Sigo “la herida del canto”. Otros siguen el dinero. Seguir al dinero está en la misma línea de “¡Es la economía, estúpido!” (Bill Clinton). Si, claro. Pero yo sigo la herida del canto. El mar pierde por abajo. Eso lo sé. Pero yo quiero saber si en la metáfora conmovedora de Adorno y Horkheimer (repito: “Luego del encuentro felizmente malogrado de Odiseo y las sirenas, todos los cantos han quedado heridos”) la herida que no cierra en el canto pierde por algún lugar. Quiero saber más: quiero saber con una cierta certeza por dónde pierde el canto. Hay una “cortedad del decir”, un modo de decir de una poética de palabra justa que incluía, entre otros, a San Juan de la Cruz. Sigo al sonido, a la justicia del sonido. ¿La “cortedad del decir” sugiere tal vez que el canto pierde por la corteza? Al abrazar un árbol, uno siente algunas grietas en la corteza que pueden ser una cicatriz. Esa cicatriz viene de lejos. Viene de un desencuentro. La imagen de las sirenas desapareciendo. Y el acto que no se ve de pasar su desaparición a un resto, el canto, lo que queda de unas cantoras que fuimos transformando los mortales en las ejecutoras de la falsedad de lo que se dice. “No te lo creas, son cantos de sirena”. ¿Pero acaso los cantos están ahí para creer? ¿Eso es lo que sabe la “gente común”? ¿Cuál gente común? Al común lo intentaron convertir en cantos de sirena. Resiste el común. Pero puede desaparecer, es decir, transformarse en masa de ideología para no caer en el abismo de negarse como humano. Volverse abstracto como un grito de terror vuelto línea en las paredes de las Cuevas de Altamira. Los cantos están ahí para escuchar. Se vive en el mundo del ver. Se puede “pagar por ver”, claro que sí. No se vive en el mundo del escuchar. La ausencia del escucha es ya una condición con la que debería contar no sólo la poesía, sino “el común”. En el mundo de la presencia que legitima ese ver la ausencia no cuenta. Pero la ausencia no está ahí para contar sino para cantar. Eso es lo que siguen diciendo los cantos de la sirena. “¡Es la economía, estúpido!” Sí, yo sé. Pero es la economía del canto de la sirena que no termina de perder. En el mundo del perder y ganar. Ese mundo ya mareaba la nave del célebre Odiseo como un disco que sigue girando en la tornamesa del mismo que dice “¡Es la economía, estúpido!” Las sirenas siguen desapareciendo.
Poéticas de Milán