Fitzgerald en Hollywood

Bob Thomas

F. SCOTT FITZGERALD había estado bebiendo demasiado, como fue su costumbre durante su segunda estadía en Hollywood para escribir libretos. Su amigo y colega Dwight Taylor, también de la MGM, lo había llevado a la fiesta vespertina de los domingos en la casa de playa de Norma Shearer y su marido Irving Thalberg. Lo estaba cuidando, y al comienzo pareció moderado, saludando cordialmente a la dueña de casa y conversando con Frederick Lonsdale, el dramaturgo inglés, que era el invitado de honor. Tras su experiencia con otros alcohólicos, Taylor se mantuvo cerca de Fitzgerald y ambos declinaron los atractivos martinis que les ofrecieron. Pero los dos escritores fueron pronto separados por la alegre agitación de la fiesta, donde estaban todos los nombres famosos de Hollywood, con lo que Fitzgerald ya no estuvo vigilado por su amigo.

Con cierta ansiedad, Taylor comenzó a preguntar a algunos invitados si habían visto a Fitzgerald. En respuesta, Robert Montgomery dijo que no, pero que le gustaría conocer al celebrado escritor. En ese momento Fitzgerald apareció y Taylor hizo las presentaciones. En aquella breve ausencia, el encanto de Fitzgerald había desaparecido. Miró con desdén al actor, que había regresado de un partido de polo y estaba vestido con los pantalones ajustados y un par de botas negras.

¿Por qué no trajiste también el caballo? —dijo Fitzgerald, sin trazo alguno de humor. Tras murmurar algo, Montgomery se retiró.

Taylor comprendió que su vigilancia había fallado. Sabía con qué desesperación Fitzgerald, con su esposa Zelda internada como enferma mental y su propia reputación literaria en crisis, necesitaba ese trabajo en la MGM. Confiaba en sacar a Fitzgerald de la reunión antes de que ocurriera algo más incómodo.

Fitzgerald tenía otras ideas. Pidió silencio y el grupo dejó de conversar. Anunció que quería cantar. Aun en las mejores circunstancias, esa no podía ser una propuesta popular en un cuarto repleto de los mayores exhibicionistas del mundo. Pero él insistió.

Miss Shearer, como cordial anfitriona, le preguntó qué quería cantar. El replicó que era una canción sobre un perro, así que una doncella fue despachada para traer al perro de la casa. El actor Ramón Novarro se ofreció a brindar el acompañamiento al piano. Los invitados se apretaron delante de Fitzgerald con cierta aprehensión.

Con gran confianza, Fitzgerald comenzó su recital. La letra era así:

En España tienen al burro

En Australia al canguro

En Africa a la cebra

En Suiza al zoológico,

Pero en América tenemos al perro

Que es el mejor amigo del hombre

Se escuchó un ligero murmullo de aprobación cuando Fitzgerald dedicó esa última línea al perro que sostenía en sus brazos. Luego comenzó con la segunda estrofa, que resultó ser apenas una variante de la primera. Como allí no había un punto de particular interés, la audiencia se mostró inquieta. Comenzó una tercera estrofa y Fitzgerald advirtió que se había sumergido en un fracaso. Pero se sintió incapaz de encontrar otra salida y comenzó con una cuarta estrofa.

Miss Shearer se mostraba atenta y Thalberg contemplaba aquello con indulgencia, desde el fondo de la habitación, con sus manos en los bolsillos. Pero el resto de ese público se mostró rebelde. A mitad de la cuarta estrofa, el inequívoco sonido del abucheo comenzó a escucharse. Venía de Lupe Vélez y de John Gilbert, dos intérpretes difíciles de reprimir.

La canción llegó a su triste final y los invitados, con el miedo natural a verse contagiados por el fracaso, se apartaron de Fitzgerald. Solamente Miss Shearer pareció divertida con la situación. Al día siguiente envió un telegrama al escritor: "Creo que usted fue uno de los invitados más simpáticos en nuestra reunión".

El mensaje mejoró el ánimo de Fitzgerald. Temía que su actuación hubiera puesto en peligro los 1.200 dólares semanales que necesitaba para pagar la atención médica de Zelda y la educación de su hija Frances. "Este trabajo me importa mucho. Confío no haber quedado como un idiota", dijo después a Taylor. "No sé por qué elegí justo ayer para desviarme. Siempre hago estas cosas, justo en un mal momento".

Ambos almorzaron en la cafetería de la Metro y en circunstancias incómodas. La empresa estaba filmando Freaks (Fenómenos), con individuos deformes, algunos de los cuales también estaban almorzando allí. Cuando Fitzgerald vio a las mellizas de cuerpos pegados, que se consultaban sobre la comida, pidió disculpas y se fue.

Lo despidieron a la semana siguiente.

(Traduccion de H.A.T.)

Este texto

CUANDO Francis Scott Fitzgerald falleció en 1940, dejó inconclusa su novela The Last Tycoon (El último magnate), cuyo protagonista es un reconocido retrato del productor Irving Thalberg (1899-1936). Al iniciar su biografía Thalberg, Life and Legend (1969) Bob Thomas reconstruyó con abundantes testimonios la admiración que el escritor sintió por el productor. Parte de su relación es la anécdota que se publica en esta página y que está seguramente fechada en 1931. Como aclara el mismo Thomas, la pequeña historia ya había sido utilizada por el mismo Fitzgerald, con modificaciones, en su cuento "Crazy Sunday" (1932).

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