por Ionatan Was
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Un río de aguavivas podrá ser muchas cosas, buenas y malas. El universo de lectores con sus remilgos y sus melindres es inescrutable, imposible de medir, en especial cuando la obra hace gala de la exageración, la hipérbole constante, hasta rebasar lo permitido y un poco más. Aun así, la osadía lingüística revela una grandísima verdad: los extremos son posibles. Pueden convivir perfectamente, complementarse. La irreverencia y la poesía, bien trabajadas, no son tan distintas.
Un poco de eso trata este experimento multisensorial de Agustín Acevedo Kanopa. Salirse del tono, los buenos modales, y romper formalismos casi hasta la grosería.
El lector temblará al principio, cuando, sin entender mucho, se encuentre con una parrafada que es también parlamento en el que se hace gala de la jerga más explícita, sin escrúpulos ni miramientos posibles. Y al mismo tiempo, el autor nos lleva por una prosa particular y muy suya, trabajada, estudiada, con sus metáforas sutiles y un abanico amplio de vocabulario. Por ahí va la clave para el disfrute. Lograr entender la hibridez, el sincretismo en toda su belleza que trae Un río de aguavivas.
Este lenguaje, sobre todo hiperrealista, no es antojadizo ni mucho menos, desde el momento en que se narra una banda de cumbia, justo cuando dicha moda llega a su cenit. Es Uruguay, en pleno año 2000, con todos los cambios del nuevo milenio. Está llegando Internet, los teléfonos Movicom, la nueva tecnología; un técnico extranjero como Passarella (y no Víctor Púa) asume en la selección de fútbol. Y mientras, la juventud uruguaya se decanta por canciones que, más que de amor, hablan de mayonesas, batidos, frutas y otras excentricidades. Y con las canciones vienen los bailes y los contoneos, transmutados del escenario al público y regado por todas partes. Tensión 2000 es una de estas bandas, que como todas tendrá su cuarto de hora. Cuatro músicos con sus historias (aunque mucho más con sus futuros al estilo flashforward), recorren la ciudad en una camioneta al influjo del manager futbolero pasado de kilos, arrogante, pseudo todopoderoso. Tocan primero en un boliche con su espuma delirante, para seguirla en el Este de la ciudad en una fiesta de 15 de lo más refinada, clímax imperdible para una novela picante como río de aguavivas.
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UN RÍO DE AGUAVIVAS, de Agustín Acevedo Kanopa. Estuario, 2022. Montevideo, 212 págs.