Jack London
Fortune La Pearle hacía crujir la nieve en su huida, sollozando, jadeando, maldiciendo a su suerte, a Alaska, a Nome, a las cartas, y al hombre que había sentido la hoja de su cuchillo. La sangre caliente se le iba congelando en las manos, y la escena aún brillaba en sus ojos: el hombre, aferrando la mesa y cayendo poco a poco al piso; las fichas rodando y la baraja dispersa; el estremecimiento veloz que recorrió la sala, y la pausa; los guardabosques que habían dejado de hablar en alta voz, y el estruendo de las fichas que moría; los rostros atónitos; el instante infinito de silencio; y después el gran rugido sangriento y la marea de venganza que le pisaba los talones y hacía que el pueblo entero, enloquecido, lo persiguiera.
"Se vino el cielo abajo", se dijo con una mueca de desprecio, dándose vuelta en la oscuridad y enfilando hacia la playa. Se veían luces de las puertas abiertas, y la gente de las tiendas de campaña, de las cabañas y del salón de baile se volcaba a las calles para sumarse a la cacería. Las voces de los hombres y el aullar de los perros le golpearon los oídos y le aceleraron los pies. Corrió y corrió. Los sonidos se hicieron lejanos, y la persecución se disolvió en rabia inútil y búsqueda a tientas. Pero una sombra huidiza se adhirió a él. Al dar vuelta la cabeza y mirar por sobre el hombro, tenía atisbos de la sombra, que a veces adquiría una forma vaga sobre una extensión abierta de nieve, y a veces se hundía en las sombras más profundas de alguna cabaña a oscuras o de un bote escorado en la playa.
Fortune La Pearle insultaba como una mujer, débilmente, con un principio de las lágrimas que vienen del agotamiento, y se zambulló más adentro en el laberinto de montones de hielo, tiendas de campaña y agujeros de buscadores de oro. Tropezó con maromas tirantes y pilas de equipo, se enredó en cuerdas y estacas puestas al azar, y cayó una y otra vez contra montones de basura congelada y pilas de leña. A veces, cuando consideraba que había escapado, con la cabeza atontada por el latido doloroso de su corazón y la entrada sofocante del aliento, corría más despacio; y siempre la sombra saltaba de las tinieblas y lo obligaba a aquella huida que lo agotaba. Una intuición veloz relampagueó en él, dejando a su paso el estremecimiento helado de la superstición. Invistió a la insistencia de la sombra con el simbolismo del jugador. Silenciosa, inexorable, imposible de sacudirse de encima, la tomó como el destino que esperaba la última vuelta, cuando se hubieran hecho efectivas las fichas y se contaran las pérdidas y las ganancias. Fortune La Pearle creía en aquellos momentos raros, iluminadores, en que la inteligencia aparta de sí el tiempo y el espacio, para alzarse desnuda a través de la eternidad y leer los hechos de la vida en el libro abierto de la suerte. No tenía dudas de que se encontraba en un momento de ese tipo; y cuando giró para ir tierra adentro y aceleró a través de la tundra cubierta de nieve, no lo asombró ver que la sombra se volvía más definida y se acercaba. Agobiado por su propia impotencia, se detuvo en medio del desierto blanco y giró para enfrentarla. Su mano derecha se libró del grueso guante, y un revólver apuntado refulgió a la pálida luz de las estrellas.
-No dispare. Estoy desarmado.
La sombra había adoptado una forma tangible, y ante el sonido de aquella voz humana a Fortune La Pearle se le sacudieron las rodillas, y el estómago fue golpeado por la náusea del alivio repentino.
Tal vez las cosas ocurrieron de otro modo porque Uri Bram no tenía ningún arma esa noche, cuando se encontraba sentado sobre los duros bancos de El Dorado y vio cómo se cometía el asesinato. También a ese hecho podría atribuirse el viaje sobre la Larga Huella que emprendió después con un compañero improbable. Sea como fuere, repitió por segunda vez:
-No dispare. ¿No puede ver que estoy desarmado?
-¿Entonces, maldita sea, para qué demonios me siguió? -preguntó el jugador, bajando el revólver.
Uri Bram se encogió de hombros.
-No importa demasiado, de todos modos. Quiero que venga conmigo.
-¿Adónde?
-A mi choza, más allá del límite del campamento.
Pero Fortune La Pearle hundió el taco de su mocasín en la nieve y tomó a sus diversas deidades como testigos de la locura de Uri Bram.
-¿Quién eres tú y quién soy yo- entonó como en una perorata- , para que tenga que poner el cuello en la soga porque me lo pides?
-Soy Uri Bram -dijo el otro con sencillez- , y mi choza queda en esa dirección, al borde del campamento. No sé quién eres, pero le sacaste el alma al cuerpo viviente de un hombre (todavía te queda sangre roja en la mano), y, como con un segundo Caín, la mano de la humanidad entera está en tu contra, y no hay sitio en el que puedas hacer descansar la cabeza. Ahora bien, yo tengo una choza...
-Por el amor de tu santa madre, no sigas, compañero-interrumpió Fortune Le Pearle- , o te convertiré en un segundo Abel por pura diversión. ¡Te juro que lo haré! Con mil hombres pisándome los talones, fijándose en cada rincón, ¿para qué necesito tu choza? Lo que quiero es escapar... ¡lejos, lejos, lejos! ¡Malditos cerdos! ¡Pensé en regresar y ponerme loco, y llevarme a unos cuantos de esos cerdos! ¡Una lucha alegre y gloriosa, y ahí terminaría todo! ¡La vida es una estafa, eso es la vida, y ya me tiene enfermo!
Se detuvo, atónito, aplastado por su gran desolación, y Uri Bram aprovechó el momento. Era un hombre poco inclinado a los discursos, y el que siguió fue el más largo de su vida, salvo uno más largo que hizo después, en otro sitio.
-Por eso te hablé de mi choza. Puedo guardarte ahí como para que nunca te encuentren, y tengo abundante comida. Por otra parte no puedes escapar. No tienes perros, no tienes nada, el mar está cerrado, St. Michael es el puesto más cercano, los mensajeros llevarán las noticias antes que tú, lo mismo pasará con el transporte de Anvik: ¡no tienes la menor posibilidad! Espera en cambio conmigo hasta que la cosa se aplaque. Se olvidarán de ti por completo en un mes o menos, mientras van y vienen de York, y puedes emprender el camino bajo sus propias narices después, sin que se den cuenta. Tengo mis propias ideas sobre la justicia. Cuando corría detrás de ti, desde El Dorado y a lo largo de la playa, no era para atraparte o entregarte. Tengo ideas propias, y no era ninguna de esas dos.
Se detuvo cuando el asesino extrajo un misal del bolsillo. Con las auroras boreales centelleando amarillas al noreste, la cabeza desprotegida ante la helada y las manos desnudas aferrando el libro sagrado, Fortune La Pearle lo hizo jurar por las palabras que había dicho: un juramento que Uri Bram no pretendía romper nunca, y que nunca rompió.
En la puerta de la choza el jugador vaciló por un instante, maravillado ante la extrañeza de aquel hombre que le había dado su amistad, y dudando. Pero a la luz de la vela encontró cómoda la cabaña y sin ocupantes, y pronto estaba enrollando un cigarrillo mientras el otro hombre preparaba café. Ante el calor se le relajaron los músculos y se tendía hacia atrás con una indolencia un tanto fingida, estudiando con intensidad el rostro de Uri a través de las volutas enroscadas del humo. Era un rostro poderoso, pero su vigor era de ese tipo especial que permanece metido hacia adentro y apartado. Las arrugas eran profundas, casi como cicatrices, mientras que los rasgos severos no eran ablandados por ningún atisbo de simpatía o humor. Bajo las cejas abundantes y destacadas los ojos brillaban fríos y grises. Los pómulos, altos e imponentes, eran socavados por huecos profundos. El mentón y la mandíbula exhibían una firmeza de propósito que la frente estrecha anunciaba como único, y, dado el caso, implacable. Todo era áspero: la nariz, los labios, la voz, las líneas alrededor de la boca. Era el rostro de alguien que conversaba mucho consigo mismo, poco acostumbrado a pedirle consejo al mundo; el rostro de alguien que pasaba las noches con los ángeles y que se levantaba a enfrentar el día con labios cerrados con pensamientos que ningún hombre podía conocer. Era estrecho pero
profundo; y Fortune, con su propia humanidad ancha y playa, no podía sacarle nada. Si Uri cantase cuando estaba alegre y suspirase cuando estaba triste, podría haber comprendido; pero tal como estaban las cosas, los rasgos crípticos eran indescifrables; no podía sondear el alma que ocultaban.
-Déme una mano, señor Hombre- ordenó Uri una vez que vaciaron las tazas-. Tenemos que ordenar para las visitas.
Fortune susurró su nombre para que el otro lo supiera, y lo ayudó. La litera estaba armada contra un costado y al fondo de la cabaña. Era grosera, con un fondo de trozos de troncos cubiertos de musgo. En el extremo libre las puntas de aquellos troncos proyectaban un costado desparejo. Del costado cercano a la pared Uri arrancó parte del musgo y quitó tres maderos. Serruchó los extremos desparejos y los reemplazó para que la fila que sobresalía quedara pareja. Fortune trajo bolsas de harina del cobertizo y las apiló en el piso ante la abertura. Sobre esto Uri tendió un par de largas bolsas de mar, y encima desparramó varias capas de musgo y frazadas. Fortune podía acostarse encima, con las pieles para dormir tendidas encima de él desde un costado de la litera al otro, y cualquier hombre podía mirar hacia allí y declarar que estaba vacía.
En las semanas que siguieron, hubo varias visitas domiciliarias, sin que escapara ninguna choza ni ninguna tienda de Nome, pero Fortune se quedó tendido en su cuna sin que lo molestaran. En realidad le prestaron poca atención a la cabaña de Uri Bram; porque era el último sitio bajo el sol donde esperarían encontrar al asesino de John Randolph. Salvo durante estas interrupciones, Fortune se quedaba repantigado en la cabaña, jugando largas partidas de solitario y fumando cigarrillos sin fin. Aunque a su carácter volátil le encantaban la cordialidad y el juego de palabras y la risa, se acomodó con rapidez al carácter taciturno de Uri. Fuera de los movimientos y planes de sus perseguidores, del estado de los caminos salvajes, y del precio de los perros, nunca hablaban; y estas cosas se discutían sólo rara vez y brevemente. Pero Fortune se puso a elaborar un sistema, y empezó a mezclar las cartas y repartirlas, mezclarlas y repartirlas, hora tras hora, día tras día, apuntando las combinaciones de las cartas en largas columnas, mezclando y repartiendo otra vez. Al fin incluso esta ocupación le falló, y, con la cabeza inclinada sobre la mesa, imaginaba los locales nocturnos siempre animados de Nome, donde los guardabosques y el personal trabajaban por turnos y la bola de la ruleta nunca dormía. En esos momentos su soledad y pésima situación económica lo dejaban aturdido, sentado durante horas en la misma posición, sin parpadear. En otros momentos, su amargura de larga data se canalizaba en estallidos apasionados; porque había frotado el mundo a contrapelo y no le gustaba lo que experimentaba.
-La vida es una estafa-le gustaba repetir, y sobre esta única nota hacía sonar los cambios- . Nunca tuve la menor oportunidad -se quejaba- . Vine falso de nacimiento y engañé en el juego hasta con la leche de mi madre. Los dados estaban cargados cuando ella los tiró, y nací para probar la pérdida. Pero eso no era motivo para que ella me echara la culpa, y me mirara como a una mala mano de naipes. Pero lo hizo: sí, lo hizo. ¿Por qué no me dio una oportunidad? ¿Por qué no me la dio el mundo? ¿Por qué perdí todo en Seattle? ¿Por qué viajé en tercera, y viví como un cerdo hasta llegar a Nome? ¿Por qué fui a El Dorado? Estaba yendo a lo de Pete el Grande y sólo entré a buscar fósforos. ¿Por qué no tenía fósforos? ¿Por qué quería fumar? ¿No lo ven? Todo preparado, cada detalle, todas las piezas encajaron. Desde antes de que naciera, me guste o no. Me pusieron el sayo que nunca esperé usar, antes de nacer. ¡Es por eso! Por eso John Randolph pasó la palabra y las fichas al mismo tiempo. ¡Maldita sea! ¡Se lo tenía bien merecido! ¡Por qué no mantuvo la lengua apretada entre los dientes y me dio una oportundiad! Sabía bien que yo estaba cerca de la quiebra. ¿Por qué no controlé mi mano? Oh, ¿por qué, por qué, por qué?
Y Fortune La Pearle rodaba en el piso, interrogando en vano el modo de funcionar de las cosas. Ante tales estallidos Uri no decía una palabra, no daba la menor señal, salvo la de que sus ojos grises parecían volverse opacos y barrosos, como por falta de interés. No había nada en común entre aquellos dos hombres, y Fortune captaba eso lo suficiente como para preguntarse a veces por qué Uri lo había apoyado.
Pero la época de la espera llegó a su fin. Incluso el ansia de sangre de una comunidad no puede sostenerse ante su ansia de oro. El asesinato de John Randolph ya había pasado a los anales del campamento, y allí se quedó. Si el asesino hubiese aparecido, por cierto los hombres de Nome habrían dejado de moverse en estampida lo suficiente como para hacer justicia, aunque el sitio donde se encontraba Fortune La Pearle había dejado de ser un problema insistente. Había oro en el lecho de los arroyos y las playas color rubí, y cuando el mar se abría, los hombres con bolsas cargadas de riqueza se alejaban hacia donde las cosas buenas de la vida se vendían a precios ridículamente baratos.
Así que una noche Fortune ayudó a Uri Bram a ponerles los arneses a los perros y cargar el trineo, y la pareja tomó el camino invernal hacia el sur sobre el hielo. Pero no fue todo hacia el sur; porque se apartaron del mar al este de St. Michael, cruzaron la frontera, y entraron al Yukón por Anvik, muchos kilómetros más allá de su boca. Después siguieron, entrando en el noreste, pasando Koyokui, Tanana y Minook, hasta que rodearon la Gran Curva en Fort Yukón, cruzaron y volvieron a cruzar el Círculo Ártico, y enfilaron hacia al sur a través de los Llanos. Fue un viaje agotador, y Fortune se habría preguntado por qué el hombre iba con él, si Uri no le hubiese dicho que tenía posesiones y hombres trabajando en Eagle. Eagle estaba al borde de la frontera; unos kilómetros más, y la bandera inglesa flameaba sobre las barracas de Fort Cudahy. Después venía Dawson, Pelly, los Cinco Dedos, Brazo Ventoso, el Cruce del Caribú, Linderman, el Chilcoot y Dyea.
Por la mañana, después de pasar Eagle, se levantaron temprano. Era el último campamento que levantaban, y estaban por partir. Fortune sentía liviano el corazón. Había una promesa de primavera en la tierra, y los días se alargaban. El camino estaba pasando a territorio canadiense. La libertad estaba cerca, volvía el sol, y cada día lo encontraba más cerca del Gran Exterior. El mundo era grande, y una vez más podía pintar de rosa su futuro. Silbó durante el desayuno y tarareó fragmentos de canciones livianas mientras Uri preparaba los perros y empacaba. Pero cuando todo estuvo listo, y los pies de Fortune ardían por irse, Uri agregó un leño sin usar al fuego y se sentó.
-¿Alguna vez oíste hablar del Sendero de los Caballos Muertos?
Alzó los ojos con expresión meditabunda y Fortune sacudió la cabeza, irritado por dentro ante la demora.
-A veces hay encuentros bajo circunstancias que hacen que los hombres recuerden-continuó Uri, hablando en voz baja y con mucha lentitud- , y conocí a un hombre bajo ese tipo de circunstancias en el Sendero de los Caballos Muertos. Cargar un equipo más allá del Paso Blanco en el `97 le rompió el corazón a más de un hombre, porque había un mundo de razones que le ganaron a ese sendero su nombre. Los caballos morían como mosquitos en la primera helada, y desde Skaguay al Bennett se pudrían a montones. Morían en las Rocas, quedaban envenenados en la Cumbre, y se morían de hambre en los Lagos; se caían fuera del sendero, de lo que quedaba de él, o se les derrumbaba bajo los cascos; en el río se ahogaban bajo la carga, o se hacían pedazos contra las rocas; se quebraban las patas en las grietas y se partían el lomo al caer de espaldas con los bultos; en los fangales se hundían hasta perderse de vista o se asfixiaban en el lodo, o eran destripados en los pantanos cuando los caminos de troncos se daban vuelta en el barro; los hombres los mataban a tiros, los hacían trabajar hasta la muerte, y cuando desaparecían, volvían a la costa y compraban más. Algunos ni siquiera se molestaban en sacrificarlos de un tiro: les quitaban las monturas y las herraduras y los dejaban donde habían caído. Los corazones que no se rompían se convertían en piedra, y los hombres del Sendero de los Caballos Muertos se volvían animales.
"Fue allí donde conocí a un hombre con el corazón y la paciencia de Cristo. Y era honesto. Cuando hacía una pausa a mediodía sacaba los bultos a los caballos para que ellos también pudieran descansar. Pagaba 50 dólares por la ración de comida, y más. Acostumbraba usar su propia cama para taparles el lomo cuando les quedaba la carne viva al aire por el roce. Otros hombres dejaban que las monturas les abrieran huecos del tamaño de baldes. Otros hombres, cuando las herraduras cedían, les dejaban usar los cascos desnudos hasta que quedaban los muñones sangrantes. Aquel hombre usó su último dólar en clavos para herraduras. Lo sé porque dormíamos en la única cama y comíamos de la misma olla, y nos hicimos hermanos de sangre en el sitio donde los hombres perdían su contacto con las cosas y morían maldiciendo a Dios. Nunca estaba demasiado cansado como para aflojar una cincha o ajustar una correa, y a menudo tenía lágrimas en los ojos cuando contemplaba toda aquella desdicha, todo aquel desperdicio. En un paso rocoso, donde a las bestias se les daban vuelta las patas traseras y estiraban las patas delanteras hacia arriba como gatos cuando trepan por un muro, el camino estaba saturado de cadáveres caídos en el sitio mismo donde se habían dado vuelta. Y allí estaba él, en el hedor infernal, con una palabra de aliento y una mano en la grupa en el momento exacto, hasta que pasó toda la fila. Y cuando uno se quedaba atascado él bloqueaba el sendero hasta que podía seguir; tampoco existía el hombre que viniera a fastidiarlo en un momento semejante.
"Al fin del sendero un hombre que había matado cincuenta caballos quiso comprar, pero lo miramos y miramos a nuestros animales: caballos indios del este de Oregon. Ofreció quinientos dólares, y estábamos fundidos, pero recordamos la hierba venenosa de la Cumbre y el paso por las Rocas, y el hombre que era mi hermano no dijo una palabra, pero dividió los caballos indios en dos grupos, los de él en el primero y los míos en el otro, y me miró y nos entendimos. Así que llevé mi tropilla a un costado y él la suya a otro, y tomamos nuestros rifles y los matamos hasta el último, mientras el hombre que había matado cincuenta caballos nos maldecía hasta que se puso ronco. Pero aquel hombre, con quien juramos una hermandad de sangre en el Sendero de los Caballos Muertos...
Caramba, ese hombre era John Randolph-Fortune, con un gesto de desdén, le puso el final a la historia por Uri, que asintió y dijo:
-Me alegro de que entiendas.
-Estoy listo -contestó Fortune, con la vieja amargura cansada evidente en el rostro otra vez- . Adelante, pero apúrate.
Uri Bram se paró.
-He tenido fe en Dios en cada día de mi vida. Creo que Él ama la justicia. Creo que Él nos está mirando ahora, eligiendo entre los dos. Creo que Él quiere que se haga Su voluntad a través de mi brazo derecho. Y lo creo tanto, que tendremos las mismas posibilidades y lo dejaremos hablar con Su propio juicio.
El corazón de Fortune saltó ante las palabras. No sabía demasiado sobre el Dios de Uri, pero creía en la Suerte, y la Suerte había estado de su lado desde la noche en que corrió hasta la playa y a través de la nieve.
-Pero hay un solo revólver-objetó.
-Dispararemos por turno-contestó Uri, mientras le sacaba el cilindro al Colt del otro hombre y lo examinaba.
-¡Y que las cartas decidan! ¡Una mano de siete hacia arriba!
La sangre de Fortune se iba calentando con el juego, y sacó la baraja del bolsillo mientras Uri asentía. ¡La Suerte seguramente no iba a abandonarlo ahora! Pensó en el sol que volvía mientras cortaba para ver quién daba, y se estremeció cuando descubrió que le tocaba a él. Mezcló y dio, y Uri cortó en la sota de espadas. Expusieron sus manos. Uri no tenía triunfos, mientras que él tenía el as y el dos. Ahora las tierras salvajes parecían muy cercanas a él mientras se apartaban uno del otro los cincuenta pasos de rigor.
-Si Dios retiene Su mano y me haces caer, los perros y el equipo son tuyos. Encontrarás una boleta de venta, ya hecha, en mi bolsillo-explicó Uri, enfrentando el camino de la bala, erguido y con el pecho recto.
Fortune sacudió de sus ojos la visión del sol brillando sobre el océano y apuntó. Lo hizo con mucho cuidado. Bajó dos veces el arma cuando la brisa primaveral sacudió los pinos. Pero la tercera vez se dejó caer sobre una rodilla, aferró el revólver con firmeza con las dos manos, y disparó. Uri giró a medias, alzó los brazos, vaciló locamente por un momento y cayó en la nieve. Pero Fortune supo que había disparado muy desviado hacia un costado, porque si no el hombre no habría girado.
Cuando Uri, dominando el dolor y esforzándose por ponerse en pie, le pidió el arma, Fortune pensó en disparar otra vez. Pero se sacudió la idea de la mente. La Suerte ya había sido demasiado buena con él, sintió, y si trampeaba ahora tendría que pagarlo después. No, jugaría limpio. Además Uri estaba malherido y no era posible que sostuviera el pesado Colt el tiempo suficiente como para marcar un punto.
-¿Y dónde está tu Dios ahora?-se burló, mientras le entregaba el revólver al hombre herido.
Y Uri contestó:
-Dios aún no ha hablado. Prepárate, porque tal vez Él hable.
Fortune lo enfrentó, pero torció el pecho de costado para presentar menos superficie descubierta. Uri se tambaleó como un ebrio, pero también esperó el momento de calma entre dos ráfagas de viento. El revólver era muy pesado, y dudaba, como Fortune, debido a su peso. Pero lo sostuvo, con el brazo extendido, por encima de la cabeza, y después lo dejó caer con lentitud hacia abajo y adelante. En el instante en que la mitad izquierda del pecho de Fortune y la mira relampaguearon en línea con su ojo, apretó el gatillo. Fortune no giró, pero el alegre San Francisco se empañó y se apagó, y mientras la nieve iluminada por el sol se volvía cada vez más negra, soltó su última maldición contra la Suerte que no había aprovechado.
(Traducción de Elvio E. Gandolfo).
JACK LONDON (1876-1916), escritor estadounidense. Nació en San Francisco y murió en Glenn Ellen.