por László Erdélyi
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“Es una gran escenografía”, dijo una colega española sobre Buenos Aires, tras pasar unos días allí y volver a Montevideo, donde realizaba una pasantía periodística en nuestro suplemento cultural. Todavía se le notaba el shock, y no sólo por el cambio de ritmo, que fue y vino de la anestesiada uruguayez a la locura porteña. Era algo más, había un poco de frustración por no haber podido entrever al ser humano detrás de bambalinas, al porteño real detrás de las luminarias, los escaparates y la monumentalidad. Percibió ese acting permanente, una gran puesta en escena cuyo ritmo daba sentido al tiempo.
La crónica periodística ha intentado perforar esa dinámica entre lo escenográfico y lo real, revelando sus secretos. Así lo entendió el escritor y periodista argentino Julián Gorodischer en el libro Preciosas mayúsculas, Piezas secretas del periodismo del siglo XX (Argentina, 1930-1998) donde reúne 22 crónicas representativas de cuatro períodos históricos, todas publicadas en prensa escrita de Buenos Aires.
Es un libro corto, de 170 páginas, lo cual sorprende visto el tamaño habitual de notables recopilaciones recientes como la Antología de la crónica latinoamericana actual editada por Darío Jaramillo (Alfaguara, 656 págs.) o la antología de nueva crónica norteamericana de Alma Guillermoprieto, La vida toda (Debate, 392 págs.). Pero es en la brevedad de Gorodischer que está su virtud, cuyas piezas también breves llegan a la esencia del porteño de carne y hueso, sea éste virtuoso o miserable, sea el protagonista retratado o el propio cronista relator que se introduce en la crónica como un personaje más. Y que el lector no se lleve a engaño con el título: las crónicas tratan de Buenos Aires, no de Argentina, el eje es la ciudad, su cultura y sus caminantes, sin importar que el relato transcurra por el barrio bonaerense de Villa Crespo o Silvina Bullrich cuente su viaje desde Montparnasse, en París. El punto de vista siempre es porteño. Centralidad, o morir.
Aguafuertes. La crónica exige una lectura de tiempo lento, y los medios que la frecuentaron debieron cederle muchas veces espacio en sus páginas desplazando la fugaz noticia policial o futbolística, esa que convoca multitudes y que sostiene económicamente a los medios. Sea en secciones de diarios o en revistas, la crónica está dirigida a un público reducido, exigente, más informado que el promedio y lector habitual de libros o textos medianamente extensos. Si bien el anhelo de todo cronista es que el lector que viene de otras secciones se detenga y lea, su esperanza suele desvanecerse. Pero a los pocos que atrapa, los marca. La buena crónica no se olvida.
Es el caso de “La República de Villa Crespo” escrita por Juan José Soiza Reilly (Caras y Caretas, 1930). Relata el nacimiento de un barrio en el camino de la Chacarita de una Buenos Aires que desborda sus límites, y nada parece detenerla en la conquista del espacio vacío. Hay muchos protagonistas, pero la impronta indeleble la dejan los rematadores: “Algún día, cuando se escriba la historia moderna de nuestra capital, se hará noble justicia a los rematadores. Ellos fueron los sacerdotes del fuego ciudadano. Ellos han sido siempre los poetas más videntes, más ardientes, más clarividentes de los tiempos futuros. Conozco todos los versos que se han escrito en cincuenta años sobre el porvenir de Buenos Aires. No encuentro —ni en los versos más locos— ninguno que pueda competir en ilusiones realizadas y en esperanzas satisfechas con los viejos carteles de remate. Cuando Buenos Aires era una aldea, cuando los estadistas legislaban sólo hasta Palermo o hasta el Once, los rematadores de terrenos por mensualidades extendían hacia los cuatro vientos su optimismo. Se encaramaban sobre su tribuna en terrenos baldíos, sobre las aguas de las inundaciones, en campos desolados, para exponer al público sus sueños:
—Terreno de inmejorable porvenir. A un paso de la estación. Hoy la vara vale cinco centavos. ¡Mañana valdrá quinientos pesos!” Estación que no existía, y los terrenos eran un pantano gracias al desborde del Arroyo Maldonado. Pero nadie se acobardó, los humildes compraron terrenos, soportaron inundaciones, construyeron casas y luego llegaron las fábricas, y al final el arroyo se entubó y corre hoy por debajo de la calle Godoy Cruz, y por encima de ella “pasan los entierros. Juegan los muchachos. Se enamoran los perros”.
Esta crónica pertenece a la primera sección de la selección titulada “Miradas al óleo: Los 30 y los 40” donde destacan una pieza de Alberto Gerchunoff sobre la costumbre porteña de comer en carritos, “esas fondas errantes” en la zona del puerto, otra de Raúl González Tuñón sobre los personajes de novela que suelen aparecer en las redacciones de los diarios, y una titulada “La visita del médico” por Conrado Nalé Roxlo. A su vez, de 1948, “Santa Fé, nueva calle-salón” por Enrique Mouliá, cuando dicha avenida reemplazó a Florida por la expansión urbana, “calle de prisa y pausa. Calle–salón, de ritmo moderno y de clima atemperado de bulevar. Con aire y luz de gran avenida, edificación suntuosa, señoriales residencias y comercios de lujo, aparenta ser una calle europea y, sin embargo, es la más porteña del nuevo Buenos Aires. Hacia ella se desplaza la ciudad tradicional y allí intenta refugiarse —ahogado por la vorágine del cosmopolitismo irreverente— el viejo porteñismo que pugna por sobrevivir”.
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Todas miradas herederas de los aguafuertes de Roberto Arlt.
Coca Sarli. La buena crónica se nutre del diferente. La voluptuosa actriz Coca Sarli deja las realizaciones porno soft —aquellas que inmortalizaron su frase “Canalla, ¿qué pretende usted de mí?”, emitido con voz falsamente trémula, poco creíble— y da el salto hacia un cine más serio con una película guionada por el cronista y escritor Dalmiro Sáez, Setenta veces siete. A la estrella siempre la había dirigido Armando Bó (“un hombre alejado de difíciles sutilezas”), pero ahora escala y la dirige Leopoldo Torre Nilsson. La crónica escrita por el propio Sáez es de 1961, fue publicada en Platea y se tituló “70 veces Isabel”. Sobre ella escribe Gorodischer en el prólogo que “es el momento de experimentar con el lenguaje y desarrollar la conversación entre el cronista y una entrevistada a la que conoce íntimamente por trabajar con ella en el set de la película basada en su novela, Setenta veces siete; la relación entre ambos trasciende a los roles de entrevistador y entrevistada; Dalmiro Sáenz quiebra definitivamente el estándar del género; esta es una charla performática en la que el narrador personaje provoca, seduce, pelea y ejerce, subrayado el carácter guionado del asunto, un ‘nuevo periodismo’ a la argentina que corre en paralelo al movimiento del New Journalism que se daba en los países del norte”.
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El diálogo entre Sáez y la Coca no tiene desperdicio:
“—Si tuviese que vivir los mismos episodios que motivaron su último llanto, ¿actuaría en la misma forma?
—¿Mi último llanto?
—Bueno, el último no, porque usted debe llorar muy fácilmente, pero algún llanto especial.
—Mi primer desnudo me hizo llorar. Lloré de rabia; en el libreto no figuraba que tenía que salir desnuda sino con una malla de color carne.
—¿Y?
—Y la malla no estaba, y estábamos en plena selva y había que filmar; entonces, dije que bueno, pero que se fuesen todos.
—¿Todos?
—Bueno, casi todos; después lloré de rabia”.
Ya en los 70 dos damas bastante más avispadas que la Coca, y con dos egos enormes, aparecen enfrentadas en “Diario de viaje” de Silvina Bullrich (Atlántida, 1970). La autora es la protagonista de un viaje donde recibe agasajos como escritora y tiene el poder para mover influencias oficiales (lo destaca, sin pudor), primero en Madrid, y luego en París. Allí es invitada a la casa de Alicia Penalba, exitosa autora y también escultora argentina. Luego de comer la dueña de casa lleva a Bullrich a ver sus obras: “Alicia es autoritaria y desconoce la autoridad que yo también me he ganado. Me dice: ‘No escribas eso. Tenés que decir simplemente que son esculturas de Penalba. No me gustan las comparaciones’. ¿Y a mí qué me importa lo que a ella le guste? ¿Cuándo he pedido permiso a alguien para dar mi opinión sobre algo? (...) Pero desde París se desconoce mucho a la Argentina. Nuestros compatriotas radicados allí suelen ignorar el lugar que ocupamos en nuestro país, la autoridad de nuestra palabra, la celebridad merecida o no de que gozamos. Yo sonrío y no contesto. Ya le contestaré cuando escriba sobre ella, pienso; y así lo hago”. Para rematar luego: “Admiro su talento, su tenacidad, su casa: admiro a Alicia. Pero no admito órdenes. Ni sugerencias sobre mi sacrosanta libertad de expresión, que me vale lucir una carrera literaria llevada en andas por los lectores y casi vacía de premios. A tal punto que ya me olvido de presentarme. Recuerda, Alicia, que para ser libre y valiente no es necesario irse a vivir a París. Nuestras cárceles están llenas de hombres libres”.
Entre Symns y Verbitski. Luego la Argentina más actual. “La vida diaria” de Felisa Pinto, (La Opinión, 1976), recorre con glamour y elegancia los rituales cotidianos de ese Buenos Aires que no se sentaba a comer en la mesa como cualquiera. La pesadilla de viajar en subte está en “Blues de a línea B”, por Jorge Asís (Clarín, 1978), con pasajeros “abrazados pero sin cariño, apelotonados, molestos, valientes en definitiva por salir indemnes de esta culpa cotidiana, de esta deuda diaria que no hay razones para pagar”. Las claves del regateo están en “Mercado Spinetto: el arte de comprar y vender” de Jorge Di Paola, en El Porteño, 1982, que es un logro en términos narrativos por sus sabores, olores, fluidos, matices y colores que estallan en la mente (¿la del lector ideal que prefería Joyce para su Ulises, el que se regocija en una feria?). La prostituta que retrata Enrique Symns en “Ruth Kelly, prostituta”, (Sur, 1989) es un viaje hacia la enfermedad mental y un ejercicio de empatía; si bien Symns se queja que su amistad con la entrevistada le impide llegar al fondo a su dolor, éste está entre líneas, fuerte; dice la propia Ruth, “las prostitutas y los marineros son como hermanos, tenemos algo en común. Nos une algo de ternura y también algo de crueldad”. En el polo opuesto, envejecida, aparece “Sábado a la noche, cine”, de Horacio Verbitsky (El Periodista, 1986), sobre Hebe de Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo; es un claro ejemplo de los riesgos que conlleva la instrumentalización del dolor en la esfera pública, alejándolo de su ámbito natural, sagrado, el del fuero íntimo (algo que Leila Guerriero cuidó muy bien en La llamada).
En “Allá en el 2000, nos vamo’a encontrar” de Carlos Ulanovsky (Humor, 1993), se lanza con leve ironía sobre los cambios brutales en los medios de comunicación y sus consecuencias. “Historias de la vida privada”, de Beatriz Sarlo, (Tres Puntos, 1997), dice ya en la primera frase en primera persona “Aborté cuatro veces”, para discutir luego el riesgo de exponer lo privado en lo público en el tema del aborto. En “¿Quién será el próximo?”, Viviana Gorbato (Perfil, 1998) entrevista a Zulema Yoma tras la muerte de su hijo Carlitos, lo que termina siendo un doloroso viaje al borde de la insanía.
La selección de Gorodischer no es inocente. Toma la distancia necesaria y expone la esencia del ser argentino a través de su espécimen más cosmopolita y paradójico, el porteño.