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La entrevista con Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) estaba pactada, pero todo comenzó a salir mal. Es uno de los científicos más reconocidos del Río de la Plata y una estrella de la divulgación científica, doctor en Ciencias Biológicas que ha recibido becas, premios. También dirige la colección “Ciencia que ladra” de la editorial Siglo XXI que, con sus pequeños y provocativos libros, ha acercado a numerosos y nuevos lectores. Llegó a Montevideo a presentar en el marco de la Feria del Libro La ciencia de las (buenas) ideas, donde insiste en despojar de todo discurso solemne la idea de conocimiento y ponerlo, amistoso pero no por eso menos cuidado y contrastable, al alcance de sus lectores.
“Por favor” les dice este cronista con vergüenza, herido por el bochorno, “hace un par de días me torcí los tobillos en la calle. Caí como una vieja derrumbada por los años. Tengo un fuerte esguince doble. ¿Podemos hacer la entrevista por zoom?” Contestaron que sí, pero no era lo mismo, que si yo no tenía problema iban hasta mi casa. Les pasé la dirección.
Al poco rato Golombek y el organizador entraron con gran naturalidad al sombrío pasillo del edificio donde nadie limpia hace días, y agradecieron que los reciba. Está en casa y ocupa una silla en la guarida caótica del escritor. Sin embargo al entrevistado se lo ve cómodo. Luego de la charla lo sabré: allí lo que importa son las palabras, lo que se pregunta, lo que él pueda contestar con certeza de espada entrenada. El resto, como puede verse en sus libros, es bellamente secundario. Así como en la ciencia, en la charla lo fundamental será el rigor.
Contar de forma efectiva.
—Hace poco, en una entrevista, Alejandro Dolina decía que en este momento encuentra más magia en la ciencia que en el arte. ¿Qué te parece eso?
—Coincido a medias, la ciencia nunca estuvo exenta de magia o de belleza, tal vez no se contaba de esa manera, pero siempre fue así, siempre un descubrimiento científico fue enormemente mágico. Y el entender es algo profundamente bello, lo mismo que crear una obra de arte. Es cierto que no hay muchos caminos de diálogo entre ambos mundos, pero tal vez sea que, efectivamente encontramos una forma de contar la ciencia y de contar estos avances tan rápidos y tan exponenciales que de alguna manera llegan más a la gente. Hubo un momento en el cual la ciencia era parte de la vida cotidiana, hasta el siglo XIX cualquier persona medianamente ilustrada estaba muy al tanto de lo que sucedía con la ciencia. Cuando salió el libro de Darwin se agotó en tres días. Después aparecen las dos culturas, la cultura científica y la humanística, y se empieza a ir por lugares diferentes. Hoy no te digo que no haya dos culturas, pero hay una mayor vocación por contar y por lograr que la ciencia llegue más a la ciudadanía y a la sociedad.
—Bueno, parece haber un fenómeno, en que las disciplinas que antes fueron “para intelectuales” se han ido acercando de manera más pop al público masivo…
—Hay un poco de todo. Incluso hay decisiones políticas que llevan a esto. Cuando Estados Unidos está en medio de la Guerra Fría, perdiendo un poco la carrera tecnológica frente a la Unión Soviética, que estaba tirando Sputniks a lo pavote, y Estados Unidos estaba bastante atrás en esto, hay una decisión política de fomentar la divulgación científica para que más jóvenes que vuelquen a estas actividades. Hay un informe elevado a cargo de Bush, que no me acuerdo qué presidente le pide, que dice “una de las cosas que tenemos que hacer es contar la ciencia, fomentar la profesionalización de la comunicación científica”, y ahí es que nacen los Isaac Asimov, los Carl Sagan, los héroes que después vemos mucho más adelante. Y eso realmente funciona, realmente hace que muchos más chicos y chicas se vuelquen hacia actividades de ciencia. Ahora necesitamos revitalizar esto porque competimos contra otras maneras de contar que son muy efectivas, las maneras digitales, las maneras más “pop”, si, de contar que son realmente muy atractivas y la ciencia tiene que aprovecharlas. Mientras el rigor científico esté asegurado todo vale, y tenemos que aprovechar al máximo los recursos que te brinda un formato. Si estás haciendo un libro de divulgación científica, hacé literatura, si estás haciendo un programa de tele, hacé televisión, o sea, que el rigor esté bien, y después jugate con todo, usá metáforas, analogías, ficción, humor o personajes, animación, lo que fuera. Si no, nos vamos a quedar atrás.
—¿Y así como hay un periodismo narrativo, podría haber una narrativa científica?
—Por supuesto que sí, y hay escuelas al respecto dentro de las cuales la anglosajona es imbatible. La inglesa, en particular. La forma de contar de los ingleses es increíble porque es narrativa, es narrativa científica, y con un humor inglés, valga la redundancia, del cual tenemos mucho que aprender. Somos muy solemnes a la hora de contar la ciencia, entonces, cuando hacemos periodismo para contarla entramos en un género muy cuadrado, sin mucho volumen. Lo mismo cuando contamos historias de la ciencia, que es lo que a mí me gusta hacer, tenemos mucho que aprender para salir de esa caja y entender esa narrativa. El ejemplo que das es muy bueno, contar la ciencia como haría un Truman Capote o un Tom Wolfe, o lo que fuera. Realmente hay autores que te maravillan, y en nuestras costas hay, pero mucho menos.
La ciencia buena.
—¿La ciencia acompaña a la sociedad o es la sociedad la que se va manejando al ritmo de la ciencia?
—Hay una distinción falsa entre ciencia básica y la aplicada como si hubiera algo en el medio. Ciencia hay una sola, o en todo caso hay una ciencia buena, con buenos controles, bien pensada, y ciencia más o menos. La ciencia buena, en el camino, siempre encuentra alguna aplicación. Por más que vos estés estudiando las alas de las mariposas que migran a Canadá, esa aplicación está pensada con la sociedad de frente. Es decir, nuestro objeto es mejorar la calidad de vida, nuestro objeto es conocer más, entender mejor la naturaleza y, en el camino, mejorar la calidad de vida de la gente, por lo tanto el camino de la ciencia y la sociedad es muy claro. El otro no, porque no tenemos instancias sobre las cuales realmente haya una interpelación social sobre las actividades de la ciencia. Lo que le llega a la gente no es la ciencia, son las noticias de la ciencia, esas que siempre empiezan diciendo “un grupo de científicos…”. Y eso no es la ciencia. La ciencia es una forma de mirar el mundo, una forma efímera, con mucha discusión. Hay una dimensión mundial muy fuerte sobre la ciencia y lo que le llega a la sociedad, entonces la sociedad se siente bastante ajena. Es “quién soy yo para comentar lo que están haciendo”... y sos un ciudadano, cómo no vas a comentar, pagás los impuestos a los que estamos en el sistema público, por tanto debiéramos rendir muchas más cuentas a la sociedad de lo que hacemos. Si bien el sistema de validación de la ciencia por par es un sistema endogámico, yo lo defiendo, me parece que funciona bastante bien. Cada tanto tenemos una oveja descarriada, algún fraude, alguna cosa horrible, pero funciona bien más allá de eso. Entonces no es que la sociedad debiera evaluar la ciencia, pero sí ser muy consciente de hacia dónde va y tener una palabra respecto a qué tipo de problemas son aquellos a los que a la sociedad le interesa mayor solución. Temas de energía, de alimentación, de contaminación, de salud, en los cuales la sociedad perfectamente debiera tener un camino de interlocución, de decir “che, ¿qué están haciendo los científicos con respecto a esto?”, y nosotros tenemos que ir a contestar.
Antivacunas y después.
—En la evolución histórica de los estudios científicos, ¿cómo llegamos al terraplanismo o a los antivacunas?
—Son varias cosas. Cuando yo me refería a ovejas descarriadas me refería a la mala praxis. Que la verdad es muy poca. Debemos decir que los fraudes o las malas intenciones en ciencias, y cuando digo ciencias digo ciencias naturales, que es de lo que yo puedo hablar, son muy pocas. Obviamente, cuando aparecen, son las que destacan, entonces aparecen en grandes titulares, como el coreano trucho que dijo que había clonado no sé qué y era todo mentira. Está muy mal y hay que denunciarlo y hay que lograr que eso no ocurra. En general, cuando llegamos a ese punto, el mal ya está hecho. El ejemplo claro es el de las vacunas. El movimiento antivacunas tiene su origen académico en un artículo científico de un doctor llamado Andrew Wakefield que publicó un artículo en The Lancet, nada menos, una gran revista, que correlacionaba ciertas vacunas, la triple viral específicamente, con casos de síndrome de autismo, creo que en Inglaterra. Eso causó un revuelo, y los padres, con toda razón, se preocuparon mucho. Tiempo después se supo que estaba mal, que el artículo era un fraude, que el tipo tenía intereses, etc. y se retractó. Retractar un trabajo científico quiere decir que nunca existió, pero el mal ya está hecho, ya pasaron varios años en los cuales ya estuvo dando vueltas. Entonces necesitamos algunos mecanismos un poquito más rápidos para estas cuestiones. El otro asunto es la pseudociencia, el presentar como científicos argumentos que no tienen nada que ver con el pensamiento o la metodología científica. Y a mí en general me gusta trazar una línea de pseudociencia entre aquellas cosas que son absolutamente disparatadas pero no necesariamente le hacen mal a nadie. Por eso me parece que hay que separar pseudociencia inocua de la que verdaderamente no es buena. Hay gente que no está nada de acuerdo con esto y considera, un poco, a toda pseudociencia como una puerta de entrada al resto. Es como la gente que dice que la marihuana es la puerta de entrada a las drogas duras, bueno, la astrología sería la puerta de entrada a los antivacunas. Yo no estaría tan de acuerdo, pero estaría atento de cualquier manera.
—¿La posverdad ha perjudicado a la ciencia?
—Mucho. Muchísimo, porque la idea de posverdad lleva en la base este supuesto de que no hay una verdad, que hay muchas verdades y todas tienen su peso. Es una hipótesis relativista en el sentido de que no hay una forma de ver el mundo y esa es la correcta, sino que todas son correctas. Y no es cierto. De ninguna manera es cierto. Una cosa es basar una opinión, un argumento en evidencia, y otra es basarla en cualquier verdura. Si vos decís que ambos son igualmente válidos no es cierto, por más que a la gente le sirva y uno no pueda desdeñar una opinión por ser una opinión, no es cierto que el grado de verdad sea equivalente. Y claro que nos hace mal, porque entonces, el hecho de que la inmunología te demuestre que una vacuna funciona está a la par de “no, me dijeron que el cuñado de la tía de de un amigo, después de darle una vacuna, le salió un tercer brazo”. Y no podés conciliar las dos. Claramente una tiene evidencia y la otra viene de un chisme o de una serie de equívocos. Y le ha hecho mucho mal, claro que sí. Tiendo a pensar que estamos un poquitito mejor que hace unos diez años con respecto al auge de la posverdad y el auge del relativismo científico. Pero tal vez me equivoque.
—Cuando trabajás como difusor científico en libros masivos, en televisión, en redes, ¿no te cargan, a veces, con el prejuicio de “chanta mediático”?
—Claro que sí. Por supuesto que está ese prejuicio, supongo que con ejemplos reales incluso. Mi caso en particular es un poco extremo, porque yo dedico más o menos el mismo tiempo a hacer ciencia que a contarla. Me sentiría un poco rengo si contara ciencia sin hacerla o si la hiciera sin contarla. Y sí, claro que hay algo de eso. Afortunadamente la ciencia viene en nuestra ayuda. Hay un par de papers que muestran que aquellos científicos y científicas que más salen en los medios, o porque hacen divulgación científica, o bien porque son consultados y son más populares, tienden a ser buenos científicos. Sobre todo los que son consultados. Así que tenemos en qué escudarnos. También el público suele ser muy exigente o a veces preguntan cualquier verdura porque uno es el científico que está en la tele. Y a veces se puede responder, pero también tenemos que acostumbrarnos a la fuerza del “no sé”. Un “no sé” científico tiene una fuerza extraordinaria. “No sé, pero vamos a buscar” tiene más fuerza que una respuesta concreta, a veces.
LA CIENCIA DE LAS (BUENAS) IDEAS, Manual de evidencias para la creatividad, la innovación y el pensamiento disruptivo, de Daniel Golombek. Siglo XXI Editores, 2022. Buenos Aires, 224 págs.