El último tabú

Mercedes Estramil

NAGISA OSHIMA vive todavía, e incluso filma, aunque Occidente ya no mire hacia él. En la memoria de los espectadores sigue siendo el autor provocativo de El imperio de los sentidos (Ai no corrida). En 1976 ese film en coproducción francesa había cruzado el límite entre lo pornográfico y lo artístico. Sus personajes, Abe Sada y Kichizo Ishida, llevaban una simple calentura hasta búsquedas extremas de placer, que acababan en sadismo, locura y muerte. Prohibida en varios países, censurada en otros y estrenada con retraso en la mayoría (incluido Uruguay), la película pasaba las aduanas intelectuales leída como una metáfora. Basada en un hecho real ocurrido en 1936, relataba el enclaustramiento erótico entre una joven prostituta empleada como sirvienta y su amo, empeñado en revertir los roles y hacer que ella obtuviera lo que siempre daba: el máximo placer sexual.

En las décadas del `70 y `80, el embajador del cine japonés era Akira Kurosawa. Y aunque Nagisa Oshima (Kyoto, 1932) tenía su buena veintena de films de ficción y documentales, fue esa historia sin tabúes, de sexo explícito y densa atmósfera la que traspasó fronteras. En esa época empezaba el boom de los pinku-eiga (un porno suave), pero las leyes sobre obscenidad prohibían aún mostrar genitales y vello púbico. Oshima no se privó de nada: coitos, felaciones en primer plano, episodios de sexo grupal, lésbico, con objetos, violaciones y mutilación de órganos. Más un argumento, una cámara y un desenlace antiafrodisíacos.

Hoy, treinta años después, la expansión y distribución del cine asiático y en particular el nipón en el resto del mundo es un hecho incontrastable. Tanto que Oshima puede realizar un film sobre samuráis gays y pasar desapercibido. Fue lo que ocurrió en 1999 con Tabú (Gohatto), aquí ni siquiera estrenada aunque ahora puede conseguirse en video. Y pasa algo singular: cuando Takeshi Kitano sacude cimientos con su violencia lírica, cuando Takashi Miike (Oodishon, Audition) revuelve estómagos, cuando Hideo Nakata (Ringu) le vende terror psicológico a Hollywood; entonces Oshima -de vuelta de todo escándalo- se descuelga con esta joyita sutil, sin desnudos pero desvestida de adornos.

AL LÍMITE. Con El imperio de los sentidos se consolidó su carrera pero también alcanzó su techo mediático. Dos años después Oshima estrenó El imperio de las pasiones, que no era una segunda parte sino un film autónomo, una especie de El cartero llama dos veces en versión oriental. Esta vez lo hizo llamativo pero correcto, con todas las fichas apostadas a ganador. Hacia 1895 la esposa de un conductor de rickshaw era seducida por un joven desempleado del ejército. Juntos ahorcaban al marido y lo arrojaban a un pozo en la montaña. La pasión entre los amantes se enfriaba y sólo renacía años después, cuando el fantasma del marido muerto y una pericia policial cobraban cara la cuenta del placer.

En 1983 otra coproducción le permitió hacer Furyo (Merry Christmas Mr. Lawrence), ambientado en Java en 1942 e inspirado en parte de las memorias de Laurens Van der Post (La semilla y el sembrador, 1963), un sudafricano que sirvió a los ingleses en la Segunda Guerra y cayó prisionero en un campo japonés. El film confrontaba los códigos occidentales y orientales de supervivencia, la férrea disciplina japonesa rayana en el fanatismo, y mostraba las transacciones afectivas capaces de crearse entre seres humanos enfrentados. El elenco era bastante heterodoxo: el músico pop David Bowie aportaba su look de belleza rubia y andrógina para interpretar al soldado inglés Jack Celliers, y encantar a otro actor-músico, el genial Ryuichi Sakamoto que interpretaba al capitán Yonoi. Esa atracción era observada por otra pareja no menos extraña formada por un japonés ciclotímico (un inefable Takeshi Kitano ensayando sus tics futuros) y por Tom Conti en el papel de John Lawrence, el soldado aliado que busca entender la filosofía de sus carceleros.

En 1986 las pasiones humanas ya no le bastaban a este estilista del límite y encaró con producción francesa y guión de Jean Claude Carrière la realización de Max, mon amour. Aquí la inglesa Charlotte Rampling prestaba su porte insondable para componer a la esposa adúltera de un diplomático. El amante era un mono, sacado del zoológico para ingresar a un bulín y luego a la mansión misma, ante la mirada primero atónita y finalmente comprensiva de familia y amigos. Esta vez la muerte no era el precio de la transgresión, quizá porque todo ocurría en Francia y el tono era de comedia.

Aún así, Oshima mostraba en cada uno de estos films el lado oscuro de las pasiones humanas, el más radical y visceral, el enfrentamiento de códigos culturales y sociales y la corriente de humanidad compartida que fluye bajo esos códigos. Los amantes de El imperio de los sentidos buscaban un éxtasis que todavía perseguían - sin alcanzarlo ni controlarlo- los viejos que aparecían en el film: el mendigo del inicio que no consigue excitarse, el profesor, la geisha que parece desmayarse después del orgasmo. El guiño sabio de Oshima dice que tampoco los amantes jóvenes controlan ese éxtasis, esa felicidad que está siempre un paso más allá del paso que dan.

ESCUELA DE SAMURÁIS. Tabú fue una pulseada de Oshima con la muerte. En 1996 sufrió una apoplejía que lo dejó postrado, justo tras abortar por razones económicas un film a rodarse en los Estados Unidos, Hollywood Zen, sobre el encuentro entre Rodolfo Valentino y un famoso actor japonés, Sesshu Hayakawa. Se trataba del primer gran proyecto en muchos años de retiro (desde Max…) en los que sólo hizo dos documentales para la BBC: Kyoto, My Mother`s Place (1991) y 100 años de cine japonés (1995).

Tabú es un jidai geki (film histórico) y a la vez un chambara (film de samuráis), inspirado en dos textos del escritor Ryotaro Shiba (1923-1996), considerado por muchos el Alejandro Dumas japonés. Especialista en la historia del siglo XIX y sobre todo en la crisis de la Restauración imperial, Shiba se hizo famoso con las Crónicas del Shinsengumi, de donde proceden los relatos adaptados por Oshima: "Con un mechón de cabello sobre su frente" y "La rebelión de la montaña".

La historia abarca desde la primavera de 1865 hasta un año después, cuando el régimen del shogunato está a punto de caer, y varios de sus personajes tienen referentes reales. No es sólo ni fundamentalmente historia de amor entre samuráis como se ha sugerido, comparable a la de los vaqueros de Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, dirigida por el asiático norteamericano Ang Lee). Y sí es una historia bien llevada sobre la decadencia del shogunato, cuando en plena crisis de clanes los jefes de la milicia parecían más preocupados por saber quién dormía con quién que por asegurar un triunfo bélico. Triunfo improbable, además; los samuráis seguían el Kendo o "camino de la espada" mientras el resto del mundo perfeccionaba las armas de fuego. El shogunato había tenido siglos de plenitud en el Japón feudal, como el poder detrás del poder, relegando a un puesto decorativo la figura misma del emperador. Los shogunes gobernaron el país en la práctica desde 1192 hasta 1868, protegidos por los guerreros samuráis, profesionales full time del sable, con licencia para matar, y contenidos éticamente por el "bushido", un particular código de honor que podía llevarlos a la muerte por algo como pedir dinero prestado.

Tabú comienza con la selección de jóvenes reclutas para la milicia shinsen. Por su manejo del sable son elegidos Hyozo Tashiro (Tadanobu Asano, el samurái que enfrentaba a Zatoichi en el film de Kitano) y el adolescente Sozaburo Kano (Ryuhei Matsuda). La belleza de éste último enamora a varios hombres, incluidos oficiales superiores y el propio Tashiro, y hace peligrar la estabilidad del grupo, generando celos y envidia, desbalanceando el equilibrio del poder. Hay que decir que la homosexualidad no era infrecuente ni mal vista entre los samuráis. Un autor del siglo XVII como Ihara Saikaku retrató esas prácticas amorosas en diversos libros, no como algo extraordinario sino como otra vía natural del amor (El gran espejo del amor entre hombres, Ed. Interzona, 2003). En Tabú Kano revela, desde su aparente frialdad y sus repentinas fragilidades, entramados de pasiones y deseos ocultos de los otros personajes. Pone en movimiento una intriga de la que ni el espectador sabe quién es el titiritero, aunque el personaje que encarna Takeshi Kitano (Toshizo Hijikata) se lleve los mayores votos (sus tomas subjetivas, su vigilancia constante y la reveladora escena final de la siega del árbol indican que él es el narrador y artífice).

El pasaje inquietante de Kano entre ese mundo de valientes que se desintegra está registrado por la cámara con una pudorosa lentitud y distancia, una escenografía sobria y una fotografía que imprime temperatura emotiva a la oscuridad de las ropas y la claridad de los rostros. Esta vez Oshima empleó la audacia de la elipsis y la contención, para entregar de nuevo un film exquisito de amor y muerte, sin comentarios, abierto a la degustación y al análisis.

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