Andrea Blanqué
EN 1954, el escritor argentino Manuel Mujica Lainez (1910-1984), le hacía decir a un personaje atípico —una vieja casa que narra su historia antes de ser demolida— algo que puede ser entendido como una declaración de principios del escritor: "Yo fui una gran dama opulenta, decorativa, caprichosa, con muchos defectos y algunas virtudes, indudablemente ‘personal’, mientras que mi reemplazante será alguien adocenado, insípido, ‘funcional’, más útil que yo desde un punto de vista exclusivamente práctico, pero mucho menos útil si se tienen en cuenta otros valores en la balanza, porque también es útil y muy útil, a mi entender, lo que embellece de balde, lo que tiende líneas nostálgicas y sugerentes, hacia el pasado siempre más fascinador".
El escritor defiende, entonces, desde la época en que se planta firme como escritor, la paradójica inutilidad de la "belleza de balde". La belleza porque sí, sin ninguna otra función más que ella misma. No habrá sido Mujica Lainez el primero ni el último en establecer este criterio para el arte. Sin embargo, esta frase de la novela La casa, sólo dos décadas después, en los politizados años 70 argentinos, sonaba cacofónica, se sentía disonante.
EL PITUCO. Aquel escritor argentino que en los años 50 escribía colecciones de cuentos históricos y fantásticos a la vez (Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires) y novelas unidas entre sí en forma de saga sobre aristocráticas familias decadentes (Los ídolos, La casa, Los viajeros e Invitados en El Paraíso), dos décadas más tarde era percibido sesgadamente como el paradigma del intelectual frívolo.
Su éxito como escritor, sus premios, ventas y veneraciones, y sobre todo su prolífica creatividad, no alcanzaban a hacer sombra a la imagen fulgurante del Manucho "pitucón", siempre en fiestas, reuniones y eventos sociales, opinando ante las cámaras sobre cualquier cosa que surgiese, pero, sobre todo, ignorando con ironía el desgarro sangriento que estaba viviendo su país, Argentina.
El gran escritor desaparecía ante el personaje de mundo, ante el señor de rancios apellidos, ante el admirador contumaz de la vieja Europa: se ocultaba detrás. Estaban sus hermosos libros, claro, pero no bastaban para borrar la exasperante imagen de frívolo en las décadas del horror latinoamericano. Además, ellos, sus libros, no eran parejos: entre treinta volúmenes publicados hubo unos cuantos que se desbarrancaban a pesar del oficio del escritor y de su dominio del estilo, como los fiascos De milagros y melancolías, Los cisnes, El escarabajo.
Pero, sobre todo, sus libros apuntaban a los derechos del arte de crear lo que al artista le da la gana. Entonces parecía que el gran escritor le estaba dando la razón al frívolo personaje que se fotografiaba con Silvina Bullrich en eventos sociales. Sus grandes obras, como por ejemplo, la "feliz novela" Bomarzo (al decir de Roberto Bolaño), se colocaban en "los dominios de la belleza, un territorio que se bastaba a sí mismo, mirando con desconfianza las geografías de la moral y del compromiso social y político".
Curiosamente, esta suerte de conservadurismo, este empecinamiento en mostrar la belleza aún en los territorios de la deformidad moral, de la monstruosidad psíquica, le permitió construir una obra revolucionaria desde el punto de vista temático. En sus libros, brilló como pocas veces en la literatura latinoamericana la imagen de la diversidad sexual, la homosexualidad, el incesto, el fetichismo. Fue un transgresor que metió en la literatura argentina un montón de temas tabúes —un variado y sensual abanico que va desde el deseo a la perversión— en plenos años 50 de la Guerra Fría, del Peronismo y de las amas de casa con flamantes heladeras.
DOBLE SELECCIÓN. A fines de la década del 60 el director de cine Visconti manejó la posibilidad de filmar la novela de Mujica ambientada en el Renacimiento italiano, Bomarzo. Finalmente, se decidió por filmar La muerte en Venecia, de Thomas Mann. Alejandra Laera, la autora de una flamante y frondosa recopilación de relatos y crónicas de Mujica Lainez, afirma en su prólogo que tanto Mujica como Visconti comparten un rasgo frecuente en muchos escritores y artistas del siglo XX: "un rasgo aristocratizante que se acerca, en el terreno de la moral y las costumbres, a la liberalidad, mientras se confunde, en el terreno social, con un decadentismo esteticista".
La reciente antología de casi 500 páginas que presenta Alejandra Laera en Fondo de Cultura Económica ha sido titulada, justamente, Los dominios de la belleza. No incluye en ella fragmentos de novela (con excepción de algún pasaje de Cecil donde un perro relata la vida cotidiana de su amo, el escritor Mujica Lainez), y prefiere abocarse a los cuentos y a las crónicas de viaje. La antóloga explica esta coexistencia de textos que aparentemente son muy dispares: por un lado incluye relatos magistrales que pueden estar en cualquier antología de la literatura fantástica (como "El retrato", o "El hombrecito del azulejo", o "El rey artificial"), contiguos a crónicas de viajes por Europa, que Mujica enviaba para el diario La Nación. En su tono más "light", aunque siempre mostrando un azorado asombro ante la belleza, Mujica Lainez describe en ellas París, Madrid, las islas griegas y hasta el Londres bombardeado de 1945.
La antóloga explica esta doble selección de textos y la justifica porque las páginas del Mujica periodista permitirían "comprender mejor ciertos tramos de su trayectoria e incluso ciertas opciones estéticas". A su vez, Laera divide el conjunto de cuentos y crónicas en tres grandes bloques, como formas de abordaje bien diferentes de lo que se ha hecho hasta ahora con la obra de Mujica. Así, Laera toma el gran corpus de relatos del escritor argentino y se desprende del encorsetamiento común de las cronologías o rasgos estructurales. Según la antóloga, lo prioritario es hacer disfrutar al lector y, subrayando la temática de la belleza, es posible que los textos produzcan más placer.
LO FANTÁSTICO. El primer sector es rotulado: "Ruinas y memorabilia", donde los objetos son protagonistas o en ellos está el foco de la narración, como en el inolvidable cuento de Misteriosa Buenos Aires titulado "Memorias de Pablo y Virginia". En él, un libro decimonónico pasa de mano en mano, de dueño en dueño, a veces sin ser leído por completo, y otras, ni siquiera abierto. La obsesión por los objetos depositarios del pasado, a veces grandioso, a veces misterioso, lleva al autor a crear objetos inolvidables, aunque siniestros. El relato "El brazalete" da cuenta de una joya que adquiere vida como un animal maligno. El cuento "El retrato" explica la perversa influencia de un cuadro heredado que trastoca la vida del nuevo propietario hasta matarlo. La pasión por los objetos en personajes que sustituyen el deseo del otro por la cosa sacralizada es habitual en Aquí vivieron, donde por ejemplo un hombre ama mucho más al retrato de su amada que a la amada en sí, quien se va a Europa y desaparece.
La segunda sección del libro se llama "Rastros y réplicas", y es una perturbadora colección de relatos en donde el tema del "doble", tan caro a Poe y a la literatura de terror, produce un intenso desasosiego en quien los lee. Las identidades intercambiables son moneda frecuente aquí: en "La pulsera de cascabeles", un chico —esclavo negro—sustituye a su hermana y mata al confundido traficante ciego, quien se guiaba por el ruido de la pulsera de cascabeles para poder cómodamente violarla. En "El rey artificial", un ingenioso rey que no puede tener hijos construye un autómata exactamente igual a él. Cuando el monarca muere, el doble, aparentemente inmortal, logra embarazar a una reina que pare por fin un infante, pero muerto y con una corona de tornillos. El autómata, durante el parto, se descalabra como la mujer y desintegra. En un cuento espeluznante, titulado "El pasajero", el narrador va en un colectivo la noche de fin de año y ve un hombre que envejece siniestramente durante el trayecto.
La tercera sección de la antología, denominada "Aberraciones y apetitos", es la parte en donde se hace presente con mayor intensidad la carga erótica desestabilizadora de este extraño escritor que posaba de frívolo, pero que movía en su literatura los delicadísimos hilos de la locura y el deseo. Hermanos enamorados de hermanas, primo pescador enamorado de primo pescador, bellas esclavas púberes enamoradas de sí mismas, esclavas que aman tanto a su ama que son capaces de dar el peor castigo a quien hizo sufrir a su señora.
Fantasmas y asesinatos intrafamiliares también oscurecen la conciencia del lector: en "El sucesor", el hijo del hombre que tenía dos concubinas desea acostarse con ambas, pero prefiere ahorcarse porque cree que lo rechazan cuando en verdad lo buscan desnudas. Pero la lujuria deja lugar también a la avaricia: en "La galera", una mujer que esconde monedas de oro en sus vestidos es sustituida en el larguísimo viaje en diligencia por el fantasma siniestro de su hermana. El deseo desaforado es mostrado en su máxima expresión, sin duda, en "El hambre", magnífico cuento de horror donde un hermano agonizante de hambre come, sin percatarse de lo que está haciendo, en la oscuridad, el brazo del hermano muerto y asesinado sin saberlo.
Mutaciones, metamorfosis, sustituciones de identidad: un suculento plato de morbosidad literaria recibe el lector con este libro, y también, con ello, el soplo reparador de la belleza.
LOS DOMINIOS DE LA BELLEZA. Antología de relatos y crónicas de Manuel Mujica Lainez, selección de Alejandra Laera, FCE, Buenos Aires, 2005, 487 págs.