El Evangelio según Tomás

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Rosario Peyrou

ESCRIBIR una novela de mil páginas sobre la vida de Jesús de Nazaret, en una época en que la moda y las formas de vida promueven lecturas rápidas y literatura más o menos "light", puede resultar, por lo menos, arriesgado. Sin embargo La Puerta de la Misericordia, la última novela de Tomás de Mattos, va ya por su segunda edición, en un momento en que la venta de libros se ha retraído de modo considerable. Parece haber conectado con una necesidad de los lectores, en un momento signado por el desconcierto y la desesperanza.

EL PODER DE LA LITERATURA. La reescritura es un procedimiento habitual en Tomás de Mattos. ¡Bernabé, Bernabé! (1988) desmontaba la versión oficial del exterminio charrúa y la reescribía mostrándola como lo que fue: un genocidio basado en las "razones de Estado". La Fragata de las Máscaras (1996) se basaba en el Benito Cereno de Herman Melville y volvía a contar la historia del motín de esclavos en una fragata española, desde el punto de vista de los amotinados. Si en ambas novelas se trataba de acercar el foco sobre los marginados y excluudos, en La Puerta de la Misericordia se relata la vida de quien que por primera vez en la Historia de la humanidad se atrevió a abolir las jerarquías sociales y religiosas y a afirmar la convicción —por cierto altamente transgresora—, de que todos los hombres son iguales y dignos en igual medida del amor y la misericordia de Dios. Frente al concepto hebreo de "pueblo elegido" el carpintero de Galilea proclamó la buena nueva a todos los nacidos de mujer, judíos y gentiles, ricos y pobres, sin distinción de ninguna clase.

Reescribir esa historia, —y Tomás de Mattos lo hace con una fidelidad escrupulosa— implicaba repristinizar ese mito fundador de la civilización occidental, volver "nuevo" algo que ha sido transitado, llevado y traído, rescatarlo del incienso de los altares y construir una historia cercana a los hombres y mujeres de hoy. Eso sólo podía lograrse gracias a los poderes de la literatura, y eso es lo que Tomás de Mattos se propuso y consiguió con creces.

UN JESÚS HOMBRE. Incursionar en la intimidad psíquica "de un ser Infinito y Eterno" es, en opinión de los teólogos, imposible. El propio de Mattos lo admite en el prólogo. "No se puede superar el abismo que separa a Dios de nuestra conciencia, tan limitada en tiempo y espacio", escribe. Pero los fueros de la literatura dan libertades a las que no accede la teología. Ejerciéndolos, esta novela "incurre con premeditación en esa demencia" (de Mattos dixit), cuando elige bucear en la conciencia de un Jesús de Nazaret que no sabe que es el Hijo de Dios, y que lo irá descubriendo —o sospechando— progresivamente a lo largo de su magisterio. Esa es a la vez la clave teológica y literaria de La Puerta de la Misericordia. Porque si ese proceso de lento autorreconocimiento es lo que da espesor psicológico al personaje, lo que lo hace humano y vulnerable, es también esa ambigüedad la que vuelve central el misterio de la cruz. Si Jesús hubiera tenido siempre una conciencia divina, su crucifixión no sería más que una representación. No lo es, justamente porque la aceptación de su destino es, al menos en el Jesús de de Mattos, un acto de fe, una dolorosa y trabajosa aceptación de la voluntad del Padre.

Esta progresiva ‘anagnórisis’ está trabajada con habilidad en la novela, al punto que episodios como el milagro de las bodas de Caná, o el reconocimiento de Juan el Bautista en el Jordán, parecen sorprender —y conmover— tanto a Jesús como a sus testigos: son mensajes del Padre, que le irán revelando su misión y su verdadera naturaleza. Mientras, este galileo un tanto rústico en sus modales y vestimenta —tan diferente en su aspecto físico al europeizado Jesús de las estampitas—, habrá vivido una vida que no lo diferencia demasiado de cualquier muchacho de su condición, más allá de su inteligencia, su vivo interés por las Escrituras y su afinada sensibilidad hacia los pobres y desposeídos. Desde esa perspectiva, los momentos centrales de la vida pública de Jesús: los milagros, el Sermón del Monte, las tentaciones en el desierto, el Monte de los Olivos, la Transfiguración, adquieren una tensión dramática, un espesor psicológico, imprescindibles desde el punto de vista de la literatura.

Esta es, por cierto, una novela cristiana, y aun católica, como católico es Tomás de Mattos. No hay aquí desvíos dogmáticos (esa naturaleza "oculta" de la divinidad de Jesús está avalada por el Concilio de Calcedonia, por ejemplo) aunque se va mucho más allá de la mera glosa evangélica. Hasta podría decirse que es una novela doctrinaria, que intenta persuadir sobre el valor del mensaje cristiano. Sin embargo, de Mattos viabiliza también una lectura no creyente, siguiendo un procedimiento que le ha sido caro desde su primer libro: mostrar distintas perspectivas de apreciación dejando al lector en libertad de hacer su lectura personal, de buscar la verdad por su propia cuenta. Así, Jesús es —según quien sea el personaje que narra— el verdadero Mesías, un profeta enviado de Dios, o un muchacho alucinado por una madre que, habiendo sido violada en la adolescencia por un centurión romano, se habría convencido a sí misma del carácter sobrenatural de su primogénito.

El sistema de voces de la novela está al servicio de esta intención. Un narrador fundamental, Nakdimón (el Nicodemo del Evangelio de Juan, 3, 1-21), —un doctor de la ley que procura discernir si Jesús es o no un falso profeta— transmite su versión, y sirve de puente para dar a conocer, en una serie de "fugas" en el sentido musical, otras voces: Jefonías, un rabino padre de Nakdimón; el vital Ananías, hermano del narrador; el racionalista y escéptico Gamaliel; el sencillo José de Arimatea; la propia María, el cínico sacerdote Anás. Si los dos primeros influyen en despertar la inquietud del doctor de la ley por la figura de Cristo, los otros personajes acercan interpretaciones, en un espectro que va desde la fe más intensa y elemental hasta la descreencia lisa y llana, pasando por una visión "política" del fenómeno que origina Jesús.

HISTORIAS REMOVEDORAS. La novela comienza después de la muerte de Jesús y reconstruye un proceso que tiene la forma y el pulso de una investigación: la de Nakdimón, el narrador, que buscará ávidamente las claves de ese presunto Mesías que predica entre pescadores y prostitutas, y contradice la imagen mesiánica de la tradición judía.

La estructura del libro hace posible —como en Bernabé— intercalar narración pura con reflexión, en un procedimiento en el que el diálogo y la confrontación enriquecen la lectura de los acontecimientos. Dividida en tres partes ("Primera visita a Betania", "La Pasión" y "Segunda visita a Betania") tiene una arquitectura compleja y precisa en su construcción narrativa. En la primera, Nakdimón recuerda su visita a Jesús en casa de Lázaro en la Pascua del 3788, donde sostienen una larga conversación de sobremesa revisando episodios del Antiguo Testamento. En la sección central se relatan los últimos días de Jesús, hasta su entierro, intercalando historias fundamentales de su vida pública. En la última, se asiste a la conversación de Nakdimón con María y Juan poco después de la crucifixión, donde se da testimonio —desde el nacimiento hasta su muerte— del paulatino reconocimiento por parte de Jesús de su doble naturaleza, y se "cierran" cuestiones planteadas en las dos primeras partes.

Si dos pláticas de sobremesa son el ámbito de la primera y la tercera parte, también en el relato de la Pasión se incluyen varias conversaciones de distintos personajes relacionados con Nakdimón —charlas siempre regadas con vino—, que sirven de disparador narrativo. Este recurso le da un ritmo peculiar a lo que se cuenta, una cualidad de pesquisa reflexiva que no va en desmedro del tono vivaz de la narración, gracias a la brevedad de los capítulos, y a la habilidad con que de Mattos arma el puzzle de su historia. La vasta erudición bíblica del autor alimenta por un lado la pintura convincente del ambiente hebreo y, por otra, la inclusión de episodios menos conocidos por el lector común. Esto, y la sutileza en el trazado de los diversos personajes, la atención flaubertiana a los detalles, la alternancia de episodios que tensan o distienden la lectura, permiten salvar el inconveniente mayor que debió enfrentar: el hecho de que todo lector conoce, hasta la saciedad, la historia de Jesús y sus discípulos.

Y esa es la virtud literaria más notoria de esta novela: transformar en nueva, y apasionante, esa historia milenaria. La revisión del Antiguo Testamento contenida en la primera parte no es sólo una introducción ambiciosa para mostrar los vínculos entre la Antigua y la Nueva Alianza: también es fuente de historias que de Mattos toma y transforma en asuntos polémicos de validez contemporánea, aun fuera de lo religioso. Las tribulaciones de Tadeo, de Nefté, de Adán, de Moisés y Elías son relatos que podrían desprenderse de la novela y están contados con la maestría de quien domina a la vez el oficio de narrador y el de ensayista. Abren cuestiones que prefiguran la revolución religiosa y moral que viene a provocar Jesús: la insuficiencia de la Ley como guía de conducta, la refutación de la idea del Padre como un Dios terrible y vengador, la libertad del hombre para elegir entre "el barro y la estrella", como diría Melville (y a de Mattos le gusta repetir), y la intuición de que Dios se revela en la Historia no sólo a los judíos sino a todos los hombres.

Varias visiones se enfrentan en la discusión que sostienen Jesús y Nakdimón sobre estos episodios dramáticos: si este último defiende la exégesis clásica de la tradición judía y se atiene a la letra de la Ley, otros dos personajes cuyas versiones aporta desde el recuerdo Nakdimón —Jefonías, su padre, y Ananías, su hermano— enriquecen con perspectivas diferentes la exégesis bíblica. Mientras Jefonías representa una visión espiritual y abierta de la antigua fe, Ananías, (tomado de Hechos, 9, 10-19) es la prefiguración "laica" de Jesús: naturalmente dotado para la felicidad, amante de la vida, independiente y crítico con la casta sacerdotal, se ha apartado de la "vara hueca de la ley" y se ha exiliado entre los gentiles, en Damasco. Para Ananías —como para Jesús— "todo es sagrado, ninguna materia es impura, todo es lícito" (pág. 536), y ha armado su vida según una moral basada en el amor. Desde su libertad comparte, sin saberlo, el "ama y haz lo que quieras" que traerá el cristianismo, y sólo le falta el encuentro con el mensaje de Jesús para ser un cristiano auténtico (no por casualidad el católico de Mattos lo hace rengo). La abierta simpatía que despierta Ananías en Jesús, es una clara introducción a la libertad que implica la "buena nueva" frente al yugo de la Ley.

La terrible historia de Tadeo, que de Mattos pone en labios de Ananías, es, con toda su crudeza, uno de los puntos más altos de la novela, y provoca en el lector —sea cual sea la tesis a la que se afilie— el mismo desasosiego que enfrenta a los personajes en el libro. Porque todas estas historias bíblicas resultan apasionantes justamente por su poder removedor, por el modo en que aluden a encrucijadas morales comunes a hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Exigen, —para un exégeta escrupuloso como de Mattos, que parece discutir a la vez con judíos, cristianos y no creyentes—un delicado equilibrio que impida caer en la aridez teológica. Si casi siempre sortea el riesgo es gracias a la cuidadosa dosificación de lo narrativo y lo ensayístico, y a la agilidad de la esgrima verbal de Nakdimón y Jesús. Para quien se ha acostumbrado a la cautela con que la literatura y el cine han tocado la figura de Cristo (siempre de lejos, y a veces de espaldas), este carpintero irónico y agudo, que discute y torea al adversario mientras bebe su vino, resulta de una audacia sorprendente. De Mattos logra darle vida y acercarlo al lector, haciéndolo visible, sugiriendo en gestos, entonaciones y actitudes físicas su secreta evolución interior a lo largo de todo el libro (en ese sentido es notable el mudo episodio en que se salva de ser lapidado, o la fuerza de su presencia durante el juicio en el Sanedrín).

UNA REVOLUCIÓN MORAL. El cuerpo central de la novela mezcla dos tiempos: un primer nivel "presente" va de la tercera entrada en Jerusalén hasta la muerte de Jesús, e incluye el infame entretejido político de su condena; un segundo nivel —aportado por los "comentaristas" (Gamaliel, Anás, José de Arimatea)— recapitula parte de su ministerio público: los milagros, las parábolas, los discursos, las discusiones con los doctores. Es el centro doctrinario del mensaje, donde de Mattos sigue sobre todo el Evangelio de San Juan: la necesidad de la conversión como transformación moral "del corazón", la idea del segundo nacimiento desde la fe, la reivindicación del amor del Padre, la exaltación de los pobres y humillados, la concepción del Reino como una factura cotidiana, la relación entre la libertad del hombre y la voluntad de Dios, la afirmación de que "el camino del hombre es tan incierto como buscar senderos sobre el agua".

Distintos testigos darán sus versiones sobre el mensaje y el mensajero. "¿Quién es Jesús?", es la pregunta que el racionalista y sereno Gamaliel, el viejo político Anás y el ingenuo José de Arimatea tratan de contestar analizando sus actos. Curiosamente es Anás, el ex Sumo Pontífice —un personaje complejo, lúcido, sensible pero corrompido por las "razones de Estado"— quien interpreta como alegorías los milagros y los hace "hablar". Ya no son meros prodigios, sino parábolas vivas. Unos milagros que además tienen la cualidad de transformar al beneficiado y al oficiante, y que de Mattos cuenta con un realismo crudo, de enorme eficacia. La resurrección de Lázaro, y la curación de la mujer tullida son, en su vigorosa descripción, momentos memorables de la novela. Un procedimiento similar sigue en la escena —tan difícil— de la Crucifixión, jugada entre lo sagrado y lo profano, lo sublime y lo grotesco, con detalles realistas que refuerzan el dramatismo de ese sacrificio infamante.

Si inventa situaciones y hace hablar a Jesús con palabras que no están literalmente en el Evangelio, de Mattos se cuida especialmente de no desviar su mensaje, ni huir de las paradojas, ni "maquillar" sus palabras mediante simplificaciones tranquilizadoras —una tentación común a muchos comentaristas—. El trasfondo político ocupa entonces su lugar, pero ambos mundos quedan claramente diferenciados. En el político se mueven los sacerdotes y fariseos, los funcionarios romanos y los rebeldes contra el poder, como Judas. En cambio Jesús habla del sentido de la vida, y de una revolución moral, imprescindible y previa a cualquier intento de instalar la justicia que anticipe al Reino.

TODO ES SAGRADO. En El Evangelio según Jesucristo (1991), José Saramago construía un Jesús obligado al martirio, víctima e instrumento de un Padre arbitrario y sediento de Gloria. Aunque el proyecto de La Puerta de la Misericordia es muy anterior al libro de Saramago (hay cartas que prueban que esta novela estaba en los planes de de Mattos desde hace tres décadas), en ocasiones parece responderle al escritor portugués. De Mattos no duda en enfrentar al lector y a sus personajes con cuestiones espinosas: la inescrutable Voluntad del Padre, el concepto de culpa, la necesidad de la Redención, el por qué del sufrimiento, el papel de los intermediarios entre Dios y los hombres. Por cierto, su visión es muy diferente a la del ateo Saramago, pero aun así, se permite dedicarle un implícito homenaje en el episodio de Jesús con el Maligno, donde éste toma la forma de un pastor, como en la novela portuguesa.

No es esta la única alusión literaria de esta novela que, desde sus inicios, se plantea como la reescritura de otros textos literarios. No será difícil atisbar la sombra de Dostoievsky —un escritor venerado por de Mattos, que al final de su vida se había propuesto escribir una Vida de Jesús— en lo que atañe al Padre y a la existencia del Bien y del Mal. Pero hay presencias más explícitas, que anulan los tiempos, abren la novela hacia lo profano y refuerzan la idea de la universalidad de la revelación. El atribulado Jesús de la Pasión —cercado por las dudas y la angustia—sufrirá pesadillas. En la primera se verá en un museo donde se exponen escenas de la Crucifixión y se enfrentará con un cuadro de Hans Holbein que lo muestra muerto, recién descendido de la Cruz, "una espantosa estatua de la desolación y la angustia". En la segunda, contemplará desde un crucifijo la escena de El Proceso de Kafka en la que Joseph K. visita la Catedral y escucha esa sobrecogedora parábola que se conoce como "Ante la Ley". El relato kafkiano da pie a una reflexión que está en el núcleo ideológico de la novela y de su título: la sustitución de la Puerta de la Ley por la Puerta de la Misericordia, la puerta del Reino, siempre abierta para los que saben escuchar el llamado.

LAS MUJERES. María no es una presencia constante en los Evangelios. Al contrario, aparece en los Sinópticos unas pocas veces, y en Juan apenas está mencionada como "su madre". En este "Evangelio según Tomás" es, en cambio, una figura capital. Será la interlocutora fundamental de Nakdimón en la "Segunda Visita a Betania", última parte de la novela. Es ella —auxiliada por Juan—la responsable de narrar la evolución de Jesús desde su infancia y la creciente toma de conciencia de su misión. La introducen las palabras de Jefonías en elogio de las mujeres, según él, última (y superior) obra de la Creación —una afirmación ciertamente audaz en una religión como la judía que relegaba a las mujeres hasta en el templo, y aun audaz para la Iglesia católica que las discrimina en el sacerdocio—. De Mattos construye una María estudiosa de las escrituras, que ha jugado un papel importante en la educación religiosa de Jesús, sin dejar de ser una mujer de pueblo, una obrera cardadora de lana. Será su maestra, como cree José de Arimatea, o la loca alucinada que sospecha Gamaliel: en cualquier caso, ella mejor que nadie acompañará la evolución de su hijo, y compartirá sus dudas cuando le sea revelada la necesidad del martirio. Como en la Anunciación, María acata la voluntad del Padre y, en ese sentido, será ejemplo para el hijo. Pero no deja de ser su madre, y se pregunta "¿Por qué únicamente así pueden expiarse y perdonarse los pecados del mundo? ¿Por qué se dispuso desde desde el principio de los tiempos que mi hijo debía ser tratado como un cordero pascual? ¿Por qué los pecados del hombre solo pueden ser disipados por la expiación? ¿La justicia es tan extremadamente importante para el Padre? Pero si he asumido ser Sierva de Dios, debo convivir con esas preguntas para la que todavía no se me ha dado respuesta". Antes, parecida interrogante se había planteado un ensombrecido Jesús cuando repitió a Isaías: "¿Por esto me he fatigado? En vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿El eterno se ocupará de verdad de mi causa y el Altísimo apreciará mis trabajos?". Es ese Jesús de los últimos días el más conmovedor de la novela. Un hombre atormentado por las dudas y las pesadillas, que finalmente acepta su misión. En el proceso, otras mujeres lo acompañarán. Marta y María de Betania, y la ex prostituta María de Magdala, quien por algo será la primera en verlo resucitado. De Mattos mueve así un entorno de afectos trabajado con sutileza, que vuelve más humana y compleja la peripecia de su protagonista.

Déborah, la mujer de Nakdimón, mucho más propensa que su marido a dejarse ganar por las razones del corazón, completa el cuadro de mujeres de la novela. No será menor su influjo para que el viejo fariseo se transforme y atienda al llamado de la misericordia. Nakdimón (en arameo, el "hombre o la serpiente primordial"), como el autor, y su tocayo, el apóstol Tomás, no se detendrá en su pesquisa hasta que las llagas y la herida del costado le digan quién es el carpintero de Galilea. Otros, como Anás o Gamaliel tendrán otras respuestas a esa pregunta. También el lector buscará la suya, y podrá haber muchas, pero es seguro que nadie quedará indiferente frente a esta novela revulsiva, que constituye un hito en la actual literatura uruguaya. l

LA PUERTA DE LA MISERICORDIA, de Tomás de Mattos. Editorial Alfaguara. Montevideo, 2002. Distribuye Santillana. 1011 págs.

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