Lecturas rioplatenses

EN LOS CAPÍTULOS 5, 6 y 8, Piqueras se ocupa de las Américas, en rigor de Cuba y Centroamérica y mucho de México por razones evidentes, aunque no descuida el único movimiento juntista que en definitiva se mantuvo y triunfó: el cabildo abierto del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires -incluida la destitución del virrey- más el antecedente de las invasiones inglesas que lo catalizó todo. Sostiene Piqueras: "El lugar que en España ocupó la apelación a la historia y la tradición redescubierta, correspondió en América al derecho. Al igual que la tradición, el derecho era plural y admitía lecturas distintas. Las autoridades virreinales apelaron a la letra de la Recopilación de Indias para no consentir cambios. Los sucesos de Buenos Aires de 1 de enero de 1809, en los que el comercio español intentó emular el movimiento peninsular, fueron contestados por los criollos partidarios del virrey Liniers que un año más tarde se harían con el poder, y declararon hacerlo, entre otras razones para asegurar `la observancia de las leyes que nos rigen`. El derecho es el hilo conductor que lleva en las primeras décadas del siglo XX al historiador argentino Ricardo Levene a españolizar la ideología de la Revolución de Mayo al asociarla al pensamiento suarista -la escolástica jesuita del siglo XVI- y al derecho indiano, concebido como el resultado de las leyes dictadas y del derecho consuetudinario que a su vez había incorporado prácticas sociales indígenas y condujo a la formación de un derecho positivo de relevancia en América."

Esta postura de Levene no es ingenua. Piqueras advierte que si el historiador argentino se presenta como un verdadero exégeta del derecho indiano, su propuesta resulta imbatible, como de hecho pareció serlo. Una Junta de Mayo protectora del derecho español y de sus instituciones tradicionales, nunca configuraría una opción revolucionaria o al menos rupturista. Poco de Mariano Moreno, nada de Juan José Castelli.

Levene apeló, para demostrar ese continuismo bondadoso e interactivo entre la metrópoli española y sus colonias, a un personaje al que Piqueras disecciona en toda su magnitud: Juan de Solórzano (1575-1655). Este funcionario y jurista español, ocupó durante veinte años el cargo de oidor en la Audiencia de Lima. Durante dos de esos veinte años fue gobernador del distrito minero de Huancavelica. A su regreso a España logró ser designado fiscal del Consejo de Hacienda y de Indias. Un hombre de la situación, un hombre clave: "Solórzano sistematizó el derecho indiano para servir al gobierno de los dominios, incorporando una particular versión de las posesiones: la `Política Indiana` además de ordenar bajo la apariencia del mero registro, terminó siendo más que un compendio legal, de manera subrepticia crea derecho, para después convertirse en un prontuario de normas y relaciones de uso para los juristas posteriores y para los historiadores."

Solórzano actuó motivado por el éxito económico y la necesidad de mantener sus generosas regalías. El diligente funcionario español se casó con una criolla hija de un singular personaje de origen extremeño establecido en el Perú. El suegro de Solórzano era encomendero y fabricante de paños, el más poderoso de la región, con seis pueblos enteros empeñados en su servicio. También fue comandante militar en apoyo del virrey durante un levantamiento de los indios chiriguanos, servicios que le valieron el gobierno del Cuzco. Solórzano -el que respetaba a los naturales y proponía un nuevo acuerdo- justificaba la esclavitud de los indios vencidos en las campañas de su rampante suegro, por ser aquélla una guerra justa. La cuñada de Solórzano se casó con un oidor de Charcas, localidad en donde ésta residía, situación que vulneraba la prohibición del casamiento entre funcionarios reales y pobladores de la jurisdicción a su cargo. Pero no importaba porque los españoles de allá se mezclaban con los españoles de acá y generaban nuevos españoles de pleno derecho, como a Solórzano le gustaba destacar. El asunto era perdurar y si para eso debía dibujarse un nuevo derecho, pues se hacía y pronto. El problema se suscitó con los descendientes más lejanos del prohombre. Buenos Aires, a su vez, puso a prueba las veleidades de un imperio que no lograba decidirse sobre el rango de sus colonias y sobre todo a quién pertenecían. En buen romance: si eran "realengas" o no. Cuando Napoleón pateó el tablero y designó a su hermano José como heredero de los territorios ultramarinos de España, hubo que tomar partido. Por las Juntas, lo que era todo un asunto legal, o por Pepe Botella, como cariñosamente llamaban los españoles a José Bonaparte.

Dice Piqueras: "Los capitulares de Buenos Aires, en el cabildo abierto del 22 de mayo, al considerar caducados e indelegables los derechos de gobierno de la Junta Central, rechazaron los poderes de una Regencia que había sido creada sin participación americana y defendieron la formación de una Junta Gubernativa: en definitiva, fueron menos solorzanistas de lo que quería Levene, quien sostuvo con ahínco que las Indias nunca fueron colonias, sino parte de la Monarquía (para felicidad del hispanoamericanismo nacional-católico español, que lo homenajeó en la década de 1940). El discurso y la actuación de algunos de quienes se expresaron con argumentos de pretensión legal pronto se rebelaron anticoloniales."

Se abría un paréntesis que permitió avanzar en un proyecto político independiente salvaguardando las riquezas del Potosí para Buenos Aires, durante una violenta guerra civil entre criollos más o menos españolizados. Y todo en nombre de una sombra que iluminada se disolvió como un vampiro.

BICENTENARIOS DE LIBERTAD. La fragua de la política en España y las Américas, de José Antonio Piqueras. Ediciones Península, 2010. Barcelona, 526 páginas. Distribuye Océano.

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