasando y Picasso, para mí, era un dios. Después de que lo conocí reconozco que se volvió ligeramente menos inmortal, pero aunque yo era un joven impresionable, él nunca me hizo sentir inferior. Tenía un enorme don para la amistad y hasta fines de los ’60, cuando me vine a Estados Unidos, tuvimos una relación muy cercana que fue fundamental para que yo pudiera llegar al corazón de su obra" agrega.
DEMASIADAS MUJERES
—Sus libros mezclan la vida y la obra de Picasso. ¿Hace falta conocer la vida de un artista para entender su trabajo?
—Eso es algo que los semiólogos disputan, y yo mismo no creo que sea necesario para todos los casos. Uno puede escribir muchísimo sobre Braque —yo lo he hecho— sin siquiera rozar su vida privada. Pero en el caso de Picasso es exactamente lo opuesto. Uno no puede empezar a entender el trabajo sin saber sobre su vida en detalle. Pero, verdaderamente, en gran detalle. Porque si su mujer le preparaba pescado para el almuerzo, seguro que un pescado después aparecía en sus pinturas de la tarde. Eso lo diferencia de Matisse, por ejemplo; si una mujer aparecía en su obra, nunca iba a ser una simple modelo, siempre iba a existir una fuerte tensión sexual detrás. Aún cuando ya no podía consumar la relación por la edad, el pincel se volvía un falo substituto. Su vida y su obra, y sobre todo su obra y sus mujeres, no pueden separarse.
—¿Porqué esperó hasta su muerte para escribir la biografía?
—En realidad no empezó como una biografía. Yo era muy amigo de Dora Maar, una de sus amantes, probablemente la más inteligente de todas, y ella me contó cómo cada vez que Picasso cambiaba de mujer cambiaba todo: su arte, su casa, su perro, su poeta.
—¿Su poeta?
—Si, poetas siempre había, pero Picasso iba cambiando al que designaba su Poet Laureate. Fueron pasando Apollinaire, Cocteau, Breton. En mis días era Cocteau, y un poco antes había sido Eluard. Me parecía un buen tema para un libro, pero se me fueron acumulando tantas obras para analizar, tantos datos, perros, poetas y, sí, tantas mujeres, que me pareció más sensato directamente abordarlo como una biografía.
—Con las mujeres, ¿Picasso era el monstruo de la leyenda?
—La demonización de Picasso es algo muy injusto, resultado de biografías ridículas dirigidas a cautivar a un público feminista, y que se basaron casi exclusivamente en el testimonio de una de sus mujeres, Françoise Gilot, en un momento en que estaba muy resentida. Pero el problema con Picasso es que cualquier cosa que se diga de él, lo exactamente opuesto también es verdad. Era el hombre más bueno, generoso y cariñoso del mundo, y la prueba está en que todas sus mujeres —salvo Gilot— lo amaron hasta la muerte, y muchas veces volvía con ellas, aún después de haber terminado. Años atrás encontré un retrato clásico de Olga, su primera esposa, que visto con rayos X, muestra debajo retratos de otras dos amantes. Pero, en general, no era promiscuo. Solía haber una sola mujer cada vez. Digamos que era monógamo, aunque un tanto infiel. Además, para el promedio de hombres en Andalucía, herederos de la idea oriental de la mujer para la cama y la cocina, ni siquiera se puede decir que fuese particularmente machista.
MUJERES SUMISAS
—¿Por qué la relación con Gilot fue distinta?
—Porque su personalidad era muy diferente a la de las otras mujeres. No era tan sumisa, lo cual le daba cierta fortaleza pero, al mismo tiempo, eso impidió que su relación con Picasso fuese tan intensa como la que tuvo con las demás. Françoise misma me reconoció que sus retratos no son tan conmovedores como los de las otras porque los grandes resultados de Pablo se daban cuando podía desplegar sin límites su mezcla de sensualidad y crueldad, y transmitirlo luego a la tela.
—Con una personalidad tan fuerte, ¿por qué necesitaba mujeres débiles a su alrededor?
—Yo lo llamo el "síndrome Conchita". Una hermana menor de Pablo contrajo una aguda enfermedad cuando era chica y Pablo prometió no pintar si ella se salvaba. Como pintó toda su vida, y como Conchita murió, siempre le quedó esa idea de que las mujeres deben ser sacrificadas ante el altar de su arte. Yo era muy amigo de Jacqueline, que estaba muy enferma y necesitaba hacerse una histerectomía. Hasta que no se desplomó en su estudio y fue llevada al hospital en ambulancia, Pablo no la dejó hacérselo, y todo esto se explica para mí por el síndrome Conchita. Claro que el tenía su propia explicación. Creía que era medio profeta, chamán, y me decía que como había hecho un dibujo de Jacqueline luciendo enferma, ahora ella estaba sufriendo.
—Usted escribió que él le tenía pánico a la muerte.
—Picasso estaba obsesionado con la muerte. No era simplemente miedo. Pero creo que la razón por la que odiaba la idea de la muerte era que iba a ponerle un fin a su carrera, a su producción. Tenía un alto concepto de su trabajo, y consideraba que sería un desastre que tuviese que terminar.
—Ese aspecto chamánico ya lo había usado con su primera mujer, ¿no es verdad?
—Sí, mucho de su trabajo tiene algo de los fetiches de un médico brujo desde el principio. Sabía que podía seducir con su obra, conseguir a la chica que le gustaba, y hasta embrujar con su obra. Esto último lo probó cuando ya estaba harto de Olga y ella no se iba; Los tres bailarines, de 1925, tiene la furia y la fuerza de una maldición.
—La mayor parte de los biógrafos han tratado consistentemente mal a Olga, ¿por qué?
—Cuando comencé a investigar para el libro traté de encontrar algo que la pintase con una luz más atractiva, pero fue imposible. La gente la detestaba porque se tomaba tan en serio a sí misma. Siempre era Madame Picasso entrando a un cuarto, se daba grandes aires. A Picasso, un joven de Montmartre, ella le había atraído como baluarte de la alta sociedad, pero después se comenzó a aburrir tanto con las comidas elegantes, el chofer y las clases de esgrima para su hijo que ella imponía, que terminó poniendo un letrero afuera de su estudio que decía "je ne suis pas un gentleman".
POBRE MATISSE
—Picasso también tiene fama de haber sido cruel no sólo con sus mujeres sino también con sus colegas. ¿Es verdad que Picasso jugaba al tiro al blanco con las obras de Matisse?
—En realidad fueron sus seguidores. Cierta vez decidieron intercambiarse obras y Pablo se llevó un retrato de Marguerite, la hija de Matisse. Según Gertrude Stein lo eligió porque era el peor de su producción, y así lo trató su banda de amigos, que le tiraba dardos con ventosas a ver quién le pegaba en la nariz. Yo, en cambio, siempre creí que lo había elegido porque podía aprender de él, y años después Pablo mismo me confesó que se sentía compungido de no haber detenido a sus seguidores en ese tipo de diabluras.
—De sus charlas con el crítico de arte británico John Golding surgió la idea de la actual muestra Picasso-Matisse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). ¿Por qué le parecía importante mostrar a ambos artistas juntos?
—Es que es una de las relaciones más interesantes de la historia del arte. Iba de la burla infantil estilo ‘mirá como yo pinto mejor’ a la competencia violenta pero también a la sincera admiración y a contagios de genialidad. Incluso Matisse llegó a decir que nadie jamás había mirado su obra como Picasso, y nadie, también, había mirado la obra de Picasso como él.
—¿Cómo se sentía Picasso frente a Matisse?
—La mayor parte de los encuentros eran en lo de Gertrude Stein, en los cuales Picasso, consciente de lo mal que hablaba francés, se quedaba calladito e inhibido y se enojaba cuando le pedían que explicara las cosas de su obra que él mismo consideraba inexplicables. En cambio Matisse desplegaba una gran lucidez y precisión que impresionaba a la gente. Al mismo tiempo, mientras Picasso había adoptado el overol proletario para vestir, Matisse se vestía siempre con sacos de tweed, muy elegante, como corresponde a la cabeza de una escuela artística. Picasso odiaba esos encuentros, sin embargo tomó mucho de Matisse en su obra. Tanto que Matisse lo llamó ‘un bandido esperando en la emboscada’.
—¿Y cómo era Picasso en la vida cotidiana?
—Nada pretencioso y muy gracioso, le gustaba hacer reír a la gente con bromas bastante inocentes, y eso es un aspecto poco conocido de su personalidad. Por ejemplo, estábamos en la mesa y había un ruidito "CROC, CROC", como de un sapo debajo del mantel. Entonces todos nos parábamos a buscarlo, se cortaba la conversación, todo el mundo con lo del sapo y después resultaba que era Pablo raspando a propósito el filo del cuchillo contra un plato grueso. Era un tipo muy divertido, pero agotador. Un día típico seríamos unas ocho personas en su mesa, iríamos a la playa, a caminar, nada demasiado extraordinario y, sin embargo, al llegar la noche, era un sufrimiento colectivo. Pablo tenía una extraña forma de chupar la energía de los demás, era un vampiro, y cuando todos nos desplomábamos él renacía y, a los 75, 80 años, se iba encantado a trabajar. A mi no me importaba, era un honor que mi energía contribuyera a su trabajo, pero reconozco que era un fenómeno curioso.
ODIO AL FACILISMO
—¿Qué quería comunicar con su obra?
—Lo que Picasso quería era hacer obras que dijeran sí y no, positivo y negativo, que pudieran colgarse de una forma o de la otra, que pudiesen interpretarse literalmente y a la vez en distintos niveles. Cierta vez estábamos con Douglas Cooper en su estudio y discutíamos cómo debía colgarse una de sus piezas. Yo decía horizontal y Cooper vertical. Picasso primero se me acercó y me dijo que obviamente esa pintura había sido concebida para ser horizontal; y luego fue a Cooper y le aseguró que por supuesto que tenía que colgarse parada. La misma ambivalencia se encuentra tanto en su obra como en su personalidad.
—¿Y donde cree usted que estaba su genialidad?
—Picasso decía que la facilidad era el enemigo contra el que siempre tuvo que luchar. Incluso me confesó que a veces deseaba atarse un brazo en la espalda para complicarse el trabajo. Odiaba el facilismo. A mi me gustaba verlo firmar las ediciones de sus litografías. Por ejemplo, vendrían de a cincuenta, y cada vez que firmaba su nombre, sostenía el lápiz de una manera muy fea y tosca, y firmaba como si nunca hubiese escrito un nombre antes. Cualquiera de nosotros estamparía la firma y a otra cosa. Picasso no, lo hacía con una concentración extrema, como si quisiera quemar el papel con cada letra. Siempre estaba completamente enfocado en lo que hacía, aunque fuese la anotación más tediosa o el mamarracho en un borde de una hoja. Al acto más banal llevaba su pasión, y creo que probablemente de eso se trate su genialidad. Uno mira cualquiera de sus naturalezas muertas y piensa, ‘¿De dónde saca esta increíble intensidad?’, y de pronto se da cuenta de que la jarra parece a punto de violar a los duraznos en la fuente. Otro no podría haberlo hecho. Todo era concentración, pasión... y sexo.
—¿Y es verdad que robaba piezas del Louvre?
—Un amigo suyo robó unas estatuillas ibéricas y él se las compró. Yo no creo que Picasso lo mandase, sino que le habló de ellas y su amigo fue a robarlas. Picasso diría ¿por qué no? Los arqueólogos franceses que las desenterraron en España eran los ladrones. Además, a él no le bastaba con verlas. Necesitaba los originales para tocarlos y adueñarse de la energía de los pueblos primitivos. Cuando ya estaba viejo, solía buscar ropa de sus hijos y dormir con ella porque pensaba que así se apropiaría de parte de la fuerza vital de las criaturas. Como le dije, Picasso absorbía hasta la última gota de energía de la gente que tenía a su lado.
—¿Y usted cómo sobrevivió?
—Picasso era un poquito caníbal, y lo sigue siendo después de su muerte. Por eso sé que cuando termine este año el último volumen de su biografía, estaré consumido. Simplemente, no voy a poder escribir sobre otro artista. Nunca me imaginé que Picasso iba a dominar de tal manera la última parte de mi vida. Pero acabo de cumplir 80 años, y hoy, terminar la biografía es mi raison d’etre. Agradezco a Dios por ella. Sé que voy a sobrevivir porque tengo que terminar el libro. l