Descuidos chandlerianos

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Ricardo Bada

DE CARA a una conferencia que me invitaron a dar en San Sebastián, España, me tracé el plan de releer completa la obra de Onetti, y releyéndola cronológicamente me encontré con alguna que otra sorpresa. No, por ejemplo, con que leer a Onetti es una paliza. Eso lo sabía inconscientemente antes de empezar. Que leer a Onetti sería una auténtica paliza de la que salís agotado como si hubieses combatido con Cassius Clay en su mejor momento, y uno, además, con una mano atada a la espalda. No exagero. Además de que debo añadir en honor a la verdad que es una paliza tonificante.

Porque leyéndolo, uno se da cuenta de que la persona que escribió estos textos posee un poderío, una potencia verbal de primera categoría: "La tercera suciedad consiste en el pecado adulto de creer a posteriori que los actos sin remedio necesitan nuestro permiso". Sólo que al mismo tiempo, uno tiene la sensación de estar siendo objeto de un experimento y/o de una burla por parte del autor. Ese uno tiene la sensación de que Onetti lleva al lector al escenario de los hechos y lo deja pasmado en primera fila, para que vea y oiga todo lo que sucede, explicándoselo desde el punto de vista de quienes son sus personajes pero sin permitirle penetrar en sus almas.

Uno se entera de lo que piensan hacer sin lograr entenderlo. Albert Camus en El Extranjero por lo menos le hace decir a Mersault el motivo de que matase al árabe: "Hacía mucho calor". Onetti no considera necesario explicarlo, ni siquiera aludirlo. Jódanse, parece como si nos dijera: el mundo es así de absurdo, la gente es así de absurda. Pero sabemos que no es verdad, que ni el mundo ni la gente son tan absurdos, que siempre hay alguna causa.

Se adquiere poco a poco la convicción de que ese mundo en que se mueven los personajes de Onetti es un mundo que sólo existe en la imaginación del propio Onetti, y que estamos condenados a no comprenderlos nunca. Su dios omnipotente nos cuenta sus vidas en detalle, pero a partir de un código que no lograremos descifrar jamás.

TUMBA SIN NOMBRE. Por eso, si lo que se me pide es que recomiende un libro de Onetti para quienes nunca leyeron uno suyo, y son refractarios a hacerlo porque les han dicho que es impenetrable, dificilísimo de toda dificultad, entonces recomendaría comenzar por media docena de cuentos, sobre todo "Jacob y el otro", y por una de sus novelas consideradas menores, aunque para mí no lo es: Para una tumba sin nombre.

No la registraba tan buena en mi memoria, pero seguro porque en su día la leí independiente del resto de la obra. Si se la relee como yo lo hice ahora, inserta en el conjunto total, revisitada con todo detenimiento, sus sesenta páginas relucen al sol en medio de tanta niebla santamariana. (Es de 1959, diez años posterior a Rashomón, y me pregunto si Onetti conocería ese capolavoro de Akira Kurosawa. Ello no disminuiría el mérito de su novela, pero daría una pista acerca de sus gustos en materia de cine).

Para una tumba sin nombre se inserta como de costado en la saga de Santa María. Es el relato de un destino de mujer, Rita, que se gana la vida en Buenos Aires de una manera peculiar, por decir lo menos. Acompañada de un chivo, aborda a alguno de los viajeros que llegan a la estación ferroviaria de Constitución, y le hace el cuento de que "viene de no sé dónde y que la tía o la cuñada quedaron en esperarla en la estación y está allí desde las cinco de la tarde, sin un centavo para tomar un coche que la lleve, a ella y al chivo, hasta una dirección en la otra punta de la ciudad, afuera del mapa, claro, para que el viaje sea lo bastante caro y yo no pueda arreglarlo con moneditas"; así cuenta el modus operandi de Rita una de sus presuntas víctimas.

Como el método, quieras que no, deja ya entrever la verdadera profesión de la protagonista, no cometo una infidencia revelando que a lo largo de la novela se pone en claro que vive del yiro, y que "el chivo y el cuento del viaje no eran más que un pretexto para salvarse si aparecía un vigilante. Era muy distinto que la llevaran presa por hacer el cuento que por levantar hombres", nos dice ya casi al final de Para un tumba sin nombre otro de esos hombres que la conoció, incluso bíblicamente.

Más no quiero contar, porque al contrario de casi todas las novelas y no pocos de los cuentos de Onetti, aquí la trama y el desenredarse de la madeja incluyen el suspenso y despiertan el interés.

UN RELATO DIÁFANO. Hay en Para una tumba sin nombre los clásicos descuidos chandlerianos: se ve que Onetti leyó bien al autor de The Long Goodbye. Un ejemplo: aproximadamente en la página 8 del segundo capítulo (siempre dependiendo de la edición que se maneje), el viajante de comercio Godoy, una "víctima" del cuento de Rita, cuenta que la llevó "hasta la pila de los matungos" y que discutió el precio con un cochero: "A ella no le gustaba nada la cosa y me tocaba el brazo, con miedo de que le diera los billetes al cochero. Pero se los di a ella, bastantes para llevar una manada de chivos a Villa Ortúzar, o donde fuera, y a lo mejor la ayudé a acomodarse, con los paquetes y el animal". Sólo que luego, en la segunda página del tercer capítulo, se nos dice que "No abundaban los Godoy con tiempo y curiosidad bastante para acompañarla hasta un taxi y entregar al chófer el importe del viaje". Peccata minuta.

Confieso que me quedé muy pensativo al terminar de releerla, y me pregunté si el que me hubiera gustado tanto sólo se debería al hecho de que es un relato poco menos que diáfano, con todos los hilos a la vista, con las motivaciones claras en todos los personajes, exactamente casi todo lo contrario de lo que es normal en el resto de la obra onettiana. Y no era nada de eso. No. Terminé descubriendo el porqué, y es Rita, una de las pocas criaturas femeninas a quienes su creador no ningunea. Hasta se diría que la respeta, que ha intentado comprenderla. Que no escupe en su memoria, en esa tumba sin nombre. Es mucho para Onetti, y si ese lector joven a quien quiero interesar es además del sexo femenino, no se sentirá agredida por la misoginia feroz de que suele hacer gala; valgan de ejemplo las catorce palabras de este botón de muestra: "Medina lo conocía como mensajero de putas clandestinas -¿y qué mujer no lo es?-" (en el cuento "El perro tendrá su día").

Así las cosas, se entienden mejor las palabras finales de Para una tumba sin nombre: "Lo único que cuenta es que al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tarea: había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas". Es cierto que son palabras del Dr. Díaz Grey, pero cabe suponer que el propio Onetti las suscribiría. Y hasta me atrevo a ir más allá: de hecho, tengo la indefinible sospecha de que ya las suscribió.

RICARDO BADA (n. 1939); español, se autodefine como "siervo de la pluma". Su último libro es Los mejores fandangos de la lengua castellana.

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