Eduardo Stilman
LA HISTORIA LITERARIA no registra otro caso como el de Samuel Johnson, quien debe más celebridad a una obra ajena (la Vida de Samuel Johnson, de su amigo James Boswell) que a la que él mismo escribió. Ni como el de James Boswell, que tras haber compuesto la más fascinante de las biografías, fue considerado por la crítica un pelele afortunado hasta que la sorpresiva aparición de sus diarios y cartas desconocidas revelara lo obvio: que es, en realidad, un escritor excepcional, cuyas acciones han crecido en la medida en que cayeron las de su celebérrimo retratado.
Todavía en 1938, Ford Madox Ford consideraba al Dr. Johnson la "figura más trágica de la literatura inglesa, cuyos escritos todavía vivientes son ignorados; un gran hombre condenado a hacer de figurón risible por culpa de la adoración pegajosa del más grande y ridículo de todos los biógrafos". Cuando la Vida de Samuel Johnson se convirtió en un libro famoso (nunca, desde su aparición, dejó de venderse), la cuestión más asombrosa para los críticos fue cómo James Boswell, "un bufón sin talento", víctima de la depresión, la bebida y la promiscuidad sexual, pudo haber escrito no ya una obra de genio, sino semejante obra de genio. En un envidioso ataque de 1831, Macaulay lo declaró "uno de los hombres más insignificantes que haya vivido, un tipo de intelecto ínfimo y debilísimo, servil e impertinente, bajo y pedante, intolerante y borrachín, un hazmerreír de los que abundan en las tabernas de Londres, un idiota a quien el destino había dotado de una memoria taquigráfica, y que se encontró por azar con un gran hombre". Más secretamente, el musicólogo Charles Burney, gran amigo de Johnson, había dicho a Boswell: "Si toda la obra impresa del Dr. Johnson se hubiera perdido, o jamás hubiera aparecido, su libro transmitiría a la posteridad una idea tan ventajosa de su carácter, genio y merecimientos, como la que Xenofonte hizo de Sócrates". Y mucho antes de que el Diario de Boswell fuera descubierto y vendiera más de un millón de ejemplares en pocos meses, Carlyle escribió: "Con su Vida de Johnson, Boswell ha proporcionado a los lectores mucho más placer que cualquier otro hombre de su tiempo". Incluido Samuel Johnson, naturalmente.
ELEMENTAL, BOSWELL, ELEMENTAL. Cuando conoció a Boswell, Johnson ya era un hombre ilustre. Había publicado, tras nueve años de trabajo, una obra descomunal: el primer Diccionario de la lengua inglesa (1755), que contenía la definición de más de 40.000 palabras, ilustradas con 114.000 citas tomadas de todos los campos del conocimiento y la literatura; y obras como La vanidad de los deseos humanos y Rasselas, Príncipe de Abisinia (1759), narración emparentada con el Cándido de Voltaire. En 1762, tras recibir una pensión de 300 libras, que lo liberó de las angustias de escribir por dinero, el lexicógrafo se acogió a las delicias de la haraganería y la conversación. En 1764 fundó un Club literario (que integraron Reynolds, Burke, Goldsmith, Garrick, Fox, Gibbon, Malone y el propio Boswell) y durante veinte años más vivió pontificando, bendiciendo y condenando a su alrededor, a veces con arbitrariedad, siempre con ingenio. Sus bulas y greguerías serían sistemáticamente recogidas por Boswell, a quien —a pesar de su antipatía por los escoceses— concedió una singular amistad, y aceptó como biógrafo.
Con minucia, con devoción, con amor, Boswell —un incorregible cazador de celebridades— pasó casi treinta años sumando datos, registrando frases e informaciones (para lo cual inventó un propio sistema de abreviaturas), poniendo a prueba su memoria fabulosa para recoger y autenticar su material, y buscando a todos los que pudieran conocer partes o aspectos de la vida de Johnson que a él le fueron inaccesibles. Manifestó su fervor de las maneras más sorprendentes. Astutamente se ofreció como víctima para que el colosal Johnson hiciera alarde de su ingenio, malhumor, sabiduría o bondad. No vaciló en exhibirse humillado, borracho o hipocondríaco. "No, señor, no es el vino lo que le hace doler la cabeza, sino el sentido común que yo puse dentro de ella", sermonea Johnson a Boswell después de una borrachera. "¿Qué, señor", se sorprende el inocente, "el sentido común hace doler la cabeza?" "Sí, señor, cuando no se lo usa". La propia esposa de Boswell fabricó chistes a costa de la famosa amistad: "He visto muchas veces hombres que manejan osos, pero nunca había visto un oso manejando a un hombre". Boswell sólo pasó al lado del Dr. Johnson 430 días en más de veinte años, contando los 100 del viaje a las Hébridas. Sólo lo veía durante sus visitas a Londres, que raramente duraban más de un par de meses. Al comienzo ignoraba casi todo acerca de los inicios de Johnson en Londres, (menos de un décimo de la Vida está dedicado a los primeros cuarenta años de su carrera), así como sobre el matrimonio de Johnson con la viuda Elizabeth Porter, veinte años mayor que él, o sobre el extraño menage de la residencia de Bolt Court, dominado por la ciega Mrs. William, el sirviente negro Francis Barber y el doctor Robert Levett. No se detuvo en aspectos johnsonianos que a otros disgustaban: su fealdad, sus tics nerviosos, su gula y su comportamiento en la mesa, su maliciosa agresividad en ciertas discusiones. Pero su puntillosidad sobrehumana y su genio le permitieron recrear la figura del hombre de letras más importante de su época, hasta el punto de que hoy, cuando el Diccionario Oxford hundió la obra magna de Johnson en el olvido, es posible decir que no existe ni existió otro Dr. Johnson que el "inventado" por James Boswell.
La tesis que sostenía la casi imbecilidad del biógrafo persistió hasta que un fantástico aluvión de papeles de Boswell comenzó a surgir de sus escondites, fundamentalmente del Castillo Malahide, cerca de Dublin. El proceso comenzó en 1850 con el descubrimiento casual de un centenar de cartas en Boulogne y culminó en 1949, cuando la Universidad de Yale compró la casi totalidad del tesoro. Unas 6.000 cartas y un Diario que consta de más de 8.000 páginas manuscritas iluminaron la mente de los descubridores de la pólvora, que "rápidamente" comprendieron que así como Cervantes fabricó a Sancho Panza como contrafigura de Quijote, Boswell, el torturado Boswell real, había inventado "otro" Boswell para lucimiento del Dr. Samuel Johnson, y que Conan Doyle calcó el método, inventando la figura del Dr. Watson para mayor gloria de Sherlock Holmes.
EL OTRO BOSWELL. Boswell nació en Edimburgo el 29 de octubre de 1740. Su padre, Alexander Boswell, abogado y terrateniente de Auchinleck, y desde 1749 juez en las altas cortes de Escocia, era "sarcástico e imperioso". Su madre, "piadosa, visionaria y escrupulosa", infundió en James un profundo sentimiento religioso avivado por las llamas del infierno presbiteriano. El niño se mostraba tímido y fantasioso, pero orgulloso de su estirpe y de la espléndida finca que heredaría. Sus dos hermanos más jóvenes no representaban competencia. John, tres años menor, era radicalmente inestable y devino lunático. Para aliviar su propia depresión (lo acosaban ataques de melancolía y visiones macabras, y a los doce años sufrió una aguda crisis nerviosa), James terminaría refugiándose en el alcohol y las prostitutas. "Debo confesarte", escribió a un amigo, "que estoy fundido en un molde melancólico; de lo cual la disipación me alivia volviéndome irreflexivo, y por consiguiente, un animal más alegre, aunque más despreciable. Vivo temiendo la reaparición de esta enfermedad". Obsedido por la cuestión de la supervivencia del alma, fascinado y aterrorizado por la muerte, fue asiduo defensor de reos culpables, seguros candidatos a la horca, asistente regular a ejecuciones, y habitué de los lechos de moribundos. No estuvo junto a su mujer cuando ésta murió, pero sí en 1776 junto a David Hume, a quien vanamente intentó arrancar de su ateísmo.
Hasta los trece años fue educado en su casa por tutores. Luego, hasta los dieciocho, estudió en la Universidad de Edimburgo, uno de los centros intelectuales de Europa. La metafísica, en la clase de lógica, lo hundía en la depresión. Pero en sus mejores momentos se mostraba como un joven robusto, de expresión alerta, y exhibía un buen humor contagioso. De la pérfida postración nerviosa trató de huir también por caminos bizarros: en 1755 estuvo a punto de ir a luchar a América con las tropas escocesas. También estuvo a punto de convertirse al metodismo, y en el balneario de Moffat cayó bajo la influencia de John Williamsom, curioso personaje que había descubierto un nexo entre la transmigración de las almas y el vegetarianismo. En el verano de 1758, cuando su familia lo dejó por primera vez solo en la capital, se declaró a una heredera que lo rechazó, comenzó a escribir seriamente versos y artículos. Se introdujo en el mundillo teatral, y se convirtió en el personaje amable y jubiloso que cautivó a tantos de quienes lo conocieron. Porque aunque Boswell no era un invitado cómodo, con su costumbre de emborracharse en las casas ajenas, muchos pugnarían por contar con él en sus cenas.
En 1759 se enamoró de una actriz viuda, la católica Sra. Cowper, y empezó a estudiar con entusiasmo el catolicismo, lo que no le impidió ingresar en una logia masónica. Preocupado por su conducta, Lord Auchinlek le comunicó que proseguiría sus estudios en Glasgow, donde la presencia católica y la actividad farandulesca eran casi nulas. Concurrió a las clases de Adam Smith, ante quien lució su extraordinaria capacidad para hacerse notar a los notables. Pero en febrero de 1760 James comunicó a su padre su propósito de convertirse al catolicismo y hacerse monje o sacerdote, y se fugó a Londres.
Lejos de entregarse a la vida ascética, fue víctima de los encantos de la moderna Babilonia: Londres sería desde entonces su Meca. Nunca olvidó "la casa de Southampton Street donde rendí mis primeras galanterías a la Reina Afrodita, donde primero experimenté los enternecedores y transportantes ritos del Amor", ni a Sally Forrester, su primera amante londinense. Rápidamente fue víctima, también, de "ese trastorno con el cual Venus, cuando se enfada, se empeña en apestar a sus votarios", la gonorrea, de la cual sería víctima dilecta toda su vida.
Su padre consiguió que un amigo, el conde de Eglington, se ocupara de él. Eglington hizo mucho más que eso: lo introdujo en la buena sociedad, lo llevó a las carreras en Newmarket, lo presentó a Su Alteza Eduardo Augusto, duque de York, heredero del trono y calavera consumado. También a Laurence Sterne, cuya novela Tristam Shandy estaba tomando Londres por asalto. Convirtió a Boswell en un libertino, que emergió del catolicismo tan improvisadamente como había entrado. Boswell decidió que no había destino más hermoso que vivir en Londres, como oficial de un regimiento de la Guardia Real, y escribió a su padre pidiéndole que le consiguiera la correspondiente designación. Fue demasiado: Lord Auchinleck se lanzó al rescate de su hijo. James finalmente aceptó continuar con sus estudios, y el 28 de mayo los Boswell retornaron a Escocia.
Ante una reinfección que lo tuvo a mal traer durante cuatro meses, Boswell decidió limitar su actividad amorosa a círculos "de buena familia". La voluntad no lo ayudaba, y se embarcó en no menos de cuatro aventuras simultáneas: con la Sra. Love, actriz que podía ser su madre; con otra actriz muy hermosa llamada Brooke; con Jean Home, hija de Lord Kames; y con "una joven muy bonita", llamada Peggy Doig, que ya tenía un hijo ilegítimo, y le proporcionaría a él otro, Charles. En 1761, al alcanzar la mayoría de edad, Boswell seguía soñando vivir en Londres. Llegó con su padre a un acuerdo que garantizaba al joven, si completaba sus estudios de leyes en Auchinleck, una pensión de 100 libras anuales, y el apoyo en su intento de tratar de unirse a la Guardia.
BORDANDO EN GASA. En junio viajó a Edimburgo, "esclavo de la más negra melancolía". Peggy estaba embarazada, y Lord Eglington le había informado que sería muy difícil ubicarlo en la Guardia. El 30 de julio de 1762 "fácilmente y con aplausos" aprobó el examen de Derecho Civil, ganándose el viaje a Londres. El 14 de septiembre de 1762, día de su partida, comenzó a escribir un Diario de mi excursión. Era el comienzo de una serie de diarios que cubre la mayor parte de su vida. Boswell utilizó sus memorias para iluminar y validar su existencia. Un Diario constituye un importante instrumento de autoafirmación, cuando planta a su autor frente a Rousseau, Voltaire, Kant, el Dr. Johnson, o el rey de Inglaterra. Amaba escribirlo: "A veces se me ocurre que un hombre no debería vivir más que aquello que puede registrar, como un granjero no debería poseer una granja más grande que la que puede cultivar", anotó.
Como las Confesiones de Rousseau (que aparecerían en 1782) los Diarios de Boswell exhiben una impresionante honestidad emocional, una conciencia lúcida y una capacidad de autoexposición propias de tiempos venideros. Su capacidad para describirse, para criticarse y para elogiarse, llega a la más cautivadora extravagancia. "¡Qué atento y preciso soy!, escribió en 1778. "Mis brillantes cualidades son como un bordado sobre gasa". Sobre el bordado de sus Diarios, trama que permanecería invisible hasta 1950, se cimentaba el bordado que tejía la Vida de Samuel Johnson.
Alternando con la culpa y la vergüenza acerca de su alcoholismo y el tema sexual ("Hundido", solía anotar para señalar sus recaídas, este hombre que amaba a su mujer), su júbilo e irreverencia irreprimibles alegran como aire fresco ciertas páginas del Diario. "Estar perpetuamente diciendo sensateces estropea la mente, así como el perpetuo arar y cosechar estropea la tierra. La mente debe ser fertilizada, y el disparate es muy bueno para este fin." Era capaz de hacer agudísimas observaciones acerca de otros porque implacablemente se observaba a sí mismo. No menos implacablemente atrapaba el encanto y las picardías de la conversación en los salones londinenses de la época: "Boswell: Usted debe saber, señora, que recorro esta ciudad de arriba abajo, sin detenerme, como un joven potro. Lady Mirabell: ¿Por qué, señor, no se cobija en mi establo, entre otros?"
El jueves 14 de diciembre, anotó: "Es muy curioso pensar que hace varias semanas que estoy en Londres sin haber gozado una vez del sexo delicioso, aunque me rodea cantidad de señoras de corazón dispuesto, de todas clases: desde la espléndida madama de cincuenta guineas la noche, hasta la cortés ninfa de medias blancas que vagabundea por el Strand y rendirá su encantadora persona a su señoría por una pinta de vino y un chelín. Múltiples son las razones de mi actual maravillosa continencia. Estoy en plan de economía, y por consiguiente no puedo permitirme el gasto en damas de primera clase. He sufrido severamente la repugnante enfermedad, y siento escalofríos ante la sola idea de correr cualquier riesgo de volver a contraerla. Además, los honorarios de los médicos de esta ciudad son muy altos. Pero de todas las razones, la mayor es que la fortuna, o más bien la benigna Venus, me ha sonreído y favorecido tanto que he tenido las más deliciosas intrigas con mujeres de belleza, sentimientos y espíritu perfectamente convenientes a mi genio romántico".
Registra su relación con una actriz en una pequeña obra maestra que ocupa varias páginas del diario. "Verdaderamente conduje este asunto con una virilidad y prudencia que me complacen mucho. El gasto total fue de sólo dieciocho chelines", dice, tras el triunfo. A la semana, castigado por los síntomas de la enfermedad, se debate entre la agitación y la furia. En su última carta a Louisa exige la devolución de un dinero que "amistosamente" le prestó en los prolegómenos del romance: "No se lo dí en pago de prostitución, ni por caridad... No llame al mío un infortunio, ya que es consecuencia de un defecto suyo. No deseo mezquinas evasiones. No deseo cartas. Mande el dinero en sobre cerrado. No tengo nada más que decirle".
EL IMPRESIONANTE DR. JOHNSON. El lunes 16 de mayo de 1763, en el salón de la librería de Davies se produjo su histórico encuentro con Samuel Diccionario Johnson. Boswell tenía veintidós años, y estaba al acecho del coloso, que había cumplido cincuenta y tres. Cuenta Boswell en la Vida: "El Sr. Davies mencionó mi nombre, y respetuosamente me presentó. Yo estaba muy agitado; y recordando el prejuicio de Johnson contra los escoceses, pedí a Davies: ’No le diga de donde vengo...’ ’De Escocia’, añadió Davies con picardía. ’Sr. Johnson (dije yo), es cierto que vengo de Escocia, pero no puedo evitarlo.’ ’Señor —respondió Johnson—, por lo que yo sé, eso es algo que no puede evitar ninguno de sus compatriotas.’ De inmediato Johnson se dirigió a Davies: ’¿Qué le parece lo de Garrick? Me ha negado una entrada para la presentación de la señorita Williams, porque sabe que el teatro estará colmado, y le costaría tres chelines’". Boswell intervino: "Oh, señor, no puedo creer que Mr. Garrick le haya mezquinado esa insignificancia." "Señor", Johnson fulminó al entrometido con la mirada, "conozco a David Garrick desde hace muchísimo tiempo, y no le concedo a usted el derecho a expresarse de ese modo". Boswell característicamente no se inmutó. Había nacido una amistad que haría historia.
Durante esta segunda visita a Londres, que se prolongó entre noviembre de 1762 y agosto de 1763, Boswell se convenció de que su proyecto de unirse a la Guardia era impracticable. De modo que capituló ante su padre y aceptó perfeccionar sus estudios. Convinieron que pasaría un invierno estudiando en Utrecht, y que después haría un viaje por Europa. Johnson hizo un viaje de cuatro días para verlo partir de Harwich.
En Holanda, Boswell sostuvo un romance con Zelide o Belle de Zuylen (Isabelle de Charriere), la bella intelectual y escritora que sería esposa de Benjamin Constant, que sería a su vez el amante de Madame de Stael. Belle lo declaró "extraño y amoroso". Luego, iniciando el Grand Tour europeo, viajó a Berlín en compañía de un amigo y consejero de Federico el Grande, pero no consiguió conocer a "el Rey Filósofo". En diciembre de 1764 cruzó a Suiza, en busca de los dos hombres más grandes de su tiempo: Voltaire y Rousseau. A Rousseau, descartando varias introducciones que llevaba, se presentó por sí mismo: "Me presento, señor, como un hombre de singular mérito, como un hombre de corazón sensible, de espíritu animado pero melancólico... Sus escritos, señor, han conmovido mi alma, han encendido mi imaginación... Aunque soy sólo un joven, he experimentado una existencia tan variable que lo sorprenderá... Abra su puerta, Señor, a un hombre que se atreve a decirle que merece entrar. Confíe en un extranjero que es diferente. No lo lamentará". Logró verlo seis veces en cinco días, y cuando se despidió, le dijo: "Me ha tratado usted con extraordinaria amabilidad. Pero yo me lo merezco". Con Voltaire, en Ferney, estuvo menos tiempo, pero registró detalles de su encuentro: "Por último hablamos de religión. Se puso furioso. Los otros fueron a cenar. El señor de Voltaire y yo permanecimos en la sala con una gran biblia ante nosotros, y si alguna vez dos mortales discutieron con vehemencia, esos fuimos nosotros. Durante un rato hubo una decidida oposición entre Voltaire y Boswell. Sus temerarias burlas confundieron mi entendimiento. Llegó demasiado lejos. Su añoso cuerpo tembló. ’¡Oh, me siento muy enfermo, me da vueltas la cabeza!’, exclamó y se dejó caer en un sillón."
Pasó nueve meses en Italia, donde estableció estrecha relación con el proscripto John Wilkes y con el hijo mayor del ministro Bute, que había proscripto a Wilkes. En Turin, se propuso a tres condesas casi a la vez, y en Siena, Girolama Piccolomini, esposa del principal de la ciudad, se enamoró locamente de él. En octubre de 1765, con una carta de Rousseau, desembarcó clandestinamente en una aldea de pescadores de la isla de Córcega, para entrevistar al legendario jefe corso Pasquale de Paoli, que luchaba por independizar de Genova a la isla que más tarde se anexaría Francia. Paoli, que estuvo a punto de hacerlo fusilar como espía, se convirtió en su gran amigo. Al pasar por Paris, Boswell se enteró de la muerte de su madre, y le decepcionó comprobar que Rousseau había viajado a Inglaterra. Pero la amante de éste, Thérèse La Vasseur, lo aceptó como escolta hasta Londres. El 26 de julio de 1766, Boswell fue admitido como abogado en Edimburgo, y durante diecisiete años ejerció su profesión con gran aplicación, especializándose en casos criminales, como la defensa del granjero John Reid, que, aunque terminó con el reo colgado, lo hizo célebre. Ni una vez entre 1766 y 1783 se perdió una sesión de la Corte; sólo viajó a Londres durante sus vacaciones.
VIVA EL CORSO. En febrero de 1768 publicó Una relación de Córcega. Diario de un Viaje a esa Isla, y Memorias de Pascal Paoli, que se convirtió en gran éxito y fue traducido a varios idiomas. Tan grande fue el éxito, y tanta la identificación de Boswell con la causa corsa, que la gente comenzó a llamarlo "Paoli" Boswell, y Johnson llegó a aconsejarle "que se sacara a Córcega de la cabeza". En vez de hacerlo, Boswell se presentó en 1769 en el jubileo de Shakespeare, organizado por Garrick, vestido y armado como un patriota corso, para repartir allí sus versos. Este mismo año se casó con su prima Margaret Montgomorie, y el mismo día de su boda se casó también su padre, Lord Auchinleck. Durante los primeros años de su matrimonio Boswell fue feliz, y llevó una tranquila vida profesional en Edimburgo, donde trabajó duramente, confió en obtener una banca en el Parlamento o una magistratura escocesa, y tuvo cinco hijos saludables y promisorios.
En el otoño de 1773, el Dr. Johnson vino a Edimburgo, y Boswell lo convenció de hacer un viaje a través del norte de Escocia y las Islas Occidentales. Durante esta travesía, Boswell observó a Johnson en "condiciones de laboratorio" y llevó un diario detalladísimo, tomando nota de sus conversaciones. Ambos quedaron muy complacidos con la experiencia, y publicarían sendas crónicas del viaje, Johnson con el título de Viaje a las Islas Occidentales, y Boswell, en 1785, tras la muerte de su amigo, como Viaje a las Hébridas.
Pero en 1776 comenzaron a acosarlo fuertes presentimientos de fracaso; su práctica profesional se resintió. Fue el año en que murió David Hume, tras ser dramáticamente reporteado por Boswell en su lecho de muerte, acerca de la naturaleza de la fe y el escepticismo religioso.
Entre 1777 y 1783 publicó en The London Magazine setenta ensayos, en una sección titulada El Hipocondríaco. En 1778 se supo que su mujer estaba tuberculosa. En 1782 sucedió a su padre y administró su propiedad con atención y sagacidad. Pero como sólo se sentía feliz en Londres, concibió la absurda idea de que lograría más éxito en los estrados ingleses que en los escoceses.
El 13 de diciembre de 1784 murió Johnson, y Boswell decidió dedicar su tiempo a escribir la Vida, pero anticipó, a modo de prueba, la publicación del Diario del viaje a las Hébridas. Se trasladó a Londres para preparar la edición, pero comidas, borracheras y prostitutas lo distrajeron demasiado. Edmond Malone, un erudito y socio del Club, le ofreció su asistencia. El Viaje a las Hébridas apareció en 1785, y fue un éxito mayúsculo que paradojalmente inauguró en el público el enfoque despectivo con que se consideró a Boswell durante tanto tiempo. En 1786, invitado a ejercer en Londres, trasladó toda su familia a la capital. A partir de entonces casi abandonó su profesión, dedicándose casi exclusivamente a escribir la Vida de Samuel Johnson.
A pesar de la estrechez de sus medios proporcionó a sus hijos costosas educaciones. Sólo visitó una vez, casi subrepticiamente, Edimburgo. La señora Boswell insistió en ser llevada a Escocia cuando su estado se volvió desesperado. Boswell volvió a Londres para seguir con la Vida y estar a disposición del conde de Lonsdale, que le había conseguido un puesto judicial en Carlisle y lo trataba como a un sirviente. El 4 de junio de 1789 su esposa murió. La Vida de Samuel Johnson apareció el 16 de mayo de 1791, inaugurando un período de enorme celebridad y desdicha en la vida de su autor. Privado de la tarea de escribirla, y víctima del escarnio de los lelos que devoraban su obra maestra, comenzó a considerarse un fracaso en términos mundanos y a hundirse en un proceso de penosa desintegración.
Sus destinos alternativos lo acosaban como fantasmas, las cosas que pudo hacer y no hizo, además de escribir la Vida de Johnson, un par de libros de viaje a lugares remotos, y un Diario sensacional que permanecería oculto mucho tiempo. Podía haber vuelto a Holanda para casarse con la brillante Zélide, o convertirse en el más famoso abogado defensor escocés, o haber navegado como historiador oficial del último viaje del capitán Cook a Australia y Polinesia (estuvo a punto de hacerlo en 1776). O haber escrito otras biografías, como las de David Hume, Edmund Burke, Joshua Reynolds o el general Paoli. Un año antes de morir pudo ser el primer embajador británico en Córcega.
Es conmovedor ver cómo Jamie, su hijo de dieciséis años, que sería un destacado erudito, intenta levantar el ánimo de su padre en 1794, aclamando sus hazañas: "Vamos, señor, no sufra por culpa de su melancolía. No piense que ha perdido preferencias en Londres ni en ninguna cosa de esa clase... Los que han obtenido puestos, pensiones, etcétera, no tienen la fama de haber sido el biógrafo de Johnson ni el consciente júbilo de un hombre de genio. No han gozado sus horas de felicidad. No han conocido a Johnson, Voltaire, Rousseau, Garrick, Goldsmith, etc., etc. No han visitado a los patriotas de Córcega. ¿Preferiría usted, en vez de haber gozado tantas ventajas, haber sido un rico, torpe y lento abogado? No puede esperar ser todas esas cosas al mismo tiempo".
No obstante, durante muchos años, hasta el descubrimiento de su Diario, Boswell fue víctima del equívoco creado por él mismo, con el fin de escribir la biografía más hermosa del mundo. Sus cinco hijos lo amaron profundamente, y jamás perdió el afecto de Malone y de otros pocos amigos que reconocieron su mérito y su necesidad. Estaba trabajando en la tercera edición de la Vida, cuando una súbita enfermedad puso fin a su vida el 19 de mayo de 1795. l