Autobiografía ampliada

Memorias de George Harrison, el beatle que sabía más acordes

Un libro que ofendió a John Lennon.

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por Luis Fernando Iglesias
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En 1957, el saxofonista Bill Justis consiguió que su tema instrumental “Raunchy” (Atrevido) obtuviera una enorme popularidad. La noche del seis de febrero de 1958, en el segundo piso de un ómnibus casi vacío, Paul McCartney intentaba convencer a John Lennon de que le diera una segunda oportunidad a un joven guitarrista de apenas quince años que viajaba con ellos, para ingresar a The Quarrymen. Lennon tenía diecisiete y ese niño “ni siquiera se afeitaba”. No podía formar parte de su banda. McCartney le hizo una seña, el joven sacó su guitarra e interpretó, en forma perfecta, “Raunchy”. Lennon intentó disimular su asombro. Cuando George Harrison terminó, solamente dijo “estás adentro”. Años después Lennon reconocería que “le pedimos a George que ingresara a la banda porque sabía más acordes que nosotros”. Gracias a ese tema, Harrison integró The Quarrymen que un tiempo después sería The Beatles, la banda que cambió la música y también al mundo. En algún lugar de Liverpool, quizás en alguna de las terminales de ómnibus cercana a Penny Lane, debiera colocarse una plaqueta en homenaje a Bill Justis.

George Harrison nació el 25 de febrero de 1943 en una familia que tuvo cuatro hijos. Sus padres eran Louis Anne y Harold. Vivió sus primeros años en un callejón de casas populares. La de los Harrison estaba ubicada en el número 12 de Arnold Grove. Tenía cuartos diminutos, sala, cocina y un baño que quedaba en el patio trasero. En las mañanas de invierno era todo un desafío salir de la cama e ir al baño. A fines de los setenta George y su esposa Olivia volvieron a esa casa. Mientras la observaban, Harrison se retrotrajo a 1943 “regresando de a poco del mundo espiritual, del nivel astral, regresando a tu propio cuerpo”. Se preguntó, tomando en cuenta a todo el planeta y a todos los planetas que puede haber en el cosmos, “¿Cómo llego yo a esa familia en aquella casa y en aquel momento? Y en cualquier caso, ¿quién soy yo?”.

Liverpool no ha protegido el valor histórico de la casa donde el quiet (callado o tranquilo) beatle nació. Este cronista la visitó en 2012 y el guía solicitó que tomáramos fotos sin acercarnos demasiado a la fachada. La familia que vivía ahí aborrecía a los turistas que a toda hora husmeaban el frente de su hogar. En 1959, luego de esperar veinte años para ser elegidos, el ayuntamiento asignó a los Harrison una casa más grande y confortable ubicada en el número 25 de Upton Green en Speke. La familia vivió ahí hasta 1962. En la sala, George llegó a ensayar con John y Paul.

Espíritus.
Esa conexión con el espíritu que habita en una casa, fue la que experimentó George cuando en 1969 se mudó, junto a su primera esposa Pattie Boyd, a una residencia estilo gótico y con un gran parque llamada Friar Park. Quien la había recuperado, muchos años antes, fue Sir Frank Crisp, un “brillante, errante y eminente baronet victoriano… me ayudó con mi conciencia; sea lo que sea se volvió más fuerte o una manera mejor de expresarse cuando me mudé a esa casa”. Crisp era abogado, microscopista, y diseñador de esos jardines donde Harrison vivió hasta su muerte. Cuevas, grutas, pasajes subterráneos, cursos de agua y varios enanos de jardín poblaban las veinticinco hectáreas. En su homenaje compuso “The Ballad of Sir Frank Crisp (Let it Roll)” para el álbum All Things Must Pass. Un buen lugar para olvidar la beatlemanía, que para el músico fue como vivir sin espacio propio. Sentía que eran como los monos de un zoológico que en algún momento “se mueren… todos necesitan que los dejen en paz”.

En medio de esa locura fue que tuvieron lugar las conversaciones de Harrison con Derek Taylor, columnista de varios periódicos y ghostwriter (autor encubierto) del libro de memorias A Cellarful of Noise del mánager de The Beatles, Brian Epstein (Una bodega llena de ruidos, 1964). En 1963 Taylor trabajaba para el periódico Daily Express y le encomendaron cubrir un concierto de The Beatles. Los editores esperaban que el cronista ratificara que eran una moda adolescente pasajera, pero la nota de Taylor fue muy elogiosa. Lo invitaron a conocer a la banda y se transformó en su periodista de confianza. En una época en que todo lo que tuviera el nombre Beatle vendía, le propusieron a Harrison suscribir una columna en el periódico. Las escribiría Taylor y al músico se le daba la opción de aprobar o desaprobar. La relación entre ambos fue excelente. George era el que contaba las historias mientras Taylor las transformaba a lenguaje literario.

Casi diez años después se dieron conversaciones más profundas que redundaron en la primera autobiografía de un ex Beatle, I, me, mine, publicada en 1980. Una edición de apenas dos mil ejemplares firmados por el músico, encuadernados a mano donde además de los textos aparecían varias letras de sus canciones. Se agotó de inmediato. Lennon leyó el libro y se sintió herido. Así lo declaró en la última entrevista que le dio a David Sheff. “Por evidente omisión en el libro, mi influencia en su vida es absolutamente cero y nula”. En alguna entrevista Harrison quiso explicar el punto, pero su amigo ya no podía escuchar sus argumentos. Lennon fue asesinado a las pocas semanas.

Yo, a mí, mío.
No es una humorada que el título del libro —un canto al ego— sea contra lo que siempre luchó Harrison. Es el nombre de la canción que compuso en 1969 en las sesiones de Get Back, inspirado por la guerra de egos y la disolución de la banda. Sus canciones no eran consideradas por John y Paul en un ambiente tenso que se ve en el excelente documental de Peter Jackson del mismo nombre. Harrison llamaba al ego “el pequeño yo” que comandaba a las personas que olvidaban ser parte del “gran yo” que es la conciencia universal. En el documental, McCartney recuerda el viaje a India y dice que habían podido limar sus asperezas y controlar los egos. Harrison sonríe y responde: “Mirá en lo que nos convertimos ahora”. Esta canción fue la última que grabaron como banda. El tres de enero de 1970 se juntaron George, Ringo y Paul en Apple junto al productor George Martin. Lennon ya había anunciado, en forma privada, que abandonaba el grupo y no asistió a la sesión. A los pocos meses fue el último tema que trabajó Phil Spector para agregar su famosa “pared de sonido” el 1º de abril de ese año.

El libro, que apareció en español en 2021, tiene varias secciones. Un prólogo de su esposa Olivia, agregado en 2002, y las conversaciones entre Harrison y Taylor que ocupan unas sesenta páginas del lujoso ejemplar. El enojo de Lennon parece injustificado ya que Harrison no profundiza en la relación con ninguno de sus ex compañeros. Quizás en las letras de varias de sus canciones, que se explican en el libro, haya más referencias. En “Wah Wah”, comenta que fue escrito en plena crisis cuando las discusiones con sus compañeros le daban dolor de cabeza. La canción “Run of the Mill” fue compuesta cuando los problemas en Apple eran difíciles y “Paul se peleaba con todos nosotros y recorría los despachos de Apple diciendo: ‘no sirven para nada’. Para él todos eran incompetentes”.

El jardinero.
Hay varios temas que aborda Harrison. El final de The Beatles, el Concierto para Bangladesh con los increíbles problemas burocráticos que hizo que aún a fines de los setenta el dinero no hubiera llegado a los bengalíes, la demanda de plagio a “My Sweet Lord” donde juega un extraño papel el odiado manager Allen Klein, su gira de 1974 que lo dejó sin voz y que casi termina en una crisis nerviosa, su búsqueda de Dios, sus viajes a India y la amistad con Ravi Shankar, la meditación, sus amados Monty Python —a los que llegó a financiar— y hasta su gusto por el automovilismo y la Fórmula Uno. Todo en forma breve a lo largo de siete capítulos. Se refleja el humor y la paz que irradiaba el músico, algo que no sorprende luego de haber visto el documental de Martin Scorsese sobre su vida, Living in the Material World (2011, reseñado en el Cultural Nº 1210). Su creencia en lo espiritual y su falta de temor a la muerte, que es tan solo un pasaje. En un punto, luego de hablar de la locura de sus días en The Beatles, reconoce que cuando tuvo que enfrentar problemas en solitario, como la demanda por plagio, extrañó a sus tres amigos: “…si uno de nosotros no las tenía todas consigo, los otros lo cubrían. Nos protegíamos mutuamente… ahora tienes que estar más en guardia, cuando estás solo. A veces los echo de menos. Nos teníamos muchísimo cariño”.  

Las memorias cubren la primera parte del libro. Luego cincuenta y dos hermosas fotos en blanco y negro que ilustran la vida del músico. La segunda parte es lo más emotivo. En esta edición ampliada se incluyen ciento cuarenta y una letras de sus canciones en inglés, y traducidas al español, con una breve explicación de Harrison sobre cada una de ellas y la inclusión de fotos de los originales, escritos por el músico con tachaduras, arreglos y cambios. Documenta el origen de una gran obra. De la canción “I, Me, Mine” confiesa que la compuso luego de un viaje en LSD, la droga que es el cielo y el infierno. Entendió que la vida también podía ser el cielo y el infierno y que él no era las cosas que pensaba que le pertenecían. En “Isn’t it a Pity” (¿No es una pena?) habla del momento en que una relación comienza a decaer. “Fue una oportunidad para darme cuenta de que, si yo sentía que alguien me había defraudado a mí, era bastante posible que yo mismo hubiera defraudado a esa misma persona. Todos tenemos tendencia a rompernos el corazón el uno al otro… ¿No es una pena?”

Contar sus memorias no fue fácil para Harrison que, confiesa, padeció este libro. Tener en un solo volumen algunas de sus historias y el testimonio vivo de varias de sus canciones hizo que ese esfuerzo valiera la pena. Para aquellos que admiramos y queremos a Harrison, es una alegría saber que desde que escribió este libro en adelante, su vida encontró la paz en los jardines de Friar Park donde vivió, junto a su esposa e hijo, hasta su muerte en 2001. Nunca dejó la música, las reglas del mercado y la fama no le importaban. Hubo un álbum póstumo, Brainwashed (2002), que completaron su hijo Dhani junto a Jeff Lynne y ocho semanas antes de su muerte, cuando ya le era imposible empuñar una guitarra, cantó en un disco del pianista Jools Holland la última canción que compuso, “Horse to the Water”. Su pasión por crear duró más que su vida. Mientras tanto, su existencia continuaba de la forma que él esperaba: “…soy un tipo de lo más sencillo. No quiero estar todo el tiempo en el negocio porque soy un jardinero. Planto flores y veo cómo crecen. No voy a clubes y fiestas. Me quedo en casa y veo como fluye el río”.

I, ME, MINE de George Harrison. Letras y memorias. Libros del Kultrum, 2021. Madrid, 577 págs. Traducción de Eduardo Hojman.

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