Mercedes Estramil
LAS CINCO novelas de Cheever son obras de madurez de un escritor condenado a ser desde joven uno de los mejores cuentistas norteamericanos. Puestas en la balanza con decenas de cuentos que lo hicieron estrella de The New Yorker y otras publicaciones, esas novelas carecen de los elogios unánimes de aquéllos. Y no se sabe bien por qué. Hasta la aparición pública y póstuma de sus Diarios (1991), que mostraron cuánto de la vida de Cheever se había camuflado en sus relatos, las novelas habían canalizado, con la culpa y el exhibicionismo de rigor, su vida privada. La que contenía el alcohol y la bisexualidad, la depresión y los secretos familiares.
Los cuentos pasaban una y otra vez la película realista sobre un sector de la clase media norteamericana: el que creía con la misma fe en las posibilidades redentoras de una botella de gin, una fiesta con amigos o una reunión familiar. Gente que no tenía que ver nada más que con sus trabajos y sus familias: en Cheever no está la Norteamérica del crimen organizado ni la política ni las guerras, sino la de la gente común, ésa que sólo es tapa de periódico local cuando le ocurre una desgracia. El sueño y el estilo de vida norteamericanos, especies patentadas, eran expuestos descarnadamente como un simple fraude. La gente era infeliz, y lo sabía, y seguía adelante fingiendo que no lo era y que no lo sabía. Después de todo, vivía en carreteras secundarias, ciudades dormitorios y pueblos jardines de un país próspero. Cualquier deuda psicológica se canjeaba con los pagarés transitorios del alcohol y los tranquilizantes.
El autor pasó de ser un ciudadano medio que no había terminado el secundario a ser la conciencia crítica de la clase media.
LA FELICIDAD. John Cheever nació el 27 de mayo de 1912 en Quincy (Massachusetts) y el episodio fundador de su leyenda parece haber sido la expulsión que sufrió en el colegio a los diecisiete años. Enseguida escribió el relato "Expelled", y The New Republic lo publicó el 1º de octubre de 1930. En plena Depresión un muchacho de dieciocho años trasladaba su fracaso educativo al sistema, y escribía sin vueltas: "Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro presidente es el mejor presidente del mundo. [...] El desempleo es un mito. La insatisfacción es una fábula. En el colegio, Estados Unidos es siempre hermoso. Es siempre la gema del océano y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree. Porque se vuelven indiferentes. Porque se cansan y se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor y pasa el tiempo mirando al cielo raso para no ver la suciedad del suelo. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor. Pero no diré más. No estoy en situación de hablar". Cheever tampoco lo estaba en ese entonces, aunque su primer adolescente literario ya anticipaba nada menos que al Holden Caulfield de Salinger (muchacho que retroalimentaría a varias generaciones). Pero lo estaría pronto. En la década del cuarenta sus publicaciones en la prensa se hicieron regulares, a la par que su vida parecía estabilizarse con esposa y tres hijos.
Los fantasmas o demonios o problemas estaban tan agazapados detrás de él como detrás de sus personajes. Tras la muerte de su madre, en 1956, Cheever los llevó a la ficción larga.
Crónica de los Wapshot (1957) y El escándalo de los Wapshot (1964) se inventaban el pueblo mítico de Saint Botolphs con un coro de personajes donde brillaban los hermanos Moses y Coverly. Bullet Park (1969, traducida Suburbio en algunas ediciones) dejaba la saga y se metía en un reducto suburbano sin magia y cargado de presagios funestos. Falconer (1977) entraba al micromundo carcelario de la mano del fratricida Ezequiel Farragut, un profesor universitario drogadicto y padre de familia que antes de fugarse de la cárcel liberaba su homosexualidad. Y por fin la breve Parecía un paraíso (1982) seguía los pasos del viejo Lemuel Sears, empeñado en rescatar de la industrialización un trozo de naturaleza. Ese es el itinerario novelístico que un fan de Cheever, el argentino Rodrigo Fresán, define como una "odisea mística". La saga Wapshot muestra la expulsión del paraíso, Bullet Park es el adormecido purgatorio, Falconer el infierno, y la novela despedida, terminada el año de su muerte (1982), un epifánico retorno al edén. Seguramente Cheever no planificó ese quinteto con la precisión con que se lee ahora, pero lo cierto es que las novelas sugieren, dentro de su estrategia coral y digresiva (muchos personajes, muchas historias) un viaje iniciático con estaciones de luz y sombra, crimen y castigo, caída y ascenso. De adolescentes a treintañeros y a viejos, Bullet Park se ubica en el exacto medio, en la calma chicha. Su protagonista hace sonar como una alarma la pregunta de manual de la narrativa cheeveriana: "¿por qué la gente no es feliz?" Cuando esa pregunta suena, la fachada de sanidad se derrumba, y los personajes son expulsados de una periferia de ensueño a otra de pesadilla.
UN LUGAR. "Los faroles a lo largo del andén arden con una melancolía casi palpable. El escenario contiene en cierto modo la esencia de este asunto", dice un narrador casi al comienzo de la novela. En 1969 el suburbio neoyorkino de Bullet Park no era nuevo en la narrativa de Cheever. Ahí se ambientaba "El océano", un cuento hilarante escrito en 1963, en el que un marido paranoico temía ser asesinado por su mujer pero se negaba a admitirlo para no alterar el "orden" hogareño. Ahí estaba la casa de Neddy Merrill, protagonista de "El nadador" (1964), que cruzaba a nado las piscinas de su vecindario, reviviendo en pleno invierno afectivo lo que habían sido sus veranos. Detrás de esas mentes amenazadas —que Cheever tiene la inteligencia de no convertir en caso clínico, quizá por su desprecio a los psiquiatras— no está más que la vida misma: el envejecimiento, los sueños rotos, el fin del empleo, el "nido vacío", etc.
Bullet Park prepara y diseña, dividida en tres partes, el duelo sinsentido entre dos individuos, Eliot Nailles y Paul Hammer, un lugareño y un forastero, el Bien y el Mal, el yo y el otro. Nailles es el prototipo de habitante vinculado a un jardín, a unas paredes, y a rituales sociales, religiosos y deportivos que sirven de diques comunitarios a la gran inundación. Fuera de ellos, no es más que un vendedor de enjuague bucal, con la madre internada en un geriátrico, con una esposa adorable cuya castidad depende "de las puertas que mantuviese cerradas" (y no le faltan ganas de abrir algunas), y un hijo depresivo que no sale de la cama e implora "devuélveme las montañas". Algo mayor que una brecha generacional se esconde en ese acertijo que nadie resuelve, por más que un gurú y una experiencia límite provocada por Hammer, devuelvan la paz al hogar.
La significancia graciosa de los nombres ("nail": clavo; "hammer": martillo) se extiende a toda la comunidad, pegándose como un sello identitario. Biografías enteras caben en un detalle, como la de la viuda que vende la casa: "Era una mujer robusta, de pelo ondulado plateado amarillento, y tenía puesta una bata. En una de sus pantuflas había una rosa de paño; en la otra, no." En esos desfasajes milimétricos así como en las grandes elipsis (la discusión por celos entre el matrimonio) está la firma Cheever.
Y ésta quizá es su novela más divertida, aunque lo sea a expensas del horror íntimo que conjura. Es fácil ver en la dupla Nailles-Hammer retazos de su brega interna, y es clave que la historia del primero (buen padre, religioso, homofóbico) la cuente un narrador impersonal, y la de Hammer (el intruso, el criminal, el soñador) la cuente él mismo. Igual que el nadador del cuento, los dos hacen su recorrido punitivo: Nailles cambiando de trenes y Hammer cambiando de hoteles; pero sólo uno paga el terrible costo social de no "soportarlo más".
Ni qué decir que aquí se anota, como en toda su obra, una prosa de excepción, efectiva y seductora. Desde el primer capítulo se dibuja su huella: cuando un personaje se decide a comprar una casa que dejó de interesarle, los lectores ya estamos comprometidos con una historia que aún no nos interesa. En esa captura tiene mucho que ver lo que Sofi Richero denominó "un shock de placer normalmente asociado a la poesía", refiriéndose a los párrafos cheeverianos (en Insomnia No. 55, separata cultural de la revista Posdata). El lirismo de Cheever asociado a su humor y a su filo cortante, derrama aire suficiente para oxigenar el mundo que muestra. Un mundo que no se agota en la Depresión ni la posguerra ni los suburbios del Norte, porque se asocia con la naturaleza humana, con su genética afectiva y sus mapas existenciales de ciudadanía global.
BULLET PARK, de John Cheever. Editorial Emecé, Buenos Aires, 2006. Tr. de Juan Forn. Distribuye Planeta. 254 págs.