Los hilos invisibles

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CON EL LIBRO de cuentos La noche navegable, publicado en 1980, Juan Villoro (México, 1956) dio comienzo a lo que hoy es una de las obras de mayor importancia en el escenario de las letras latinoamericanas. Novela, relato, crónica, ensayo, teatro, literatura infantil: ningún género parece serle ajeno y en cada uno de ellos ha sembrado títulos de absoluta relevancia, cosechando premios de toda índole, como el Xavier Villaurrutia, el Herralde de novela, el Internacional de Periodismo Vázquez Montalbán, el Ciudat de Barcelona, el Internacional de Periodismo Rey de España, categoría Galardón Iberoamericano, y el Iberoamericano de Letras José Donoso. Con Villoro conversamos vía e-mail.

-Padre filósofo y madre psicoanalista, abuela paterna escritora de best sellers de autoayuda para colegios católicos… Con tal alcurnia, ¿empezar a escribir fue más fácil y celebrado familiarmente?

-En mi infancia sentí un fuerte rechazo hacia los libros, los veía como algo ajeno, tedioso. No había libros para niños en mi casa. Muchos años después supe que mi padre había traducido El principito para una edición en episodios en el periódico Novedades, pero nunca me lo dio a leer. No lo digo como una privación especial que yo haya sufrido; en aquel tiempo era poco común que los niños leyeran en sus casas y menos que lo hicieran en compañía de sus padres. Empecé a leer por gusto en las vacaciones previas al bachillerato porque leí una novela (De perfil, de José Agustín) que trata, justamente, de un muchacho que está en las vacaciones previas al bachillerato y no sabe qué hacer con su vida. Fue una lectura en espejo, que me hizo sentir parte de algo que hasta entonces repudiaba. Una vez que me convertí a la lectura, descubrí que el afecto paterno pasaba por los libros. Supongo que una razón para escribir (bastante neurótica, por supuesto) fue la de ganar el aprecio de mi padre a través de una bibliografía. Mi madre es más intuitiva y emocional, llora con facilidad ante un texto, y encontré que también con ella me relacionaba mejor por escrito. Hubiera preferido no tener que escribir para relacionarme con los padres, pero hay familias donde las emociones llegan con notas a pie de página.

EL AMIGO MONTERROSO.

México fue y es un país de enorme tradición literaria, que además convocó a escritores extranjeros que no solo hallaron refugio dentro de sus fronteras -desde León Felipe hasta Gabriel García Márquez- sino que, subyugados por su cultura e inspirados en ella, escribieron algunas de sus obras fundamentales -B. Traven, Malcolm Lowry, Graham Greene y un largo etcétera-. Uno de los grandes escritores que se asentaron en la capital mexicana fue el guatemalteco Augusto Monterroso, quien coordinó talleres literarios de los que Villoro fue alumno.

-¿Cuánto pesó en su formación literaria el taller de Monterroso?

-Monterroso era de un rigor extremo. A su taller se llegaba por concurso y sólo admitía tres alumnos al año. Lo había leído y anticipaba a un humorista. Caí en la típica confusión de pensar que alguien con sentido del humor es bonachón. Su ironía era muy eficaz, pero le servía para aniquilar nuestros errores, lo cual era tan formativo como doloroso. Nunca asumió la postura del tutor paternal que pasa por alto los defectos para seguir motivando a los suyos. A riesgo de parecernos tiránico, se concentraba en fallas de ritmo, de prosodia, de lógica. El principal efecto de su taller fue que la mayoría de los alumnos dejó de escribir. En verdad ponía a prueba la vocación. Si seguías adelante, entendías que el camino era mucho más interesante de lo que habías previsto, pero para eso tenías que superar muchos obstáculos. Yo me había formado en la cultura pop, conocía muchos discos, películas, cómics, programas de televisión y había leído poco y mal. Una de las obsesiones de Monterroso era la de hacernos escapar de la época, evitando modas, tendencias fáciles de repetir, recursos que pertenecían más al cine o al rock. También tenía obsesiones difíciles de compartir, como su idea de que los sueños no pueden ser narrados. Cuando salí de su taller pasó algo muy curioso: nos hicimos amigos. Lo frecuenté hasta su muerte, en 2003. Nunca volvió a hablarme como maestro, o sólo lo hizo en la medida en que al comentar un libro aportaba una breve lección. No me atreví a mostrarle un manuscrito después del año en que estuve con él. Fue un maestro intenso y absoluto, pero sólo por un año, como si en ese lapso tuviera que concentrar todo lo que podía hacer por mí. Terminado el plazo quedé solo, a la intemperie.

LOS FANTASMAS DE COMALA.

Cuna del realismo mágico, a impulsos en particular de la formidable y brevísima obra de Juan Rulfo (Pedro Páramo, El llano en llamas), ser narrador en México suele ser una tarea en la que las ascendencias y los legados pueden tener una impronta difícil de evitar. Sin embargo, muchos de los escritores contemporáneos han desarrollado su tarea entre la reverencia y la voluntariosa distancia.

-¿Se puede escribir en México eludiendo el realismo mágico, la autoridad de Rulfo? ¿Del mismo modo, se puede eludir la magistratura de Octavio Paz?

-Entre mi generación y la de Rulfo ha habido muchos autores. No se trata de un desafío directo. Es el mayor narrador de nuestra tradición, pero sus fantasmas ya tienen esa condición aparte de los fantasmas de Shakespeare. Hace poco hice un experimento con unos alumnos: relacionamos a los personajes de Comala como si pertenecieran a la realidad virtual (fantasmas como amigos en Facebook). El ejercicio fue refrescante para entender de otro modo la virtualidad de Comala, pero a nadie se le ocurrió escribir a la manera de Rulfo ni recuperar ese entorno rural, ya muy ajeno para la gente de las ciudades (cuando Rulfo nació, el 90% de los mexicanos vivía en el campo, hoy la proporción es exactamente la inversa). Octavio Paz amplió enormemente el repertorio de temas a discutir en México, del surrealismo a la filosofía de la India, pasando por la transgresión erótica, las vanguardias plásticas y la crítica de los totalitarismos. Fue más impositivo que dialogante con mi generación, pero, como buen polemista, acababa por respetar más a quienes se le oponían con argumentos que a quienes lo seguían a ciegas. En este sentido, creo que su magisterio operaba mejor en la tensión del que discute, aunque por supuesto aspiraba a tener siempre la razón.

SOCIALISMO Y ROCK`N ROLL.

Convertido en un sieteoficios, al comienzo de su carrera Villoro desempeñó los más variados trabajos, hasta que en 1981 alguien le ofreció un cargo en la embajada mexicana en Berlín Oriental, en épocas del reinado idiota de Erich Honecker y de la brutal Stasi, policía secreta que vigilaba casa por casa las vidas privadas de los alemanes. Sin embargo, poco fue el tiempo que el escritor permaneció en su destino diplomático. En 1984 ya estaba de regreso en su país natal, dispuesto a dar comienzo a una obra notable y a trabajar durante largos años en el periodismo escrito, donde colaboró con diversos medios como las revistas Vuelta y Nexos, y los diarios Proceso, Cambio, Unomásuno y La Jornada, en el que dirigió de 1995 a 1998 el suplemento La Jornada Semanal.

-¿Cómo fue haber llegado a Alemania a comienzos de los 80?

-Milité en el Partido Mexicano de los Trabajadores a fines de los años 70, escribí mi tesis de Sociología sobre el concepto de enajenación en Marx y deseaba la aurora socialista (aunque matizada por el rock, Gramsci y la postura mexicanista del PMT). Conocer el socialismo realmente existente y su rigurosa aplicación a la alemana, fue una sacudida. El Muro era una expresión física del fracaso de un sistema, que impedía la libre circulación de sus ciudadanos. Por otra parte, la OTAN no representaba una alternativa humanitaria. Llegué a Berlín en el verano ardiente en que se instalaban los misiles de mediano alcance que podían llegar sin aviso a Moscú. La tercera guerra mundial parecía una posibilidad y tenía pesadillas sembradas de hongos atómicos. Las tensiones entre las dos superpotencias alimentaron mi paranoia y me convencieron de estar ante dos formas del delirio. En el plano más personal, pude recuperar el idioma, que tenía oxidado después de mi salida del Colegio Alemán, descubrí que la ópera podía ser no sólo divertida sino erótica, aprendí que soy incapaz de sobrevivir en el circuito diplomático, hice amigos de hierro en las dos Alemanias que conservo hasta la fecha, y tomé las notas mentales de una novela que espero escribir un día.

LLEGAR A ESPAÑA.

Tras otra colección de cuentos (Albercas, 1985), un libro para niños (Las golosinas secretas, 1985) y dos recopilaciones de crónicas y artículos, en 1991 apareció su primera novela, El disparo de Argón, cuya escenografía excluyente es el Distrito Federal, su vertiginosa y alocada urbanización, el crecimiento sin pausas de una ciudad y las distintas formas que sus habitantes tienen de observarla desde un pequeño barrio inventado por el autor. En 1997 aparecería una segunda novela, Materia dispuesta, cuyo devenir narrativo acompaña el pasaje de la infancia a la juventud de Mauricio, personaje nacido en 1957, año de uno de los tantos terremotos que parecen haber signado la vida del propio Villoro. En un principio Mauricio funciona como una suerte de testigo casi involuntario del acontecer cultural y también político de su país: el padre es arquitecto, tiene varias amantes, intenta construir sus edificios siguiendo una indefinida tradición de "mexicanidad" y termina transformándose en un adorable abandónico del hijo -al que lleva a sus citas amorosas y lo deja esperando en el auto-. El muchacho asiste al paso del tiempo entre impulsos bisexuales, esperanzas vanas, personajes estrambóticos y precariedad laboral. La novela muestra una interesante estructura, en la que a mitad del relato el narrador cambia de primera a tercera persona, un recurso estrictamente literario o un llamado de atención acerca de un discurso que se aproxima a lo psicótico.

Desde entonces Villoro seguiría dando a conocer sus crónicas y primeros ensayos, así como dos libros de cuentos (La alcoba dormida, 1992, reeditado en 2008 por la uruguaya HUM, y La casa pierde, 1999). En 2004 obtendría el Premio Herralde con El testigo, una de las grandes novelas latinoamericanas de los últimos tiempos, que le permitiría publicar en España e ir trascendiendo fronteras, tarea ardua si de un escritor de este continente se trata. Con posterioridad, fueron apareciendo Los culpables (cuentos, 2007), Llamadas de Ámsterdam y Arrecife (novelas, 2007 y 2012), otros libros de ensayos y literatura infantil, y la obra de teatro Filosofía de vida, que en 2011 conociera una exitosa puesta en escena en Buenos Aires, con las actuaciones de Rodolfo Bebán, Alfredo Alcón y Claudia Lapacó.

EL AÑO SABÁTICO.

El protagonista de El testigo se llama Julio Valdivieso (las mismas iniciales de Villoro), y es un mexicano de 48 años que ha vivido los últimos 24 en Europa. Está casado con Paola, una italiana traductora de autores castellanos, con la que tiene dos hijas. En usufructo de un año sabático, retorna a México con el objetivo de estudiar vida y obra del poeta posmodernista Ramón López Velarde, fallecido en 1921 a los 33 años y toda una gloria de las letras de su país. Pero el viaje encierra mucho más que eso. En primer lugar es el regreso a un teatro cargado de referentes afectivos:los últimos jirones de su familia encarnados en el tío Donasiano, algunos viejos amigos con los que compartió un taller literario y, de modo casi excluyente, el fantasma de su prima hermana Nieves, de quien estuvo perdidamente enamorado y que falleciera en un accidente automovilístico. Pero también es un México políticamente distinto al que había abandonado: por primera vez, tras más de 70 años de gobierno, el Partido Revolucionario Institucional ha perdido el poder, muchos intelectuales se abocan a revisar algunos episodios ocurridos a lo largo del siglo XX, entre ellos la llamada Guerra de los Cristeros -uno de sus excompañeros le encarga que escriba el guión de una telenovela que se titulará Por el amor de Dios-, mientras el país observa tan asombrado como indefenso el avance del narcotráfico y su ola de violencia y crímenes.

El testigo se transforma así en un friso apabullante de la realidad mexicana, sin caer en momento alguno en los previsibles tópicos de cierta novela costumbrista, cargada de golpes bajos y exaltación del kitsch latinoamericano, esa "Disneylandia del rezago latino" como el propio Villoro la define en uno de sus ensayos más lúcidos, "Iguanas y dinosaurios. América Latina como utopía del atraso" (del libro Efectos personales).

-¿Se corre el riesgo de que el aluvión de literatura sobre el narcotráfico termine transformándose en un fenómeno de manipulación editorial?

-La violencia es un hecho definitivo de la realidad mexicana. En los últimos seis años hubo unos 80 mil asesinatos y 30 mil desaparecidos. Sería alarmante que eso no provocara reflexiones. La literatura relacionada directa o indirectamente con el narco es un reflejo tan natural como la literatura sobre la guerra de Vietnam en Estados Unidos o la de la Guerra Civil en España. Obviamente, esto se presta a oportunismos. Los editores, en especial los extranjeros, saben que hay un mercado morboso para las historias de sangre. Yo he preferido escribir crónicas sobre el narco y limitar su presencia en novelas como Arrecife o El testigo al marco de los acontecimientos, la "causa última" que explica lo que no tiene otra explicación.

EL MAESTRO ONETTI.

Uno de los autores a quien Villoro ha dedicado más atención en sus trabajos ensayísticos es Juan Carlos Onetti. Es habitual que éste aparezca en la narrativa del mexicano, ya en la cadencia, en el uso adjetival, en el afectuoso respeto por los perdedores, en los vínculos que sus personajes establecen con la ciudad. Otro autor frecuente es el argentino Juan José Saer, a quien atribuye una intensa cercanía con Onetti.

-¿Cuáles son los puntos de contacto entre las obras de Onetti y de Saer?

-Ambos tienen una respiración literaria densa, envolvente, marcada más por las comas que por los puntos. Sus pausas son caprichosas y sumamente personales. Los narradores de Onetti suelen fumar y los de Saer comer aceitunas o cerezas mientras cuentan su historia. Esos gestos que de tanto en tanto entretienen la boca con otra cosa, puntúan el texto como el hilo invisible de un sastre. Las prosas de Onetti y Saer son formas poéticas, con una resonancia acústica muy fuerte. Es difícil resistirse a no leer ciertos pasajes en voz alta. Otra similitud es visual. Los dos son golosos del acercamiento; se demoran en el close-up y le sacan espléndido provecho. Hay, por supuesto, divergencias entre ambos. Pero aquí buscamos la zona común. Por cierto que El entenado, que me fascina, es la novela menos onettiana de Saer, pero acaso también sea la novela menos saeriana.

-En unos de sus textos usted reconoce la importancia en la literatura actual de Bolaño, Roth, McEwan, Handke, Pitol, Vila-Matas, Piglia, Javier Marías, Echenoz, Michon y Magris. ¿Dónde ubicaría a autores como Raymond Carver, Richard Ford, Don DeLillo, Thomas Pynchon, J. M. Coetzee?

-Ahora que cita esos autores, la primera lista me parece absurda. Cuando uno menciona autores de interés siempre deja a otros fuera y la selección acaba siendo boba. Carver me parece soberbio. Ford me gusta mucho como cuentista y novelista breve, pero me aburre en sus novelas extensas. El DeLillo de Underworld y Mao II me interesa mucho más que el de The Names y White Noise. Con Pynchon tengo una relación ambigua: me entusiasma y me abruma al mismo tiempo, me hace sentir en cada novela que olvidé por completo el inglés y que recuperarlo es un esfuerzo excesivo, me harta y me asombra y me hace sentir mal por hartarme. Coetzee me parece el mejor novelista vivo. He escrito un largo ensayo sobre él y, sin embargo, ¡no apareció en aquella lista!

EL TRIUNFO Y EL FRACASO.

Villoro es también un cuentista magnífico, que sabe moverse con certeza en pequeños espacios y dar un pantallazo preciso a la hora de plantear una historia en la que generalmente se dan cita soñadores infructuosos, hombres y mujeres cuya geografía por excelencia pareciera ser el costado de los caminos. En "La casa pierde" un hombre joven que ha encontrado y escondido una gruesa cantidad de dinero es derrotado al póker y debe entregar su tesoro a pesar de hipotecar las esperanzas de su compañera, que quiere marcharse del sitio donde viven.

-Su relato recuerda de inmediato la peripecia de "Esbjerg en la costa", de Onetti.

-Cualquier asociación con Onetti me resulta sugerente. Mi cuento narra historias de fracasos o, más precisamente, de momentos donde las nociones de triunfo y fracaso cambian de signo. Eso está muy presente en Onetti, que hace que los personajes se ennoblezcan y agranden con sus caídas. "La casa pierde" surgió de una fotografía que vi. Un hombre jugaba a las cartas en un sitio que parecía una cabaña. Junto a él dormía una mujer. Me pregunté qué sería necesario para que el hombre apostara en el juego aquello en lo que la mujer estaba soñando. Ahora que menciona "Esbjerg en la costa", la resonancia me parece evidente.

La religión del fútbol

EN 2006 VILLORO reunió en el volumen Dios es redondo una serie de notas sobre fútbol, repasando entre otros temas la figura de Diego Armando Maradona, el Real Madrid de los "galácticos", los Mundiales de Francia 98 y Corea y Japón 2002, la categoría de Pep Guardiola como jugador del Barcelona durante más de una década.

-¿De qué equipo mexicano es hincha? ¿En él juega algún uruguayo?

-Soy hincha del Necaxa, equipo demasiado pobre (actualmente en segunda) para verse beneficiado por un uruguayo.

-¿Qué uruguayos se recuerdan más en México?

-Francisco Majewsky, defensa central del Necaxa de mi infancia, que murió hace poco, un caballero de noble reciedumbre. Héctor Hugo Eugui, con un cañón en el pie. Como entrenador, Ricardo de León, que entrenó de maravilla a dos equipos, con técnicas totalmente distintas: el Toluca jugó al estilo Inter de Helenio Herrera y el Atlético Español como un equipo brasileño.

-¿Messi acabará definitivamente con la mitología Maradona?

-Estadísticamente sí. Mitológicamente es muy difícil. Diego nació para la leyenda. Sus frases, sus desplantes, su estilo de vida, su liderazgo en la cancha han sido únicos.

-Escribió sobre Pep Guardiola como futbolista antes de la campaña como entrenador en el Barcelona. ¿Sospechaba que se convertiría en el mejor técnico habido y por haber?

-Me parecía de una inteligencia fuera de lo común. Ya Valdano lo había descrito como un entrenador con el balón en los pies. Es obvio que Xavi y Busquets podrían ser grandes entrenadores.

Libros en Uruguay

Materia dispuesta (novela). Interzona, 2011. Buenos Aires, 273 págs.

Filosofía de vida (teatro). Interzona, 2011. Buenos Aires, 115 págs.

El miedo en el espejo (testimonio). Interzona, 2011. Buenos Aires, 113 págs.

Los culpables (cuentos). Interzona, 2011. Buenos Aires, 112 págs.

La alcoba dormida (cuentos). Hum, 2008. Montevideo, 125 págs.

El testigo (novela). Anagrama, 2007. Barcelona, 470 págs.

Interzona es distribuida por Aletea. Hum y Anagrama por Gussi.

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