CUANDO JULIO Argüelles irrumpe en la habitación, su esposa ya está muerta. Ventanas altas, el aire quieto y pesado, un sofá con el cuerpo, una lámpara encendida. La escena corresponde a la película El día que me quieras (1935) y Julio Argüelles es Carlos Gardel. La acción continúa con un acto prodigioso: Gardel se sienta en un sillón y empieza a cantar "Sus ojos se cerraron". Allí, basculando entre el mal gusto y la tristeza absoluta, Gardel es sublime. El puño crispado, los ojos demasiado abiertos, la boca tensa, el paso del tiempo con su inexorable peaje, desaparecen arrasados por la voz. Y los cantores de tango son desde siempre, esa voz.
EL MOTIVO.
Oscar del Priore (Buenos Aires, 1944), docente e investigador, propone un recorrido personal por la trayectoria de cien cantores de tango. Así de simple y de arbitrario con alguna precisión finalista: "he favorecido a los artistas que tienen una obra completa, es decir a los artistas de los tiempos pasados", lo que le facilita en algo la tarea.
Respecto a la elección en sí misma, "reconozco que hay omisiones importantes, pero es imposible que esto no ocurra en trabajos de este tipo." Si la primera precisión parece razonable, la segunda huele a justificación para excluir a cantores que son clave en los albores del tango y en su desarrollo posterior. Por ejemplo, no hay noticia sobre el montevideano Alberto Vila (1903-1981), miembro de la Troupe Ateniense y divulgador del repertorio de Víctor Soliño y Ramón Collazo. Otro tanto sucede con el también uruguayo Carlos Olmedo (1921-1976), con un estilo recio que recuerda y anuncia a Julio Sosa, y que cantó con las orquestas de Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo. Brillan por su ausencia Alberto Mastra, Lágrima Ríos, Olga Delgrossi, Alberto Rivero, Elsa Morán, Gustavo Nocetti, Daniel Cortez. Acaso la exclusión provenga de cierta exclusividad que los porteños se arrogan respecto al tango -que también afecta a la otra ciudad del tango, Rosario, Santa Fe- y que resulta por lo menos incongruente cuando se menciona, y con razón, al maragato Francisco Canaro como el creador de la figura del cantor de orquesta típica en 1926.
Estos olvidos refulgen al reseñarse la trayectoria de una figura tan discutible como Cacho Castaña, o de cantores que podrían haber quedado para una segunda edición ampliada: Fernando Soler, Hugo Marcel, la sobrevalorada Amelita Baltar, Luis Cardei. Justo es decir que del Priore sorprende gratamente con la inclusión de Juan "Tata" Cedrón, que rescató para la poética tanguera a Juan Gelman, Julio Huasi, Raúl González Tuñón, Miguel Ángel Bustos, junto a cierta poesía desconocida de Homero Manzi.
FUNDADORES.
Sin orden aparente -cronológico o alfabético- el autor desgrana datos biográficos, anécdotas, número aproximado de grabaciones realizadas y fotografías, no siempre nítidas, de sus cien cantores preferidos. Cotejando los textos dedicados a cada cantor, asoma una clasificación somera: Carlos Gardel, Ignacio Corsini (1891-1967) y Agustín Magaldi (1898-1938) serían -con el evidente carácter fundacional de Gardel- los padres de la criatura "cantor de tangos". Los hubo antes: Ángel Villoldo (el autor del tango "El choclo"), el uruguayo Alfredo Gobbi y la cancionista Linda Thelma, pero estaban inmersos en una etapa en donde los géneros anteriores al tango todavía coexistían con el recién nacido.
Gardel y Corsini comparten sugestivas coincidencias: origen incierto, la relación de ambos con el campo (Gardel con Salto y Tacuarembó, Corsini criado en una estancia de la provincia de Buenos Aires) y el canto criollo que nunca abandonaron del todo al emigrar al tango. Esa infancia dura, de filiaciones dudosas, no poco tiene que ver con el tono melancólico, pesaroso de Corsini y el magistral rendimiento de Gardel en los tangos de tono dramático.
La semejanza perdura, aunque del Priore no la asuma plenamente, en Hugo del Carril (1912-1989), abandonado por su familia y criado por una pareja de franceses. Esta última parece ser una tríada fundacional, en donde el abandono familiar, el exilio amoroso, la pérdida, se adecuan al nuevo tópico poético inaugurado con el tango "Mi noche triste" de Pascual Contursi. Resulta más difícil incluir en esta dinastía a Magaldi, demasiado empeñado en mostrar la desgracia que lo abruma.
Entre las mujeres la tríada parece más clara: la impresionante Rosita Quiroga (1896-1984), que inaugura el "seseo" reo del lunfardo al que no poco deben cantores como Alberto Castillo o Jorge Vidal; Mercedes Simone (1904-1990), de voz dulce con un dramatismo acotado y elegíaco que se lució interpretando los versos de Manzi, y Azucena Maizani (1902-1970), casi varonil, y de una popularidad impresionante. Nelly Omar con sus 101 años y en actividad, está como Gardel, fuera de toda discusión.
LOS CANTORES DE TANGO, de Oscar del Priore. Losada, 2010. Buenos Aires, 302 págs. Dist. Océano.
Una voz y sus nombres
ACASO NADIE conozca a Enrique Inocencio Troncone. Nacido en Montevideo en 1913, fue criado en un orfanato. Su vida encontró en el tango una suerte de exorcismo para la desgracia de un niño abandonado. Debutó como cantor en un cine de Nueva Helvecia en 1935 y trabajó en radio con el nombre artístico de Eduardo Ruiz. Cantó en la orquesta de Pintín Castellanos y en la que codirigían Félix Laurenz y Pedro Casella, con la que consiguió su primer éxito, el tango "El adiós".
Viajó a Buenos Aires en 1943 y se probó en dos orquestas, la de Antonio Rodio y la de Ricardo Tanturi, donde sustituyó con éxito al carismático Alberto Castillo. Para eludir la confusión con los cantores Floreal y Ricardo Ruiz, pasó a llamarse Enrique Campos. El 6 de agosto de 1943 grabó su primer tango, "Muchachos comienza la ronda". Permaneció en la orquesta de Tanturi hasta 1946. Luego de un breve período como solista, en 1947 ingresó en la orquesta de Francisco Rotundo, de la que se alejó para intentar nuevamente una carrera solista. Su declinación acompañó la declinación del tango como género popular y la sucesión de agrupaciones que integró -Roberto Caló, Toto D`Amario, Graciano Gómez- hablan a las claras de una edad de oro sin retorno.