No ficción cercano al horror

Feminismo, mujeres asesinas, y las paradojas del crimen de Lucio Dupuy de cinco años en Argentina

Mariana Komiseroff logra un libro que le grita al lector, revelando que no todo es lo que parece

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Mariana Komiseroff
(foto Alejandro Guyot)

por José Arenas
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La unidad penitenciaria de de la ciudad de San Luis, Argentina, queda en el Kilómetro 8 de la ruta 146. Cumple con su orden de entidad reformatoria de reclusión; pocos caminos, pocas entradas, un trayecto que parece largo para llegar hasta ahí y unas cercas y alambrados picudos que separan a las internas -es una unidad femenina- del resto de los mortales.

Es el viernes 6 de enero del año 2023 y la escritora argentina Mariana Komiseroff llega al lugar a media mañana. Ya el sol se ha puesto insistente sobre el desierto. El verano se lo permite, le deja soltar el color naranja sobre el polvo, sobre el pavimento en llamas. La escritora no sabe bien por dónde entrar, busca algunas referencias vagas. La cárcel guarda silencio, parece no querer darle ni una sola pista. Todo esto en manos del aire caliente. Al fin entra. Allí seguirá con el trabajo que empezó a rondarle en la cabeza hace un par de años, cuando en su ciudad de La Pampa, en Santa Rosa, vio cómo un pueblo herido, asombrado, furioso, pedía justicia por un niño muerto.

Aberración. El 26 de noviembre del año 2021 los canales de televisión del Río de la Plata se llenaron con una noticia lacerante: Lucio Dupuy, un niño de cinco años, había muerto asesinado en la ciudad de Santa Rosa, La Pampa, a causa de las múltiples lesiones ocasionadas por una de sus madres, Abigail Páez. Su madre biológica, Magdalena Espósito Valenti, también era señalada como cómplice del asesinato. Una y otra vez se oía que una pareja de lesbianas, feministas y activistas por la Ley del Aborto habían matado a golpes a su hijo. Que lo habían matado por varón, lo habían matado porque eran enfermas, lo habían matado porque odiaban a todos los varones.

También el progresismo vernáculo salía al campo de batalla con un discurso preconceptual, a veces complejizado, a veces desacertado, donde diferentes causas atenuaban la culpabilidad de las asesinas y matizaban toda idea que llegara a la única verdad hasta ese momento: Lucio Dupuy, el niño de cinco años estaba muerto.

La tardecita de Santa Rosa es ajena. Sólo se ve, por la cámara en la que aparece Mariana Komiseroff, un fondo blanco y resplandeciente. Ella, como tantos otros, hablará con un fantasma. Un periodista que no dispone de rostro por una falla técnica en la cámara de su computadora. La charla se tornará generosa teniendo en cuenta que la autora de Una nena muy blanca (Emecé, 2019) –una extraordinaria novela noir que roza los límites con cierto terror porteño- no sabe bien con quién habla.

Acaba de terminar trabajos y presentaciones de su nuevo libro Bestias perfectas: el caso Lucio en la Feria del Libro de Buenos Aires. Se trata de un texto minucioso de no ficción donde la autora indaga, narra y reflexiona sobre varias aristas a partir del crimen de Lucio Dupuy; el rol de las madres, el aceptado odio a los niños que la sociedad permite, la presencia del poder médico entre una madre y su hijo, su propia maternidad, los silencios del colectivo LGTB y su pertenencia como lesbiana y feminista.

En especial, su interés por el caso Lucio nace a unos días de que Santa Rosa, ciudad donde vive, se viera removida por el asesinato y en el momento en que ella, en medio de la pandemia, asiste con su esposa a una marcha que exige “Justicia por Lucio”. Luego, al poco rato, parte de la sociedad toma un aire Fuenteovejuna frente a la casa la madre de Abigail, una de las ejecutoras de Lucio. Todo se remueve y deviene en literatura.

-Ahora estás en Santa Rosa, ¿tuviste devoluciones sobre el libro? ¿te dijeron algo?
-En general fue bien recibido. Acá es la comunidad en la que acontecieron los sucesos trágicos y entonces algún comentario o algún mensaje de alguna persona entrevistada que no se sintió cómoda con el resultado del libro tuve, pero nada grave, nada que no me esperara.

-Pero digo, la gente que lo leyó más allá de la comunidad de Santa Rosa, ¿reacciona bien al libro? 
-Sí, en general sí, con bastante conmoción. Pero sí, tuve sobre todo algunas discrepancias a la hora de pensar si debí o no debí haber incluido los chats entre las madres que, por supuesto, como son decisiones mías con mis editoras acepto los comentarios pero, bueno, yo pensé demasiado cada decisión estética que tomé respecto al libro, así que estoy segura y puedo responder por qué incluí los chats en el libro.

Chats y estructura. La narrativa que construye Komiseroff a partir de esta investigación exhaustiva se estructura en diversos momentos que, juntos, van hacia un crescendo desde el inicio de la idea, en un prefacio emocional y mental que apunta hacia dónde quiere ir el discurso, y las formas que irá adoptando hasta el encuentro con Abigail y Magdalena en la cárcel. Las voces de los involucrados –madres, abogada, policía, partes de la causa, etc.- crean un coro que sube el volumen hasta que, en algunos momentos el libro le grita cosas al lector. Le destruye los silencios y lo sacude. Cierto paroxismo del sonido primario llega al momento en que el libro incluye los chats peritados en la causa de los celulares de las madres. Allí, sin mediaciones ni voces externas, se ve la historia por dentro, como si de repente el esqueleto de un cuerpo se saliera de sí para recordar qué era lo que mantenía al resto en pie.

-Yo soy escritora de ficción, bueno, hasta este momento que soy también escritora de no ficción, pero en general pienso en las estructuras de mis novelas. A mí me interesa mucho el thriller policial, es uno de los géneros que más me interesa, y la literatura de terror también me interesa bastante y, en general, en la literatura y el cine me interesan las historias en las que al final se revela algo más que estaba allí. Bueno, como La carta robada, de Poe, que estaba a la luz de todos pero igual sigue generando un efecto. A mí me interesa también la construcción narrativa más allá de la verdad, entonces a la hora de pensar la estructura del libro tuve en cuenta eso, y más allá de esto que estamos hablando, de la estructura que yo quería que funcionara, el libro como es una historia de terror, entre comillas. No por el género del terror, sino por el adjetivo más banal, de terror. Me parecía interesante que tuviera esa estructura. Creo que es muy importante la estructura de mis libros, yo siento que estoy cómoda y siento absoluta libertad cuando encuentro esa estructura. Y el acceso a la comunicación íntima entre ellas, que cuando se mandan estos audios entre sí no están pensando que van a ser leídos en otra clave, me parecía importante porque de ningún modo, ningún investigador, iba a tener esa familiaridad. Además para pensar que la manera en el que uno se dirige a las infancias en lo privado e íntimo puede ser atroz, independientemente de que este caso es extremo porque termina en el crimen del niño. Cualquier familia puede tener chats de ese estilo, por supuesto que estos tienen la particularidad de que ellas conversan de cómo ocultar los golpes, pero si sacamos eso, muchas y muchos hablamos así de nuestros hijos, o sea, de manera absolutamente despectiva. Eso, me parecía, estaba bueno para que los lectores y las lectoras lo piensen porque se ve muy claramente la estructura, la curva dramática de la violencia de manera ascendente, hasta el final en que ese día, el día del crimen, no hay comunicación entre ellas.

Matriz heteropatriarcal. A partir de estos chats, la autora establece una hipótesis según la cual el crimen de Lucio fue, en efecto, un crimen de odio de género. Pero no se trata, según Komiseroff de un par de mujeres odiando varones, sino de una matriz heteropatriarcal que se instala en los roles de la madrastra y la madre en la que la representación concreta del varón que ambas tienen en su casa es la del niño. Se trata de una repartición de roles en un esquema en el cual Abigail, la madrastra, representa el deseo y el celo patriarcal, su violencia y el ejercicio de la fuerza contra el cuerpo de la víctima. Magdalena, la madre, sigue en parte con esta idea de violencia, modera el poder “macho” de su pareja, intenta matizarlo pero cede ante el signo de su mujervarón.

-Cuando decimos “estructura heteropatriarcal” todos los heterosexuales tienen miedo, “ay, me están agrediendo”. Cuando decimos patriarcal los hombres dicen “¿cómo? ¿la culpa de todo la tenemos los hombres?”. No, no estamos diciendo eso, hay que volver a explicarlo, “no estamos echándote la culpa a vos, señor, que hace todo bien y va a trabajar”. Estamos diciendo que vivimos inmersos en una estructura que privilegia más a unos cuerpos que a otros, y en este sentido también es interesante pensar que los menos privilegiados son los niños.
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-¿Hay un pacto de silencio en estos casos por parte de la Comunidad LGTBIQ+?
-Creo que el silencio se hace principalmente por esta falta de comprensión de que es un sistema que ubica a las personas en ciertos roles independientemente de que seamos dos mujeres o dos varones los que estamos hacia adentro de esa relación. Entonces, las feministas ya habíamos logrado que se entendiera que estaba mal que un varón le pegara a una mujer, pero cuando nos tocaba una noticia de una amiga o nosotras mismas donde nos pegaban o nos maltrataban nuestras parejas del mismo sexo, bueno, nadie sabía qué hacer con eso porque ¿a quién defendemos si son dos mujeres? Poder pensarnos como victimarias también va a tener que ser un paso que el feminismo necesariamente va a dar, pero bueno, cuando nos pegan de todos lados también es un poco difícil la respuesta.

No ficción. El libro Bestias perfectas es una narración perfecta adecuada en forma y estética al hecho terrible que narra. Se hace esa no ficción “de horror” que han cultivado autores como Trumann Capote, Rodolfo Walsh o algunos de los libros de Leila Guerriero. Y si bien, como plantea Cristian Alarcón, el periodista siempre está al borde de la traición, la autora nunca transgrede los límites de su rol de escritora y entrevistadora aunque por momentos las líneas se le vuelvan difíciles de seguir. Sucede que trabaja con un material en llamas, las chispas del caso amenazan con saltar para todos lados. Mariana Komiseroff nunca se quema aunque el fuego crezca. La mirada es implacable y limpia, la información no se contamina desde ningún ángulo y el libro resulta imprescindible para entender las esquirlas apocalípticas de nuestra era.

-Tuve que trabajar con mis propios prejuicios cuando entrevisté a Magdalena más que a Abigail. Porque cuando yo la entrevisto a Abigail, el viernes, me hacen esperar un montón en la cárcel, y cuando entro, ella me hace esperar otro tanto, entonces, el lunes cuando fui a entrevistar a Magdalena yo ya estaba cansadísima, harta, y dije “bueno, que esta piba no me haga esperar, que no se ponga estrella, porque yo hoy no tengo paciencia”, me reconozco más picante en la entrevista que le hago a ella. De hecho muy al principio le digo, “no te creo. No te creo que no le pegaban nunca y que, en un momento, se les fue la mano y lo mataron. Yo te lo digo así, directamente”.

La figura masculina está ausente en el libro. Ni el padre de Lucio, ni su abogado quisieron hablar con la autora. Las voces esquivas son simbólicas del cuerpo del varón en fuga, como si la ausencia del hombre estuviera tan naturalizada que, en esa decepción ontológica, se los exculpara de toda responsabilidad. Nadie parece preguntar dónde estaba la parte masculina en esta historia.

Hoy las asesinas de Lucio –su madre y su pareja- cumplen la pena máxima que puede impartir la justicia Argentina. Sin embargo no faltan, a veces, carteles que siguen pidiendo justicia por Lucio.

-Pero ya están condenadas y presas, ¿qué justicia se espera?
Mariana Komiseroff perdona la obviedad de la pregunta.
-La muerte– dice.
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BESTIAS PERFECTAS, EL CASO LUCIO, de Mariana Komiseroff. Emecé, 2025. Buenos Aires, 254 págs.

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