por Eduardo Milán
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Hay un malestar que no se menciona en la poesía latinoamericana. La mayoría de las veces no siquiera se reconoce. Razón para que ambas realidades constantes no se hagan presentes: la ruptura con la tradición crítica de la poesía latinoamericana, una razón que apenas alcanza la conciencia de los poetas, relegada a los operadores “calificados”: los críticos, obviamente. La tradición crítica es una producción Iluminista, el Siglo de las Luces consideró el mundo que se avecinaba bajo la óptica de esa mirada, horneada en la razón. No voy a caer en la crítica de la razón. El asunto ha sido muy tratado y no soy especialista en ese tema que es un dolor de cabeza. Me limito a la poesía. La crisis que estalló a partir del movimiento romántico —un movimiento poco crítico, si se lo toma superficialmente y en conjunto, dado que se apoya en la fe en el mito como discurso y visión del mundo, es decir, en una construcción imaginaría, límite entre pensamiento simbólico y religión— es bien formulada en la tríada enunciativa que me gusta reiterar y tomar en cuenta. Son emblemas, signos de época que la trascienden: “¿y para qué poetas en tiempo de penuria?” (Holderlin, 1800), “Hipócrita lector-mi semejante-mi hermano” (Baudelaire, 1848), “Yo es otro” (Rimbaud, 1871). Crítica del lugar del poeta y de la poesía, crítica del yo poético y crítica de la identidad homogénea del poeta, son emblemas, signos de época que la trascienden y que juntas, en un plazo de 70 años, no está nada mal. Son, para usar una palabra cara a Rimbaud, iluminaciones. Pero más que definir o sentar cátedra lo que significan estas posiciones de tres poetas considerados claves de la historia lírica son formulaciones de la preocupación artísitico-estética de todo un siglo tumultuoso y de una riqueza inconfundible.
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Lo curioso es que luego de un siglo (y medio si añadimos la mitad del XX a la discusión crítica) hay un silencio —o “apagón” como le gustaba decir a Severo Sarduy— que deja perplejo a quien piensa el tema. O bien se aclaró social y estéticamente —y psicológicamente— la presencia creativa en el presente o, más simple y más de acuerdo al “tono” de esta época, todo esto que nos puso en jaque hace cerca de 150 años ya lo depositamos, con sencillez muy plena, en el tacho de basura. Buen devenir de la crítica de la producción simbólica.
(Leonardo Mainé/Archivo El País)
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