Libro de Sam Shepard

El lado oscuro del Yo

Llega, traducida, una de las dos obras que escribió antes de fallecer, con prólogo de Patti Smith.

Sam Shepard. En Kentucky, 2015. Foto de Patti Smith. Anagrama/Gussi
En Kentucky, 2015. Foto de Patti Smith. Anagrama/Gussi

EN EL OTOÑO de 2015 Sam Shepard supo que sus calambres musculares se debían a una esclerosis lateral amiotrófica. La enfermedad le produjo la muerte dos años después, en julio de 2017, a los 73 años, pero antes escribió dos libros: Yo por dentro y Spy of the First Person (aún no traducido), centrados en recuerdos, experiencias y percepciones de sus días finales, aunque en el primero de ellos en ningún momento menciona la proximidad de su muerte. A todas luces, ha evitado los lloriqueos y lamentos para jugar sus cartas una vez más en la zona literaria que lo consagró como una de las principales figuras de las letras norteamericanas del siglo XX, desde que a los 19 años llegó a Nueva York con la intención de convertirse en dramaturgo. Escribió más de cincuenta obras de teatro que lo llevaron a ganar un Pulitzer (con la obra Buried Child, en 1979), y más de una decena de premios Obie. Escribió libros de poesía y de relatos, como Crónicas de motel o Cruzando el paraíso, guiones de cine que se hicieron célebres, como el de Zabriskie Point o Paris, Texas, dirigió películas, escribió canciones con Bob Dylan, participó en su condición de actor en más de una treintena de películas. Referente de un tipo de escritor salvaje formado en la dura vida de los pueblos apartados, Shepard concibió este libro con el tono vigoroso y áspero de toda su obra, solo que no elude una progresiva fragilidad.

Su amiga de juventud y de toda la vida, Patti Smith, se mudó a la casa de Shepard en Kentucky para ayudarlo a terminar el trabajo. Prologa el volumen con una descripción afectuosa y lúcida: "El manuscrito que tengo delante es una brújula oscura. Todos los puntos proceden de su norte magnético: el paisaje interior del narrador… Es él, algo parecido a él, no es él en absoluto".

Shepard le dijo a su editora que trabajaba en una ficción, tal vez una novela, y una vez terminada dejó la responsabilidad de la etiqueta en manos de los lectores, indiferente al tema de los géneros, acaso porque el libro es una suerte de conversación interior, fragmentada y voluble, poblada de recuerdos, fantasmas y adulteraciones expresivas.

A través de diálogos, monólogos, impresiones recogidas en la calle, memorias de su infancia, alucinaciones y breves crónicas de su pasaje por moteles y sets de filmación, Shepard retrata los días de un viejo actor, por momentos protegido con sus perros en una granja rural, en ocasiones más expuesto. Coquetea con una muchacha ambiciosa y bonita que lo ronda, lo acosa, pretende tener una relación íntima, a la que nombra como "la chantajista", cruza fugazmente una mujer con la que compartió muchos años de su vida —imposible no asociarla a Jessica Lange, con quien tuvo dos hijos—, y como una obsesión de la memoria, narra distintos episodios de un triángulo sexual entre el padre, una menor de edad llamada Felicity, y el narrador, cuando tenía trece años. Es la trama más densa y atractiva, la de mayor progresión dramática, y cabe imaginar que en el paisaje desolado de pozos petroleros y deshechos enredados en los pastos, Shepard sumó la ficción a experiencias de su infancia y juventud, marcadas por el alcoholismo del padre y el consiguiente deterioro de la vida familiar.

Con ser íntimo, el tono del libro no es confesional. Su larga trayectoria le permite sostener una inteligente distancia de sus angustias y reflexiones, introducir breves momentos de humor, mordaces ironías, y jugar consigo mismo con honestidad, sin ocultar sus limitaciones. El lector lo acompaña con el estímulo de sentirse adentro de la respiración del narrador, en una dimensión límbica que se asoma al mundo con descripciones eficaces —es notable la secuencia en que percibe la relación, cariñosa y fatigada, de una mujer con un joven discapacitado, mientras almuerzan en un restaurante— y por momentos se sumerge en alucinaciones de diminutos íncubos o personajes pesadillezcos que reaparecen en momentos y situaciones inesperadas. Es que la conciencia opera ya como catalizadora de percepciones de la realidad o proyecciones mentales, con indiferencia de su origen, acaso porque, como señala Patti Smith, ha comprendido que "la realidad está sobrevalorada".

El agreste desierto norteamericano, con sus moteles, gasolineras, lobos y rutas que extravían el asfalto en la llanura, la soledad del final del camino, los motivos para mostrarse indiferente a los llamados de la fama o el viejo esplendor, dominan el paisaje interior de este personaje esencialmente irreductible, calzado con las botas de Sam Shepard sobre el polvo de la imaginación.

YO POR DENTRO, de Sam Shepard. Anagrama, 2018. Barcelona, 209 págs. Traducción de Jaime Zulaika. Distribuye Gussi.

Dos en la mesa

SAM SHEPARD

ES SOLO una espalda. Voluptuosa, curvilínea; aparenta unos treinta, pero cuando se vuelve ligeramente hacia un lado parece más bien cuarentona. Pantalones cortos y apretados hasta las pantorrillas y sandalias de cuero. Camiseta con una calavera Harley. Está cubierta de la cabeza a los pies de tatuajes diminutos de color púrpura; se parecen más a tótems que a dibujos hechos a máquina. Pequeñas golondrinas, halcones, lagartos y lunas en todas sus fases. Se vuelve y por su cara veo que es mucho mayor de lo que pensaba: cuarenta y cinco como mínimo, quizá más. Pero su cuerpo es de jovencita. Tiene un chico a su lado. Un chico indio lisiado, con un andador de aluminio. Fornido. Veintidós años, quizá. Corte de pelo al cero. Gafas. En ningún momento deja de mirarla mientras ella lo ayuda a acomodarse en la mesa, deja el andador afuera y lo agarra por un brazo torturado. Hace que se siente y luego se desliza a su lado, muy cerca. Él le sonríe. No hay otro lugar en el mundo donde preferiría estar. Ella abre el colorido menú y mira las fotos de gofres, huevos y nata montada. Él no le quita la vista de encima, ni siquiera cuando abre su propio menú con sus manos torcidas. Se recuesta en la mesa. Con los dos brazos fláccidos delante. Inservibles. Impotentes. Acuna la cabeza en un codo y sonríe a la mujer. Ella sigue estudiando los gofres y las tortitas. "Quiero ir a vivir contigo", dice él. Ella sonríe, pero sigue examinando el menú. "Quiero llevar todas mis cosas a tu casa y dormir en la misma cama que tú. ¿Puedo?", dice él. Ella sonríe y alarga una mano. La posa suavemente en el pelo rapado y le acaricia la cabeza con sus largas uñas verdes, del mismo modo que se induce al sueño a un caballo. Sus ojos no se apartan del menú. Los cierra. Descansa la cabeza en el hombro del chico.
                                                                                                          (Fragmento)

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