EL REGRESO DE PATTI SMITH

Fuego inolvidable

La chica más parecida a Keith Richards sobre la faz de la tierra

Patti Smith
Foto Fede Kaplun

AUNQUE fuese unplugged, de cámara, el crescendo final volvió a sonar como el original: un incendio forestal tórrido y devastador. Patti Smith encara las últimas palabras de la canción "Pissing in a River" (Radio Ethiopia, 1976) al borde del escenario, desatada. El lugar es la sala sinfónica del Centro Cultural Kirchner (CCK), el antiguo Palacio de Correos que la administración kirchnerista convirtió en centro cultural y que el gobierno de Macri readaptó como foro político internacional, y la cantante y poeta parece devuelta en un shock al CBGB de New York, el club símbolo del punk rock y el new wave antisistémico que hoy es una tienda de ropa de alta costura para hombres. De pronto, desaparecen el piso de madera lustroso, el órgano de tubos que preside el recinto, las cómodas butacas, los funcionarios que se han anotado entre el público que agotó los tickets disponibles en un par de horas. El largo pelo ceniciento que semeja una trenza de pulpos albinos y sus maneras amables: todo eso desaparece también. Patti Smith vuelve, en un flash, a ser la heroína de los punks; Juana de Arco pasajera en el asiento trasero del Taxi Driver de Scorsese; la chica más parecida a Keith Richards sobre la superficie de la tierra. Tanto que para clarificar su voz hasta se le escapa un salivazo.

ARTISTA VISUAL.

Este concierto que marcó la segunda venida de Smith al Río de la Plata se dio en circunstancias muy diferentes al anterior, doce años atrás. En aquel formaba parte de la lista sábana de un festival sponsoreado mientras que esta vez su nombre está asociado al de la Fundación Cartier de París que aportó sus polaroids a la muestra Les Visitants, una mirada del pintor argentino Guillermo Kuitca sobre la colección francesa. Es decir que Patti Smith volvió ahora como artista visual (fotógrafa) para ser exhibida en un espacio administrado por el Estado argentino. El anuncio de que visitaría Buenos Aires para rubricar su presencia en esta muestra desbordó todas las expectativas. No fueron novedades musicales de fuste las que actualizaron su nombre ante una nueva generación de fans sino la difundida lectura de su libro Éramos unos niños (Lumen, 2011) donde cuenta sus días de juventud y bohemia junto a Robert Mapplethorpe, quien definió su estatus de icono new wave tan temprano como en 1975 con la foto para la cubierta del álbum Horses.

Entre la literatura y las artes visuales, Smith es ahora una figura de la cultura pop reclamada por la alta cultura. Bastaba verla en la función del día anterior, flanqueada por el director de la Biblioteca Nacional, el erudito Alberto Manguel, y Kuitca, el pintor más conceptual y con mayor alcance global de la Argentina. Lo que se había vendido como un recital de poesía de la Smith resultó ser una especie de charla pública salpicada por sus recuerdos y algunas canciones (junto a su fiel Tony Shanahan en guitarra y piano) más las fotografías que Kuitca intervino y se proyectaban como fondo. Esa especie de late night show con Manguel como presentador simbolizaba la entrada de Smith a un universo libresco, de elite, al que no es ajena pero que tampoco es fiel a la fotografía aquella de Mapplethorpe. A los 71 años, sobreviviente de todos sus muertos queridos, Smith resulta una figura anfibia entre la cultura pop y la Cultura; entre la tradición afrancesada y la nueva tradición norteamericana. Así, el memorable lapsus que tuvo en la entrega del Nobel a Bob Dylan fue revelador de ese tránsito. Smith quiso cantar "A Hard Rain's A-Gonna Fall" frente a ese auditorio solemne y olvidó, en un brote de amnesia, sus estrofas. Fue elegida para recibir un Nobel que no sólo premiaba la lírica de Dylan sino la invención de la cultura pop toda y, curioso, falló al entonar uno de sus himnos. Su cuerpo flaco, desgarbado y andrógino se volvió entero una metáfora de la tensión entre ambos mundos: demasiado popular para la academia; demasiado libresca para el pop.

DICCIÓN ENTRECORTADA.

En Buenos Aires Smith cantó, sin equivocarse, "A Hard Rain's A-Gonna Fall" dos noches seguidas. Ahora que se la apropió como la canción fallida del Nobel parece sumar su voz a la tradición del folk. Viéndola así, con ese aspecto de bruja vidente y unas manos de suaves movimientos entre el parkinson y el tai chi, la Smith resulta una Joan Baez renacida de las cenizas del punk. Como aquella, utilizó el escenario como barricada civil para sumarse a la causa por el aborto legal en Argentina y confió en que son los estudiantes quienes van a cambiar la política en los Estados Unidos ("Ningún funcionario de mi país me recibe", dijo). Pero su voz nada tiene que ver con el lirismo canoro de la Baez. Aunque los años hayan bajado la espuma de su rabia, la característica de Patti Smith es una dicción entrecortada que definió toda la escena de la segunda mitad de los 70 junto con Debbie Harry (Blondie) y Stevie Nicks (Fleetwood Mac). Y más también: estableció un nuevo paradigma de la forma femenina para cantar rock. Hoy resulta paradojal escuchar en ella ecos de acaso la mejor de todas sus sucedáneas: P.J. Harvey.

La profundidad de la foto aquella de Mapplethorpe residía en que al hacer foco en la androginia constitutiva de la Smith invertía el estatus de la época. Allí donde los machos del rock simulaban hipermujeres (Jagger, Bowie, Mercury) para ser una chica del rock inevitablemente habría que travestirse, volverse un varoncito de pelo corto y corbata. De todos los modelos posibles, Smith probablemente eligió a Lou Reed como modelo de narrador o cronista urbano, con ese tono monocorde y ominoso, en el limbo de la palabra y el canto. Por eso cuando sonríe franca y abierta para decir "Lou Reed" después de una versión descomunal de "Perfect Day" pareciera revelar su secreto o estar explicando el origen de su estilo. Son su carisma y su potencia de intérprete (todo lo ajeno lo pattismithiza rápidamente) los que hacen que el tiempo se suspenda mientras canta esta canción modélica. Aunque la acompañe una banda que se formó para la ocasión, agregando una guitarra eléctrica demasiado sobria, órgano y cello, nada puede hacer de esto un acto deslucido. Con su versión de "Perfect Day" en el CCK, Smith conjuró uno de esos raros momentos en los que el arte nos plantea un desafío: ¿Puede haber algo mejor allí afuera, en la vida misma?

Por lo pronto se esperaba algo todavía mejor en la sala sinfónica, conocida como "La Ballena" por su arquitectura de punta, y era esta versión 2018 de "Pissing in a River". Introducida por unas notas de piano diáfanas, el tono de la canción sugiere el pasaje de una oración concentrada a una enjundia soliviantada. Cuando Smith inauguró su discografía en 1975 musitando con los dientes apretados aquello de "Jesús murió por los pecados de algún otro pero no los míos" ("Gloria") selló los bordes de su estilo. Ahora cuando empieza a enarcar las cejas y a dejar ese lugar cómodo cerca del piano para asomarse al abismo mismo de la sala es que la estamos escuchando decir eso pero con otras palabras. Si, después de Mc Luhan, el medio es el mensaje, la Smith cenicienta de 71 años es toda ella médium. Algo le sigue pasando a través del cuerpo: un fuego inolvidable. Y necesita cantarlo, gritarlo, hasta escupirlo.

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