Hugo Fontana
EN EL PRINCIPIO hubo una huelga a la que adhirieron más de 65.000 trabajadores, aunque en realidad todo había empezado mucho antes, a comienzos y a mediados del siglo XIX, cuando los trabajadores luchaban por reducir sus jornadas laborales, primero a diez horas, luego a ocho.
Por aquel entonces ya habían quedado en la memoria del movimiento obrero las huelgas de los carpinteros y calafateadores de Boston de 1832, las huelgas de 1868 y 69 a lo largo y ancho del país, los primeros intentos de organización de la filial de la Asociación Internacional de Trabajadores que los inmigrantes alemanes llevaron adelante entre 1870 y 1871, la huelga que cien mil trabajadores neoyorquinos declararon en el invierno de 1874, las grandes huelgas de los empleados de ferrocarriles de 1877 que, como dijo el español Ricardo Mella en su trabajo Los mártires de Chicago, "fueron el comienzo indudable del conflicto entre el capital y el trabajo". Y tras conformarse en 1880 la Federación de los Trabajadores de los Estados Unidos y Canadá, se acordó en Chicago que el primero de mayo de 1886 se declarara la huelga general por las ocho horas.
Aquel día fue una jornada de fiesta en la que los obreros pasearon con sus mujeres e hijos por las soleadas y bulliciosas calles del centro. En similares ocasiones la gente se detenía en las esquinas a escuchar a los oradores, entre los que siempre destacaban Albert Parsons, el alemán August Spies y algunas veces el peregrino Johann Most, un hombre altivo y fervoroso que, huyendo de más de una desventura europea, había llegado a Nueva York y emprendido una intensa labor de agitación. Most solía definir su actitud combativa y la de sus amigos con frases cargadas de metáforas voraces. "Tenemos mezclados con los destellos de los rayos un grito apasionado y salvaje", repetía en uno y otro mitin para explicar la poderosa fuerza que los impulsaba.
Por su parte Parsons era, entre tantos europeos, de los pocos dirigentes sindicales nacidos en Estados Unidos. Provenía de Arkansas y estaba casado con una mulata de profesión costurera, con la que solía cantar viejas tonadas sureñas. Él y Most, con algunas diferencias estratégicas y como buenos polemistas que eran, habían intentado acercar sus posiciones más de una vez: el primero era un empecinado partidario de la organización y de la lucha sindical, el segundo se inclinaba hacia la propaganda y la acción individual. Most editaba en Nueva York un semanario en alemán, el Freiheit, y Parsons publicaba en Chicago el periódico La Alarma, desde el que convocaba a los obreros con frases incendiarias y elementales como "en las actuales circunstancias la única solución es la fuerza" o "hasta el momento ninguna clase privilegiada ha renunciado a su tiranía, y tampoco los capitalistas de hoy dejarán escapar sus privilegios y su poder si no se les fuerza a ello".
Encaramado sobre un pequeño cajón de madera y ante un nutrido grupo de trabajadores alemanes y judíos reunidos en los portones de la Universidad de Illinois, a un par de cuadras del lago Michigan, Spies, quien editaba el Arbeiter Zeitung, repitió que él y sus compañeros estaban dispuestos a hacer un llamado a los asalariados para que se armaran y pudieran "esgrimir contra sus explotadores el único argumento eficaz: la violencia". A cada una de sus frases los hombres y las mujeres que lo rodeaban alzaban los brazos en señal de aprobación, aun sabiendo que detrás de ellos, en las calles aledañas e incluso dentro del recinto universitario, cientos de policías e investigadores privados de la agencia Pinkerton los estaban vigilando, armados hasta los dientes y a la espera de la menor provocación para intervenir de inmediato.
Pronto llegó a los sindicalistas la noticia de que la tripulación de unos 300 buques cargados de madera, estacionados en los muelles del río Potomac, había decidido plegarse a las movilizaciones. Los gestos de apoyo comenzaron a llegar desde los más diversos lugares y desde la mayoría de las federaciones: ebanistas, zapateros, ferroviarios, metalúrgicos, empleados gastronómicos y hoteleros hicieron saber su intención de apoyar un llamado a la huelga general. Simultáneamente, en uno de los hoteles del centro de la ciudad se reunían patrones y autoridades políticas y policiales, alarmados ante las dimensiones de las medidas y dispuestos a trazar un plan para acabar con ellas.
El lunes 3 la policía arremetió contra una reunión de madereros a medio kilómetro de la fábrica de segadoras McCormick, de donde tres meses antes habían sido despedidos 2.100 obreros por negarse a abandonar sus organizaciones; hubo cuatro muertos y varios heridos. Spies escribió un volante clamando venganza y convocando para el día siguiente a una concentración en el viejo Haymarket de la calle Randolph. En la mañana del martes 4 la policía atacó a una columna de más de 3.000 trabajadores, pero ellos siguieron su marcha. Al caer la tarde una multitud se dio cita en la plaza Haymarket: hablaron Spies, Parsons y Samuel Fielden, y antes de que este último terminara su discurso subido al techo de un carruaje, desde el lago se levantó un viento cálido y tenue y comenzó a llover serenamente. Cuando Fielden miró a sus escuchas se encontró rodeado por 150 policías al mando del inspector John Blonfield, quien le ordenó hacer silencio y retirarse de inmediato si no quería ser bajado a balazos. En ese mismo momento explotó una bomba en medio de los agentes: un muerto y 66 heridos, de los cuales siete fallecieron en los siguientes días. La policía abrió fuego provocando decenas de víctimas mortales y más de 200 heridos. Nunca se supo quién había dejado caer el artefacto explosivo y acaso poco importó a la hora de tomar venganza.
En el correr de la semana, y en medio de una feroz campaña periodística, la policía fue arrestando a los sindicalistas más destacados: Spies, Fielden, Michael Schwab, Adolph Fisher, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe, además de varios imprenteros y otros dirigentes. También estaban acusados Parsons, Rodolfo Schmaubelt —a quien se le sindicaba como el hombre que había arrojado la bomba y a quien nunca pudieron detener— y William Seliger, quien terminó negociando con la policía y fue rápidamente puesto en libertad.
EL CAZADOR OCULTO. Cuando explotó la bomba, Parsons estaba reunido con algunos de sus compañeros en un salón cercano, el Zept Hall, y cuando días más tarde la policía, que ya había detenido al resto de los acusados, se dispuso a remover cielo y tierra hasta encontrarlo y arrestarlo, no pudo dar con su paradero. Sabiéndose en peligro, él pasó la primera noche en casa de un ebanista italiano, y a escasos minutos del amanecer, cuando ya se había despedido de su anfitrión y dirigido sus pasos hacia los muelles del lago, llegó la policía a buscarlo.
Deambuló buena parte del día tratando de conseguir información acerca de lo que estaba ocurriendo. Algunos compañeros le avisaron de las masivas detenciones y le ofrecieron dinero para que saliera del Estado. Aceptó unas monedas con las que pagó un frugal almuerzo y se dirigió luego hasta uno de los locales sindicales, donde le fue advertido que toda la policía de la ciudad estaba en su búsqueda. A la mañana siguiente cruzó frente a los portones de la Universidad de Illinois y marchó por la calle 31 hasta la playa, donde dejó pasar casi toda la tarde mirando el brillo del agua, el luminoso acero de la superficie. Poco antes del crepúsculo se apersonó en la imprenta donde editaba La Alarma y entró por una puerta trasera tomando las mayores precauciones. Encontró a un par de amigos, que también le ofrecieron dinero.
A esa altura todos sus compañeros estaban entre rejas. Los titulares de la prensa oficial eran concluyentes. "Bestias sangrientas", "Rufianes rojos", "Fabricantes de bombas", "Anarcodinamiteros". Nada nuevo ni altisonante, de tener en cuenta que el Chicago Tribune publicaba habitualmente frases como esta: "Cuando un pordiosero te pide pan, ponle veneno o arsénico para que no te moleste más". Parsons, más tarde y de pie frente al puesto de un diariero, leyó algunos párrafos de portada. El Chicago Herald decía: "La chusma, instigada a matar por Spies y Fielden, no se compone de americanos. Son los desechos de Europa que han llegado a estas costas para abusar de la hospitalidad y desafiar la autoridad de esta nación". El Chicago Journal decía: "Debiera hacerse rápidamente justicia con estos anarquistas. La ley de este Estado es tan clara respecto a la complicidad con un crimen que los juicios serán breves". Los diarios informaban además de la requisa de arsenales capaces de llevar a una nación a la guerra y de ganarla en un par de días: municiones, rifles, espadas, torpedos, dinamita, bombas. Uno de los matutinos alertó a la policía y a la población de que Johann Most había partido de Nueva York para ponerse al frente de las hordas anarquistas. Se montó un gigantesco operativo en la central de trenes, pero el orador no llegó.
Finalmente, Parsons logró alejarse del Estado por unas semanas, pero cuando pudo enterarse del comienzo del juicio a sus compañeros, tomó una determinación que él mismo, en una de sus últimas cartas, explicó con estas palabras: "Cuando vi que se había fijado el día de la vista de este proceso, juzgándome inocente y sintiendo asimismo que mi deber era estar al lado de mis compañeros y subir con ellos, si era preciso, al cadalso; que mi deber era también defender los derechos de los trabajadores y la causa de la libertad y combatir la opresión, regresé sin vacilar a esta ciudad. ¿Cómo volví? Esto es interesante, pero me falta tiempo para explicarlo. Fui desde Wankesha a Milwaukee, tomé el tren de Saint-Paul en la estación de este último punto, por la mañana, y llegué a Chicago a eso de las ocho y media. Me dirigí a casa de mi amiga Miss Ames, en la calle de Morgan. Hice venir a mi esposa y conversé con ella algún tiempo. Mandé aviso al Capitán Blanck que estaba aquí pronto a presentarme y constituirme preso. Me contestó que estaba dispuesto a recibirme. Vine y le encontré a la puerta de este edificio, subimos juntos y comparecí ante este tribunal".
Más allá de las reiteradas demandas de la defensa, que obligaron a repetidos retrasos en la selección del jurado y a que fueran examinados 981 candidatos, a fines de julio comenzó el juicio. Ese día Parsons abrió las puertas de la audiencia, cruzó la enorme sala en medio de una treintena de agentes que lo habían buscado durante las últimas seis semanas, y fue a sentarse en el banquillo de los acusados junto a sus hermanos Spies, Schwab, Fielden, Fischer, Engel, Lingg y Neebe.
LA ANARQUÍA EN EL BANQUILLO. Los jurados escucharon a los equívocos testigos —en su mayoría pagados por la propia policía y por el ministerio público— y deliberaron durante 21 días. El fiscal Grinnell había dado cuerpo a una fantástica historia por la que acusaba a los anarquistas de haber elegido aquel primero de mayo como la fecha para iniciar la revolución social y destruir, dinamita en mano, el orden y las instituciones establecidas. Le dio bastante trabajo redondear su narración, señalar a uno y otro como los encargados de haber construido la bomba y luego encender la mecha, así como atribuir compartimentadas responsabilidades que iban desde el montaje del aparato propagandístico de una oscura y secreta sociedad, hasta la fabricación y manejo de toda clase de explosivos.
"Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga", dijo Spies en su discurso de dos horas frente al jurado. "Mi defensa es vuestra acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia". Acto seguido se dedicó a refutar los argumentos del fiscal, aunque con tanta sinceridad que poco hizo para exculparse de algo que no había cometido. "Si yo hubiera arrojado la bomba o hubiera sido causa de que se arrojara, o hubiera siquiera sabido algo de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí. (...) Nosotros hemos predicado el empleo de la dinamita. (...) Aquí se hallan sobre un volcán, y allá y acullá y debajo y al lado y en todas partes fermenta la revolución. Es un fuego subterráneo que todo lo mina..."
Fischer, nacido en Alemania pero residiendo en EEUU desde niño, que había aprendido el oficio de tipógrafo en Nashville, Tennesee, con voz ardiente reclamó ante el jurado: "He sido tratado aquí como asesino y sólo se me ha probado que soy anarquista. (...) Pero si yo he de ser ahorcado por profesar las ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por la libertad de la especie humana, entonces, yo lo digo muy alto, dispongan de mi vida.
Y Lingg dijo: "Yo repito que soy enemigo del orden actual, y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras aliente. Declaro otra vez franca y abiertamente que soy partidario de los medios de fuerza. He dicho al Capitán Schack, y lo sostengo, que si ustedes emplean contra nosotros sus fusiles y sus cañones, nosotros emplearemos contra ustedes la dinamita. Se ríen probablemente, porque están pensando: Ya no arrojarás más bombas. Pues permítanme que les asegure que muero feliz, porque estoy seguro de que los centenares de obreros a quienes he hablado recordarán mis palabras, y cuando hayamos sido ahorcados ellos harán estallar la bomba. En esta esperanza les digo: les desprecio; desprecio su orden, sus leyes, vuestra fuerza, su autoridad. ¡Ahórquenme!"
Y Jorge Engel, de 50 años, dijo: "Es la primera vez que comparezco ante un tribunal americano, y en él se me acusa de asesino. ¿Y por qué razón estoy aquí? ¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Aquí también, en esta libre república, en el país más rico del mundo, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable".
Y Fielden dijo: "Es difícil que pasen por una calle donde yo no haya producido algo con mis propias manos".
A mediados de agosto, en una alocución del fiscal, los acusados pudieron escuchar lo siguiente: "La ley está por encima del juicio, la anarquía está sometida a juicio. Estos hombres han sido seleccionados, elegidos por el Gran Jurado y acusados porque eran dirigentes. No son más culpables que los miles de hombres que les siguen. Señores del jurado, declaren culpables a estos hombres, hagan un escarmiento con ellos, cuélguenlos y habrán salvado nuestras instituciones, nuestra sociedad".
Oscar Neebe fue condenado a 15 años de prisión. Spies, Fischer, Engel, Schwab, Fielden, Lingg y Parsons fueron condenados a la horca. Cuando Neebe se enteró de su sentencia, exclamó: "Han hallado en mi casa un revólver y una bandera roja. Han probado que organicé asociaciones obreras, que he trabajado por la reducción de horas de trabajo, que he hecho cuanto he podido por volver a publicar el Arbeiter Zeitung: he ahí mis delitos. Pues bien, me apena la idea de que no me ahorquen, honorables jueces, porque es preferible la muerte rápida a la muerte lenta en que vivimos. (...) Yo se los suplico. Déjenme participar de la suerte de mis compañeros. ¡Ahórquenme con ellos!"
LA VOZ DEL PUEBLO. Si, entre tantas cosas que le pasaron, algo importante le hubiera faltado vivir a Spies durante los meses de cautiverio, ello fue haber conocido a Nina Van Zandt, una rica heredera que comenzó a concurrir a tribunales por pura curiosidad y que terminó enamorándose perdidamente del alemán, al punto que decidió casarse con él. Así lo contó ella en el prólogo de un folleto con la autobiografía de Spies publicado tiempo después de la muerte de éste. "Mi simpatía por los acusados hizo germinar en mi corazón un principio de amor por Mr. Spies, y poco después sentía por él una inmensa pasión. Como amiga encontraba mil obstáculos a mis visitas; para salvarlos resolvimos que yo declararía ser su novia. Pero pronto supe que sólo las esposas tenían el derecho de ver a sus maridos fuera de los días reglamentarios; (...) desde entonces Spies y yo resolvimos ser marido y mujer ante la ley".
Algo similar le ocurrió a Linng quien, mientras almacenaba dinamita en su celda, recibió los favores sentimentales de Eda Muller, una muchacha que se enamoró a primera vista del condenado. Poco antes de noviembre de 1887, la policía había requisado cuatro bombas de la celda de Linng, entre ellas "un tubo para gas lleno de dinamita y trozos de hierro, con una cápsula en el extremo", según cuenta Mella. "Al menor choque, explotaba la dinamita, envolviendo a víctimas y verdugos en su efecto destructor".
Más de un año después y poco antes de la programada ejecución, a Schwab y a Fielden les conmutaron la pena capital por la de prisión perpetua. Serían puestos en libertad siete años más tarde, cuando el nuevo gobernador del Estado de Illinois, John P. Altgeld, ordenó revisar el caso y descubrió uno tras otro los errores legales que habían dominado el juicio: a ninguno de los ocho detenidos se les había podido probar relación alguna con el incidente de Haymarket ni con quien había encendido la mecha y arrojado la famosa bomba.
El 10 de noviembre de 1887, Lingg, de veintiún años, hizo estallar en su boca una cápsula llena de fulminato de mercurio. Y si bien agonizó durante cinco horas con la cabeza destrozada, obtuvo lo que había planeado desde un principio: no morir a manos de un funcionario del Estado. Al día siguiente, conocido luego como Viernes Negro, el verdugo colocó los lazos corredizos alrededor de los cuellos de Spies, Fischer, Engel y Parsons, y luego los encapuchó.
"Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen" —narró el corresponsal en Chicago del diario La Nación de Buenos Aires, el cubano José Martí—. "Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos... Abajo la concurrencia sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Plegaria en el rostro de Spies, firmeza en el de Fischer, orgullo en el de Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha. (...) Los encapuchan, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos cuelgan y se balancean en una danza espantable...".
Un segundo antes se había escuchado la voz de Spies. Dijo: "Llegará un tiempo en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy estrangulan".
Y Fischer dijo: "¡Viva la anarquía!"
Y Engel dijo: "¡Viva la anarquía!"
Y Parsons dijo: "¿Se me permitirá hablar, hombres de América? ¡Que se oiga la voz del pueblo!". l
Otras formas del cambio
Agustín Courtoisie
EL URUGUAY no fue ajeno a las polémicas sobre "la cuestión social". Sus ecos se escucharon todavía el 21 de mayo de 1988, en un Homenaje a la memoria de Don José Batlle y Ordóñez, con motivo de cumplirse el 130 aniversario de su nacimiento. En esa fecha, el diputado Marcos Carámbula manifestó que: "Batlle encara sus reformas en el inicio, en el nacimiento de una burguesía industrial, de un proletariado industrial creciente, con fuertes corrientes inmigratorias y con un sector latifundista gravitante y poderoso. Debemos valorarlo en los antecedentes imprescindibles: en Varela y su obra educativa; en un movimiento de masas por la libertad y la dignidad en el campo y la ciudad; en el movimiento popular del campo agrarista; en el movimiento obrero que empieza a reclamar por sus derechos desde 1865 —y que en 1870 gesta el primer sindicato que, en 1875, con 800 obreros, crea la primera Asociación Internacional de los Trabajadores— que desde 1890 reclama la ley de ocho horas y que, en 1916, cuando se aprueba, ya se estaba disfrutando en la mayoría de los gremios". (En realidad, los obreros no "crean" sino que adhieren a la AIT, de inspiración bakuninista).
En la misma sesión de homenaje, Gonzalo Aguirre Ramírez expresaba: "Asimismo, quiero decir que no acepto, como nacionalista y representante del Partido Nacional, que pueda pasar a la historia la imagen de este partido como oponiéndose cerrilmente a todas las iniciativas de Batlle por implantar una legislación social a través de iniciativas avanzadas y por establecer un crecimiento del Estado que consagrara el dominio industrial y comercial del mismo por intermedio de la creación de los Entes Autónomos".
Y más adelante agregaba: "no es exacto que las mejores leyes batllistas hayan sido votadas negativamente por el Partido Nacional, ni que éste haya desarrollado una campaña de oposición terminante a esas iniciativas legislativas. Incluso, en el terreno de la legislación social, el Partido Nacional a veces había tomado la iniciativa como, por ejemplo, en el proyecto de Roxlo y Herrera de 1905, y como en las primeras leyes jubilatorias de 1919, las de Lorenzo Carnelli y, más tarde, las de L. Enrique Andreoli". (Ver N 38 - Tomo 62 - 21 de Mayo de 1988, Diario de Sesiones de la Asamblea General, disponible en la página web del Poder Legislativo).
Para complementar esa perspectiva, vale la pena consultar el Tomo III de la Selección de Discursos de Emilio Frugoni, en particular entre las páginas 189 y la 439, y muy especialmente la "Polémica sobre el origen del proyecto de Ley de ocho horas" (Obras de Emilio Frugoni, edición de la Cámara de Representantes, Montevideo, 1988).
En el mundo, y pese a sus múltiples y enconados detractores —algo comprensible en parte—, las sociedades bajo el sistema capitalista han logrado progresar de manera notable si los fenómenos estudiados se observan en el largo tiempo —en ello no han sido factores ajenos la libertad de expresión y el reconocimiento de las demandas de los propios trabajadores—. "El progreso no es lineal, pero sí es sostenido", sostiene, por ejemplo, Juan Grompone, en su libro La construcción del futuro (edición La flor del Tapebí, Montevideo, 2001). Y lo documenta con cifras: "Hacia 1800, el planeta estaba habitado por unos 1.000 millones de habitantes y solamente 30 millones —un mero 3%—, vivía bajo el capitalismo. Hacia 1970 había unos cinco mil millones de habitantes y se proclamaba con auténtico horror que dos terceras partes del planeta vivían en la pobreza, marginados de la economía capitalista. Pero esto quiere decir, analizando por el lado contrario, que más del 30% de la población vivía bajo el capitalismo, 1.500 millones de personas disfrutaban de electricidad, heladeras y televisores. En 170 años se había pasado de un 3% a un 30% de la humanidad viviendo en la prosperidad. Pero además la prosperidad de 1800 no era comparable con la de 1970. No era poco el progreso, por cierto".
Si de revoluciones sociales se trata, vale la pena mencionar que Grompone —que proviene del marxismo clásico y del racionalismo enciclopedista—, no oculta sus simpatías con ciertos fenómenos de espontaneidad social, con las formas razonables del anarquismo, y con los métodos pacíficos de transformación de la sociedad. En su adhesión a esos métodos apela a los antecedentes de Jesús, Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela y Lech Walesa (págs. 379 y siguientes). Su condena de todo terrorismo es contundente e inequívoca (pág. 355). Y declara sin ambages que sueña con una sociedad similar a la que buscaron los anarquistas, es decir, sin gobiernos, ejército ni policía, y con trabajadores autónomos, pequeñas comunidades, y necesidades materiales satisfechas (págs. 399 y 400; ver también pág. 366).
El mejor homenaje a los trabajadores en las vísperas de un primero de mayo, es recordar precedentes ilustres del anarco-sindicalismo. Por ejemplo, el de Luce Fabbri, hija del célebre anarquista italiano Luigi Fabbri, autora de El camino, y fallecida en Montevideo en 2000. También el de Errico Malatesta (1853-1932), del que se ha dicho: "aún en medio del fascismo y ya a las claras la involución de la experiencia rusa, él seguirá creyendo en la superioridad del amor por encima de la justicia de los procesos revolucionarios, poniéndose de espaldas, como lo había estado durante toda su vida, a los medios violentos como método de cambio social" (ver El País Cultural Nro. 795). Aunque no siempre —como en esos casos—, los antecedentes son inequívocos, la historia parece triturar y deglutir los significados, para enviarlos luego al presente despojados de impurezas. Ese cerno a veces deja lo mejor: Albert Parsons, el mismo que en sus discursos elogiaba la dinamita, se entregó a las autoridades para morir junto a sus compañeros —pudiendo haber escapado—. Y lo que queda es esa nobleza de un libertario. Queda el gesto, no las bombas. l