por Ramiro Sanchiz
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Se tenga la opinión que se tenga sobre la obra de William S. Burroughs (1914-1997), sería un despropósito negar el vasto impacto que ha tenido su figura —pensémoslo incluso como su “personaje”, ese papel que desempeñó en el sistema de la literatura en inglés del sigo XX— sobre la cultura pop y el mundo de las artes. A la vez, desde bandas de rock que tomaron sus nombres de libros y personajes de Burroughs (Soft Machine, Steely Dan, Canned Heat) o los incorporaron a sus letras (Iggy Pop, Joy Division, David Bowie) hasta apariciones en videoclips (“Last night on Earth” de U2, “Just one fix”, de Ministry) y en películas (Drugstore Cowboy, de Gus Van Sant), por no mencionar la larga lista de escritores y pensadores que se han dicho inspirados por la escritura y las ideas de Burroughs (Robert Anson Wilson, Kathy Acker, Poppy Z. Brite, Nick Land, Terence McKenna), es tan fácil pensar la figura o caricatura de Burroughs —y una suerte de resumen de sus ideas— como difícil encontrar lecturas o lectores digamos “rigurosos” de sus libros, en particular los más arduos o experimentales. Pareciera, en definitiva, que William S. Burroughs en tanto figura o icono se ha vuelto más importante o fascinante que los libros que firmó.
Es posible que buena parte de este desequilibrio entre el personaje o figura y los textos en sí se deba al intenso magnetismo o fascinación ejercidos por la terrible peripecia vital de Burroughs. A modo de repaso en fast forward: adolescencia y juventud tan fascinadas como repelidas por la homosexualidad, deseo de adentrarse —dando más o menos la espalda a la clase media alta a la que pertenecía su familia— en un submundo marginal y esotérico, descubrimiento de los opiáceos y otras drogas, trabajos vagamente extravagantes y retrospectivamente adecuados por lo siniestro implícito (exterminador de insectos, por ejemplo), primeros periodos de adicción a la morfina, arrestos y prisión, huida a México (para evitar la prisión en la terrible cárcel de Louisiana conocida como “Angola”), estudios intermitentes de antropología y arqueología, obsesión con la cultura maya, el célebre asesinato de su esposa (mientras, se diría después, representaban su “rutina de Guillermo Tell”), la escritura de las novelas Yonqui y Marica, la huida a Tánger, la escritura de El almuerzo desnudo —novela que le daría la fama de autor difícil—, los años en París y el montaje, a partir de textos escritos durante su trabajo en El almuerzo desnudo, de la llamada Trilogía Nova (La máquina blanda, Expreso Nova, El tíquet que explotó), la década y pico pasada en Londres, donde escribió Los chicos salvajes, empezó a frecuentar a celebridades del mundo del rock (como Jimmy Page, David Bowie y Lou Reed) y se involucró con la cienciología, el regreso a New York y su trabajo como periodista cultural, la escritura de los libros Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos y Las tierras occidentales, y sus últimos años en Kansas, dedicado a la pintura y la magia del caos.
En cuanto a sus libros, el más accesible es el primero publicado, Yonqui, de 1953, que parece, engañosamente, la narración simple y brutal de la experiencia de su autor como adicto y delincuente, pero que esconde por tantos de sus rincones verdaderos momentos de horror, como por ejemplo la ominosa reconstrucción del valle del Río Grande como una Zona perturbada y perturbadora (a la Stalker, de Tarkovksy, o a la manera de la Santa Teresa de Roberto Bolaño en 2666) sobre la que “se cierne una premonición de fatalidad (…) la muerte es la ausencia de vida. Allí donde la vida se retira, la muerte y la podredumbre avanzan. Sea lo que sea —la fuerza vital, los orgones— lo que debemos acumular para seguir con vida, ya no queda mucho de eso en el Valle. La comida se pudre antes de que puedas llevarla a tu casa. La leche se agría antes de terminar de comer. El Valle es un espacio en el que la fuerza de la anti-vida no deja de avanzar”. O también la descripción de ciertos adictos como una “clase de individuos (que) andan por los lugares en los que en otro tiempo ejercieron su anticuado e innombrable comercio (…) ¿Cuál es esa actividad ya perdida? Sin duda alguna cualquier tipo de servidumbre que tuviera que ver con la muerte (…) quizá almacenen en sus cuerpos algo —una sustancia para prolongar la vida— que sus amos pueden extraer periódicamente, ordeñar”.
El tono de estos fragmentos apunta ya al clima siniestro y demente de El almuerzo desnudo (1959) y sus visiones de, entre otras cosas, el colapso posthumano de la civilización en el corazón de tinieblas de un siglo XX ya alternativo; compuesto más como un álbum de viñetas o “rutinas”, El almuerzo… rompe con la novela convencional (es decir, la decimonónica, que para la fecha de publicación del libro en rigor llevaba ya décadas muerta y enterrada), con la centralidad de la anécdota y los personajes, la narrativa secuencial y la lógica lineal, y todavía hoy, pasados sesenta y cuatro años desde su primera publicación, es un verdadero reservorio de pesadillas y momentos de belleza brutal, a la manera de una pintura de Brueghel infestada de ciempiés y alimañas alienígenas.
Son pocos los lectores que avanzan hacia la zona todavía más difícil de la obra de Burroughs. Sin embargo, la Trilogía Nova (1961-1967), compuesta con algoritmos mecánicos (el “cut-up” y el “fold-in”, que superponen una página con otra y ensamblan un texto emergente) y pensada más como un proceso maquínico que como una serie de libros “terminados”, podría ser su experimento más importante como autor, en tanto influyó —con su apelación a una suerte de inteligencia artificial analógica hecha con tijeras y goma de pegar, preparada para ensamblar un texto-objeto instalado más allá de su legibilidad, un poco a la manera del Finnegans Wake de James Joyce— el pensamiento y la praxis de al menos tres generaciones de artistas, entre ellos músicos como Brian Eno y escritores del siglo XXI como el australiano-checo Louis Armand y los estadounidenses Blake Butler y Mike Corrao.
Si se prefiere evitar este territorio —difícil de recorrer, muy mal traducido al español y peor editado—, la mejor opción es saltar a Las tierras occidentales de 1987, la última novela publicada por Burroughs, que culmina la llamada “trilogía de la noche roja”, marcada por sus referencias a géneros pulp como el western, las ficciones de piratas (incluyendo piratas ucrónicos en Ciudades de la noche roja, primer libro de la serie), la ciencia ficción, el horror y la narrativa histórica.
Malas traducciones. En definitiva, si las vidas de los escritores suelen ser aburridas, ese no es el caso de la de William Burroughs, que abunda en imágenes icónicas y momentos emblemáticos —los cuartuchos de New York, infestados de cucarachas, donde Burroughs leía a William Blake con los poetas de la generación beat; las terrazas de Tánger entre prostitutos, proxenetas, adictos, fugitivos y colaboradores en el gran informe extraterrestre sobre la vida de los primates humanos; París y Londres entre bohemios y artistas radicales como Brion Gysin; New York una vez más pero esta vez en el epicentro de la new wave, con Patti Smith, Andy Warhol y Susan Sontag; los días finales del anciano decrépito que practicaba tiro todas las mañanas, después de su inyección de metadona— y, como parece lógico esperar, en biografías.
Si se quiere leer en inglés, la mejor para empezar es William Burroughs: a life, de Barry Miles, pero si se prefiere el español el mejor punto de partida es Nada es verdad, todo está permitido, de Servando Rocha, publicado en 2014 por la editorial española Alpha Decay. Si bien el subtítulo (“el día que Kurt Cobain conoció a William Burroughs”) parece establecer que el centro del libro es ese octubre de 1993 cuando el líder de Nirvana visitó a uno de sus escritores favoritos, lo que ofrece Rocha es más bien un retrato fascinado del escritor (y, en segundo plano, del músico, que para el momento del encuentro al que refiere el libro, no tenía más de cinco meses por vivir), con un buen repaso de todos los momentos o etapas clave mencionados más arriba en esta nota.
Otra buena opción es el más reciente Forajido literario: vida y tiempo de William S. Burroughs, de Ted Morgan, hermosamente editado por Es Pop Ediciones. Quienes busquen opciones rigurosas o incluso académicas harían bien en evitarla, o mejor en leerla desde la advertencia de que se trata más de un libro que se pretende poseído por cierto espíritu burroughsiano —o, dicho de otra manera, que busca contagiar a su escritura de una empatía con el biografiado— que de una biografía más convencional y “seria”. Morgan tiene su propia visión (a veces convencional y aburrida, a veces sorprendente e interesante) acerca de quién fue o qué representa William Burroughs, y su narración de los hechos en la vida de este dan por sentada esa visión y la terminan de delinear. Abunda entonces la reconstrucción de diálogos o incluso de pensamientos o “monólogos interiores”, generalmente ensamblada a partir de un uso libre de fragmentos de El almuerzo desnudo o Las cartas de la ayahuasca, en una suerte de retroalimentación entre la obra de Burroughs y un relato posible de su vida. En ese sentido, Morgan habla desde la admiración y la pasión por la escritura de su biografiado, y el libro contagia con gran efectividad esos afectos a su lector. Se lo lee, por tanto, con entusiasmo: Morgan narra con competencia y tiene en su caja de herramientas una buena cantidad de trucos de contador de historias.
Algunas zonas de la vida de Burroughs reciben más atención que otras, como es de esperar; por ejemplo, así como es fascinante y revelador el espacio dedicado a la relación de Burroughs con su hijo William “Billy” Burroughs Jr., Morgan no soporta la trilogía Nova y apenas le dedica un par de páginas a estos libros, que —como queda en evidencia desde los excelentes prólogos de sus más recientes ediciones en inglés, a cargo del experto en Burroughs Oliver Harris— traman una historia de dudas y riesgos, reescrituras y relecturas, y un extraño vaivén entre un deseo de inteligibilidad o legibilidad y su contraparte de pulsión hacia lo hermético y lo esotérico. Del mismo modo, los últimos años son despachados a toda velocidad, pero esto se debe más bien a que Morgan publicó su biografía originalmente en 1988 —casi diez años antes de la muerte de Burroughs— y recién en 2012 la reeditó con el añadido de los dos capítulos finales, que refieren al periodo 1981-1997. Al leer estas páginas, sin embargo, se siente que carecen de la densidad emocional del resto del libro, ofrecidas más como un apunte y por necesidad de completar el trabajo, que por ese goce de escritura y reconstrucción de la experiencia vital de un escritor que hace a los mejores momentos de esta biografía.
Como suele pasar, los lectores rioplatenses chocamos contra ciertas expresiones y términos (“chuloputas”, por dar un ejemplo cualquiera), pero aquí y allá el efecto no es tan excluyente como el de las peores traducciones realizadas en España de textos de Burroughs (y en ese sentido el comienzo de la versión publicada por Anagrama de El almuerzo desnudo, con su horrendo “Siento que la pasma se me echa encima”, es un no-va-más del espanto; las propuestas más recientes de El cuenco de plata para la Trilogía de la Noche Roja, lamentablemente, no llegan a estar a la altura de las expectativas, tanto como hace falta una nueva traducción de los libros de la trilogía Nova, en particular de Expreso Nova), y en general el traductor —Óscar Palmer Yáñez, quien ha traducido además otros libros de la editorial Es Pop Ediciones, como por ejemplo Los hermanos Vonnegut— hace un buen trabajo a la hora de replicar el encanto de la prosa de Ted Morgan. A esta altura cabe preguntarse cómo dejar de lado el libro en tanto objeto, el hermoso diseño de tapa, la mirada amenazadora del retrato de Burroughs a cargo del ilustrador Leib Chigrin. Es Pop Ediciones ha publicado ya un buen número de libros bellísimos, con Forajido literario como el primero de esa lista. Esperemos, en definitiva, que siga haciéndolo.
FORAJIDO LITERARIO: VIDA Y TIEMPO DE WILLIAM S. BURROUGHS, de Ted Morgan. Es Pop Ediciones, 2022. Madrid, 734 págs. Traducción de Óscar Palmer Yáñez.