Historia que provoca

La política de hoy tiene mucho del pasado

El nuevo libro de Gerardo Caetano trata sobre las resistencias que generó el primer reformismo batllista hace más de un siglo

Gerardo Caetano
Gerardo Caetano
(foto Francisco Flores/Archivo El Pais)

Este contenido es exclusivo para nuestros suscriptores.

En la historia de cualquier país hay muchas agrupaciones y tradiciones partidarias. Corrientes que sigan liderazgos personales —persistan o se disuelvan tras la muerte del líder— más todavía. Maneras de ver el mundo y la sociedad, nunca hay tantas. Y es por eso que, pese a diferencias presentes y pasadas —incluso dirimidas con las armas— puede hablarse de verdaderas familias ideológicas, capaces de superar diferencias para bregar por los mismos intereses y, con mayor frecuencia aún, para vencer a un adversario común. En El liberalismo conservador Gerardo Caetano estudia el conjunto de sectores y figuras intelectuales, partidarios y empresariales opuestos al “inquietismo” reformista liderado por Don José Batlle y Ordóñez en el Uruguay de comienzos del siglo pasado.

Para entender el presente, es casi obligatorio compararlo con las versiones del pasado que nos da la historia, objetiva en su método, pero nunca neutral. Hubo en Uruguay a principios del siglo XX intelectuales como Carlos Reyles o José Enrique Rodó, políticos como Martín C. Martínez, Luis Alberto de Herrera o Pedro Manini Ríos, y gremialistas empresariales como José Irureta Goyena y Luis C. Caviglia, que, con mayor o menor radicalismo, al tildar de jacobinos a Batlle, sus seguidores y su política, se identificaban no siempre de modo explícito con la otra gran corriente de la Revolución Francesa, los girondinos, que eran liberales en lo económico pero ya no tanto en lo político y social. Estos antibatllistas tenían en común, con matices, el priorizar la libertad económica por sobre las políticas sociales tendientes a avanzar en igualdad y fraternidad.

El término salió al ruedo en 1906, en la polémica entre el Dr. Pedro Díaz y José Enrique Rodó sobre el proyecto de retirar crucifijos y otros símbolos religiosos de los hospitales públicos, a la que Rodó, que no era católico, calificó de jacobina. Más tarde, el término se utilizó para criticar las políticas sociales del batllismo, acusándolas de promover la agitación obrera y perjudicar a las “clases conservadoras”, es decir, a los empresarios, que se consideraban los verdaderos motores del progreso nacional. Incluso se llegó a acusar a Batlle de socialista. Desde ese Partido, líderes como Emilio Frugoni y Celestino Mibelli, que luego se haría comunista, insistieron en señalar que el socialismo era aún más radical que el batllismo. Pero los liberal–conservadores tenían bien claro quién era su adversario más poderoso.

Colorados o socialistas. Pedro Manini Ríos (1879–1958) fue uno de los principales operadores políticos de Batlle durante su primera presidencia y más todavía durante la del Dr. Claudio Williman, entre 1907 y 1911. Trabajó mucho para lograr el segundo gobierno de su líder, mientras éste, con quien mantuvo frecuente y extensa correspondencia, dirigía su sector político desde Europa, donde permaneció cuatro años. Reelecto Batlle, nombró a Manini Ministro del Interior, lo que se interpretó como una virtual designación para sucederlo en la presidencia tras el período 1911–1915. Pero 1913 trajo la ruptura, al publicar Batlle sus apuntes constitucionales, en los que proponía sustituir la Presidencia de la República unipersonal por un Consejo de Gobierno, es decir, por un Poder Ejecutivo colegiado. Manini se opuso, tras lo que las diferencias con su mentor crecieron, tanto que preguntó a su auditorio, en un acto partidario, si los miembros de su partido eran colorados o socialistas. Esto lo acercaba a notorios antibatllistas como el colorado Carlos Reyles, que definía al gobierno de Batlle y Ordóñez como un “socialismo de mandarines”, o el nacionalista Washington Beltrán que sostenía que el país se estaba convirtiendo en “un cuartel pintado de socialismo”.

Pero las cercanías de Manini con posturas conservadoras venían de antes. Durante el gobierno de Williman contemporizó con la dura represión de las movilizaciones obreras llevada adelante por el Coronel West, Jefe Político y de Policía de Montevideo. En cambio a su amigo Domingo Arena le había costado mucho más seguir la directiva de Don Pepe de no hacerle demasiados problemas al gobierno de Williman.

Los batllistas más radicales estaban fascinados con el “avancismo” de su líder. El Dr. Santín Carlos Rossi llegó a afirmar que estaba cincuenta años adelantado a su época. Pero ese mismo impulso les resultaba inaceptable a las “clases conservadoras” —que así se autodenominaban con orgullo— pues tildaban esas políticas de jacobinas, extremistas y revolucionarias. También le restaban seguidores en su propio lema partidario. Pese a tener diferencias con Batlle por el asunto de los crucifijos en los hospitales, Rodó fue uno de los principales apoyos para su segunda elección, en 1911. Para 1915 ya estaban del todo distanciados. En las elecciones para la convención Constituyente de agosto de 1916 salió de las urnas una mayoría anticolegialista. El Presidente Viera se planteó hacer un “alto” en las reformas sociales. Vino luego de eso el distanciamiento con Batlle y la formación de un nuevo sector colorado: el Vierismo. Don Pepe era muy difícil de seguir, y no le gustaba que sus colaboradores lo contradijeran.

En la victoria del anticolegialismo tuvieron fuerte peso las gremiales del empresariado, en particular una de muy reciente creación: la Federación Rural, presidida por el Dr. José Irureta Goyena, con Luis Alberto de Herrera y Pedro Manini Ríos como vicepresidentes. Era una clara alianza entre organizaciones de las “clases conservadoras” y sectores políticos liberales en lo económico, pero conservadoras en lo social. La elección de los constituyentes se convirtió en un plebiscito acerca del “inquietismo” batllista, que los conservadores ganaron. Pero el triunfo no fue aplastante: meses después, el 14 de enero de 1917, las elecciones legislativas —sin voto secreto— las ganó el oficialismo. De lo que el batllismo no se libró más fue de la presión empresarial y sus vínculos políticos con ambos lemas tradicionales.

Si el batllismo hegemonizó un bloque republicano–solidarista, fue porque la industrialización generó reclamos en la masa de trabajadores. Era la “cuestión social” que anarquistas y socialistas abordaban en clave más o menos revolucionaria y a la que el batllismo respondió con un reformismo radical, que la contraparte conservadora pronto metió en la misma bolsa que la agitación de izquierda: por mucho que a socialistas y ácratas les disgustase, el batllismo también era de izquierda, al menos para los conservadores. No era que ellos no percibieran la “cuestión social”, pero apuntaban a resolverla gracias a la caridad de un empresariado paternalista. En el discurso de Herrera e Irureta Goyena, el estanciero, además de un motor de progreso, era un padre y un benefactor para con las familias de sus peones. Hubo y hay estancieros así. Que sean mayoría es otro asunto.

Entre los liberal–conservadores había matices. Para Irureta Goyena, los fines secundarios que el Estado debía atender eran casi nulos. En cambio el rico industrial Luis C. Caviglia, que se reconocía con orgullo miembro de las clases conservadoras, postulaba que algunas políticas sociales debían admitirse para evitar la agitación social y mantener el timón de la sociedad en manos de su clase. Hubo conservadores católicos, pero también opuestos al cristianismo, como Carlos Reyles. Mientras que Herrera y Manini Ríos apoyaron la dictadura de Terra y simpatizaron con Franco, Martín C. Martínez marcó distancia con esa deriva. No es para extrañarse: toda familia tiene diferencias.

El factor militar. La Guerra del Paraguay, así como también el militarismo de Latorre y Santos, consolidaron la profesionalidad del ejército uruguayo. Esto, junto al monopolio estatal del uso de los fusiles Remington y luego Mauser, condujo a que, luego de los alzamientos nacionalistas de 1897 y 1904 ya no fuesen viables los levantamientos armados nacionalistas. Además de profesional, era un ejército casi del todo colorado... pero no batllista. Entre otras cosas porque en sus presidencias Batlle fragmentó y redistribuyó las unidades militares en el territorio, de modo que ningún mando tuviese demasiado poder. Durante la segunda presidencia de Don Pepe, en 1914, se habló mucho de un complot encabezado por el Coronel Manuel Dubra, en el que habrían estado implicados dirigentes colorados no batllistas. En 1917, ya bajo la presidencia de Feliciano Viera, tras publicar un artículo llamando a votar contra el batllismo en las elecciones legislativas, fue juzgado y guardó arresto. El capítulo que Caetano dedica al tema militar es de los más interesantes del volumen.

No todos los contenciosos entre el bando republicano–solidarista y el liberal conservador, con sus diferentes líderes intelectuales, empresariales y partidarios, se resolvieron con la victoria de una u otra parte. La Constitución del 17 se alcanzó por pacto, estableciendo un poder ejecutivo bicéfalo, con un Presidente de la República que tenía a su cargo la defensa nacional, la política exterior y la seguridad interna, y un Consejo Nacional de Administración que controlaba los ministerios que se ocupaban de los fines secundarios del Estado, y en el que podía tener representación el Partido Nacional (de hecho el Dr. Herrera presidió el Consejo entre 1925 y 1927, y si no fue electo Presidente de la República en 1926 ni en 1930 fue más por las escisiones en su propio partido que por la unidad y poderío de los colorados) . El caso es que no era ni el colegiado pleno que deseaba Batlle ni el presidencialismo puro que postulaban sus contradictores.

Con respecto a los valores nacionales de los que el uruguayo medio se siente orgulloso, como la legislación social y el respeto al sufragio, cada quien tiende a creer que la tradición con la que se identifica aportó todo lo bueno. Caetano muestra una realidad mucho más abigarrada y contradictoria: la prevención contra el imperialismo norteamericano fue una bandera que un probado conservador como el Dr. Luis Alberto de Herrera levantó primero que ninguno, el batllismo dio al país muchas leyes sociales avanzadas pero en materias como el voto secreto y la representación proporcional se le debe bastante más a los liberales conservadores. El uso de algunos adjetivos en la época sorprenderá al lector actual desprevenido, sobre todo si lee con una perspectiva de izquierda: para las elecciones legislativas del 14 de enero de 1917 los sectores conservadores se agruparon en la llamada “Coalición popular” y una de sus consignas principales era desalojar del poder a una oligarquía de políticos profesionales, es decir, a los batllistas y sus aliados.

Lo político y lo personal. Los enfrentamientos entre las figuras de este período muchas veces pasaban del plano ideológico al personal y eran muy violentos. En un Congreso de la Federación Rural, Baltasar Brum trató de “señor latifundista” a Carlos Reyles, quien respondió tratándolo de “señor imbécil”. El prometedor político nacionalista Washington Beltrán (1885-1920) murió en un duelo con José Batlle y Ordóñez. Pero hubo otros casos en que los adversarios fueron a la vez amigos, como Pedro Manini Ríos y Domingo Arena, diametralmente opuestos en la interna colorada, pero tan cercanos que ni el apoyo del primero y el rechazo del segundo a la dictadura de Terra logró distanciarlos.

“Genealogías”, el subtítulo de este libro, da una clave de lectura sobre todo para quienes lo abordan sin ser historiadores o docentes de historia. Son esas familias ideológicas del Uruguay de principios del siglo XX —lo mismo que las “dinastías” partidarias que arrancaron por ese entonces e incluso en el siglo XIX— que tienen sus descendientes en la actualidad, y por eso son posibles fenómenos como la actual coalición de gobierno —también llamada “multicolor”— o el peso político del nieto del fundador del riverismo, por más que el Senador Guido Manini Ríos no actúe dentro del lema “Partido Colorado”. Huelga recordar que el actual Presidente de la República es bisnieto del Dr. Luis Alberto de Herrera. Por lo expuesto, este libro de Caetano puede ayudar a la comprensión de las complejidades políticas de hoy.

Son de lamentar unas pocas erratas en fechas, así como también algunas variantes en el nombre de algún personaje aludido que, aunque no empañan la valía de este volumen, deberán corregirse en futuras ediciones.

EL LIBERALISMO CONSERVADOR, de Gerardo Caetano. Banda Oriental, 2021. Montevideo, 412 págs.

¿Encontraste un error?

Reportar

Temas relacionados

premium

Te puede interesar