CON PABLO CASACUBERTA

"Hay una versión sedante de la realidad"

Escribe mucho y cuando habla, parece elegir caminos que nadie se habría imaginado. Una entrevista a fondo a un uruguayo atípico.

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Pablo Casacuberta. Foto Sebastián Cáceres.

ES POCO común encontrar un uruguayo con una visión tan universal, humanista y elaborada. Sus intereses y actividades circulan del arte a la ciencia y sin que se le mueva un pelo. Hace de todo, en especial literatura, en una familia de artistas hijos de científicos. Vive, entre otras cosas, de filmar comerciales destinados a Asia para el refresco más conocido del mundo. Pasó años en México y su última novela, Escipión —exquisita disección de una compleja relación padre hijo— rompió todo en Francia. Pero Pablo Casacuberta (Montevideo, 1969) apuesta, tozudamente, por Uruguay.

—Tu primer libro, Ahora le toca al elefante, ya tiene 25 años. ¿Qué podés entender hoy que antes era sólo intuición, o impulso?

—La perspectiva de los años te hace reconocer que hay temas recurrentes. La preocupación que se nota más reiterada es cierta curiosidad por cómo se construye el yo. Por cómo hacemos un discurso sobre nuestras vidas que desde nuestra perspectiva parece coherente, y sin embargo está lleno de contradicciones y huecos. Las personas cuando se describen a sí mismas siempre parecen estar describiendo un modelo completo, de ellas y del universo. Y en realidad todas las percepciones están llenas de pequeños 'loops' cognitivos, y de evasiones de problemas centrales. Lo que noto a lo largo de los años es que me ocupo mucho de personajes que al leerlos te das cuenta que están equivocados, pero el que narra en primera persona no lo nota. Es de alguna manera una invitación a que el lector se dé cuenta de que esa es exactamente la forma en que también él construye su yo.

—En tus libros eso es recurrente.

—A mí me sorprende que en esta sociedad atravesás toda la educación formal, y allí te hacen estudiar muchísimos modelos de la realidad, pero el sistema cognitivo con el que vos construís esos modelos no forma parte del currículo. Se te enseña cómo Pablo va a tomar contacto con el mundo, pero no las dinámicas ni las cortedades de ese proceso de aproximación. Del mismo modo que la historia de las ideas que se te brinda es la historia de las ideas que salieron bien. Se le dedica muy poco a las que salieron mal. Cuando te enseñan ciencia en el liceo le dan poquísimo tiempo al flogisto, al éter o al élan vital. No hay tiempo para ocuparse de lo que salió mal, de los modelos tentativos. Y sin embargo la historia cognitiva de tu persona es la historia de lo que salió bien y de lo que salió mal. Cuando tomás conciencia de lo pobremente descrita que está la cognición en la vida cotidiana ves que es un tema enorme. Y al mismo tiempo hay una dimensión emocional en todo esto. Porque no somos sacos de ideas. Básicamente somos colonias de microorganismos con la funcionalidad suficiente para llevar cierto apunte de las experiencias atravesadas. En ese apunte hay una dimensión emocional, no es sólo un rejunte de ideas o de modelos, sino un contrapunto entre emociones y sensaciones, y en torno a algunas de ellas construís ideas. En mi literatura intento hacer un entramado que permite ver al personaje como resultado de las contradicciones entre las experiencias vividas y las ideas con las cuales resume esas experiencias, a menudo empobreciéndolas mucho.

EL NERD DE LOS LIBROS.

—¿Qué tipo de adolescente fuiste?

—En la adolescencia hay un gran imperativo por encajar, y por hacer las cosas que hacen que la manada te acepte. Yo estuve menos preocupado por eso que mis compañeros. Había elementos de mi conducta que me señalizaban como un nerd, por ejemplo el hecho de leer libros. Pero de alguna manera logré ser coherente con esos deseos, que no eran los más apreciados por la manada, e igual sobrevivir. Era un adolescente que tenía cantidad de inquietudes cuyo tema de conversación no me iba a convertir en popular. Era capaz de leer una obra en tres tomos, por ejemplo, que no es algo para sacar a relucir en la cantina del liceo.

—Al leer Ahora le toca al elefante, publicado cuando tenías 20, uno se da cuenta que lo escribiste a los 17 o 18.

—Era el más chico en una familia de gente muy reflexiva y con muchísimo input cultural. No puse un disco en mi casa hasta los 15 años: había tres hermanos poniendo discos increíbles, que no necesitaban la participación de un menor en el proceso. Muchas ideas me llegaron muy digeridas. Por ejemplo, no recuerdo haber ignorado de dónde vienen los niños. La idea de que la conciencia es un proceso neurofisiológico me fue presentada antes de cumplir 10. Eso es el resumen de vivir en una casa de científicos, donde los cuatro hijos son muy inquietos, y donde todos eran mayores. Para poder meter alguna en sus conversaciones tenía que saber. Era un ecosistema donde era muy fácil que se te pegaran abrojos de reflexión duraderos.

—¿Qué es para ti un intelectual?

—Para mí un intelectual no es una categoría de persona, sino una actividad. O sea, no es una condición, es una acción: personas absolutamente ajenas a la academia pueden tener momentos de una vibrante intelectualidad. El verdadero intelectual es el tipo capaz de considerar sus propias limitaciones conceptuales como parte del modelo que está narrando. Sólo aquel que comprende que es parte del experimento ingresa desde mi perspectiva en esa categoría.

—¿Te considerás inteligente?

—Me considero una persona de inteligencia media. Tengo cierta capacidad para ordenar ideas de forma comprensible, pero la inteligencia en realidad es otra cosa. Si tuviera que resolver una ecuación estaría tan trancado como cualquier transeúnte.

—Pero eso no tiene nada que ver con la inteligencia. Que no sepas resolver una ecuación sólo indica que no has practicado esa técnica.

—Uno de los problemas que tiene nuestra sociedad es que hemos confundido inteligencia con capacidad de articular en forma sintáctica. La inteligencia es la capacidad de predecir cosas, esa es la definición estricta. Desde esa perspectiva soy pobremente inteligente. Aunque desde la perspectiva de la capacidad de construir modelos compartibles que hagan comprensible algún fenómeno me considero un tipo que la puede remar.

—La pregunta viene por Escipión donde el personaje confiesa que envidiaba a sus compañeros de clase, "esos niños dichosos a los que sus padres, sin ningún interés por la gloria, disfrazaban de vaqueros".

—Claro. Porque hay cierta felicidad sedante en el hecho de no darte cuenta de algunas cosas. Para mí por ejemplo la conciencia aguda de la muerte es algo que le da realidad y tridimensionalidad a la vida. Pero también le agrega una dosis de angustia gigante. No hay un sólo día en que no piense en la muerte. No hay un sólo día que no sea consciente de que soy una colonia de microorganismos, de los cuales menos de un décimo tienen mi genoma. El 90% de los microorganismos que caminan conmigo son bacterias, sobre cuya funcionalidad nunca tendré control. Esas ideas no son tranquilizadoras. Sin embargo son esenciales a mi sensación de estar aquí y ahora. Hay una cantidad de ideas increíblemente confortantes, como la del espíritu perenne, el más allá, la vida eterna, el reencuentro con los familiares muertos. Todas esas ideas ejercen una poderosísima fascinación. A mí personalmente no me hacen mella.

—Estás convencido de que no hay nada.

—Es que no resiste mucho análisis. Una persona con un tumor de un centímetro cúbico en el cerebro pierde la capacidad de enunciar adverbios. Esa idea de que uno se mantiene siendo Ernesto en el más allá, a pesar de carecer de todos los mecanismos posibles de la cognición, es un nivel de salto al vacío y de esperanza que me encantaría tener, pero no tengo. Sujetos que sufren una mínima lesión al lóbulo prefrontal dejan de ser buenos, pasan a ser groseros, tratan mal a las mujeres. Cambia la esencia misma de su personalidad. La alegría tiene un correlato bioquímico. Sin cuerpo ese correlato bioquímico es imposible. Es una esperanza que requiere realmente una prescindencia absoluta de la evidencia. No prescindimos de la evidencia para ningún acto cotidiano, por ejemplo bajar una escalera, algo que hacemos aferrados a la evidencia de cómo funciona la gravedad. No hay ningún salto al vacío que des en el plano conductual: si ves caer una maceta desde un balcón te tapás la cabeza, no la rodilla. Porque no pensás que el ser es ubicuo, pensás que tu sensación de ser tú mismo está en la cabeza, y tu instinto es taparte la cabeza y no la rodilla. Hay mil aspectos de la vida cotidiana en que tenés una intuición muy clara de tu finitud, pero el discurso y ciertos sistemas de ideas promueven tu disposición a creer una versión sedante y confortante de la realidad. Claro que a veces, como decía Darío, "dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más aún la piedra, porque esa ya no siente". Por supuesto que hay momentos en que me gustaría tener menos claro el hecho de que me estoy muriendo. ¿Pero qué gano?

LO ESPONTÁNEO.

—¿Y qué lugar queda para lo espontáneo en una personalidad tan analítica?

—Es que esa dimensión analítica es un acto espontáneo. Uno de los problemas de esta sociedad es la disposición a creer que los actos cognitivos no son acciones. Que están las acciones, que son cuando movemos el cuerpo para ir al almacén a comprar leche, y están los actos cognitivos que no son acciones. Nunca se considera a la capacidad de analizar, o de escribir un poema, como una actividad corporal, pero lo es. Del mismo modo que es espontáneo patear una pelota cuando se te acerca, lo es poner determinado adjetivo cuando se aproxima una parte de la frase donde decís "qué lindo patear esta frase de punta y pa' arriba". No me parece que lo analítico y lo conductual sean dos dimensiones muy distintas del abordaje de la realidad. Analizar es una conducta. Como dijo uno de mis hermanos: "componer es improvisar lento, e improvisar es componer rápido". La diferencia entre ambas acciones es el marco temporal.

—Eso en el plano discursivo. Pero hay una distancia entre el que se deja llevar y el que piensa. Hay personas menos reflexivas que tú.

—Hay personas que no son conscientes de su propia reflexión, pero la reflexión es inevitable. La cognición te obliga a hacer modelos al margen de cuán consciente estés del origen de esos modelos. Todos tienen modelos. Tú a lo que te referís es a la capacidad de reflexionar sobre tus propios modelos mentales. Yo pienso que ahí está implícita una parte del ejercicio de la libertad, que tiene que ver con lo que decía antes: la capacidad de considerar que sos parte del experimento. Entender que tu condición de observador no es neutra. La idea de que la no reflexión es posible nos la dan las películas, pero siempre hay cierto margen de reflexión que ocurre en paralelo. Tu pregunta creo que va orientada a un preconcepto social, que es la idea de que Ernesto es su gobierno. El pensamiento no funciona como muchos creen, en primer lugar porque no lo hace la conciencia.

—¿Cómo es eso?

—Se genera en muchos módulos de la cabeza por separado, y se le presenta a la conciencia. Tú no sos consciente de cómo armás las reflexiones, se te presentan hechas. Si lees el pensamiento socrático, platónico o aristotélico de cómo funciona la cabeza siempre hay una reconstrucción forense del acto de reflexionar. Y en esa construcción aparece un gobierno intencionado, tomando una cantidad de decisiones sobre lo que estás reflexionando. Y no es así. Los razonamientos se presentan ya hechos, como a ti se te presentan las frases ya redactadas, tú solo las enunciás, a veces te enterás de lo que estás diciendo cuando sale por la boca. Entonces esa división entre sujetos impulsivos y sujetos reflexivos no es real. No son dos categorías discretas, son dos modalidades de la espontaneidad, del mismo modo que hay tipos que son más hábiles para patear una pelota, otros para bailar, y otros para el discurso. Yo tiendo a sospechar de las reconstrucciones del acto de reflexionar que se hacen en el discurso público. En general son hechas al margen de la neurofisiología. El pensamiento es un acto neurofisiológico, no el resultado de la cópula de ideas en una atmósfera de libros y patrones culturales. Y la forma en que esas ideas se generan no es trivial para mí, es esencial. Se generan en áreas muy distintas de la cabeza. Podés tener una lesión del cerebro que sólo afecte la producción de adverbios, y no la de adjetivos. Así de colectivo y de descentralizado es el proceso.

ANÁLISIS E INTUICIÓN.

—No es discreta la diferencia entre un tipo muy analítico y otro más intuitivo. Se puede ser las dos cosas, en distintos momentos. Pero a veces se da el "no lo pienso tanto, impulsivamente sé lo que quiero".

—Pero para mí el análisis es una construcción intuitiva. Tú no te sentás a generar objetos intelectuales, a ti se te presentan dados. Creo que una de las áreas donde los modelos de la realidad de las personas son más crudos es el modelo que tienen sobre sí mismos. Ese es el tema de mi obra literaria. Cómo un tipo puede creer esto acerca de sí mismo, y enfrentarse a algo que lo desmiente de forma cruda. Y el tipo sigue. Por alguna razón eso siempre me ha fascinado.

—Hay un texto de Mario Levrero que acompaña tu libro Una línea más o menos recta, donde dice que los autores de esa colección, 'De los flexes terpines', "son auténticos escritores del alma, que escriben por necesidad de escribir". ¿Suscribís eso?

—Hay cierto clisé acerca del carácter compulsivo del arte, la idea de que es algo que o te toma por asalto o es un acto de prestidigitación. No soy muy entusiasta de esa dicotomía; las personas no saben bien por qué hacen las cosas. En mi caso las dinámicas de la vida cotidiana son muy embrutecedoras: despertarte, ir a trabajar, pagar las cuentas... hay un nivel de automatismo que te quita densidad vivencial. Por días y días sos sólo conducta. En ocasiones se produce una especie de campanazo interior ante la percepción de algo que te resulta trascendente. Yo le llamo a eso epifanía, aunque sin darle una connotación religiosa. Y ese momento te recuerda el hecho de que estás vivo y te vas a morir. Actúa como una especie de memento mori. Cuando me han ocurrido esas epifanías he sentido que la vida es preciosa y elusiva, y que debe ser preservada y atesorada. Mi literatura es un intento para generar en forma artificial epifanías. En el acto de escribir y en el lector. Como escritor trato de que en la escena que narro haya un momento que tenga una densidad emocionante, algo que no sabría decir cómo se construye, pero donde me doy cuenta que está presente el hecho de que todos estos personajes son transitorios. Y si la cosa funcionó y me generó un trance que de alguna manera me emociona acaso exista la chance de que también se emocione el que lo lee. Si uno no se emociona es imposible que el lector lo haga.

NOTA: La entrevista continúa en la nota "Yo exploro aspectos monstruosos de mi persona".

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