Experimentos demasiado humanos

Agustín Courtoisie

EXISTE UN TRUCO editorial evidente que consiste en tomar un tema del candelero, y poner la firma de alguien de peso. Con esa fórmula las ventas parecen casi garantizadas. Algo de eso se hizo con Jeremy Rifkin después de El fin del trabajo, con títulos posteriores que no estaban a la altura de sus precedentes. Parecería que con Francis Fukuyama, autor de libros polémicos pero enjundiosos como El fin de la historia y el último hombre, Confianza y La gran ruptura, se intentó aplicar la misma estrategia. Pero no es exactamente el caso.

LA BARAJA GENETICA. Porque El fin del hombre, por más que desconcierte en primera instancia al público de las ciencias sociales, con su subtítulo Consecuencias de la revolución biotecnológica, es una obra que merece particular atención. Basta pensar que la muy pertinente bibliografía y las notas de los capítulos van desde la página 347 hasta la 410, para comprender que no se está ante una frívola maniobra. Por otro lado, lo más relevante de estas páginas es el esfuerzo sostenido del autor por mostrar la relación entre la filosofía política —el campo favorito de Fukuyama—, y las informaciones actualmente disponibles sobre neurofarmacología y biotecnología.

Una de sus tesis centrales refiere a la necesidad de un control político de la investigación científica y de la actividad lucrativa de las empresas del sector, y la defensa de una ética basada en la naturaleza humana y sus emociones básicas —más allá de las variaciones de esa naturaleza, o de defectos atribuibles al proceso ciego de evolución de las especies—. Es claro que, tal como lo insinúa el título, Fukuyama no mira con mucha simpatía que la humanidad —o los grupos de interés que la invocan—, tenga en sus manos el futuro evolutivo, y mezcle como un atropellado aprendiz de brujo las barajas del patrimonio genético. Esto podría significar el fin del ser humano tal cual se lo conoce hasta ahora.

CONSERVADOR PERO ATENDIBLE. Es cierto que hay que vencer algunas naturales resistencias que casi por unanimidad despierta este doctor en Ciencias Políticas de Harvard. Desde hace años, cualquier texto sobre estos temas incluye la frase "la historia no ha llegado a su fin, como pretendía Fukuyama", o algún comentario análogo, sin pensar que la tesis del fin de la historia podría querer decir algo más relevante que aquello que se le suele atribuir. Para colmo de males, el autor de El fin del hombre fue analista del Departamento de Estado, y es miembro del Consejo de Bioética del presidente Bush —aunque muchos de sus argumentos no son nada funcionales a la sociedad estadounidense vigilante hacia fuera y hacia dentro, que propicia la actual administración republicana—.

Más allá de esos antecedentes, Fukuyama demuestra un conocimiento fino de la vanguardia de las investigaciones científicas, y una innegable lucidez respecto de sus consecuencias sociales y políticas, se compartan o no algunas de sus interpretaciones. Como botón de muestra de esa perspicacia pueden señalarse sus observaciones sobre los psicofármacos legales y las drogas, hechas como paso previo para fundar sus recomendaciones bioéticas. Por ejemplo, el autor advierte que existe una desconcertante simetría entre el Prozac y el Ritalin. "El primero se receta copiosamente a mujeres deprimidas con falta de autoestima. El Ritalin, por su parte, se prescribe en gran medida a niños que se niegan a permanecer quietos en clase, porque la naturaleza no los ha diseñado para ello. De manera sutil los dos sexos son empujados hacia esa personalidad andrógina media, satisfecha de sí misma y dócil desde el punto de vista social, que es la políticamente correcta en la sociedad estadounidense actual".

LO BUENO Y LO NATURAL. En otra parte, Fukuyama señala las similitudes entre el Prozac y el éxtasis por sus efectos. Pese a su fama de "conservador", llega a preguntarse: "¿por qué no se legaliza el éxtasis? ¿por qué no se busca una droga farmacológicamente similar que minimice los efectos secundarios del éxtasis?". Después de todo, hay medicamentos que mal utilizados también provocan efectos nocivos. Por ello el autor hurga hasta el fondo de estas incertidumbres, y cree encontrar un criterio orientador para resolver esas y otras espinosas cuestiones. Contra buena parte de la más respetable filosofía, desde Kant hasta Rawls por un lado, o contra Michel Foucault por el otro, Francis Fukuyama sostiene que frente a los valores éticos y sus tres fuentes posibles —a saber: Dios, la naturaleza y los hombres—, debería elegirse a la naturaleza humana como el más sólido sustento. Para el autor de El fin del hombre la ética no se puede basar solamente en formalismos y razones. La órbita de problemas que podrían resolverse apelando a este criterio, no resulta nada trivial.

Por ejemplo, la compañía biotecnológica Advanced Cell Technology informó haber transferido ADN humano al óvulo de una vaca. Por otro lado, ya es casi una realidad el diseño de bebés a pedido de los padres, seleccionando sexo, color de pelo, ojos o piel, o incluso inteligencia, o cualquier otro atributo que pueda llegar a ser identificado genéticamente. El autor se pregunta si la humanidad va a permitir la creación de quimeras o criaturas híbridas mezclando genes humanos y animales, o va a tolerar la experimentación con embriones desechados a partir de abortos o de intentos de fecundación asistida, o va a permitir a los padres elegir prejuiciosamente qué tipos de hijos desean.

La respuesta de Fukuyama, de comenzar a orientarse atendiendo a lo que podría considerarse "naturaleza humana" para restringir o controlar esos fenómenos, parece demasiado simple, en principio, tratándose de un autor que hizo correr ríos de tinta académica con sus tesis sociales y políticas. Pero Fukuyama no es ningún ingenuo. Si bien, tal como enseña la filosofía académica imperante, del "ser" no puede extraerse el "deber ser" en el sentido de una inferencia lógica formal, eso no impide tomar en cuenta la naturaleza humana entendida como "la suma de comportamientos y las características que son típicas de la especie humana, y que se deben a factores genéticos más que ambientales". Claro que el autor reconoce que, por ejemplo, las tendencias a la violencia o al egoísmo también poseen una base genética, pero encuentra mucho más fuertes y extendidas la cooperación, la confianza, el altruísmo y "aunque el asesinato es universal también lo son las normas sociales que intentan prohibirlo".

NO INVOQUEN LA LIBERTAD. Contra Foucault y quienes creen que la noción de normalidad es arbitraria y socialmente construida, Fukuyama afirma que aquellos que no ven diferencias entre la salud y la enfermedad "nunca han estado enfermos; si uno tiene un virus o se fractura una pierna, sabe perfectamente que algo no anda bien". La naturaleza humana sirve también para indicarnos qué órdenes políticos no son factibles. "Una comprensión adecuada de la teoría evolutiva contemporánea nos habría ayudado a predecir la quiebra y el fracaso definitivo del comunismo, debido a su incapacidad de respetar la inclinación natural a favorecer la familia y la propiedad privada". Aquí lo "adecuado" o lo "bueno" es similar a la normalidad estadística. Lo normal no es un valor determinado sino la pertenencia de un valor a un rango de valores. No hay "una" estatura normal, o "un" modelo social mejor, hay muchos. Pero en los extremos dejan de serlo.

La conclusión del libro es casi un alegato. Allí recuerda que el régimen estadounidense se construyó a partir de 1776 sobre la base del derecho natural, y sostiene que gran parte del mundo político contemporáneo se basa en la creencia tácita de una esencia humana. Muchos anhelan el poder de alterarla, invocando falsamente la libertad: "la libertad de los científicos para investigar y la libertad de los empresarios para utilizar la tecnología con el fin de generar riqueza". Pero si mezclamos los genes humanos con los de otras especies, si clonamos para satisfacciones narcisistas, experimentales o lucrativas, o usamos psicofármacos y drogas sin responsabilidad, esta clase de libertad será distinta a la libertad de conquistar aquellos fines que nuestra naturaleza establece, por la cual tantos han luchado. Claro que estos fines no están rígidamente determinados. La naturaleza humana es dúctil y existe un inmenso abanico de posibilidades que se ajustan a ella. "Sin embargo, ésta no es infinitamente maleable, y los elementos que permanecen constantes —en particular, la gama de reacciones emocionales típicas de nuestra especie—constituyen un refugio seguro que nos permite vincularnos con todos los demás seres humanos". Concluye Fukuyama, que es un falso estandarte de libertad el que obliga a ser esclavos de la actividad empresarial y la investigación sin restricciones, o de los derechos reproductivos ilimitados. "La verdadera libertad es la libertad de las comunidades políticas para proteger los valores que más aprecian, y es esa libertad la que necesitamos ejercer con respecto a la revolución tecnológica actual". l

EL FIN DEL HOMBRE. LAS CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN BIOTECNOLÓGICA de Francis Fukuyama, ediciones B, 2002, Barcelona, 414 págs.

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