javier cercas sobre "El impostor"

"Me incluí en el relato para no excluir de él al lector"

Profesional de la mentira, Enric Marco dijo haber sido un sobreviviente de los campos de concentración nazis y se convirtió en líder de las víctimas españolas del Holocausto durante décadas. Los engañó a todos. El escritor Javier Cercas cuenta la historia en el libro El impostor.

Javier Cercas
Javier Cercas
Enric marco, el impostor
Enric marco, el impostor
Campo de concentración nazi de Flossenburg, donde Marco nunca estuvo
Campo de concentración nazi de Flossenburg, donde Marco nunca estuvo
Javier Cercas cuenta la increíble historia de Enric Marco
Javier Cercas cuenta la increíble historia de Enric Marco

Nació en un manicomio. Su madre estaba loca y nunca lo reconoció. Creció como pudo, más mal que bien, hasta que la Guerra Civil Española lo pilló en la calle y con algo más de 15 años se unió a la resistencia contra los golpistas en Barcelona. Después, todo fueron tumbos. Fueron décadas de inventarse y reinventarse, en España, pero también en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, hasta que a fines de los 70, Enric Marco emergió de pronto como un líder nacional de los trabajadores y luego, a fines de los 90, llegó a ser el más destacado representante de las víctimas españolas de los campos de concentración nazi. Había sobrevivido a uno, contaba con dramáticos detalles a quien quisiera escucharlo, en entrevistas, discursos, libros. Era una figura pública de moral inapelable. Una autoridad sobre el Holocausto. Pero todo era mentira. Una gran mentira.

La verdad se supo en 2005 y fue un escándalo en España: Marco jamás pisó el campo de concentración nazi de Flossenbürg, como relató tantas veces con estremecedora prolijidad. Lo inventó todo. Presionado por las investigaciones de un historiador, reconoció su mentira y dejó la presidencia de la asociación de sobrevivientes españoles del nazismo, días antes de dar un discurso en Austria representando a las víctimas de toda Europa, en conmemoración de la liberación del campo de concentración nazi de Mauthausen. El engaño se convirtió en el tema obligado de la prensa, pero también de cualquier sobremesa, hasta que una noche, en Madrid, Mario Vargas Llosa, que ofrecía una cena en su casa para unos pocos amigos, levantó la voz para decirle a uno de ellos: "¡Marco es un personaje tuyo! ¡Tienes que escribir sobre él!". Le hablaba a Javier Cercas (Cáceres, 1962).

El consejo del novelista peruano, que también parecía una exigencia, no tomó del todo por sorpresa a Cercas. El autor de Soldados de Salamina (2001) venía dándole vueltas al caso de Marco, pero se resistió por años. Solo después de escribir y publicar Anatomía de un instante (2009) y Las leyes de la frontera (2012), lo intentó. Incluso llegó a conocer a Marco, pero eso mismo volvió a desalentarlo: le pareció un huracán de mentiras tan inmoral, que la sola posibilidad de escribir un libro que lo entendiera -o peor, lo justificara- lo hizo retroceder nuevamente. "Lo mejor que se podía hacer con aquel monstruo de la vanidad y el egotismo era no escribir sobre él, dejarlo pudrirse en su soledad sin honor", escribió Cercas, cuando ya había vuelto a cambiar de idea y, efectivamente, estaba dedicándole un libro.

El libro se llama El impostor. Es, como insiste Cercas, una "novela sin ficción", que separa mentiras de verdades para entregar un retrato con toda la gama de grises posibles del inquietante Enric Marco. Ensayo, crónica, autobiografía, biografía y a ratos novela de aventuras histórica, el libro no solo deja al desnudo a Marco; también interroga a toda la sociedad que aceptó creer en él. "Todo el mundo estaba deseando escuchar lo que él contaba. La verdad -sobre todo cuando es terrible, como la de los campos nazis- no nos gusta nada: preferimos la mentira, sobre todo si es una mentira bien adornada, romántica, heroica y sentimental, como la que contaba Marco", afirma Cercas.

La mayor parte del libro, en todo caso, es sobre Marco. Cercas no solo lo entrevistó durante meses, también llevó a cabo una investigación reconstruyendo su vida, desactivando la trama de engaños de un hombre que, según decía, había sufrido en carne propia las grandes tragedias del siglo XX español y europeo, siempre con una valiente disidencia. En el camino descubre a un fabulador miserable pero también fascinante, que no duda en comparar con Alonso de Quijano, el hombre que se transformó en el Quijote: "A los cincuenta años, después de haber llevado una vida tan pobre como la de Alonso Quijano, Marco se inventa un personaje heroico llamado Enrique Marcos, para poder vivir todo aquello que no ha podido vivir hasta entonces. Marco, en resumen, es un novelista de sí mismo, igual que Quijano", dice el autor.

CONTAR LA VERDAD.

—¿Cómo recuerda las sesiones de entrevistas con Enric Marco? ¿En algún momento creyó en sus mentiras?

—Por supuesto que creí sus mentiras, o al menos algunas de ellas; pero luego, a base de contrastarlas con la realidad, las fui desenmascarando, o eso creo. Mejor dicho: lo que creo, o de lo que estoy seguro, es que lo que cuento de Marco es verdad, y le aseguro que no fue fácil averiguar qué era verdad y qué no lo era. Por eso el libro es un combate a muerte entre la verdad y la mentira. Y por eso, también, las entrevistas con Marco fueron una batalla campal: porque él quería que yo escribiese una hagiografía que lo justificase o lo redimiese, y yo solo podía contar la verdad. Quería escribir un buen libro; eso es lo que le dije desde el primer momento a Marco y eso es lo que intenté hacer hasta el final. Como todas o casi todas mis novelas, terminó siendo entre otras cosas una novela de aventuras sobre la aventura de escribir novelas.

—"Es el puto amo", dice su hijo de Marco. ¿Usted lo valora? ¿Admira su capacidad para llevar a tal extremo su mentira?

—¿Usted no? Vargas Llosa en un artículo sobre este libro escribió que Marco es el mayor impostor de la historia; estoy de acuerdo: Marco es el Maradona o el Picasso de la impostura. ¿Cómo no admirarlo? Eso no significa que al mismo tiempo no sea un monstruo de una inmoralidad o de una amoralidad absolutas. Ambas cosas no son incompatibles.

—El caso de Marco, como plantea en El impostor, alude a la mercantilización de la memoria histórica. ¿Qué trampa se esconde ahí?

—Precisamente esa: que se convierta en un mercado. La expresión "memoria histórica" es equívoca, confusísima y se presta a todo tipo de malentendidos; además, tal y como se usa es un eufemismo: debería llamarse memoria de las víctimas o, en España, memoria republicana. Sobra decir que la causa de las víctimas es justísima, y merece todo el apoyo de cualquier persona decente. Pero todas las buenas causas tienen sus canallas, gente que las usa para su propio beneficio personal, que intenta obtener réditos personales o morales o simbólicos o incluso económicos. Y por supuesto políticos: hay un uso político bueno de la memoria, pero también lo hay malo. Y hay que estar contra él, porque de lo contrario las víctimas van a resentirse. Es lo que por desgracia ocurre en España y en otras partes: que un movimiento a favor de las víctimas fracasa o no triunfa por su mercantilización, por el mal uso político que se hace de él. Marco es un ejemplo perfecto de lo que digo: él obtenía réditos personales, morales y simbólicos de sus mentiras, y por eso no paraba de decirlas, cada vez más gordas, más sentimentales, más heroicas etc., que eran las que la gente estaba encantada de escuchar. Y el resultado de esa mercantilización no es el triunfo de la memoria o la historia, sino el del kitsch de la memoria, el triunfo de una memoria falsificada.

LA HISTORIA HABLA DE TI.

—¿Por qué decidió incluirse en el relato? Con ese gesto profundiza lo que ya había hecho en Anatomía de un instante, una "novela sin ficción".

—Desde luego, El impostor es también una novela sin ficción, como Anatomía de un instante , y por razones no muy distintas en el fondo: porque Enric Marco es una ficción ambulante y no tenía ningún sentido escribir una ficción sobre otra ficción, hubiese sido redundante, literariamente irrelevante. En cuanto a por qué me incluí en el relato, la respuesta es fácil: para no excluir de él al lector. Quiero decir que yo soy el representante del lector en el libro, su alter ego, y que todo lo que me ocurre a mí debería ocurrirle en cierto modo a él. Lo último que quiero cuando escribo un libro es que el lector lo lea como si no guardase ninguna relación con él. Desde luego, la vida de Marco guarda toda la relación del mundo con la del lector. "De te fabula narratur", dice Horacio: la historia habla de ti. Pues eso es lo que ocurre en esta historia: que no habla de Enric Marco, sino del lector.

—La noción de "novela sin ficción" que usted utiliza en el libro, ¿se contrapone con la novela tradicional o amplía el género?

—Intenta ampliar el género, claro. Es lo que a su modo intentan hacer todas las novelas o todos los novelistas con una cierta ambición: descubrir territorio desconocido; y, como la novela es forma y no otra cosa, la única manera que tiene de descubrir territorio desconocido es cambiar su forma, ampliando su radio de acción. ¿Quién ha dicho que la novela deba de ser ficción? Todo el mundo, ya lo sé. Bueno, pues yo me lo salto, porque la primera y casi única regla de este género, tal y como lo codificó Cervantes, es que no hay reglas, que uno puede hacer con él lo que le dé la gana, siempre que el resultado sea bueno. Esto es una revolución total, y si nosotros no aprovechamos la total libertad que nos regaló Cervantes, la culpa es nuestra, no de la novela (y menos de Cervantes).

—¿Le interesa volver a la ficción? ¿Sigue creyendo en ese mantra que repite en el libro: "la realidad mata, la ficción salva"?

—Totalmente. "La especie humana no puede soportar demasiada realidad", dice un verso de Eliot; y es exacto: necesitamos la ficción como el agua, sin ella no podemos vivir. Pero sin la realidad tampoco. Yo volveré a la ficción cuando me formule una pregunta -escribir un libro consiste siempre en formular una pregunta de la manera más compleja posible- que exija la ficción. No antes. Mientras tanto, sigo disfrutándola.

TODOS SOMOS IMPOSTORES.

—Ha dicho en más de una ocasión que todos somos Marco. ¿Somos todos impostores?

—No le quepa la menor duda, aunque no todos somos ni mucho menos tan buenos como Marco. La literatura es una hipérbole, una exageración monstruosa de lo que somos, que nos permite ver mejor que nada cómo somos. Macbeth es una hipérbole monstruosa de la ambición; Hamlet, de la autoconciencia; Romeo y Julieta, del amor romántico. Pues bien, Marco es una hipérbole monstruosa de la impostura. Y del mismo modo que todos tenemos un poquito de Macbeth y un poquito de Hamlet y un poquito de Romeo y Julieta, todos tenemos un poquito de Marco. Y es bueno saberlo, porque de lo contrario puedes acabar convertido en el presidente de la asociación de deportados en los campos nazis, como Marco, o matando al rey Duncan, como Macbeth, o suicidándote, como Romeo y Julieta, o provocando una masacre, como Hamlet.

—¿Cómo recuerda el éxito de Soldados de Salamina? ¿Cree que ahí encontró la hebra para desarrollar una obra que dialoga y disiente con la historia?

—El éxito de Soldados de Salamina fue tan bonito como irrepetible, porque ya nunca volveré a ser un escritor desconocido, como lo era antes de escribir ese libro. Y sí, hasta cierto punto es verdad que ahí hubo un cambio en mis libros -ahí, por ejemplo, irrumpieron en mis libros la historia y la política, cosas que antes estaban casi ausentes-, pero también es verdad que hay una continuidad evidente con lo que escribía antes. Digamos, por decirlo de algún modo, que antes de Salamina era un escritor posmoderno y que a partir de Salamina (al menos desde la última parte de Salamina) soy un escritor post posmoderno.

EL IMPOSTOR, de Javier Cercas. Literatura Random House, 2014. Buenos Aires, 429 págs. Distribuye Penguin Random House. 

(El Mercurio/GDA)

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