Andrea Blanqué
ESTE invierno Rosa Montero estuvo en Uruguay y afirmó, ante un auditorio de mujeres congeladas en el LATU —mientras un eventual público masculino miraba en livings y bares un partido de fútbol— que ella, desde muy pequeña, había deseado escribir y convertirse en escritora.
Pese a lo inhóspito del lugar, Montero se mostró dicharachera y dispuesta a compartir con el público gran cantidad de anécdotas privadas. Contó así algo que seguramente ha narrado muchas veces: ella está convencida de que gran parte de su inclinación por la literatura fue el resultado de su larga estadía en cama, víctima de una tuberculosis que padeció desde los cinco años hasta casi su pubertad. Leía con ardor desde los tres: una de las anécdotas que trajo a cuento fue cómo su padre le hacía leer un periódico en un tren para gracia de todos los pasajeros.
Esa niña que alguna vez fue y que ahora es una exitosísima escritora ¿ha desaparecido por completo? ¿Qué queda de aquella pequeñita tuberculosa, hija de un torero, que ahora aparece fotografiada con un vestido rosado en la tapa del ensayo La loca de la casa?
Hurgar en la historia de las escritoras a menudo retrotrae a una niña subyugada por los libros. El extremo más fabuloso es el de las hermanas Brontë, quienes junto a su hermano varón construían mundos imaginarios en unos diminutos cuadernitos que hoy pueden admirarse en el museo de Haworth, en Yorkshire.
TEMAS RECURRENTES. Quienes estudian a fondo las diferencias intrínsecas entre la literatura escrita por hombres y la literatura escrita por mujeres han verificado una serie de temas que se reiteran estadísticamente en los textos de estas últimas con más frecuencia. Así, tras largos años de lectura corporativa, estudiosas norteamericanas han explicitado temáticas cuya evidencia se cae de madura: en las obras escritas por mujeres, las protagonistas, en la inmensa mayoría de los casos, son mujeres. Asimismo, se constata que las escritoras desmenuzan a menudo la infancia: muchos de sus personajes son niñas, o niñas en proceso hacia la adultez. La relación entre dos amigas es otro de los tópicos de los clásicos de la narrativa femenina. Y hay más: también se habla de madres, y de la relación entre madres, hermanas e hijas. Mundos privados, relaciones familiares, estrecho círculo afectivo: siempre se pone como ejemplo a la genial Jane Austen, cuyas novelas transcurren en las salas, en las cocinas y a lo sumo en los jardines.
Hay mucho más de todo esto en las novelas escritas por mujeres —dicen los que saben— que guerras, recreaciones históricas y enredos políticos. Incluso se ha sostenido que las escritoras, al estar menos seducidas por el poder cultural y por las modas literarias, son más inmunes al experimentalismo y al último grito de lo snob. De ahí que haya, a través de los siglos, similitudes insospechadas entre escritoras a quienes el tiempo distancia pero no la experiencia de ser mujer.
MARKETING O NECESIDAD. Las escritoras que hoy gozan de fama, ventas y premios en el "marketinero" mundo editorial actual, también escriben libros para niños. En Italia, Susanna Tamaro lleva editados varios libros infantiles; en España, Rosa Montero lleva ya dos novelas para un público juvenil —El nido de los sueños y Las barbaridades de Bárbara— y ahora también Marcela Serrano parece cumplir el extraño sueño del libro para niños con una narración concebida a medias con su hija, El cristal del miedo.
Los dos textos de Rosa Montero están dedicados a sus sobrinos, los hijos de su hermano Pascual: Pascual el pequeño e Irene. En El nido de los sueños la autora explicita que ese cuento ha sido escrito pensando en ellos. En Las barbaridades de Bárbara, los sobrinos de Rosa vuelven a ser musas y destinatarios con el reconocimiento de que "son mucho más listos que Bárbara y el Marciano", es decir, que la realidad de los sobrinos es mucho más maravillosa que la ficción de los personajes. Rosa Montero no es una escritora/madre, por el contrario, es una de las numerosas escritoras que en la dicotomía "hijos/libros" se ha inclinado por los segundos. En entrevistas ha sostenido que uno de los temas específicos sobre los que deben reflexionar las escritoras, y por supuesto las mujeres en general, es el sí o el no a la maternidad. Pero el ancestral fantasma de la mujer narradora contando historias a ávidas orejitas infantiles parece seguir también a Rosa Montero. Sus libros de literatura infantil proceden pragmáticamente de la situación "tía-sobrinos", reiterada escena en la que el adulto cuenta historias a seres menudos que llevan su sangre, para que con sus narraciones estos puedan entender más y mejor los extraños vericuetos del mundo y el ser humano.
MORBO Y LITERATURA. Marcela Serrano parte en su libro de otra premisa. A menudo los niños no son sólo receptores de literatura infantil, sino también productores de historias. Pocas veces en la literatura de adultos se da la situación maravillosa de interacción tan característica de la "Oralitura", donde el cuento se va modificando según las caras y las preguntas del auditorio. La literatura para niños tiene una relación casi simbiótica con la (mal rotulada) "literatura oral". La interacción entre el productor y el destinatario de un texto es un viejo sueño perseguido por los escritores a lo largo de las épocas. En el siglo XIX Charlotte Brontë, Pérez Galdós y Balzac se dirigían al lector explícitamente y lo interpelaban con todas las de la ley. En el siglo XX, un Cortázar algo ingenuo propuso en Rayuela dos itinerarios para leer la misma novela, uno de los cuales saltaba de un capítulo a otro como si el lector fuese una suerte de canguro.
Producir un cuento a medias con un niño o con una niña es algo habitual en la mujer madre. Marcela Serrano aprovecha su triple condición y publica como mujer-madre-escritora. La niña, Margarita Maira Serrano, aparece en la carátula del libro como coautora. Sospechosamente, El cristal del miedo es un libro truculento, gótico, morboso, complementado por unos humorísticos dibujos espeluznantes ¿Ha sido la autora de Nosotras que nos queremos tanto y de El albergue de las mujeres tristes quien le ha dado este toque sádico? ¿O ha sido la propia niña? ¿O ha sido el propio devenir del narrar y escuchar historias, donde las dos partes se retroalimentan y compiten por concebir la escena más terrible y el malo más malvado?
Marcela Serrano se ha dado el gusto de escribir un cuento de hadas sin hadas a medias con su hija. La protagonista es una niña, como en tantos cuentos de Perrault y de Andersen. El ogro es nada menos que el padre de la niña, un leñador que no duda en estrangular con sus propias manos la palomita blanca del protagonista. Éste, en lugar de ser un príncipe azul, es una especie de vampiro decadente, un alquimista escuálido que vive encerrado entre bibliotecas y probetas y que termina siendo linchado por la multitud. El dibujante Jesús Gabán lo ha retratado como una especie de caricatura de Kafka: tal vez no sea tan azaroso que la niña del cuento se llame Milena. Hay en la historia unos collares de cristal, temibles, que ahorcan a los malvados. Finalmente, la heredera de la sabiduría es la niña, quien sustituirá al Marqués en su capacidad de dominar los misterios del mundo.
MONTERO DIDÁCTICA. Rosa Montero en sus libros para niños no se ha jugado tan desembozadamente por lo fantástico, pero, en El nido de los sueños, crea una niñita tímida y solitaria (a pesar de tener diez hermanos), que produce a través de su imaginación un mundo paralelo. Para ello, pone nuevos nombres a las cosas a través de unos papelitos diminutos: un día, la situación se invierte y ese mundo paralelo de fantasía se vuelve abrumadoramente real. Complementan al personaje una silla que habla y un perro. El nido de los sueños coincide con la etapa fantástica de la producción literaria de Rosa Montero. Las barbaridades de Bárbara, publicada por primera vez en 1997, es también protagonizada por una niñita desplazada por los hermanos. Pero, en cambio, ésta es una novela costumbrista donde Madrid se respira por todos los poros, y donde se advierte una España primermundista donde los niños deben aprender a dominar y a erradicar el racismo, la xenofobia, la discriminación, el consumismo, y tantos otros vicios de algunas opulentas sociedades contemporáneas.
EL CRISTAL DEL MIEDO, de Marcela Serrano y Margarita Maira Serrano, ilustraciones de Jesús Gabán, Ediciones B, Barcelona, 2002, 60 páginas.
EL NIDO DE LOS SUEÑOS, de Rosa Montero, ilustraciones de Alfonso Ruano, Siruela, Madrid, 1991. Distribuye Gussi. 146 páginas.
LAS BARBARIDADES DE BÁRBARA, de Rosa Montero, Alfaguara infantil, Madrid 1997, 115 páginas.