Jorge Abbondanza
EL MIÉRCOLES QUE VIENE a las 19:30 horas se abrirá en el Espacio Cultural Contemporáneo (Plaza Independencia 737) una exposición de pintura de Hermenegildo Sábat que se titula "Héroes de la dependencia". Nacido en Montevideo en 1933, pero radicado en Buenos Aires desde 1966, el artista es famoso por sus dibujos periodísticos, terreno en que se incluye El País Cultural. Incursiona desde hace décadas en la pintura, ha publicado varios libros y ha obtenido importantes reconocimientos internacionales hasta alcanzar un plano de indiscutible consagración. Hace 46 años, conocí a Sábat cuando ingresé a la redacción del diario El País y me encontré con ese individuo de actitud grave y voz profunda, que nunca dudaba al lanzar sus opiniones. Cerca de cumplirse medio siglo de aquel primer contacto, Menchi sigue siendo el mismo, con su talento confiado diariamente a la hoja de papel, su gesto ceñudo, su velada cordialidad, su palabra sonora, su humor subterráneo y su buena memoria. Desde este balcón montevideano, hojear asiduamente el matutino porteño Clarín es una manera de cruzar con él un saludo silencioso para detenerse en la melena que le dibuja a Cristina Kirchner o en los brazos abiertos con que Perón sigue saludando a sus huestes desde el siglo pasado.
Algunos lenguajes artísticos crecen igual que los terrenos aluvionales, donde la materia va depositándose lentamente y de paso enriquece el campo que la recibe. En la obra de Sábat han ido sedimentándose no solo la experiencia profesional o las lecciones que deja la vida, sino también su visión del mundo y de la fauna que lo puebla, de modo que a esta altura de su trayectoria esa visión se ha vuelto más perforadora y a la vez más ancha, como si a través de la pintura de hoy el trazo de sus antiguos dibujos hubiera echado raíces que multiplican su alcance representativo y las referencias que traslucen.
Porque los héroes de la dependencia que ahora retrata no son individuos con identidad personal, sino con rasgos genéricos que se funden en ellos como denominadores comunes, insinuando de cuántas maneras la huella de la realidad y el paso de los años imponen a esos rostros un sello igualador, una mirada turbia o alucinada y un gesto a menudo agrio, en medio del desfile donde las escasas sonrisas compiten desventajosamente con las bocas contraídas o con algunos gritos, sombreados por el rastro de una decrepitud no solo externa. En las buscadas notas de fealdad y ocasional grotesco, en los indicios de una deformidad que Francis Bacon aprobaría muy complacido, hay reflejos de la observación penetrante, la sagacidad y la perversa distorsión facial que son los acentos de la caricatura, un género en el que Sábat se ha ejercitado victoriosamente durante décadas.
La suma de esa frecuentación se vuelca ahora en este friso dejando allí la impresión digital del artista, desembocando en otros encarnizamientos (a veces burlones, a veces malvados) sobre los cuales pesa la carga de intenciones que está implícita en el vocablo que define al género. La diferencia consiste en que estos héroes ya no encarnan a un ejemplar de la especie sino a muchos, son depositarios de caracteres compartidos y producto de esa superposición que opera como los trucos digitales donde numerosos semblantes se suceden velozmente sobre la misma silueta, hasta que el resultado final parece la mezcla de todos ellos. Aquí esa mezcla alude a los seres anónimos que pueden cruzarse en la calle o integrar una muchedumbre, acaso también a una casta dirigente en cuya fachada asoman otros rasgos interiores más descompuestos o quizás al ojo desencantando que se ha detenido sobre ese prójimo durante más tiempo del que cabe sobrellevar con piedad o con indulgencia.
Entonces, lo que el artista hace cantar aquí no es una voz sino todo un coro, y esa opción es similar a lo que ocurre cuando al impulso de un escritor no le basta con la medida de un cuento y tiene que expandirlo en el espacio de una novela, o cuando la necesidad de un compositor desborda el marco de una sonata para internarse en la clave mayor de una sinfonía. Porque esta muestra de Sábat tiene una fecundidad narrativa y por otro lado también tiene una complejidad sinfónica, al lograr un acuerdo para que todas sus voces (es decir, todas sus máscaras) canten a la vez.
En esa ojeada se cuela además la forma en que ha ido girando la mirada del pintor sobre sus congéneres, los estados de espíritu con que él mismo se sumergió durante buena parte de la vida en su tarea gráfica y las conclusiones que ha extraído de ella, cuando esa mirada finalmente trasciende el dato concreto -una celebridad popular, un mandatario, una figura histórica- para abrirse como si remontara un delta hasta desaguar en la cara de nadie, que es la cara de todos. Esa amplitud y esa diversidad atrapadas por Sábat en su catálogo de monstruos, deben leerse igual que placas radiográficas cuyo valor consiste en transparentar lo que va por dentro, desde la pesadumbre o la ferocidad hasta el abatimiento o el ridículo, pasando por muchas sensaciones regocijantes o sombrías. Son el corte transversal de la humanidad con la que se convive, que el artista obliga a comparecer despojada de toda ilusión embellecedora y casi todo perfil redentor.
El resultado que obtiene descansa en la maestría con que esgrime sus recursos manuales, una paleta de la que puede llover un tonalismo frío o que a veces puede estallar en un empaste de cromatismo brillante, siempre controlada por una búsqueda donde el color funciona igual que el altibajo de las emociones o el contraluz del sosiego y la violencia. A veces ese color está aplicado como líneas, manchas, barras o chorros de formidable energía, tan reveladores de la naturaleza de cada personaje que dejan de ser un medio técnico de lenguaje y se convierten en un fin donde se descifra su carácter. Los héroes de Sábat habilitan así un triple disfrute, el de ironizar junto con él sobre la dependencia que en tantos sentidos desmiente la celebración de los bicentenarios emancipadores, el de recorrer los virtuosismos de formulación y el de palpar por debajo de todo ello el filo múltiple con que los retratos se internan en la faz verdadera de los hombres y de la realidad. Nada menos.
Este texto se publica en el libro-catálogo que acompaña a la muestra.