Mercedes Estramil
EL DESCUBRIMIENTO de uno mismo es cosa difícil, como sabían los griegos. Las tramas complejas, informaciones ocultas y revelaciones súbitas de los clásicos, girando alrededor de asuntos sustanciales, solían detenerse en ese momento del autoconocimiento, el instante en que el personaje sabe para siempre quién es.
Middlesex, segunda novela del estadounidense Jeffrey Eugenides (n. 1960), es la anagnórisis (el momento de revelación) de un individuo muy especial. El narrador, Cal Sthepanides, cuenta su vida remontándola hasta la de sus abuelos griegos, hermanos que se casaron entre sí, y la de sus propios padres, primos hermanos. Con ese doble estigma incestuoso nace la niña Calíope, nombre de musa en la que se esconde, literalmente, un gen recesivo en el quinto cromosoma. A los catorce años Calíope confirma que nació varón genético aunque fue educada como mujer y se siente mujer. Increíble pero cierto, los padres no notaron que tenía órganos sexuales masculinos poco desarrollados además de los femeninos. Tampoco percibieron su inclinación lesbiana. Cuando los médicos proponen extirparle los genitales masculinos, Calíope toma las riendas de su vida, en un muy norteamericano plan self made man, se asume como hombre y se larga a hacer autostop por las carreteras.
A los cuarenta y un años, trabajando de agregado cultural en Berlín y dudando entre conquistar o huir de una mujer que lo atrae, cuenta su historia y su prehistoria. No se parece a la criatura literaria creada por Virginia Woolf en Orlando. Y tampoco encaja en el (in)diferente posmoderno que se construye a partir de su deseo o el de los otros: el personaje de Eugenides elige a su pesar, trágicamente, empujado por la naturaleza biológica y la formación cultural del diferente.
QUIÉN HABLA. En su novela anterior, Las vírgenes suicidas (1993), se mataban las cinco hermanas Lisbon, cuyas edades iban en escalera de trece a diecisiete años y pertenecían a una familia católica de clase media, gobernada por una madre que recordaba a la Bernarda Alba de Lorca y por un padre resignado que no recordaba a nadie en particular. De ese libro raro (que tiene una más que correcta adaptación cinematográfica dirigida por Sophia Coppola) llamaba tanto la atención la anécdota como el "nosotros" narrativo que la contaba veinte años después y que aludía de forma indiferenciada a un montón de vecinos de las chicas Lisbon que no lograban olvidarlas. Convertidas en símbolo de la adolescencia perdida, ellas encarnaban sobre todo la negación a ingresar al deshecho mundo adulto.
Ese molde fatal permanece en Middlesex, donde otros adolescentes más subversivos son derrotados: los amores de Desdémona y Lefty, hermanos; o de Milton y Tessie, primos, tienen su doble castigo en una larga vida de remordimientos y en la llegada del "monstruo, que intuyen pero no reconocen".
Con un argumento freak, el autor aborda la cuestión de sexo y la de género sin teorizar, pero generando en relación al marco de la ficción viejas preguntas: ¿lo biológico determina el sexo?, ¿el sexo determina el género?, ¿el género y/o el sexo determinan una tipología de escritura? La narración parece responder sí y no en todo momento, eligiendo el camino del medio: integración, ambigüedad, tolerancia. Mientras, la prosa fluye, con la preocupación exclusiva por lo que está contando. En una entrevista publicada en Radar (26/10/2003) Eugenides decía que la ficción experimental no le interesa y que ésta llegó a un callejón sin salida. Lo que él hace es una ficción "tradicional" con los elementos básicos: personajes fuertes, estructura folletinesca, carga dramática y un tiempo interno dosificado en varias líneas de suspenso. Le llevó siete años escribirla, lapso en el cual murió su padre y nació su hija, y Eugenides admite con un pudor poco común en estos tiempos que quitó del texto final "ciertas cosas que irritarían a mis parientes", preocupándose por manejar con "tacto" el material. Y hay que decir que le sale delicado y eufemístico. Su elogio de la diferencia no se parece en nada, por citar un ejemplo, al que hizo Katherine Dunn con Amor profano (1988), donde la anomalía era buscada y celebrada.
Dividida en cuatro "libros", la novela coloca en el primero la historia de Lefty y Desdémona, hermanos huérfanos que llegan a América desde Asia Menor, huyendo de los turcos. En el segundo están casados viviendo en Detroit, compran un bar y olvidan por un tiempo su consanguinidad. Su primer hijo y la hija de una prima se casan a su vez. En el tercer libro nace Calíope, que ya existía como narrador prefetal de todo lo anterior y como personaje masculino en flashes. Su lucha contra el cuerpo que no quiere tener logra un emotivo retrato psicológico cuando muestra la vergüenza de exhibirse en los vestuarios estudiantiles, la pelea interminable contra el vello. En la cuarta parte la búsqueda de la identidad ya no es sólo un enfrentamiento con el espejo sino una guerra contra el mundo.
La cuestión de ¿quién habla en el texto? tiene mucho de juego en momentos en que ese debate está en auge: el narrador es un hermafrodita que adopta la omnisciencia de la tercera persona y que ha decidido actuar como hombre aunque a veces "Callie surge en mi interior, llevando mi piel como un vestido amplio". Desde ese lugar intersexual que ya sugiere el título además de aludir a una calle, el narcisista Cal repasa su "inverosímil existencia", buscando la empatía con el lector. Eugenides, que hasta donde se sabe no es ni ha sido hermafrodita, distribuye la tensión a lo largo de una narración que es tan lineal como circular (para algunos atributos de lo masculino y lo femenino respectivamente). El relato "familiar" de sus antepasados aparece dominado por la presencia latente de Calíope; el relato "erótico" (todo el episodio que tiene como eje a una amiguita llamada "Oscuro Objeto") por una Calíope que ya se siente un ser ambivalente y raro; y la historia de Cal hombre se insinúa y desaparece todo el tiempo, desligándose del entorno familiar, excepto a la hora de las revelaciones. Su diferencia es un castigo que viaja en el tiempo bajo la forma de un gen. Es el bebé con cola de cerdo del final de Cien años de soledad, castigo a la endogamia y punto culminante de una casta subyugante pero maldita que halla sin embargo un lugar en el mundo.
SUMMA AMERICANA. A esta saga familiar tienta hacerle un árbol genealógico como el de Cien años de soledad, aunque resulte menos exuberante. También es el retrato de una nación, Estados Unidos en el siglo veinte, no como lo escribirían Ford, DeLillo o Pynchon. La novela americana que intenta Eugenides adopta el punto de vista de una comunidad minoritaria y una sexualidad marginal y endogámica, para describir desde ese lugar la tierra de promisión, donde conviven la oportunidad y el fracaso, la permisividad y la segregación (xenófoba, racial, sexual, económica). El "crisol de razas" de Norteamérica le abre las puertas a estos inmigrantes griegos pero hay un muro wasp (blanco, anglo sajón, protestante) que aguarda, apenas disimulado, cuando buscan trabajo o compran casa. Igual son tentados y a menudo seducidos por los íconos estadounidenses del siglo: automóviles y hot dogs, el juego clandestino, el negocio de la fe, el porno show circense.
De ascendencia griega como el protagonista, Eugenides maneja una intertextualidad juguetona. La cadena de panchos de Milton se llama "Hércules"; sus sobrinos Sócrates, Platón, Aristóteles y Cleopatra. El comienzo de La Ilíada se cita no para pedirle a la Musa que cante la cólera de Aquiles sino para que le hable de "la mutación recesiva" o el "vello antiestético". El Olimpo es el de la genética y el dinero, los avances de la ciencia y el progreso ilimitado del siglo XX, y en contrapartida, la oscuridad de las existencias individuales, las distintas maneras de vivir en el "closet".
Una aclaración necesaria: Middlesex no es Las vírgenes suicidas ni tiene por qué serlo. La supera en extensión y propósitos, pero la magia de aquella novela compacta, que perduraba en ecos misteriosos y brillaba con una prosa envolvente, no es el fuerte de estas casi setecientas páginas. Aquí prima un relato bien llevado, con gancho morboso y enfoque aséptico, estirado a partir de un nudo bastante original, con mucho "deus ex machina" para solucionar situaciones (el modo en que Calíope se "descubre" en el historial médico es un triste ejemplo). Se lee con interés y se agota con rapidez. Volvemos a preguntarnos sobre la pertinencia de estos culebrones literarios, por más accesibles y novedosos que sean, por polisémico que parezca su mensaje y colorido que tengan sus anécdotas, aunque volvemos a sucumbir a su entretenimiento y sus ambiciones. Obtuvo el democrático Pulitzer y se libró por ahora de la maldición de ser la "segunda novela".
MIDDLESEX, de Jeffrey Eugenides. Editorial Anagrama, Barcelona, 2003. Traducción de Benito Gómez Ibáñez. 673 pp. Distribuye Gussi.