Patricio Pron
JAMES MATTHEW BARRIE apuntó en sus Notebooks un deseo que, en sus predecibles consecuencias, sólo puede ser comprendido como una maldición: "Dios fulmine a todo aquel que escriba una biografía sobre mi persona". Esta maldición, sin embargo, parece no haber surtido efecto con sus biógrafos ni con Rodrigo Fresán, cuyo nuevo libro, Jardines de Kensington, fue elogiado por la prensa española y acabó como finalista del premio Fundación José Manuel Lara Hernández, que otorgan los editores ibéricos.
En descargo del autor de Peter Pan, y de la eficacia de su maldición, debe decirse que Fresán no escribió una biografía en sentido estricto, sino que utilizó las extraordinarias circunstancias de la vida de Barrie para contar una historia en la que esta vida sólo ocupa una de las líneas argumentales. La otra son los "Swinging Sixties" londinenses. Pero parece tener también como tema la imposibilidad de evitar el envejecimiento en una cultura que ha adoptado la aspiración a una eterna juventud. Se trata de un dogma paradójico en momentos en que la ciencia se ocupa de prolongar la vejez, pero no presta igual atención a la preservación de la infancia. El autor de Historia argentina, La velocidad de las cosas y la más reciente Mantra, entre otros títulos, se prestó al diálogo a través del correo electrónico desde Barcelona, donde reside desde hace varios años.
OBSESIONES PROPIAS Y AJENAS
—¿En qué circunstancias tropezó con la vida de Barrie?
—Fue en un documental francés que pasaron por el Canal 2 de Televisión Española. Lo encontré haciendo zapping; es decir: ni siquiera me senté a verlo. Ni Barrie ni Peter Pan formaban parte de mi amplia y abigarrada galería de fetiches. Lo empecé a mirar ya empezado (no sabía lo que era) a partir del momento en que mostraban una suerte de home movie en la que aparecían Chesterton y Shaw, a quienes reconocí, vestidos de cowboys junto a un hombrecito (no tuve la menor idea de quién era), si mal no recuerdo, disfrazado de sioux. Era Barrie. Eso me intrigó. La idea de escribir algo surgió ahí mismo. Me pareció una buena historia. Una historia ajena que, sin embargo, comulgaba con mis obsesiones.
—El estilo del libro es mucho más austero que el de Mantra, que era una especie de barroco mexicano. ¿Fue algo deliberado?
—No lo sé. Jardines de Kensington empezó a escribirse casi antes que Mantra, pero hubo un percance informático y desapareció. Mantra (que era un libro por encargo, con fecha de cierre) ganó posiciones. Después de acabar con México, volví a Londres. En cualquier caso, el personaje de Martín Mantra tiene partes muy de Barrie y muy de Peter Pan: esa idea de la vida como drama, como espectáculo, como narración. Esas ganas de no crecer y de inventarse un mundo propio. Mantra funcionó para mí como laboratorio extremista de ideas extremas: allí ensayé maniobras y actitudes que tal vez no me hubiera atrevido a probar en un libro "mío". Jardines de Kensington sale de la explosión monstruosa y apocalíptica de ese laboratorio y de la cosecha de varias cosas que ya había sembrado en La velocidad de las cosas. En perspectiva, ése me parece el libro donde empiezo a darme cuenta de qué tipo de escritor soy o intento ser. Por otra parte, supongo que la idea de seguir una vida real me acotó saludablemente, me obligó a intentar otras cosas. Tiendo a pensar que mis libros suelen ser locomotoras descarriladas que corren a campo abierto. Jardines de Kensington, en cambio, es una locomotora igual de desmadrada pero esta vez obligada a seguir los rieles de una vida verdadera: la vida de Barrie. La otra diferencia de este libro tiene que ver con que el tiempo es un elemento muy fuerte: toda la novela transcurre en una noche. Como si fuera "A Night in the Life", una versión decididamente dark del "A Day in the Life" de los Beatles: no me interesaba perder de vista esa cuestión. Tampoco el hecho de que el protagonista narrador consume pastillas de diverso voltaje a lo largo de esas horas y, de algún modo, su discurso se va deteriorando, se vuelve más espasmódico y seco, más preciso con Barrie y más difuso con lo que no se atreve a recordar y a contar. En las traducciones a la novela, me he dado el lujo y el placer de introducir algunos inserts donde la vida y la época del narrador tienden a fundirse un poco más lisérgicamente con la época y la vida de Barrie.
—El libro aúna dos de los momentos más interesantes de la biografía intelectual de Londres: la época victoriana y los Swinging Sixties. ¿Formaba esto parte del plan original o surgió luego? ¿Cómo fue el proceso de documentación?
—Eso es lo que más me enorgullece del libro: el "descubrimiento" de que esas dos épocas podían funcionar en plan all together now. Trabajar un poco como el Dr. Frankenstein, en plan corte y confección, y aparear a los escritores infantiles victorianos con los rockers psicodélicos. Otra influencia más secreta (mencionada lateralmente en el libro) es el comediante Bill Murray: durante toda la escritura de la novela tenía su rostro presente como máscara del protagonista: esa mezcla de tristeza y de soberbia. En cuanto a la documentación, leí mucho. La bibliografía está al final del libro. Pero, a la hora de la verdad, Kensington vuelve a insistir con los temas que siempre me interesaron, con "mis" temas de siempre: la infancia y la muerte; la de-generación del Big Bang del ’60 y los efectos de su onda expansiva, la literatura como cura y la locura del arte. Como digo en la nota final del libro, a mí no me gusta escribir sobre lo que más me apasiona, no me gusta gozar primero y escribir después; prefiero ir apasionándome durante la escritura. Me pasó con Barrie: leí varias biografías suyas a medida que iba escribiendo mi biografía de él. La documentación del libro corrió en paralelo a su escritura. La mayoría de las cosas que más me gustan del libro surgieron sin aviso, en caliente. Llené un cuaderno con apuntes, sí, pero lo llené, más que nada, con frases sueltas, con conceptos. A mí la trama se me ocurre casi mientras la leo. De ahí que más de una vez me haya definido como un lector que escribe más que como un escritor que lee.
LA EDAD DEL PAVO
—Un lector podría intentar establecer un paralelo entre esas dos épocas y la actual, considerando que los Swinging Sixties parecen una especie de infancia de nuestra cultura, ¿qué similitudes y diferencias podría trazar?
—No sé. La verdad que esta época, me parece, está más cerca de la edad del pavo que de la infancia.
—Los Swinging Sixties son descriptos como un período de "amnesia contracultural" y sus personajes son mostrados bajo una luz poco favorable. Esto es particularmente llamativo en un autor que comenzó su carrera como periodista de rock y que ha llenado sus libros de referencias a esa zona de la cultura occidental. ¿Significa eso un hartazgo del tema?
—No. En absoluto. En Esperanto ya está muy presente esta mirada un tanto cruel, un tanto crítica, un tanto piadosa, sobre la figura del rocker. Es decir: nunca me interesó la figura del músico de rock como santo revulsivo o mesías subversivo. Por eso me gusta tanto Bob Dylan, quien nunca pactó del todo con esta idea. Lo que no impide que me divierta mucho con películas para niños como The Doors o con los análisis pretendidamente filosóficos del pensamiento de Kurt Cobain. En cuanto a mis principios y mis continuidades como periodista de rock, lo mío siempre fue y sigue siendo (vale también para lo que hago como periodista "literario" o "cinematográfico" o "plástico") puro evangelismo. Yo voy a ver y a oír y a leer cosas que me gustan, y difundo la Buena Nueva. Pocas veces he escrito mal de algo. Cuando lo hago (no es lo que más me gusta) es porque me parece, también, una forma de evangelismo: de vez en cuando hay que denunciar esos falsos ídolos frente a los que se arrodilla la gente, ¿no?.
—Un personaje del libro afirma que "la literatura ha adquirido la velocidad de lo pop y que los autores duran cada vez menos y se parecen cada vez más a rockers fugaces y descartables". ¿Comparte ese diagnóstico? ¿Es algo que le preocupa, como autor que ya abandona la llamada "literatura joven argentina"?
—Comparto el diagnóstico, pero no me preocupa en absoluto. Supongo que debería preocuparle a buena parte de los editores. Es curioso: de un tiempo a esta parte se pretende que los escritores se ocupen y se pronuncien sobre cuestiones pertenecientes al mundo editorial. Mientras tanto, los editores funcionan como críticos, en el peor sentido del oficio, y los críticos como escritores, en el peor sentido del oficio también. Todo está un poco confundido, desfasado. Lo mejor y lo más saludable es observar el paisaje cinemascope desde lo más lejos posible, y dedicarse al propio Super-8. Los verdaderos lectores (sean cuantos sean) continúan comportándose como lectores. El resto es sonido y furia y, por supuesto, eso que nadie vio pero que todo el mundo dice saber cómo funciona y que se llama marketing. Dicen que sirve para vender más libros. O algo así. l