La desgracia argentina

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Álvaro Ojeda

EN 1979 ROBERT J. Cox, editor del Buenos Aires Herald, sostuvo una entrevista con el Ministro del Interior del llamado "Proceso de Reorganización Nacional", el General Albano Harguindeguy. Un rato antes, Cox había asistido a una conferencia de prensa en la Casa Rosada, razón por la que llevaba encima un pequeño grabador. Azar, astucia, acto fallido de un hombre atormentado por las rutinarias desapariciones de personas en la Argentina de esos años, olvidó apagarlo. No era la primera vez que Cox y Harguindeguy se encontraban. Cox tenía una opinión precisa acerca del ministro: un energúmeno demasiado parecido al criminal de guerra nazi Hermann Göering. La conversación se centró en los desaparecidos. Harguindeguy recriminó a Cox por la campaña desatada contra el gobierno desde el Herald:

"-Pero esos artículos que publicó hoy… nos dan bastante duro.

-No es una cuestión personal. Hay sesenta periodistas desaparecidos.

-¿Sesenta?-preguntó Harguindeguy.

-Sí.

-Hay algunos presos. Gente que está metida en…

-No. Hay sesenta periodistas desaparecidos-insistió Cox.

-¿Nada más que sesenta?-respondió el general."

Destinos. Guerra sucia, secretos sucios debió ser un libro de memorias. Si bien Cox guardó cada una de las cartas de los familiares de los desaparecidos recibidas en la redacción del Buenos Aires Herald entre marzo de 1976 y diciembre de 1979 -cartas que aún están en su casa en Charleston, Carolina del Sur, ciudad donde finalmente se exilió con sus cinco hijos y su esposa Maud en 1981- la tragedia sólo le permitió escribir el prólogo del presente libro. Fue su hijo David -también periodista y escritor- el que asumió la tarea de revivir la silueta de su padre escribiendo como un poseso en la cocina de su casa en la avenida del Libertador en Buenos Aires, hasta que el sol se filtraba por los pliegues de las cortinas. Fue David el que describió la atmósfera cargada de olor a café y sudor que rodeaba a su padre durante esas noches desasosegadas en una ciudad sin piedad. Como soporte esencial de esta historia, David utilizó el diario personal de su madre Matilda "Maud" Daverio -una sagaz y valerosa mujer de origen ítalo inglés- lo que le otorga al texto un tono a medio camino entre el relato íntimo y la crónica histórica. Llegado a la Argentina en 1959 como simple periodista del Herald, Cox mostró las uñas durante la dictadura del General Onganía en lo que constituyó una declaración de fe liberal y una profecía sobre su destino personal y el destino de su país adoptivo. El 29 de julio de 1966 escribió: "La campaña de moralidad, aliada con la necesidad de mantener la dignidad, por lo menos ha revelado la filosofía del gobierno que reemplazó al depuesto presidente Illia. La policía patrulla las plazas para expulsar a las parejas que se están besando. Piensan subir la edad de admisión a las películas para adultos a los veintidós años. Es exactamente la misma política que adoptó Franco cuando quiso cubrir las bikinis de las turistas en la Costa Brava. Pero Argentina no tiene turistas que disuadir y Franco perdió la batalla."

Cuando en 1974 la muerte de Perón deje al desnudo el carácter filo-nazi de los militares asociados al peronismo ortodoxo y el terrorismo practicado por su contraparte -la izquierda revolucionaria- Cox continuará con la misma conducta iniciada en 1966. Las víctimas en mayo de 1975 ascendían a 475, los desaparecidos ya se contaban por cientos. Cox denuncia: "Créase o no, hay muchos argentinos que, proclamándose respetuosos de la ley, no obstante aprueban los asesinatos políticos que están manchando de sangre la reputación internacional del país. Aprueban el asesinato; es decir, siempre y cuando las víctimas sean del otro bando. Para algunos ciudadanos respetuosos de la ley la violencia es aceptable -incluso bienvenida por aquellos que han dejado de pensar- siempre y cuando las víctimas sean zurdos."

Cara a cara. Pocos meses después del Golpe del 24 de marzo de 1976, Cox fue invitado a un encuentro formal con el general Jorge Rafael Videla, presidente de la Junta Militar. El dictador había mantenido encuentros similares con figuras prominentes de la cultura argentina. Todo configuraba una puesta en escena para mostrar al mundo la moderación del régimen, su talante democrático, su espíritu ilustrado. Cuenta David Cox que su padre fue conducido a un pequeño anexo del despacho presidencial en donde se encontró con otros dos colegas de la prensa que también habían sido invitados. Instantes después ingresó Videla, de impecable traje gris. Luego de saludar a los periodistas, comenzó a discursear sobre la ley y el orden y el esfuerzo del gobierno en tales empeños. El relato es impecable: "Los otros periodistas tomaban nota, asentían y murmuraban su aprobación. Cox, atormentado por lo que sabía, barboteó: `Pero señor presidente, las desapariciones continúan. ¿Acaso no piensa detenerlas?` La actitud confiada del general Videla se esfumó al instante."

Resulta sugestiva la justificación que los periodistas expresaron al escuchar el reclamo de su colega: a veces para enderezar las cosas, los gobiernos tienen que apartarse de la legalidad. En la entrada de ese día y refiriéndose a Videla, Cox padre escribió: "En ese momento comprendí que no controlaba las cosas. No quería enfrentar el problema. Me tomó por sorpresa, porque parecía tímido. Parecía un conejo dispuesto a la huida. Estaba nervioso. Era un hombre extraño y no tenía presencia de mando."

La opinión es lapidaria, al igual que los documentos -tanto escritos como gráficos- que el volumen presenta. Entre estos últimos se puede observar una fotografía de 1983 en donde un Cox sonriente está a punto de ser acariciado en el rostro -acaso ya lo ha sido- por una de las Madres de Plaza de Mayo. Pero hay una foto en la que reza "Circa 1978 Robert J. Cox" y que define al hombre y su situación. Detrás de un teléfono gigantesco por efecto de la toma, con una luz cenital que asoma por una ventana más presentida que vista, Cox aparece en mangas de camisa, con el nudo de la corbata casi bien anudado y el pelo revuelto. Los ojos azorados reconocen lo que ven, se horrorizan, se abren.

GUERRA SUCIA, SECRETOS SUCIOS, de David Cox. Sudamericana, 2010. Buenos Aires, 311 págs. Distribuye Random House Mondadori.

Haroldo Conti

David Cox

"GRAHAM-YOOLL escribió la historia de la desaparición de Conti y se la entregó a Cox, quien decidió publicarla a pesar de las prohibiciones del gobierno. La vida de Conti estaba en peligro y, si se informaba sobre su desaparición, los militares podrían sentirse presionados a anunciar su arresto y juzgarlo, o bien dejarlo en libertad. Para que los informes de secuestros tuvieran una fuente oficial, Graham-Yooll sugirió que familiares de los desaparecidos acudieran al Herald para conseguir órdenes de habeas corpus y las completaran con la autoridades. Cox le hizo notar a Graham-Yooll que había un problema de base: los abogados dispuestos a firmar las órdenes en nombre de sus clientes también estaban desapareciendo. Además, no había que perder tiempo buscando abogados valientes. La noticia se publicó en primera plana y el Herald fue el único medio de prensa que informó sobre el secuestro."

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