Nada más que un insecto

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Clarice Lispector

ME COSTÓ un poco comprender lo que estaba viendo, de tan inesperado y sutil que era: estaba viendo un insecto posado, verde claro, de piernas altas. Era una esperanza, que siempre me dijeron que es de buen augurio. Después, la esperanza comenzó a andar muy levemente sobre el colchón. Era verde transparente, con piernas que mantenían su cuerpo en plano elevado y por así decir suelto, un plano tan frágil como las propias piernas que estaban hechas apenas del color del caparazón. Dentro del hilo delgado de las piernas no había nada dentro: el lado de adentro de una superficie tan lisa ya es la otra propia superficie. Parecía un dibujo raso que hubiese salido del papel y, verde, anduviera. Pero andaba, sonámbula, determinada. Sonámbula: una hoja mínima de árbol que hubiese ganado la independencia solitaria de los que siguen el apagado trazo de un destino. Y andaba con una determinación de quien copiara un trazo que era invisible para mí. Sin temor, ella andaba. Su mecanismo interior no era tembloroso, pero tenía el estremecimiento regular del más frágil reloj. ¿Cómo sería el amor entre dos esperanzas? Verde y verde, y después el mismo verde que, de repente, por vibración de verdes, se vuelve verde. Amor predestinado por su propio mecanismo semiaéreo. Pero, ¿dónde estarían en ella las glándulas de su destino, y las adrenalinas de su seco y verde interior? Pues era un ser hueco, un injerto de astillas, simple atracción electiva de líneas verdes. ¿Cómo yo? Yo. ¿Nosotros? Nosotros. En esta delgada esperanza de piernas altas, que caminaría sobre un seno sin siquiera despertar el resto del cuerpo, en esta esperanza que no puede ser hueca, en esta esperanza la energía atómica sin tragedia se encamina en silencio. ¿Nosotros? Nosotros.

CLARICE LISPECTOR (1920-1977). Ucraniano-brasileña. Novelas: La hora de la estrella, La pasión según G.H.

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