El siglo XVII al desnudo

La escandalosa vida adúltera de Samuel Pepys, funcionario real de la corona británica

Dejó unos "Diarios" que dicen mucho sobre el lugar de la mujer en aquella sociedad. Uno que hoy provocaría repugnancia.

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Samuel Pepys

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por Laura Chalar
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Samuel Pepys escribió uno de los diarios más entretenidos, escandalosos y a la vez perturbadores que han conocido los ingleses. Funcionario al servicio del Almirantazgo llevó, de 1660 a 1669, un diario personal, fuente extraordinaria de información sobre la Restauración y la vida pública y privada de un personaje complejo. Las imágenes que este relato evocan pueden resultar escandalosas en la actualidad, pero entonces eran aceptadas con normalidad.
En 1660, luego de la muerte de Cromwell y la renuncia de su hijo Richard —que lo había sucedido como Lord Protector—, cae el Protectorado y se produce la restauración monárquica en la persona de Carlos Estuardo, hijo del ejecutado Carlos I, que llevaba años exiliado en el continente.

Samuel Pepys, por entonces secretario del conde de Sandwich, formó parte de la comitiva enviada a Holanda para traer de vuelta al rey. En una de las primeras entradas del Diario, leemos que Carlos II vivía en tal pobreza que hubo que darle dinero para que pudiera desembarcar en su reino vestido como correspondía. Durante la travesía, el monarca entretuvo a sus compañeros de viaje contando las vicisitudes que había padecido hasta lograr escapar de Inglaterra luego de la victoria final de los Cabezas Redondas. En un lugar donde comió, “estaba sentado uno que había sido de su propio regimiento en Worcester; este no lo reconoció, pero lo hizo beber a la salud del Rey y le dijo que el Rey era por lo menos cuatro dedos más alto que él. (…) En otro lugar, en la posada, estando el Rey parado junto al fuego, con las manos sobre el respaldo de una silla, el posadero se arrodilló y le besó la mano en privado, diciendo que no le preguntaría quién era, pero que deseaba que Dios lo bendijera dondequiera que se dirigía”.

El primer destino del exilio había sido Francia. “En Ruán, tenía un aspecto tan mísero que la gente entraba a su cuarto antes de que se marchara, para controlar que no hubiera robado nada”.
Al llegar la flota a Dover, Pepys desembarcó con varios sirvientes y “un perro que el rey quería mucho (y que cagó en el bote, lo cual nos hizo reír y me dio a pensar que un rey y todo lo que le pertenece es igual a todos los demás)”.

Muy joven esposa. En 1655 Pepys se casó con Elizabeth St. Michel (1640-1669) de catorce años, hija de un inmigrante. Fue un matrimonio por amor, aunque tempestuoso y, del lado de él, marcado por la infidelidad. Anota su biógrafa Claire Tomalin en Samuel Pepys: The Unequalled Self (no traducido) que, por esta boda Pepys renunció a la posibilidad de una unión que lo ayudara a ascender en la escala social. Durante una pelea llamó “mendiga” a su mujer, probablemente porque no había traído dote al matrimonio. Ella no se quedó callada y se burló de él por ser hijo de un sastre.

La supuesta impericia de Elizabeth en el manejo de la casa era motivo de discusiones a veces violentas. En diciembre de 1664 escribe: (M)e enojé mucho y empecé a criticar a mi esposa por no dirigir a sus sirvientes como debería. Y entonces, como me contestó de mal modo, le di tal golpe sobre el ojo izquierdo que la pobre infeliz gritó de dolor, pero tan furiosa que trató de morderme y arañarme. Pero yo la acaricié hasta que dejó de llorar, mandé traer manteca y perejil (para el ojo) y entonces nos amigamos, y me quedé levantado, muy alterado al pensar lo que había hecho, porque tuvo que tener puesto un cataplasma o algo en el ojo todo el día, y lo tiene negro, y la gente de la casa lo vio”.

El mismo día Samuel se fue a visitar a la señora Bagwell, esposa de un carpintero de los astilleros reales. Esta mujer solía acostarse con él a instancias de su marido, a cambio de la adjudicación de trabajos a éste.
Otras veces Samuel reconocía la lealtad de su esposa, así como sus virtudes en épocas de vacas flacas. En febrero de 1666 dice: “Estuve mucho rato acostado en la cama, hablando agradablemente con mi pobre esposa, (recordando) cómo encendía fuegos de carbón y lavaba mi ropa sucia con sus propias manos, ¡pobre infeliz!, en nuestro cuartito en lo de Lord Sandwich; y por ese motivo debo amarla y admirarla siempre, y lo hago; y estoy convencido de que ella volvería a hacer lo mismo si Dios nos redujera otra vez a aquella situación”.

Si bien el Diario registra alguna ocasión en que Elizabeth creyó estar embarazada, la pareja no tuvo hijos. En julio de 1664, durante un festejo familiar al que no asistió su esposa, Samuel pidió consejo a sus primas sobre el tema y enumeró en su diario las recomendaciones recibidas: “1. No abrazar a mi esposa muy fuerte ni demasiado. 2. No cenar tarde. 3. Tomar jugo de salvia. 4. Tinto y tostada. 5. Usar calzoncillos frescos de lino. 6. Mantener el estómago tibio y la espalda fresca. 7. Cuando pregunté si era mejor hacerlo de noche o de mañana, me dijeron que ni una cosa ni la otra, sino cuando tuviéramos más ganas. 8. Que la esposa no lleve la ropa muy apretada. 9. Que yo tome cerveza y azúcar. 10. La Sra. Ward me recomendó que cambie de lugar. Sobre el 3°, 4°, 6°, 7° y 10° todas hablaron con gran seriedad, insistiendo en que eran reglas que debían ser seguidas, y en especial la última, acostarnos con la cabeza en donde van los pies, o al menos elevar la cama del lado de los pies y bajarla del lado de la cabeza”.
Pero el embarazo no llegó.

Engaño y abuso. El Diario contiene muchos datos sobre la vida sexual de Pepys. Sus affaires extramaritales son con frecuencia sórdidos. Al reseñar experiencias sexuales —con su esposa u otras mujeres—, suele emplear palabras en otros idiomas (latín, español, francés), no sólo para ocultarlas sino también, quizá, para “aumentar la excitación de revivirlas”, como explica Tomalin. Por ejemplo, esa mañana con Elizabeth en mayo de 1668 (las palabras en redonda están así en español en el original): “Me desperté temprano y me quedé acostado hazendo doz vezes con mi moher con grando placer para mí y ella; y luego nos pusimos a hablar, y al rato nos levantamos”.

Elizabeth sólo descubrió una de las infidelidades. La mujer era su dama de compañía, Deborah Willet. “Deb” era adolescente cuando entró al servicio de los Pepys. No pasó mucho tiempo hasta que Samuel comenzó a sentarla en su falda, besarla y acariciarla regularmente. Una noche, Elizabeth, “apareciendo de pronto”, los encontró in fraganti, “con mi main (en francés en el original) en su coño. Yo quedé completamente desconcertado y la chica también”.

Elizabeth reaccionó con desesperación y furia. Durante noches enteras mantuvo a Pepys despierto con insultos y recriminaciones. Además, se abandonó físicamente persistiendo en no lavarse hasta que al fin, “luego de cuatro o cinco semanas de estar continuamente sucia”, se higienizó. En el ínterin, Deb había sido despedida y conseguido otro empleo, aunque Pepys siguió buscándola, porque “quiero tener la virginidad de esta chica (…). Pero se irá y no sé a dónde”. Por fin, tras una última cita a la que faltó, dejando plantado a Samuel, Deb desaparece del Diario y de la historia.

Hubo encuentros sexuales aún más predatorios. Véase el caso de “la pequeña señorita Tooker”, hija o sobrina preadolescente de un empleado de la Marina, de quien en junio de 1666 dice: “la tuve en mi habitación toda la tarde, e hice lo que quise con ella”. Dice Tomalin que “no había edad mínima de consentimiento, y su madre estaba perfectamente dispuesta a entregarla y ella a cooperar con Pepys; pero para nosotros es una víctima infantil, y según los estándares actuales lo que él hizo lo hubiera llevado a la cárcel”.

Igual de escalofriante es una entrada de febrero de 1667: “subiendo por Ludgate Hill, vi a dos galanes y sus lacayos tomando a una linda muchacha que a menudo he mirado y que hace poco puso una tienda en la colina, vendiendo cintas y guantes. Intentaron arrastrarla a la fuerza, pero la chica fue, y creo que recibió lo suyo, pero ¡Dios me perdone!, cómo deseé estar en el lugar de ellos”. Al menos cuatro hombres contra una mujer. Es probable que “la chica fue” porque sabía que cualquier resistencia era inútil. Nadie iba a intervenir. Samuel no lo hizo.

La que sí pudo defenderse —a diferencia de la pequeña Tooker o la mercera violada en manada— fue la “doncella bonita y modesta” que Pepys quiso manosear en la iglesia en agosto de 1667, y que, alejándose de él, sacó alfileres del bolsillo “para pincharme si la tocaba de nuevo”, lo cual lo disuadió.

El gran incendio. A lo largo de cinco días de verano, en setiembre de 1666, Londres ardió de forma feroz. Aunque las autoridades tomaron medidas para frenar el avance del fuego, un fuerte viento propagó las llamas haciendo estragos en una ciudad donde la mayoría de los edificios todavía era de madera.
El incendio empezó en una panadería a la medianoche del domingo. A las tres de la mañana Pepys fue despertado por la sirvienta, pues desde la ventana se veían llamas. A él le pareció que estaban lejos. Por la mañana, subiendo a la Torre de Londres, vio “las casas al otro lado del puente todas en llamas, y un enorme fuego infinito a uno y otro lado”.

Al bajar, observó con angustia que la gente intentaba “sacar sus bienes, tirándolos al río o llevándolos a las barcazas; los pobres se quedaban en sus casas hasta que el fuego las tocaba (…). (N)oté que las pobres palomas no querían abandonar sus casas, sino que revoloteaban en torno a ventanas y balcones, hasta que algunas de ellas se quemaron las alas y cayeron”.
Por orden del rey llevó instrucciones al alcalde de Londres, que “exclamó, como una mujer que se desmaya: ‘¡Dios! ¿Qué puedo hacer? Estoy agotado: la gente no me obedece. He demolido casas, pero el fuego nos alcanza más rápido de lo que podemos hacerlo’”.

Esa tarde, desde un bote y junto a su esposa, Samuel se acercó al fuego “tanto como el humo nos dejó; y todo sobre el Támesis, de cara al viento, uno casi se quemaba con la lluvia de ascuas”. Cuando no aguantaron más el humo y el calor, se fueron a una pequeña taberna “y nos quedamos allí casi hasta que oscureció, viendo crecer el fuego; y, a medida que oscurecía, se lo veía más y más, en esquinas y campanarios, entre iglesias y casas (…) una horrible, maliciosa y sangrienta llama, no como la buena llama de una hoguera común”. La visión lo hizo llorar. Al otro día, lunes, Pepys empezó a vaciar su casa sin saber que ésta acabaría por salvarse. El martes enterró en un pozo sus vinos y su queso parmesano. El miércoles, después de haber intentado dormir en el piso de su oficina, supo que el fuego se acercaba a su calle y evacuó a su mujer y a los sirvientes. El viento ya amainaba. El jueves el fuego empezó poco a poco a extinguirse, pero el paisaje familiar de la ciudad había quedado arrasado.

El humo y las brasas persistieron durante meses, al igual que las pesadillas de Samuel, que en febrero de 1667 afirmaba no poder dormir “sin gran terror del fuego; y esta misma noche estuve despierto casi hasta las 2 de la mañana pensando en el fuego”.
Pepys dejó de escribir en 1669. Creyó, erróneamente, que se estaba quedando ciego. Fallecida Elizabeth, vivió tres décadas más en compañía de Mary Skinner, una mujer con la que nunca se casó, pero a quien contempló en su testamento.

 

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