SELECCIÓN DE "NOVELITAS"

Una muestra intencionada de la máquina Aira

Diez “novelitas” para entrar en el universo literario de César Aira, autor que suena cada vez más como candidato al Premio Nobel.

César Aira
César Aira: Lo simultáneo, su tiempo favorito.

Nada más alejado de la imaginería de un autor como César Aira que la efeméride. Sin embargo, este fue el año donde coincidieron sus setenta años de vida con la publicación de su novela número cien, por lo que, la editorial Penguin Random House eligió diez novelas suyas para editar en un solo tomo. Una ocasión perfecta para zambullirse en el vértigo de una escritura que se construyó en soledad, como un artefacto monstruoso, y en la que confluyen tradiciones populares y cultas con Borges, el humor, la pantomima, las paradojas del tiempo y el universo infantil.

SITUACIONES QUE DESCOLOCAN.

Las diez novelas elegidas son una muestra de la heterogeneidad de los temas y de la correspondencia de sus tramas que hacen del género “novelitas” —una de sus tantas invenciones— pequeños mecanismos de relojería como los que abundan en sus historias. Pero también esta antología puede ser leída como un compendio donde personajes inverosímiles desgranan sus ideas sobre la creación literaria. Una suerte de work in progress en el que las peripecias se agolpan hasta crear situaciones que descolocan al lector, minando la comodidad que siglos de verosimilitud realista le habían proporcionado y donde las tramas se construyen a partir de analogías imposibles.

Así, descubrimos en Cecil Taylor a un músico de jazz de vanguardia, creador de “construcciones aéreas” (o aireanas) incomprendido por sus contemporáneos hasta convertirse en un teórico del fracaso. La distancia entre el artista y su público —que el autor representa con el espacio infinitamente divisible que recorren Zenón y la tortuga— pone en escena una paradoja: la de un público inexistente para el creador de un objeto estético nuevo. Sólo saliéndose de la literatura es como el escritor podrá reconocerla, parece decirnos Aira, creador de lo que podríamos denominar una “exoliteratura”, aquel espacio utópico que, como las miniaturas y las maquetas, permite entrar y salir para ir a jugar, que para este autor no es otra cosa que contar.

En La costurera y el viento, el relato de las desopilantes aventuras protagonizadas por personajes de su infancia en Coronel Pringles, se asiste a una de las matrices de su escritura: el azar y el sueño, productores de un relato donde los hechos inconexos terminan coincidiendo en una mecánica precisa como la del juego de billar. Porque para Aira de lo que se trata no es de recuperar el pasado mediante la memoria, sino de “interponer el olvido entre mi vida y yo”. El olvido como pura sensación que hace desaparecer, como un mago, los objetos y hace aparecer, como en una caja de sorpresas, lo inimaginable, es decir, lo nuevo. Todo, “en un abrir y cerrar de ojos”, el tiempo favorito de Aira, que es el de la pura simultaneidad.

Y el universo provinciano de los años cincuenta, un terreno literariamente árido, donde las mujeres sólo pueden ser madres enloquecidas o mojigatas solteronas. Ese es el lugar elegido para poner a andar la máquina narrativa en la que los elementos disparatados se acumulan hasta saturar el paisaje de la Patagonia y donde la figura de un “paleomóvil” —construido con los restos de un Chrysler y la caparazón de un tatú enterrado— es la imagen de su propio proyecto literario: un monstruo en el vacío con pocos antecedentes entre los que se puede reconocer a Manuel Puig, Felisberto Hernández y a Borges.

En Las conversaciones, una pareja de intelectuales amigos dedicados al arte de la conversación tropieza con una contradicción insalvable al hablar sobre el cine de entretenimiento, cuestión que lleva a uno de los interlocutores a analizar, cada noche, la conversación diurna y en esa duplicación —miniatura del diálogo— contemplar el pensamiento como si se tratara de una joya. En su deriva, descubre que la realidad, para hacerse inteligible, adopta la misma estructura narrativa de la ficción y propone, como salida al concepto de verosimilitud, apelar al ingenio como un verosímil de emergencia. Eso demuestra cómo el error abre, para un escritor, una cantidad de posibilidades de justificarlo que le permite sacar, cada vez, “un conejo de la galera”.

En El divorcio, un único incidente, como un aleph, narrado con una morosidad y un detalle que convierte el instante en una eternidad, concentra las historias que se despliegan en cada capítulo. Por sus páginas aparece la maqueta de un colegio en llamas que reproduce, en miniatura, el incendio, para deleite de los alumnos que, como un ejército de Blancanieves, juegan a huir de ese simulacro; a un viejo escultor devastado por el alcohol, en una lucha afiebrada por imprimir en la piedra las formas que se le resisten, quien verá, en las sombras fantasmales que se proyectan sobre las paredes, su auténtica obra; a una adolescente, que, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de un manual de procedimiento, dirige con éxito durante cuarenta años la empresa familiar como una autómata, sin llegar a conocer jamás los mecanismos del negocio, mientras una pausa de la imagen en términos cinematográficos lleva al narrador a reflexionar sobre cómo el tiempo (esa “máscara que se pone la eternidad para seducir a la juventud”) puede descomponerse hasta lo infinitesimal y convertirse en un instante eterno.

Una función memorable de circo en Los dos payasos es la excusa para homenajear al más entrañable de los géneros populares, mientras que en El volante, una profesora barrial ofrece un taller de teatro con el fin de “usar las artes de la mentira para mejor decir la verdad”. Toda una declaración de principios, que a lo largo de una extensa “posdata”, su autora —alter ego de Aira— explica mientras narra el argumento de una novela de aventuras en la que unos jóvenes escritores del grupo Shangai mal disfrazados —los argentinos Chitarroni, Guebel y Chejfec— junto a su escritor admirado persiguen a una indiferente y esquiva dama, la literatura, a través de todo el territorio narrativo.

Y si el teatro, por su delicadeza y eficacia, será para Aira una “miniatura del mundo”, el juego infantil será el modelo de su producción narrativa, donde las reglas son inventadas sobre la marcha y las peripecias se encadenan según la lógica de la acumulación, la solución mágica y el absurdo, reinventando el mundo una y otra vez. Porque finalmente, toda historia que vale la pena contar es la historia de un origen.

En el último de los textos compilados, Diario de una hepatitis, su autor anuncia que no volverá a escribir, travesura que, para felicidad de sus lectores, la máquina Aira se ha encargado de desdecir.

DIEZ NOVELAS DE CÉSAR AIRA. Selección y prefacio de Juan Pablo Villalobos. Literatura Random House, 2019, Buenos Aires, 544 págs.

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